| Inicio |
| Links |
| Buscar |
| Contáctenos |
| Mapa del sitio |
| Créditos |
| Administrador |
| Padre OLIVO RAMBALDO |
|
|
|
| Escrito por E. T. | |
| 19.02.2006 | |
PADRE OLIVO RAMBALDO1912-2003 Hijo de Evaristo y Caterina Collino, nace en Campolongo al Torre (Udine) el 7.9.1912. El día de su bautismo se le llamó Rambaldo, pero para sus familiares fue siempre “Baldo” y para los demás “Olivo”, y le gustaba ser un “verde olivo”. En 1927 entra en el Instituto, en 1934 emite la profesión religiosa y en 1938 es ordenado sacerdote. Parte hacia la entonces Tanganika y trabaja allí 65 años seguidos. Las etapas de su apostolado son Madibira e Irole (1938-1943), donde desempeña tareas de coadjutor. Luego trabaja como párroco durante 27 años (1943-1970) en la catedral de Tosamaganga y durante otros 10 en Madibira. Vuelve a su tarea de coadjutor en las parroquias de Ng’ingula, Kibao-Mufindi, Igwachanya y Tosamaganga (1981-2003). Carácter optimista y entusiasta, cuando escribe a los superiores se expresa siempre en tonos positivos, contando los gozos del apostolado misionero y alargándose en agradecimientos por su trabajo y las ayudas que le envían. Escribiendo al P. Domenico Fiorina, superior general, el 11/7/1950, se expresa así: «Reverendísimo Padre: de que nos recordara siempre a todos estaba y estoy seguro, pero que de manera especial haya querido recordarse de un pobre diablo como yo no me lo esperaba. Ergo mil y mil gracias por su tarjetita y por la especial bendición que sin duda me habrá hecho mucho bien, por lo que le pido otra más sin tardar. Estoy muy bien y ha acertado al pensar que estoy siempre alegre y contento, porque es así…». El P. Olivo está totalmente identificado con su trabajo, que le exige todas sus fuerzas y capacidades físicas, de mente y de corazón. Como escribe el P. Livio Ferraroni: «Tosamaganga era entonces una misión cuyos límites llegaban “a lo último de la Tierra”. En el oeste limitaba con el Great Ruaha y en el sur había varias parroquias. La guerra de 1940-45 cerró a los misioneros en casa y luego la recuperación fue lenta durante varios años. El P. Olivo recorría a lo largo y lo ancho este territorio, especialmente cuando, a comienzos de los años cincuenta la organización de S. Pedro Claver dotó a las misiones de Iringa de una serie di motocicletas. Él se hizo famoso por sus correrías a todo gas, por carreteras que todavía no tenían tal nombre; y delante de los puentes no se paraba, pero, como los centauros de los años treinta que vio sobrevolar el cielo dentro de una esfera de acero, él los saltaba, con la ayuda de al menos una docena de ángeles de la guarda. La generación del P. Olivo conoció a los viejos africanos de la primera misión y hablaba de ellos todavía en los años 90, recordando los nombres de los ancianos jefes que colaboraron en la fundación de la misión, especialmente en la creación de escuelas, en enviar alumnos y especialmente alumnas. Todavía hoy le gusta a aquella gente verse con él, aunque en esta ocasión son ellos los que deben venir a su encuentro y estar en su compañía en casa o en el hospital». El P. Giovanni Giorda añade en su testimonio: «Al P. Olivo, misionero entre la gente, le preocupa la situación material y espiritual de la gente. También en estos últimos años su vida consistía en salir de la misión y visitar las numerosas (17) sucursales de la parroquia, que años antes él mismo había puesto en marcha y ahora habían crecido mucho: visitaba a las familias y a los enfermos, celebraba la eucaristía, los bautismos, los matrimonios; aún trabajaba incansablemente y daba una nueva configuración a las comunidades. Los últimos años, imposibilitado no por las enfermedades, sino por la edad, fueron una cruz pesada con la que tenía que cargar. Yo trataba de animarle diciendo: “Ahora que ya