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| Padre FRANCESCO CATTOI |
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| Escrito por P. Giuseppe Villa | |
| 19.02.2006 | |
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P. FRANCESCO CATTOI 1913-2003 Hijo de Ermanno y de Camilla Tranquillini, nació en Mori (Trento), el 11 de febrero de 1913. En 1929, con una bandada de “aguiluchos” procedente de la Madonna del Monte de Rovereto, llegaba a Turín. Hizo la profesión religiosa en Rosignano en 1931 y fue ordenado sacerdote en 1936. En 1937 se le destina a Tanganika, donde trabajará sin hacer ruido a lo largo de 63 años. De 1937 a 1948 despliega su apostolado como coadjutor en las misiones de Madibira, Wasa, Madabulo y Ojewa. De 1948 a 1966 es párroco de Matembwe. De 1966 a 2000 vuelve a servir a la misión como coadjutor en Sadani, Madibira y Kifumbe. El 9 de mayo de 2000 se retira a Alpignano. En el 2001, respondiendo al Padre General, P. Piero Trabucco, que le ha felicitado por sus setenta años de profesión religiosa, dice: “Gracias, y ayúdeme usted a dar gracias al Señor y a la Consolata. Setenta años son muchos y no sé qué hacer para dar las gracias al Instituto y a todos los que me han ayudado a recibir gracias infinitas. He estado 63 años en África, en Tanzania, donde he pasado mi vida. He trabajado en la pastoral y en la promoción humana y de improviso me he encontrado con mis 88 años. Ahora me encuentro en Alpignano para rezar y hacer sacrificios como preparación a la llamada del Dueño de la mies y recibir la recompensa, a pesar de mis faltas, por las que suplico a la misericordia divina. Gracias una vez más y suplico oraciones a usted para que pueda ser aceptado como tantos otros misioneros en el paraíso”. El 8 de mayo de 2003, a las 8.15, asistido por el P. Genta, entrega su espíritu a Dios. El P. Alessandro Di Martino, en la celebración eucarística de saludo del 10 de mayo, le describe como misionero manso, sumiso, amante de la gente, dispuesto siempre a ayudar y escrupuloso en la vida religiosa. “Cuando fue nombrado superior de Matembwe, una misión aislada en un feudo luterano, le hicieron dura la vida y puso todas sus capacidades de mente y corazón en el empeño de la aceptación de la misma como misión católica, en cuya labor tuvo que soportar sufrimientos que sólo él podría contar”. Efectivamente, en 1958, escribiendo al Superior General, habla de las dificultades de su trabajo: “Me resulta duro trabajar en medio de estos luteranos, así como en medio de esta gente que es cada vez más materialista. Me parece que el ochenta por ciento de la gente adulta de aquí se han ido a la ciudad porque la tierra no es rentable. Las escuelas funcionan bien; pero en las externas la lucha con los luteranos es siempre feroz; nos hacen cerrar alguna escuela, nos piden que las abramos en otros sitios, con lo que espero que arrojando siempre nueva semilla por todas partes algo se irá recogiendo, como sucede ya”. Reconoce sus límites y confiesa a su obispo: “No tengo corazón de león”. “Su carácter manso -escribe el P. Di Martino también- , demasiado quizá, sumiso, unido a los escasos resultados, en un contexto tan difícil, condicionaron su vida y le indujeron a aceptar hasta el final un puesto de segundo orden. En su contacto cotidiano con la gente, sin embargo, pudo acumular profundos conocimientos en el campo cultural y como amante de la naturaleza adquirió una amplia experiencia en el campo de la botánica local. Aún hoy resulta difícil poner de relieve al verdadero P. Cattoi misionero. Cabe preguntarse si todo esto, bajo un velo de discreto escondimiento, puede justificar una vida gastada en la misión. No; está el amor, la pasión al ministerio misionero que duró 63 años y la escrupulosa vida religiosa para darnos el fundamento sólido sobre el que se apoyaba su corazón. No tenía títulos académicos, pero permaneció fiel a su ser de sacerdote, de misionero. No tendrá gavillas que exhibir (muchas veces con mucha paja), no cuenta con obras llamativas que le recuerden, pero debemos creer que sus manos estuvieron llenas de pequeños manojos de espigas granadas. Y éstos, que son muchos, llenan también los graneros de Dios”. Aquí toma la palabra el P. Giudeppe Bargetto, a quien las circunstancias de la vida le unieron con el P. Cattoi durante treinta años, vividos en fraterna amistad. Recuerda que en 1950 llegaba a Tanganika y era enviado por monseñor Beltramino como coadjutor del P. Francesco Cattoi, superior de la misión de Metembwe, que dista de la central 100 kilómetros y está situada sobre dos laderas sobre las que crecen miles de eucaliptos. Con mucha sencillez y confianza, el párroco no tarda en proponerle poner en funcionamiento un molino lejano: un trabajo ímprobo la ida con un saco de sorgo que moler, y luego la vuelta, con los asnos cargados de sacos de maíz, que llevaban el peso con paciencia pero con poco cuidado. Otros empeños manuales que el robusto coadjutor quitó al P. Cattoi permitieron a éste entregarse a la pastoral y la catequesis. Al mismo tiempo tenía la posibilidad de cultivar los huertos y jardines, su pasión, con lo que no faltaba la verdura en la misión. Las exigencias de la misión los separó, pero más tarde se encontraron en Sadani y en Kifumbe. Pasaron juntos tiempos serenos, en los que todo lo compartían, y de ahí que estar juntos y contarse todo se convertía en consuelo, amistad y acción evangelizadora. Más tarde el P. Francesco aceptó dejar África para volver a Italia, donde, un poco contrariado, también el P. Bargetto tuvo que unirse a él porque la enfermedad se ensañaba con él. El P. Giuseppe Bargetto terminaba su testimonio entre lágrimas. No nos sorprendía, porque lo que nos contó nos hizo entender qué significaba la amistad y la fraternidad en la vida misionera. También el Padre Fundador lloró en la muerte de su amigo Giacomo Camisassa, con el que había compartid 42 años. En familia, hasta el llanto es liturgia que expresa fe y amor. Los restos mortales del P. Cattoi descansan ya en el cementerio de Alpignano. P. Giuseppe Villa P. Giuseppe Mina y Redacción del Da Casa Madre |
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