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Padre ALBERTO AGOSTINI PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Jordão Maria Pessatti   
19.02.2006

P. ALBERTO AGOSTINI

1914-2003

Hijo de Giuseppe y de Filomena Astolfi, nació en Rimini (Forlì) en 19 de diciembre de 1914. Entró en el Instituto en 1928. Se consagró a Dios con la profesión religiosa en 1935 y fue ordenado sacerdote en 1939.

Durante siete años trabajó en Italia durante el período de la Segunda Guerra Mundial, primero como profesor en la casa de Varallo Sesia (1939-1940) y luego en Certosa di Pesio, transformada en residencia de ancianos.

En 1936 fue destinado a Brasil y trabajó allí a lo largo de 52 años. En su primer viaje en barco conoció a una persona que le impresionó por su valor y su libertad y reflexiona como sigue en su diario el 26 de noviembre: “Deberíamos aprender una cosa de estos hombres que no tienen miedo a nada, que se lanzan animosamente a la deriva y la ruina, y es porque ‘audaces fortuna iuvat’. Nosotros debemos imitarles e incluso superarles en audacia en nuestra empresa espiritual de conquista de las almas, de dilatación del Reino de Cristo. Si la simple audacia natural es capaz de conseguir resultados admirables, ponerse al frente de situaciones que parecían no tener salida, ante las que el ánimo pusilánime se da por vencido ya de salida, ¿qué no podrá una voluntad resuelta, decidida a todo, guiada por una mente iluminada por la sabiduría divina y apoyada en una fuerza sobrenatural omnipotente a la que nada se puede resistir? ¡Adelante, por tanto! El todo por el todo. Es un programa que podemos realizar, incluso heroicamente, en todos los instantes de nuestra jornada, en todos los puntos de nuestra actividad, en todas las circunstancias de nuestra vida. Los frutos serán copiosos, aunque invisibles a los ojos humanos, y harán que resplandezca como el sol, eternamente, nuestra corona apostólica. Que sea para nosotros una palabra de orden: atreverse, atreverse siempre, atreverse a todo, cristianamente, humildemente, divinamente. La victoria está garantizada”.

De 1947 a 1950 se dedica a la enseñanza en el seminario filosófico y teológico de Sao Manuel, enseñando matemáticas, álgebra, latín, griego y más tarde teología y moral. Lo hace con entusiasmo, comunicando a los alumnos no sólo nociones para la mente sino pasión por la misión. Los fines de semana realiza un intenso trabajo pastoral en las capellanías de la misma parroquia esparcidas en las vastas plantaciones de café.

En 1949 el P. Domenico Fiorina, superior delegado de Brasil, se convierte en Superior General del Instituto y el P. Alberto es nombrado superior delegado en su lugar. Desempeñará este cargo a lo largo de tres mandatos consecutivos durante dieciséis años. Son años difíciles, de las contestaciones de la década de los sesenta, y el P. Alberto interviene serenamente, pacientemente, hermano entre hermanos, sin escondimientos.

Terminado el período de gobierno, el P. Alberto vuelve a sus actividades de profesor y al trabajo pastoral en diversos lugares: Sao Paulo (1966), Sorocaba (1969) y luego, en 1971, en Trés de Maio donde trabaja durante doce años como párroco. En el momento de dejar la parroquia, en 1983, el P. Gianni Basso, que le acompañaba como coadjutor, escribe: “Fue para mí como un padre bueno y humilde, siempre dispuesto al diálogo, a mis preguntas, preocupado de que me encontrara a gusto y me insertara del mejor modo posible en el nuevo ambiente de trabajo. En el P. Alberto admiré siempre a un hombre de Dios que se entrega a la misión del evangelio con espíritu de fe, esperanza y especialmente con un amor inmenso a los hombres”.

Sor Anita Viapiana, que durante varios años trabajó en equipo con el P. Alberto, escribe: “En la parroquia Trés de Maio muchos cristianos laicos y religiosos descubrieron y ocuparon su puesto en la Iglesia, y se sintieron más cristianos gracias a la sensibilización, a la catequesis y a la animación de este misionero. El P. Alberto introdujo una forma pastoral que descentralizaba la coordinación y los servicios, daba libertad de acción, incentivaba la creatividad. Persona silenciosa, de gran profundidad y de sencilla sabiduría, demostró una gran apertura hacia esta Iglesia, ayudándola a caminar y a renovarse continuamente. Dirigió la mayor parte de sus esfuerzos a crear pequeñas comunidades que favorecieran un mejor conocimiento, amistad y compromiso de unos con otros, especialmente cuando se trataba de los más necesitados. Tenía claro que toda la actividad pastoral debe converger en la creación de estas comunidades para formar una Iglesia viva”.

Otros comentarios ponen de relieve su compromiso en la formación, para poder contar con personas preparadas en los diversos sectores de la vida eclesial y social: líderes capaces de asumir responsabilidades y de llevar adelante el programa pastoral de la parroquia. Gracias a este esfuerzo, Trés de Maio se convirtió en una parroquia dinámica, formada por 14 diaconías y 36 comunidades rurales donde se ejercitaban los principales ministerios.

En 1983 el P. Alberto vuelve a Sao Paulo como vicesuperior regional. Aquí se dedica al trabajo pastoral entre la gente de las “favelas” y desempeña la función de secretario de la pastoral y de encargado de la comisión de Justicia y Paz.

En 1998, tras un ictus cerebral, vuelve a Italia, a la casa de Alpignano. Siempre sonriente y jovial, se manifestaba como un amable juguetón. Con el paso del tiempo sus facultades fueron deteriorándose hasta verse obligado a guardar cama, en un estado casi vegetativo. Durante algunos años concelebró en la capilla de la enfermería. Más tarde el P. Genta celebraba solo con él. Pasaba horas y horas en la capilla con los ojos fijos sobre el altar y el sagrario. Su condición de sacerdote se había grabado profundamente en él. El 25 de abril de 2003 fallecía y se nos iba a la Casa del Padre.

Sacerdote íntegro, de una interioridad grande y un celo misionero ejemplar, era entusiasta del Instituto y del Beato Allamano e hijo amante de la Consolata. Poseía una formación bíblica auténtica, que se surtía en las fuentes latinas, griegas y hebreas. De palabra fácil y dominando varias lenguas, era de una elocuencia en sintonía con la vida.

Defensor y promotor de la pastoral social, que tiene su fundamento en el Concilio, supo difundir su espíritu en las diversas comunidades de la Región. Abierto de mente y de corazón, con la sencillez de los “pequeños del Reino”, deja una herencia de fe, de amor a Dios y a los hermanos, que se mantiene en el tiempo y supera la muerte.

La celebración del funeral, presidido por monseñor Aldo Mongiano, que le conoció en Brasil, tuvo lugar el 28 de abril. Fueron muchos los que concelebraron. Monseñor pronunció la homilía en un tono familiar que encendió el corazón de los presentes. Después de la comunión, el P. Silvano Sabatini ofreció su testimonio del P. Alberto, recordándole como hermano y amigo, con su carácter bondadoso, siempre paciente y amante de la paz y la concordia familiar. Él, que meditaba la palabra de Dios, tenía un corazón abierto a las voces del Espíritu. Pasaba largas horas de oración para superar los tiempos difíciles que se prolongaban. El P. Sabatini terminó invocando la intercesión el amigo fraterno, para él y para todo el Instituto al que sirvió en su patria de adopción a lo largo de 52 años.

Ahora el P. Alberto descansa en el cementerio de Alpignano.

P. Jordão Maria Pessatti

P. Giuseppe Mina

y Redacción del Da Casa Madre