no puede correr como en otro tiempo, continúa siendo misionero con la oración por las personas que encontraste en tu vida misionera”; y realmente sus días estaban llenos de oración y rosarios». Como el P. Olivo mismo escribe, en la Pascua de 1999, en una de tantas cartas a sus paisanos y al Centro misionero diocesano: «…Soy viejo, puedo hacer poco: os aseguro que rezo mucho por todos vosotros. Sin embargo… yo también necesito vuestras oraciones. Se las pedía san Pablo a sus cristianos y yo no soy san Pablo. Rezad para que mis huesos se queden aquí en Tosa. Hoy, como ayer, sigo siendo independiente. ¿Mañana?». Y en septiembre del mismo año escribe: «Sí, todavía estoy aquí y hoy cumplo 87 ‘fin de veranos’ y sigo haciendo algo en esta viña de Dios; por ejemplo, dentro de poco voy con mi Suzuki a ver a los hospitalizados y al final de la visita celebro la santa misa… No me imaginéis triste, descontento, desmoralizado, “Hata kidogo” absolutamente: contento de mi vida misionera. Muy agradecido a Dios por todas las ayudas que me ha dado, y todavía hoy me ofrece la posibilidad de hacer algo por Él». El P. Giuseppe Inverardi, superior regional, describe la conclusión de la parábola del P. Olivo y pone de relieve las características que hacen luminosa su larga vida sacerdotal y misionera: «Se apagó en Tosamaganga el 26 de junio a las 9.45 de la noche. Él, que tantas veces expresaba el temor de estar solo en el momento de la muerte, tuvo el don de la presencia del P. Giorda, del P. Poloni y de una decena de Hermanas Teresianas que con la oración le acompañaban durante el breve período de su agonía. Había escrito: “Siempre digo al Señor: Llévame cuando quieras, pero si es posible, líbrame de la muerte improvisa. Dame tiempo para una nueva barrida… Pero fiat ut vis”. El Señor le escuchó. Incluso en exceso. Se fue apagando lentamente: una verdadera consumación hasta el final, sin ninguna enfermedad, a no ser la propia ancianidad. En los últimos dos años, la total inactividad, la vejez y el temor a ser una carga eran para él un verdadero tormento. Temía por ello que el Señor le hubiera olvidado y que llamara antes a gente más joven que él. Cada vez que las campanas cercanas tocaban a muerto solía decir: “La próxima vez será por mí”. Pero pasaron los años. Estaba, de todos modos, en continua actitud de espera. Escribió: “No tengo dolores físicos y puedo decir que tampoco morales. Trato de hacer lo que desea el GRAN JEFE, que ha sido para mí tan MISERICORDIOSO. Espero que no se canse. Estoy siempre PREPARADO para su llamada…”. En otra ocasión: “Yo estoy aquí esperando la llamada del Padre de todos nosotros”. Este estribillo se repetía en sus muchas notas dirigidas a mí. Y era el estribillo de sus conversaciones con todos. En espíritu de comunión le visité la tarde de la fiesta de la Consolata. Pasado un breve tiempo le saludé. Pero en modo alguno quería que me fuera. Hice diez veces el gesto de marchar, pero él, apretando una de mis manos, me pedía y obligaba a sentarme. Por fin se adormeció y pude irme. Era la primera vez que manifestaba con tanta fuerza aquella insistencia. Tuve la impresión de que sentía próxima su “Pascua”. Dos días después, en Kipengere, por medio de la radio supe que su presión había bajado a 40 y que sus condiciones no eran nada buenas, por lo que una vez más se le administró el sacramento de los enfermos. Pasé nuevamente a saludarle la tarde del 24. Estaba mejor. Aunque en los últimos meses su debilidad había aumentado, podía ser una de las muchas “resurrecciones” del P. Olivo. Por eso, como el miércoles tenía que ir a Dar es Salaam, fui, pero casi con la seguridad de ser llamado a Iringa. Efectivamente, a las 10.15 del jueves 26 recibí la noticia de que había dado su “paso” definitivo. Al día siguiente volví a Iringa. Mientras