Narrow screen resolution Wide screen resolution
Delegación de Corea Imprimir E-mail
Escrito por Consolata.org   
19.02.2006

VISITA CANÓNICA

A LA DELEGACIÓN DE COREA

(13-27 octubre)

27 de octubre de 2003

Queridos Misioneros:

Esta es la primera visita que se hace a vuestra Delegación, de acuerdo con la praxis tradicional del Instituto para las visitas canónicas. Hasta ahora, la Dirección General había hecho siempre una visita anual a vuestra circunscripción a través de la participación de uno de sus miembros en algún momento significativo, como podían ser los ejercicios espirituales anuales u otra iniciativa prolongada de formación permanente. En esta visita, el diálogo personal con cada miembro de la Delegación, la permanencia en nuestras comunidades y un encuentro prolongado con el Consejo de la Delegación nos han permitido detenernos largamente sobre vuestra vida personal y las actividades apostólicas que realizáis. También se dedicó día y medio a leer comunitariamente la historia, que no es larga pero sí significativa, de los tres lustros de presencia del Instituto en este país, durante la cual se intentó poner de relieve las realizaciones, los retos y las dificultades encontradas. El fruto de este trabajo me ha sido especialmente útil para comprender vuestra realidad y para redactar esta relación, ya que dicho fruto maduró en un contexto significativo de discernimiento. Estamos convencidos, en efecto, de que el Espíritu del Señor obra con especial eficacia cuando los hermanos reflexionan juntos, unidos en el nombre de Jesús, en comunión fraterna y en oración.

Una premisa necesaria

Es difícil describir y hacer comprensible a lectores lejanos una situación misionera peculiar sin una visión adecuada del contexto del país y de la vida de la Iglesia. Con esta premisa quiero pues resumir, a grandes trazos, el ambiente en el que vivís y obráis hoy en Corea, recogiendo en buena parte las reflexiones preparadas hace tres años con ocasión de vuestra primera conferencia Regional.

La sociedad y la cultura coreanas

Corea del Sur vive actualmente un momento histórico especial en el ámbito político, social y religioso que está revolucionando la cultura milenaria de este pueblo y cambiando profundamente el modo de vivir de la gente. Corea, que hasta el comienzo del siglo pasado era llamada “estado eremita” por estar cerrada herméticamente a todo influjo exterior, intensifica ahora su apertura al mundo externo, facilitando de muchas maneras los intercambios culturales y comerciales con otros países y acogiendo a muchos trabajadores extranjeros. Es también muy significativo el esfuerzo de Corea del Sur para acelerar la pacificación con Corea del Norte. Aunque los obstáculos siguen siendo muchos en el camino que conduce a la unidad de la península coreana, especialmente por parte del régimen del Norte, sigue siendo muy fuerte el deseo de la población de dar por terminada una división anacrónica que afecta negativamente a todo el país, lo que hace que muchas familias se vean obligadas a vivir en una separación y provoca ingentes gastos económicos y militares.

El territorio de Corea del Sur, de apenas 99.000 km², tiene una población de 48 millones de habitantes, que se concentran especialmente en los grandes y medianos centros urbanos. Es significativo el fenómeno de la emigración de la población de los pueblos hacia las ciudades. Baste decir que la población que vive en la ciudad ha pasado del 28% en 1960 al 79 % en 1995.

El bienestar económico se ha generalizado y sigue creciendo, a pesar de que la crisis financiera de 1997 pusiera fin a una excepcional boom económico, lo que creó situaciones nuevas, como el paro. La expansión de la construcción es ahora muy importante. Se modernizan las infraestructuras del país, lo que comporta el beneficio de la inversión de capital extranjero. Hay un grave problema, no obstante, que sigue afectando negativamente al desarrollo del país, y es la corrupción en el ámbito de los grandes grupos económicos y de la política.

La emigración del pueblo hacia la ciudad, el ritmo acelerado que la vida urbana exige y la competencia despiadada en todos los ámbitos para conservar el nivel de vida influyen profundamente en la organización familiar tradicional. La familia coreana, basada en la estructura confuciana, aunque sigue teniendo un papel de especial relieve en la sociedad, actualmente ha sufrido algunas grietas, como el decreciente número de hijos y la lejanía de los padres con respecto a los hijos a causa del trabajo, así como el aumento vertiginoso de los divorcios.

El pueblo coreano tiene una especial proclividad a formar grupo, a la organización y al trabajo. Siente profundamente el sentido de pertenencia, del “nosotros”, de la “coreanidad”. Pero esto no elimina las diferencias sociales, las discriminaciones entre el hombre y la mujer y las formas de violencia que brotan en quienes se refugian en el alcohol o en los juegos creados por la tecnología moderna.

