Narrow screen resolution Wide screen resolution
La primera lección de Mongolia PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Piero Trabucco, IMC   
19.02.2006

15 de noviembre de 2003

Queridos Misioneros:

A finales de octubre, al término de la visita canónica a la Delegación de Corea, pude pasar algunos días con los hermanos y las hermanas de la Consolata de Mongolia, que se encuentran actualmente en período de primera ambientación y aprendizaje de la lengua el país.

Como ya sabemos, el proyecto Mongolia comenzó a partir de las orientaciones del X Capítulo General (XCG); fue resueltamente animado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y contó en seguida con el apoyo fraterno de la minúscula comunidad cristiana que hay en aquel territorio. Han transcurrido ya tres años entre el primer contacto con aquel país y la llegada de los misioneros Este tiempo de preparación ha tenido momentos estupendos, pero tampoco han dejado de faltar sufrimientos.

Entre los primeros quiero recordar solamente el envío misionero que el cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, hizo en el Santuario de la Consolata de Turín el día de Pentecostés de 2002. Después de recordar los cien años desde la primera expedición misionera de los Misioneros de la Consolata rumbo a Kenya, el cardenal exhortaba así en su homilía: “Asia necesita misioneros. Estos hermanos y hermanas que reciben hoy el crucifijo irán con el mismo espíritu con el que partieron los cuatro primeros hace cien años: llevando consigo solamente la fe, el coraje de Cristo, la santidad del Espíritu que transforma en testimonios auténticos del amor... Os dirigís a Asia para que el mundo entero pueda glorificar que Dios es nuestro Padre, que envió a su Hijo y nos donó el Espíritu”.

No puedo en este momento, sin embargo, dejar de recordar las dificultades de salud por las que atraviesa el P. Paolo Fedrigoni, una situación que se declaró justamente durante la preparación inmediata de los misioneros para este destino. Aunque en un primer momento nos produjo sentimientos de desconcierto y de desorientación, a continuación nos estimuló a todos a dejar confiadamente la incipiente misión en las manos de la Providencia, que guía siempre el curso de nuestra historia misionera por encima de nuestros propósitos y de nuestros programas.

Al volver a repasar en estos días el camino hasta ahora recorrido, me ha parecido comprender que Mongolia está constituyendo para el Instituto una enseñanza antes aún de que nuestros hermanos hayan comenzado su actividad misionera. Intento expresarla como si se tratara de la respuesta a algunas preguntas que pueden surgir espontáneamente en nosotros.

1. “¿Por qué una nueva apertura cuando el Instituto no crece numéricamente?”

Fue el mismo XCG el que respondió a esta pregunta cuando, aun consciente de la situación no muy halagüeña de personal en el Instituto, solicitaba una nueva apertura, la segunda, en Asia. Lo hacía partiendo de la urgencia de anunciar a Cristo a quienes todavía no son cristianos. Dice al respecto: “El anuncio del evangelio a los pueblos y grupos humanos todavía no evangelizados, con preferencia hacia los más necesitados y olvidados, está en un primer plano entre las actividades correspondientes a nuestro fin (cf. Const 17). En este contexto, el Capítulo concede una atención privilegiada a Asia porque es el continente más poblado del mundo y con menor presencia cristiana, donde se encuentran las grandes religiones y países inmersos en la mayor pobreza. Los propios documentos de la Iglesia invitan a elegir Asia con urgencia como prioridad de la misión ad gentes (cf. RM, 43-44). Y establecía que “la Dirección General en el primer trienio [...] ponga en marcha el estudio de una apertura en Asia, que llevará a cabo en el segundo trienio” (44).

Hay otro motivo, tal vez tan importante como el primero porque forma parte de la índole misma de nuestra vocación misionera. Lo intuyó ya nuestro Fundador cuando, en el origen del Instituto, soñaba a sus misioneros constantemente en movimiento para evangelizar el mundo: “La obra es suya, el Señor la ha bendecido, y del mismo modo que se ha hecho el bien en Gikuiu, también se hará en Kaffa; yo no lo veré, pero quizá vayáis también a Japón, al Tibet; como san Francisco Javier, que quería recorrer China, Rusia y Alemania y convertir a todo el mundo” (Conf I, 610).