tanto, el P. Pancotti había avisado a todos a los que podía informar por teléfono, y con la diócesis y el P. Giorda había ordenado que se hicieran los preparativos para su sepultura. Sus restos mortales fueron velados con oraciones y cantos por las Hermanas Teresianas a lo largo del día 27, viernes, por sus hermanos misioneros, por las Misioneras de la Consolata, por los cristianos de las 17 aldeas de la parroquia de Tomasaganga y por muchos otros. Hacia las 18 horas sus restos mortales fueron llevados al depósito de cadáveres del hospital. El sábado por la mañana, a las 8.00 horas, de nuevo se llevaron a la iglesia. Sobre su pecho, un crucifijo y un cuadro de la Consolata. El crucifijo era el que se le había entregado en el momento de partir hacia la misión. Un día escribió: “Antes de dejar Italia se nos entregó un crucifijo. Preciosa función. Ese crucifijo lo llevo todavía hoy, aunque esté bastante desgastado. Espero presentarme con este crucifijo ante el Padre Eterno”. Es verdad, el crucifijo estaba visiblemente desgastado. Lo mismo podemos decir del cuadro de la Consolata. Crucifijo y cuadro estaban siempre a su lado. De vez en cuando los tomaba, los tocaba y los besaba. Eran su viático. Los funerales comenzaron a la 10.00 horas. Presidió monseñor. Evaristo M. Chengula, misionero de la Consolata, obispo de Mbeya. Este hermano nuestro había llegado a Dar es Salaam la tarde del jueves. El viernes por la mañana, apenas oyó la noticia de su muerte, manifestó el deseo de participar en el funeral. Estaba también presente monseñor Pascal Kikoti, nativo de Nyabula -diócesis de Iringa- de viaje hacia Dar es Salaam. Es fácil imaginar la contrariedad que sentiría monseñor Tarcisius M. J. Ngalalekumtwa, obispo de Iringa, que encontrándose en Dar es Salaam por compromisos importantes de la Conferencia Episcopal, no pudo participar. Pero guió desde lejos los preparativos del funeral y la sepultura. La amplia iglesia de Tosamaganga estaba llena. Y más lo habían estado si las escuelas próximas no hubieran estado cerradas por vacaciones. La hermosa iglesia contó con dos obispos, 34 sacerdotes, una gran masa de religiosas, religiosos y los cristianos de muchas aldeas de Tosamaganga. Albergó también a todos los hermanos del Sagrado Corazón Inmaculado de María. Para éstos era la fiesta de su patrona, pero quisieron unirse en todo a la asamblea recogida en la iglesia para aquel funeral. En la homilía, monseñor Chengula se detuvo primeramente en la liturgia de la fiesta y el significado que tiene para los Hermanos del Sagrado Corazón. A continuación, brevemente, expuso los rasgos de la vida del P. Olivo, así como de su personalidad y de sus actividades. Después de la comunión el P. Inverardi agradeció a todos su presencia y se refirió a dos rasgos característicos: la misionaldad, como la alegría y la facilidad en las relaciones interpersonales, que se confirman en un escrito suyo: Misionalidad Ya estuviera en Madibira, su primer campo de trabajo durante dos años y más tarde otros diez como párroco; ya estuviera en Irole, donde permaneció tres años; que estuviera en Tosamaganga, donde fue párroco de 1943 al 1970, y más tarde como ayudante durante 11 años, hasta su muerte; ya estuviera en Kibao durante nueve años o en Igwachanya por otros dos..., el estilo era siempre el mismo. Basten dos citas para describirlo: “Visitaba a todas las familias de cada una de las aldeas, incluidas las paganas, como también las musulmanas: nadie nunca me echó de su casa”. “Estaba siempre dando vueltas de visita por las aldeas, tratando de controlar las varias escuelas, comprobar que los catequistas enseñaban, visitar y bendecir a las familias, llevar la Palabra de la Vida”. Una vez escribe lo siguiente en letras mayúsculas: “Un gracias muy cordial y sincero al buen Dios por