La educación está adquiriendo en Corea un nivel muy alto, muy superior al cerrado, uniforme y un tanto masificado del pasado. Pero se caracteriza por su selectividad y despiadada competitividad en busca de los primeros puestos en la escuela para asegurar posteriormente un trabajo. Los jóvenes, aunque capaces de concentrarse en el estudio, se están abriendo rápidamente a otros estilos de vida, a otras culturas, y frecuentemente se oponen a los elementos educativos tradicionales. Les gusta copiar las modas de Occidente, aunque conserven siempre algunas de sus características peculiares, como son el respeto a la autoridad, el estudio intenso y la responsabilidad en las tareas asumidas. El gobierno está insistiendo para que la lengua inglesa se convierta en el segundo idioma del país – pero si eso se dará, será para tiempos aún lejanos – mientras que la informática invade todos los campos.

Iglesia y religiones

Las milenarias tradiciones religiosas coreanas, como el chamanismo, el budismo y el confucianismo, siguen teniendo un gran influjo en la población coreana. El cristianismo, que tiene ya 200 años de vida, está en constante expansión. En tiempos recientes se han introducido muchos movimientos religiosos que se inspiran en la New Age o en el taoísmo, lo que ha dado lugar a un gran pluralismo religioso. Existe generalmente una buena relación entre los jefes religiosos, aunque es evidente en todas partes un marcado proselitismo, especialmente entre las sectas protestantes.

El pueblo coreano es profundamente religioso, a pesar de que el 50% de la población se declare sin religión, es decir, no vinculada a ninguna religión organizada. El coreano anhela especialmente la “paz del corazón”, por lo que está dispuesto a acoger todo lo que pueda contribuir a conseguir esa meta. La comunión con los antepasados sigue siendo una expresión muy marcada de la religiosidad coreana, hasta el punto de que la separación entre los vivos y los muertos casi parece no existir. Los antepasados siguen ocupando un lugar importante en la vida familiar y en las relaciones entre las personas.

La Iglesia católica, que cuenta con el 10% aproximadamente de la población, se encuentra en constante crecimiento. Todo está relacionado con la estructura parroquial, fuertemente centralizada, conforme al clásico estilo confuciano. El laicado desempeña un papel muy activo. Se calcula que actualmente el 30% de los católicos asiste a la misa dominical. La vida consagrada, especialmente la masculina, parece no haber encontrado aún plena ciudadanía en la vida de la Iglesia de este país. Los carismas de las diversas familias religiosas se expresan con dificultad, mientras que el ideal de la misión fuera del país, aunque comienza a abrirse lentamente camino, encuentra muchas dificultades. Tampoco se siente la exigencia del diálogo interreligioso y las pocas estructuras destinadas a esto apenas influyen en la vida eclesial.

El camino de la Iglesia católica en los últimos decenios ha causado indudablemente un gran impacto en la sociedad coreana. En los años 50-60, con sus obras de solidaridad, en los años 70-80 por su papel activo en favor de la libertad y la democracia del país. Parece haberlo descubierto con un compromiso fuerte en el campo educativo y formativo, así como dando respuestas tempestivas y apropiadas a la exigencia cada vez más sentida por parte de la gente de una espiritualidad profunda.

Una inspiración que guía y sostiene

Nuestra presencia en Corea, que comenzó en 1988, cuenta en este momento con once misioneros provenientes de siete países diferentes, además de otros dos jóvenes religiosos que se añadirán el próximo año. El Grupo Corea, convertido en Delegación el 22 de diciembre de 1994 bajo la protección de los Santos Mártires Coreanos, está dividido en tres comunidades. En Yokkok está la sede central y del Superior delegado. Acoge a los misioneros durante el período de estudio de la lengua coreana, hospeda a los jóvenes en período de formación y ofrece la posibilidad de realizar diversas actividades de animación misionera. La construcción es sólida y suficiente para las exigencias actuales de la Delegación. En Okkildong, también en la diócesis de Inchon, existe desde 1999 el centro para el diálogo interreligioso denominado “Fuente de consolación”. Constituido por dos casitas a los lados de un bosquecillo, es un lugar ideal para la finalidad que el centro se ha fijado. En Kuryon, aldea situada en la archidiócesis de Seúl, se procedió hace dos años a una apertura destinada a los pobres de la ciudad en sustitución de la de Mansokdong, que duró siete años. Una casita acoge a los tres misioneros de la comunidad, y un pequeño salón contiguo acoge algunas actividades a favor de la gente del barrio.