La itinerancia, en efecto, como aconteció con la vocación misionera del apóstol Pablo, es uno de los elementos indispensables del misionero de todas las épocas. Él va, predica, forma comunidades y luego se dirige a otros puertos y fronteras en busca de un ad gentes que nunca faltará. La itinerancia es pues un componente esencial de todo Instituto misionero, que debe dirigir su mirada hacia nuevos horizontes si quiere ser fiel a su índole misionera. Realizada su tarea, se retira o revisa su presencia en un determinado país o iglesia para dirigirse a otro u otra, sin esperar a la maduración plena de su siembra.

Es siempre instructivo volver a leer las palabras proféticas de los grandes misioneros del pasado. Recordemos lo que escribía monseñor Marion Brésillac, fundador de la Sociedad de las Misiones Africanas (SMA), hace ahora 150 años: “Misionero apostólico, tú no eres párroco ni obispo del lugar que administras. Cuanto más tiempo permanecéis en un sitio, más debéis humillaros delante de Dios, porque eso es una prueba de que Dios no ha bendecido vuestros esfuerzos. El error quizá no depende de ti, pero tal vez no puedes eximirte de hacerte alguna reprensión. ¡Feliz el misionero que funda iglesias y apenas las ve en pie corre a otro sitio para fundar otras! Éste no lleva en vano el nombre de apóstol, que resulta contradictorio en quienes quieren establecerse y reinar en esos lugares” (Los grandes testimonios del Evangelio, Roma 1992, pp. 244-245).

De él se hace eco el Beato Paolo Manna: “Se dice que los misioneros son y han sido pocos, pero ¿quién advierte que la casi totalidad de los misioneros hoy esparcidos por el mundo está haciendo un trabajo que debería ser hecho por los sacerdotes indígenas? Si los misioneros hicieran de misioneros y no de párrocos, no serían pocos” (Osservazioni sul metodo moderno di evangelizzazione).

2. “¿Por qué vamos a Mongolia si no hay cristianos?” 

Una pregunta de este tenor en labios de un misionero podría parecer una extravagancia o una ocurrencia poco oportuna. Sin embargo, hemos podido escucharla a más de un misionero de la Consolata, y expresada con una buena dosis de contrariedad y sorpresa. ¿Por qué decidir ir a un país donde no hay cristianos (parece que quiere decirse) mientras nos estamos viendo aquí ante comunidades cristianas numerosas y fervorosas, siempre dispuestas y listas a recibir nuestros servicios pastorales y que pueden ocupar todas las horas de nuestras jornadas?

La respuesta es tan obvia que puede pertenecer al abc de nuestro credo misionero: vamos a Mongolia justamente porque allí no hay cristianos. El Instituto ha sido fundado para los no cristianos, y es por esa razón por la que cada uno de nosotros ha decidido ser Misionero de la Consolata. Los cien años de vida del Instituto han abierto el abanico de opciones apostólicas en el ámbito cristiano, la siembra hecha en los primeros tiempos en tantos países de África se ha convertido hoy en mies frondosa, la ayuda a las iglesias necesitadas, especialmente en América, nos ha estimulado a asumir el servicio pastoral de comunidades cristianas numerosas. Y así, poco a poco y casi inadvertidamente, lo que debía ser un servicio temporal se ha convertido en nuestra manera habitual de hacer misión, hasta el punto de sentirnos perplejos cuando el Instituto decide ahora dar un viraje en la dirección correcta, es decir, hacia los no cristianos.

