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Hermano ANTONIO COSTARDI PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Giacomo Mazzotti   
19.02.2006

H. COSTARDI ANTONIO

1931 - 2003

Hijo de Antonio y Santina Pedroni, nace en Palosco (Bérgamo) el 15 de diciembre de 1931. En 1949 entra en el Instituto y en 1952 se consagra a Dios con la profesión religiosa. Su primer campo de trabajo es Alpignano como encargado de taller, instructor y maestro de los candidatos hermanos. Mientras tanto se diploma como técnico mecánico en la escuela salesiana de Rebaudengo (Turín). En 1967, tras doce años de trabajo partiendo de cero, y en retaguardia, finalmente es destinado al Roraima. Su gozo es grande y así se lo escribe al P. Domenico Fiorina, superior general: «…me ha hecho sin duda un gran don, un don esperado tantos años, no pasados en vano porque me han servido para aprender tantas cosas que en la misión serán útiles para el bien de las almas. Le agradezco su estima y su confianza…».

Se le confía inmediatamente la responsabilidad de jefe de taller en la escuela de artes y oficios de Calungá (Boa Vista), cargo que ostentará hasta 1977. El 3 de julio de 1967, apenas entrado en funciones, escribe al Padre General sus buenas impresiones unidas al deseo de bien que le anima: «Confieso que me ha gustado mucho el ambiente y los hermanos. Posibilidades de hacer cosas y obras no faltan y la buena voluntad tampoco. Esta semana, tras insistencia de los superiores, he tomado las riendas de la responsabilidad del laboratorio: espero poder hacer bien mi deber, me anima mucha buena voluntad y deseo hacer algún bien». Le ayudan en estos comienzos las buenas relaciones con los hermanos y especialmente las que mantiene con el H. Marino De Cesari, que trabaja en la misma escuela y con el que «compartimos alegrías y trabajos».

Algunos meses después, el 5 de noviembre, escribiendo al Padre General, habla de la belleza de trabajar en unidad de intenciones y fraternalmente: “Con mis hermanos trato de ser condescendiente y ayudarles en lo que de mí depende. Con los coadjutores Marino De Cesari, Giovanni Leonardi y ahora Pietro Menegon, que se nos añade, somos una sola alma, animados por los mismos ideales. Disfruté mucho ayer cuando todos juntos pusimos los cimientos de la serrería; se trabaja a toda pastilla y con una compenetración que deja impresionados a nuestros alumnos... Qué bonito es, Padre, trabajar en la caridad, en la compresión mutua; parece que las dificultades desaparecen y que los problemas se resuelven solos. Suplico a Dios para que nos conserve así siempre”.

En estos años, con perseverancia, aunque el camino haya de ser muy largo, pone todo su empeño en que la escuela sea reconocida oficialmente por el Gobierno. Pero la escuela no es todo; la actividad pastoral se convierte en expresión de la misionalidad, una actividad que le implica cada vez más y le exige todo su tiempo. Escribiendo al P. Tullio Martinelli, ecónomo general y amigo, el 25 de marzo de 1972, dice: “El sábado y el domingo estoy ocupado en el barrio de San Vicente; hemos comenzado ya a bautizar en nuestra pequeña iglesia. Tratamos de elevar religiosamente el ambiente. Personalmente estoy tratando de visitar a las familias que en su mayor parte nacen de uniones precarias que terminan en separación.... ¡un verdadero lío! Lo mismo cabe decir de la cuestión de los sacramentos para los hijos. Tenemos un grupo de jóvenes que nos ayudan. Con ellos hemos fundado el club de la amistad, que practica el balón-bolea...”.

De 1977 a 1994 trabaja sucesivamente en São Paulo, Erexim y Cascavel como animador misionero y vocacional. Trabaja en equipo con los animadores, visita escuelas y parroquias, presenta la vocación del hermano coadjutor y son numerosos los jóvenes que, gracias también a su testimonio, entran en nuestros seminarios. Las no escasas cartas que en estos años escribe al Superior General de turno, con el balance de sus viajes, de las convivencias y de las visitas hechas, constituyen un testimonio claro del enorme trabajo, realizado con entrega, pasión y entusiasmo. El P. Giovanni Zinni, superior regional, le escribe el 26 de abril de 1986: “Me he sorprendido al leer todos tus movimientos por el Paraná y alabo tu generosa entrega, que Dios recompensa con la salud, como tú mismo escribes. ¿Será posible que tanto esfuerzo no produzca vocaciones? Yo creo que sí”.

En 1992 parte hacia Italia de vacaciones y se ve obligado a ingresar en el hospital para operarse una rodilla, que ya había sido operada anteriormente y que le causaba dolores desde hacía muchos años. Escribe al P. Luigi Morgano, superior regional: “Ayer estuve en el Santuario de la Consolata. Recordé a toda nuestra Región con sus problemas, recé para que nos ayude en la renovación espiritual, para que podamos ser siempre hombres de Dios, porque de lo contrario terminaremos en el fracaso. No hay duda: si queremos la bendición de Dios, de la Consolata y del Beato Fundador, debemos recuperar una vida más auténtica; menos activismo y más vida interior, que este creo que es el camino para que florezcan debidamente las vocaciones y para que perseveren. Con este fin ofrezco a Dios mis sufrimientos y las incertidumbres de esta operación quirúrgica”.