haber tenido su santa mano sobre mi cabeza en todos mis años de África. Años de los que jamás me he arrepentido”. La misión estaba en su corazón y le brotaba por todas partes. Alegría y facilidad de las relaciones interpersonales Sigue hablando del tiempo en que se encontraba en Madibira por vez primera: “No tuve dificultades especiales ni con el nuevo ambiente ni con el personal misionero: Padres, Hermanos y Hermanas”. Y recordando las dificultades de la cooperación y vida comunitaria, es hermoso leer lo que escribió sobre los años pasados en Tosamaganga con el P. Berghi, que ruega al P. Olivo que, cuando tenga algo que decirle, no se lo esconda nunca. “Estuvimos juntos durante diecisiete años y nunca jamás sucedió que me fuera a acostar disgustado a causa de alguna incomprensión del P. Berghi o que la hubiera habido por mi parte en relación con él. Nos habíamos convertido en algo más que ‘hermanos siameses’. Discutíamos, programábamos juntos, no hacíamos nada sin informar uno al otro. Todavía hoy tenemos bonitos recuerdos de los años pasados juntos”. La cita podría ser más larga y en ella se le reconocen al P. Berghi otros méritos. Larga fue la procesión al cementerio. Meticulosa como siempre la deposición de la caja, con los ritos culturales que había que observar y la acción de taparla con la tierra excavada. Siguieron las últimas oraciones y, tratándose de un viejo misionero de casi 91 años, que dedicó 65 a Tanzania, de los cuales 31 en Tosamaganga, no podía faltar la danza, ni el sonido de los tambores junto a su tumba cubierta de flores. No fue una danza fúnebre. Fue una danza de alegría, en la que participaron incluso los padres y las hermanas. Se repitió en casa, donde el P. Olivo vivió muchos años. Un gesto de respeto, gratitud y afecto. Con él -al menos por parte de los Padres y Hermanos- desaparece una generación de misioneros. Los que vienen de la Segunda Guerra Mundial. Los que caminaron y caminaron, muchas veces enfermos de malaria. Los que vivieron la siembra con llanto pero gozaron con la alegría de los primeros frutos y de los frutos de los decenios siguientes. Misioneros enamorados de la misión. Él mismo dijo: “África me gustaba cada día más con el paso del tiempo y los madibireses aún más”. Si hay un recuerdo que se mantendrá indeleble en quienes le conocieron, es precisamente su celo misionero para visitar, anunciar, catequizar y celebrar, como también su gran sensibilidad en relación con los que se encontraban. Era generoso. El P. Olivo hacía buenas amistades con muchas personas, fueran o no misioneros, y con todos era evidente una relación de afecto y estima. Fue lúcido hasta el final, lo que le permitía preguntar por ellos y enviarles sus saludos. Se sentía profundamente agradecido. En estos últimos años me escribía a menudo dándome las gracias por todo. Encuentro este sentimiento en uno de sus escritos. Se siente agradecido: - a monseñor Beltramino, siempre dispuesto a confesar el domingo si se encontraba en casa; - a los misioneros, Padres o hermanos, que le ayudaban en el apostolado, hasta llevarle a decir: “…si algo bueno he hecho, se lo debo a todas las ayudas recibidas de los misioneros de Tosamaganga y a los que por allí pasaban ocasionalmente”; - a las Hermanas Misioneras de la Consolata que se prestaban para las instrucciones y visitas a las aldeas; - a las Hermanas Teresianas por su ayuda en la instrucción de los catecúmenos; - a los padres diocesanos Titus y Rodrigo; - a las autoridades locales y a la gente, a la que él consideraba buena. De todos solicitaba y obtenía cooperación. Por lo demás, nadie podía negarse a sus amables mandatos y peticiones. Escribe en una ocasión: “Doy las gracias a todos los misioneros que me han querido, a los superiores de ayer y de hoy, y de manera especial al P. Giorda, mi