Estas son las estructuras, sencillas y esenciales, que permiten a la Delegación ofrecer a la Iglesia coreana un servicio acorde con nuestro carisma misionero. A lo largo de la visita hemos querido recorrer juntos, en la reflexión y el discernimiento, el camino hecho por vosotros a lo largo de los últimos dieciséis años. Hemos podido darnos cuenta de que toda nueva actividad emprendida ha tenido siempre un objetivo claro, fruto de una atenta y larga reflexión comunitaria. También hemos comprobado que una inspiración o una “gracia” han iluminado y sostenido este camino, desde el momento en que se dieron los primeros pasos, sin excluir los caracterizados por inevitables incertidumbres y por la oscuridad. Trataré de expresar ahora esta inspiración según sus elementos esenciales, para que se mantenga como punto de referencia para el presente y el futuro de nuestra misión en Corea.

Misión hecha en comunión

La comunión-comunidad ha adquirido en los últimos años una especial significación, hasta el punto de convertirse en dimensión básica y fundamental de la Delegación. Expresa la búsqueda continua de la unidad de intenciones a través de una comunicación intensa y constante, así como los momentos de discernimiento y de programación comunitaria, tanto en ámbito local como de Delegación. 

Este espíritu de familia adquiere forma de acogida fraterna mutua, especialmente con quienes llegan a Corea por primera vez y tienen que hacer frente a una realidad nada fácil debido a la cultura, la lengua y el trabajo misionero. Se convierte asimismo en testimonio significativo en esta sociedad donde la comunidad, cualquier comunidad, conserva un marco bastante jerárquico, de acuerdo con el estilo confuciano. Nuestra comunidad, que se caracteriza por su marcada internacionalidad, a través del diálogo constante y la acogida fraterna, el respeto a la diversidad y la estima de los dones y las cualidades de cada uno, se convierte en propuesta clara de la fraternidad que encuentra en el Evangelio su inspiración y en el amor a los otros su actuación concreta.

Nuestra presencia misionera en Corea, como seguramente acontecerá en cualquiera otra nación de Asia, sólo puede presentarse de manera muy humilde y numéricamente reducida. Pero, encontrándose con una realidad social y cultural muy compleja, podría caer fácilmente en el desánimo las personas que no cuenten con un apoyo y una ayuda fraterna y eficaz. De este modo descubrimos, en esta primera y peculiar característica de nuestra misión en Corea, el secreto que ha dado vida a una experiencia misionera en la línea de la continuidad y de la significación.

Fidelidad al carisma

Habéis venido a Corea para realizar un servicio que estuviera en consonancia con nuestro carisma específico. Los primeros misioneros que llegaron a Corea pudieron darse cuenta muy pronto de que la Iglesia coreana contaba con la bendición de un gran número de sacerdotes diocesanos, suficientes para atender a las necesidades de las comunidades parroquiales en constante crecimiento. No se sintió atraída entonces su atención por las necesidades pastorales de la comunidad cristiana, por lo que pudo orientarse hacia lo específico de nuestro carisma, es decir, no dio pronto y con decisión pasos adelante en el “ad gentes”.

1. “Los pobres serán evangelizados”. Desde el principio se vio claro que éste debe ser el signo distintivo de nuestra misión en Corea, como lo fue en el ministerio de Cristo. Esta atracción hacia los pobres fue la que prevaleció desde el primer momento, no tanto debido a la falta de bienes materiales, sino más bien a la necesidad de solidarizarse con los pobres y dar testimonio de una dimensión esencial de la Iglesia de Cristo. No fue una opción fácil, y tampoco llegó como respuesta a una invitación de la Iglesia local. Fue más bien un nadar contra corriente, porque la Iglesia católica está en gran parte constituida por personas de clase media alta. Mansokdong antes y ahora Kuryong continúan siendo un “signo” para los pobres no evangelizados y para la Iglesia local de la opción que hizo Jesucristo y que quiere que todos sus discípulos renueven en todo tiempo y lugar. Viviendo de este modo en contacto con los pobres, también los misioneros somos interpelados. Los pobres nos evangelizan invitándonos a comprender mejor la fuerza liberadora de la Palabra de Dios que nos llama a convertirnos a la autenticidad de vida y a la solidaridad con todos, como camino necesario para presentarnos como discípulos del Maestro de Nazaret.