En 1995 vuelve a Roraima para trabajar al principio en el servicio de la misión del Catrimani, misión fronteriza entre los indios yanomami, y seguidamente, otra vez en la escuela de artes y oficios de Calungá (1997-2002). La situación económica de la escuela es difícil, hasta el punto de que se corre peligro de tenerla que cerrar. Pero el H. Antonio no se rinde a esta idea y, como él mismo cuenta: “He jugado la última carta contactando con ex alumnos, ahora diputados en la asamblea estatal o empleados con cargos importantes en las estructuras del Estado. A todos les he manifestado la situación de la que en otro tiempo fue su escuela y que ahora corre peligro de cerrar puertas. La reacción fue inmediata especialmente por parte de la ‘primera Dama’, la mujer del gobernador, siempre simpatizante de la escuela, y del diputado Francisco Guerra, mi antiguo alumno y mano derecha en el trabajo de reparación de motores hace ya tantos años...”. Al final, tras convencer a un buen número de personas relevantes, el H. Antonio ganó la batalla, la batalla de la caridad conducida con inteligencia y pasión y confiándosela a la Consolata, a la que amaba con tierno corazón de hijo.

Los años pasan y llega el momento de la prueba. Víctima de un tumor, se ve obligado a dejar a sus queridos indios para volver el 8 de junio de 2003 a Alpignano. El día 18 del mismo mes es hospitalizado en Rivoli y fallece allí el 27, fiesta del Sagrado Corazón. Tiene 72 años, 50 de ellos profeso y 35 de misionero.

El funeral se celebra el 3 de julio, presidido por monseñor Aldo Mongiano. Hablan de él los padres Silvano Cacciari, Giuseppe Mina y Luciano Stefanini.

Del mismo modo que en el manto de la Consolata brillan tres estrellas, tres brillan también en la vida espiritual del H. Antonio: fue un gran animador litúrgico, pastoral, vocacional, atento a las necesidades de la comunidad de Roraima y peregrino de parroquia en parroquia de Brasil en continua búsqueda de vocaciones.

El H. Antonio fue un gran educador e instructor profesional de la naciente casa de formación de los coadjutores en Alpignano y en la erección de la escuela profesional de Colungá, en Roraima, reconocida en ámbito gubernamental.

Pero fue sobre todo un misionero convencido, amante del Instituto, religioso ejemplar, heroico en el sufrimiento, que no detuvo su trabajo en el difícil camino de comunicación con los yanomami.

Obligado a volver a Italia, fue admirable su serenidad en medio de las intervenciones quirúrgicas, e imprevisible y misteriosa fue su muerte, a pesar de los cuidados y servicios excelentes del hospital Koelliker.

En la misa por su eterno descanso participaron familiares, hermanos y hermanas nativos de Palosco y de otras casas próximas. 

P. Giuseppe Villa

y Redacción del Da Casa Madre

Después de los funerales en Alpignano, su cuerpo fue llevado a Palosco, pueblo natal, donde fue expuesto en la iglesia parroquial para la visita de los fieles. Al día siguiente, 4 de julio, a las 18.00 de la tarde, tuvo lugar un solemne funeral, presidido por el párroco. Estaban presentes el padre Franco Gioda, superior regional, los padres de las casas de Milán y Bedizzole, algunos sacerdotes originarios del pueblo, hermanas de la Consolata y mucha gente.

La larga homilía fue pronunciada por el párroco emérito del pueblo, don Alfonso, que había conocido al H. Antonio y del que pudo contar muchos episodios y confidencias. Quiso también intervenir el alcalde al final de la misa para agradecer al Hermano su obra y recordar que también como administrador del Ayuntamiento le había ayudado en sus proyectos de desarrollo.

El H. Antonio fue sepultado en la capilla de los sacerdotes del cementerio del pueblo.

El puesto vacío

El H. Antonio Costardi se ha ido para siempre. Era el viernes por la mañana del 27 de junio y la Iglesia celebraba la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Él llevaba silenciosamente en el hospital algunos días y poco a poco se fue apagando su vida, una vida entregada al servicio de los demás y del Señor.

Le habíamos recordado algunos meses antes con ocasión de sus 50 años de profesión religiosa, como misionero de la Consolata. La enfermedad había comenzado a minarle; se le había practicado una larga intervención quirúrgica y todo parecía marchar bien. Él, que era un volcán de ideas, se vio obligado a estarse quieto, a retrasar proyectos, a esperar (impacientemente) las decisiones de los médicos, soñando siempre en Brasil, en la escuela que había hecho “renacer” para sus indios...

No se resignaba a estar allí y le parecía imposible no poder volver a su misión. Era un hombre que sólo vivía para eso, misionero en la cabeza y en el corazón y totalmente convencido de su vocación: no sacerdote, sino, como escribíamos, “simplemente hermano”.

La fe, esencial y robusta, la había heredado de su familia, la había respirado en el ambiente cristiano de su pueblo, la había consolidado con la palabra y el ejemplo de los sacerdotes que le habían formado. Destinado finalmente hacia Brasil, había podido desplegar allí su labor con generosidad, siempre disponible a los diversos cometidos que se le confiaban, incluidos algunos nada fáciles, como la animación misionera en las parroquias o en las escuelas, o la inserción entre los grupos primitivos de los indios de la selva amazónica. Aunque había ya superado los 70 años, no consideraba que tuviera que jubilarse y el horizonte de su futuro seguía contando con sus proyectos y sueños. Eso quería decir que la enfermedad sólo podía ser un pequeño paréntesis...

Le había visto dos días antes de su muerte, durante el bochorno terrible de un verano calurosísimo. Me había saludado con una sonrisa sincera que me había hecho creer que pronto le tendríamos en casa. En cambio...

Hasta pronto, Antonio, hermano y amigo, misionero tenaz y generoso. Te encuentras ya en el corazón de Dios, por lo que te pedimos que te acuerdes de nosotros. ¡Y mira a ver si consigues que venga alguien a ocupar tu sitio!

 P. Giacomo Mazzotti