El último Capítulo General explica del modo siguiente el motivo por el que debemos volver a evangelizar a los no cristianos: “El artículo 17 de las Constituciones da la lista de las actividades correspondientes a nuestro ad gentes, indicando en primer lugar lo que es realmente constitutivo en relación con el fin del Instituto: ‘el anuncio de la Buena Noticia a los pueblos todavía no evangelizados’. Se nos envía a las fronteras de la Iglesia, a los grupos humanos que no conocen o todavía no han acogido a Jesucristo. Éstos y los nuevos ‘paganos’ de hoy son la razón de ser del Instituto. Lo expresaba claramente el Fundador cuando decía: ‘Nosotros existimos para los no cristianos’. Esto se encuentra en el primer lugar en las intenciones de quien entra en el Instituto, es el principio fundamental e inspirador de toda actividad que tiene que ver con la animación misionera y vocacional, la formación, la organización y las actividades de apostolado. Este fue el anhelo de generaciones de misioneros. Algunos se distinguieron de manera singular. Entre otros muchos, recordamos a monseñor Filippo Perlo y, entre los más recientes, a monseñor Cavallera, que después de afianzar a la Iglesia de Nyeri, comenzó desde cero, bajo la tienda, entre los todavía no evangelizados” (40-41).

Los cristianos en Mongolia son alrededor de un centenar, por lo que la preocupación primera y principal de nuestros Misioneros consistirá anunciar a Cristo y dar testimonio del evangelio entre quienes no le conocen. Será inicialmente ésta su exclusiva área de actividad y el objetivo principal de todas sus preocupaciones apostólicas.

3. ¿Por qué una fundación juntamente con las Misioneras de la Consolata? 

El Noveno Capítulo General escribió una hermosa página sobre la comunión y la colaboración que deben existir siempre entre nosotros y las Misioneras de la Consolata. Ese texto se insertó posteriormente en el apéndice de las Actas capitulares. El XCG, aunque trató este tema de forma más sobria, lo hizo con mayor eficacia. Lo insertó en el capítulo de nuestra identidad. Se afirma en él: “El fin, el espíritu, las características del Instituto y la paternidad del Beato Fundador son motivos válidos y profundos de unión con las Misioneras de la Consolata, a las que consideramos hermanas nuestras porque las anima el mismo carisma y espíritu... El Fundador común quiso que la misión se realizara en masculino y femenino. Con la fundación del Instituto de las Misioneras de la Consolata quería conseguir una complementariedad fecunda para la evangelización y para favorecer un espíritu de familia y de unidad de intenciones con los que quería que se realizara” (21). En otras palabras, el Capítulo nos dice que no podemos ya programar nuestra misión de hoy y de mañana sin poner el máximo empeño en que la misma se exprese “en masculino y femenino”, con el espíritu y las características queridos por el mismo Padre y Fundador. Esta complementariedad debe ser intentada por nosotros como un gran valor relacionado con nuestra misma identidad, tal como quiso el Beato Allamano.

El proyecto de Mongolia nos puede enseñar que este objetivo es posible y realizable cuando se respetan algunos criterios:

- Todo proyecto deberá estudiarse desde el principio de común acuerdo y será luego acompañado en unidad de intenciones en todas sus fases de realización;

- Se respetará siempre una igualdad real de los dos Institutos, tanto en la forma de proyectar como en la realización;

- Se buscará y respetará la dimensión de la complementariedad;

- Se tendrán constantemente presentes los valores de nuestro carisma común.

El Fundador no puede dejar de sentirse complacido con esta realización llevada a cabo en unidad de intenciones por sus hijos y sus hijas desde el momento de hacer un proyecto. Se alegrará también siempre que sus Misioneros estén atentos a concretar su carisma teniendo en cuenta los signos de los tiempos, que exigen modalidades nuevas quizá y el uso de medios que nuestra historia pasada tal vez no había aún descubierto ni utilizado.

4. ¿Qué sentido puede tener un pequeño grupo de Misioneros en un país tan lejano?

No cabe duda de que Mongolia está abriendo un capítulo inédito en el actual panorama misionero del Instituto. Efectivamente, en todas las iglesias donde nos encontramos actualmente desarrollando nuestro servicio misionero, actuamos generalmente en comunidades cristianas florecientes, numerosas y vivas.