último párroco, quien siempre me trató con respeto y con afecto y que no me ha abandonado”. Una vida misionera larga y fecunda fue la vivida por el P. Olivo. Casi “milagrosamente”. Porque habiendo entrado en la casa de Sagrado en 1926 y yendo de vacaciones, viendo que algunos de sus compañeros no querían volver al seminario, también él decidió hacer lo mismo y comenzó a trabajar en el campo. “Pero pocos días después -confiesa- sentí un fuerte dolor y un remordimiento y me dije: yo vuelvo a Sagrado”. Había pasado ya la fecha de vuelta y quiso que le acompañara su padre para presentarse ante el P. Lorenzo Bessone. Este joven director de la casa había visto que en este muchacho había fuego. Tal vez había oído decir al Padre Allamano que se necesita fuego para ser misioneros, y por eso le aceptó de nuevo. Quiso agradecer a su padre que evitara cualquier escena ante su primera y su segunda decisión. Sólo le dijo: “Es cosa tuya”..P. Olivo, has caminado, has hecho kilómetros y kilómetros en bicicleta y en moto. Has conducido el coche, incluso con alguna audacia, hasta hace dos años. Ahora descansas en paz. Verdaderamente en paz, con aquella suave sonrisa que se dibujaba siempre en tu rostro. Todos nosotros damos las gracias al Señor por tu larga vida y por los múltiples dones que te concedió para que nos ayudaras a todos. Te damos las gracias por tu ejemplo de plenitud sacerdotal y por sentirte y ser misionero de la Consolata. Es el manto con el que queremos ser vestidos. Déjalo caer sobre nosotros. GRACIAS». P. Giuseppe InverardiUn paisano de Campolongo le recuerda así en “Voce isontina”, semanario de la archidiócesis de Gorizia: «Aun habiendo marchado del pueblo siendo un niño y habiendo vivido gran parte de su vida lejos, nunca olvidó las raíces de su familia ni su pueblo”. Su gran corazón y lo vivo de su temperamento mantuvieron siempre vivos estos lazos, por lo que su popularidad en el pueblo nunca dejó de estar presente y se revitalizó con la noticia de su muerte. Sabemos que consumó gran parte de su existencia (65 años) en Tanzania. Como misionero, tenía la conciencia de ser un soldado “en primera línea”: no tenía reparos pues en pedirnos a la retaguardia que le enviáramos municiones “a la primera línea” para la guerra. Se trataba de ayudas para sostener las obras relacionadas con la actividad misionera y la promoción social; especialmente estaba interesado por la instrucción escolar y la formación profesional en favor del desarrollo cultural y social en Tanzania de las jóvenes generaciones. Dedicó a la misión todas sus energías, sus afectos, su vida. Muchas veces expresó la voluntad, más que el deseo, de que sus “huesos descansen en tierra africana”. Cuando, hace algunos años, parecía estar a punto de terminar sus días terrenos, en una visita que le hice pude constatar el afecto y veneración con los que le rodeaban las personas con las que se relacionaba y las visitas que le hacía la gente llegada desde muy lejos. La riqueza de su humanidad y los lazos que mantuvo vivos con todas las personas de la misión no obscurecieron su vida espiritual, su relación de fe sencilla, vive, fuerte y concreta, con el Señor . Fue esto lo que caracterizó su actividad, y lo fue de manera más luminosa al interpretar su muerte, siempre considerada por él como un retorno a la casa del Padre. Lo hizo con tal relieve que no temía escribir en una de sus últimas cartas: “Ciao a ti y a toda la comunidad. Apenas llegue allá arriba, le pediré a Pedro si hay algún modo de comunicarme con los de abajo”. Estoy seguro de que lo ha hecho y de que muchas personas lo han comprobado. E. T.
|
| Quiénes somos... |
| El beato G. Allamano |
| Castelnuovo Don Bosco |
| La Consolata |
| Novena Beato Allamano |
| Santidad |
| Boletín |
| Documentación |
| Nuestras revistas |