La iglesia en Asia necesita, en cambio, una misión que se haga con pequeños números, es consciente de la propia exigüidad e incluso de la falta de poder; se caracteriza por su modestia y pobreza, está abierta al diálogo, a la confrontación, a la acogida, y es consciente de que su fuerza está en la autenticidad de su mensaje y de su fidelidad a Cristo.

Mongolia nos hace entrever en el presente que pueden existir en el futuro en nuestro Instituto otros caminos para hacer misión, formas diversas de las que hubo en el pasado y realizadas en otros continentes, cuyo significado encuentra su razón de ser en la parábola evangélica de la semilla que cae en la tierra y muere para dar vida, o en la de la levadura que se echa en una cantidad de harina, que desparece y hace que aumente toda la masa. La Iglesia constituye sin duda una ínfima minoría en Mongolia. Esta realidad constituye una situación de privilegio, si queremos tenerla en cuenta partiendo desde la perspectiva evangélica, que difícilmente podemos encontrar en otros continentes donde desarrollamos actualmente nuestra misión. Una situación como ésta lleva a poner toda nuestra atención en la calidad de la vida y de la acción apostólica más que en los números. Es decir, exige el máximo empeño para que cada uno sea sal que da sabor y semilla que genera vida.

Si Asia es el continente misionero del siglo XXI, como ha sido dicho varias veces y se pone de relieve en diversos lugares de los documentos de la Iglesia, quiere decirse que es éste el nuevo método de la misión con el que debemos familiarizarnos más y más y que nuestro Instituto debe también aprender poco a poco.

La realidad misionera de Asia, caracterizada por la pequeñez y la modestia, resalta y favorece también otra importante dimensión de nuestra evangelización y de nuestro carisma de misioneros de la Consolata: la comunión con la Iglesia. “Amor al Papa”, la llamaba nuestro Padre Fundador; “sentire cum Ecclesia”, se denomina en el documento Vita consecrata, que recuerda así una antigua expresión patrística; “pasión por la Iglesia” es otra expresión plástica para indicar un elemento siempre muy sentido por todos los misioneros y por los grandes apóstoles de todas las épocas. Hacer misión cuando no somos nosotros la fuerza determinante o el grupo hegemónico, lleva espontáneamente a tender puentes con todas las fuerzas vivas de la Iglesia, comenzando por el obispo, por los sacerdotes y los religiosos, por el laicado activo, hasta incluir a todo el pueblo de Dios. Con ellos nos sentimos entonces iglesia viva y rica en muchos y diversos carismas, pero siempre un solo cuerpo. Lo que a nosotros nos falta en personal y medios apostólicos lo encontramos en otras fuerzas y realidades eclesiales. Y de este modo madura en nosotros poco a poco una mentalidad mayor de comunión y más abierta, capaz de llevarnos a exclamar con san Pablo: “con tal de que Cristo sea anunciado”.

5. ¿Qué estrategia tenemos para una misión tan diferente?

Debemos confesar que, frente al enigma de Mongolia, nos sentimos realmente “con las manos vacías”, como nos sugeriría el título de un documental misionero de hace algunos años. Nuestro Instituto sólo tiene en Asia una experiencia que se limita a Corea, mientras que de la realidad de Mongolia no tiene ningún conocimiento. Sin embargo, el corazón nos dice que esta situación debe ser considerada por nosotros como una “ventaja” que nos permitirá poner en marcha esta misión con humildad, con la punta de los pies, como personas que van realmente con las manos vacías, pero que al mismo tiempo están muy deseosas de aprender. Nuestros misioneros descubrirán una estrategia misionera poco a poco, al lado de otras fuerzas vivas de aquella pequeña Iglesia. La búsqueda de un método misionero no debe ser en este momento su principal preocupación. Más importante que cualquier otra cosa es tratar de encontrar el modo de poner en marcha nuestra presencia de forma correcta, poniendo el acento en la calidad y en el estilo de nuestro ser y en unas actitudes anímicas que permitan crecer en la que podríamos llamar una espiritualidad misionera para Asia. Dos son las dimensiones que deseo poner de relieve de manera especial:

1. Mirada atenta y contemplativa

Una mirada así nos permite percibir con claridad que esa misión es el Señor quien nos la ha preparado. Él es quien ha guiado nuestros pasos hacia aquel país y aquel pueblo. Debemos pues seguir preguntando constantemente al Señor, en la oración y en el discernimiento comunitario, para conseguir que nos dé Él las indicaciones útiles sobre los senderos que debemos emprender, es decir, sobre los que él quiere que nosotros avancemos. Esta mirada atenta y contemplativa nos permitirá leer a nuestro alrededor los “signos” que revelan su intención y su voluntad. Sin duda será exigente el camino de purificación que se nos pide, porque pueden ser muchas las certezas que deberán dejar sitio al “solus Deus”, a ese silencio paciente ante Dios propio de la mística oriental. Paradójicamente, esta fe en Dios nos llevará a apoyarnos en quien ha recorrido el camino antes que nosotros, en la Iglesia local y en las intuiciones que pueden venirnos de quienes tienen más experiencia que nosotros. Asia, quizá más que ninguna otra misión, nos hace sentir que no somos nunca protagonistas, sino siempre y sólo colaboradores.

2. Apertura al diálogo 

El diálogo es un elemento básico de la espiritualidad del misionero de hoy, sea cual sea el rincón del globo donde actúe, porque significa en primer lugar relación con la Palabra que interpela a la persona cada día y hace que nunca esté sola, sino que sea siempre una relación vital con Otro. Esta primera y fundamental forma de diálogo permite al misionero curarse de las formas de egoísmo y de las clausuras que brotan inexorablemente en la vida misionera y abre positivamente a todas las realidades circundantes. La Iglesia de Asia, además, exige la espiritualidad del diálogo como requisito indispensable para hacer evangelización y estar presentes en este continente, acentuando de manera especial tres aspectos:

- El diálogo con los pobres, que consiste no sólo en ser solidarios con quien se encuentra necesitado, sino en saber descubrir en los gemidos o en las protestas a gente necesitada de la palabra misma de un Dios liberador que nos interpela y que nos llama a convertirnos. Nadie que haga misión en Asia podrá olvidar que la mayor parte de la población de este continente está constituida por indigentes y marginados.

- El diálogo con las culturas, que no se limita al ámbito intelectual, exige al misionero vivir con simpatía las peculiaridades del país que le acoge, como pueden ser el lenguaje, la alimentación, las relaciones humanas, las costumbres familiares, el folklore o la literatura, las tradiciones filosóficas y místicas. Se trata de un compromiso que durará toda la vida.

- El diálogo con las religiones nos lleva al corazón de la misión en Asia. Significa ese diálogo no solamente conocer las religiones de la gente con la que vivimos, sino saber encontrar en ellas la palabra de Dios que nos habla a todos. Vivir nuestra fe cristiana profundamente significa vivirla en esta atmósfera de apertura sincera y fraterna con los que tienen otras convicciones religiosas, tratando por nuestra parte de encontrar al Dios de estos hermanos y hermanas nuestros, saborear la sabiduría de sus libros sagrados, apreciar la variedad del culto al Dios de todas las personas...

Termino diciendo que estoy convencido de que la lección que Mongolia nos puede dar es mucho más amplia de cuanto haya podido yo sugerir en estas pocas páginas. Nos encontramos todavía atentos todos en la lectura del primer capítulo sobre nuestra presencia en Mongolia. Os invito pues a mirar con gran simpatía a esta nueva “criatura”, nacida en nuestra Familia misionera, y a orar para que sepa crecer y robustecerse. Exhorto a los Misioneros que se encuentran en Mongolia a mantener una comunicación constante con los Misioneros de la Consolata que trabajan en otros continentes a fin de que la experiencia de cada uno se convierta en riqueza de todos los demás. Contar la misión no es solamente un medio de animación misionera y vocacional; puede ser también un auténtico trasvase de valores que enriquezca a todo el Instituto.

Os saludo fraternamente en la Consolata.

P. Piero Trabucco, IMC

(Padre General)

Ultima modificación ( 12.03.2006 )