2. La fe cristiana crece cuando se la comparte con otros o se la da a quien todavía no la conoce. Esta afirmación de Juan Pablo II ha llegado a vuestros oídos, desde el principio, como dirigida de forma intensa a esta Iglesia de Corea, rica en muchos recursos pero cerrada todavía sobre sí misma y muy comprometida en el mantenimiento de la fe viva de los que creen. Por eso surge fuerte en vosotros el deseo de decir a los cristianos de Corea que el don de su fe cristiana debe llevarles por los caminos del mundo para anunciar a quienes no conocen a aquel Cristo que ellos recibieron hace ahora dos siglos. Animación misionera y promoción vocacional son pues dos actividades inherentes a nuestra propia vocación, y que asumen en esta Iglesia una especial urgencia y necesidad. Dificultades nuestras de distinto tipo y resistencias de otros no han faltado y persisten todavía, pero no deben hacernos desistir de afrontar este compromiso con entusiasmo si no queremos que disminuya el valor de nuestra vocación misionera.

3. La opción de comprometernos en iniciativas de diálogo interreligioso ha sido la última en llegar, dadas las dificultades objetivas que este compromiso comportaba. De ahí que hayáis querido crear el centro “Fuente de la consolación” de Okkildong y que hayáis pensado en preparar adecuadamente al personal. El camino emprendido se detuvo bruscamente, pero se ha reanudado y parece proceder en la dirección adecuada. En sintonía con las enseñanzas de la Iglesia, creemos efectivamente que esta actividad no es un corolario de nuestra misión en Corea, sino constituye una parte integrante de él. Una parte integrante que se convierte, además, en algo muy exigente: debemos dialogar con la vida antes que con la palabra, debemos compartir con creyentes de otras religiones nuestra fe, que nos hizo criaturas nuevas, y queremos compartir con ellos nuestra espiritualidad, que encuentra en la Palabra, en la Eucaristía y en el silencio orante su fuerza. Muy oportunamente queréis ahora reanudar la marcha, partiendo de algunos presupuestos fundamentales como la vida de comunidad y su compromiso de oración, el esfuerzo en conocer con seriedad la cultura y la religión de este pueblo, la apertura y la acogida fraterna en nuestro centro de todos aquellos que desean compartir con nosotros su experiencia de fe y de oración.

Pobreza de medios y sencillez de vida

Corea ha abierto al Instituto una nueva frontera misionera, la de Asia. Cuando llegaron en 1988 a esta tierra los primeros cuatro misioneros, inmediatamente se dieron cuenta de que hacer misión en Asia difiere mucho del modo tradicional de estar presentes en otros continentes. En Asia uno se siente especialmente extranjero, aunque la acogida de la gente sea cordial. Incluso contando con el generoso esfuerzo que los misioneros son capaces de hacer, el proceso por la inculturación nunca puede darse por terminado, el aprendizaje de la lengua nunca por concluido, la integración en la Iglesia local nunca por realizada plenamente. El misionero en Asia debe pues estar dotado de una intensa pasión apostólica que le permita pensar gozosamente a través de un verdadero proceso de desprendimiento, como puede ser el momento de forzada inactividad o de largas esperas. Sólo acogiendo positivamente esta realidad constatará un día que el milagro evangélico del grano de trigo que cae en la tierra y muere, pero engendra vida, puede renovarse nuevamente en él.

Creo que os pueden ser de gran utilidad para conseguir el objetivo que acabamos de describir algunas actitudes como las siguientes:

- La discreción, que lleva a evangelizar con la punta de los pies, con una gran atención a la cultura local, respetando sus tradiciones, con una gran estima de su genio religioso. El misionero, parafraseando de algún modo un célebre pasaje paulino, deberá comprenderlo todo, respetarlo todo, esperar pacientemente, proponer siempre, no imponer nunca.

- La atención a la esencialidad, que se encuentra siempre en la base de todos los proyectos misioneros, impulsa a preferir los medios pobres y menos aparatosos para que el valor del signo aparezca con toda su elocuencia. Aquí se manifiesta la verdadera pobreza evangélica que induce a poner de dar la precedencia al ser sobre el hacer.

- El espíritu de servicio, que lleva al misionero a no desdeñar nunca la función de auxiliar, la presencia servicial y poco vistosa, prefiriendo el último lugar como el más adecuado a su índole vocacional.

Las exigencias que acabamos de describir, propias de una espiritualidad en Asia, no deben, sin embargo, llevaros a pensar que la obra misionera es poco necesaria en este continente, ni dejaros caer en una equivocada pasividad o una peligrosa inactividad. Es más bien una cuestión de fe que es sometida a prueba y purificada, siempre alerta y que estimula el camino, que se convierte en esperanza en las adversidades, que infunde constancia en la prueba. Es como la fe de María que engendra a Cristo y se lo da a los demás.

Las constantes de una praxis consolidada

He dejado hasta este momento la descripción de vuestra realidad misionera y vuestros valores ideales. Me dispongo ahora a analizar vuestro proyecto misionero concreto, que ha sido siempre un elemento vigoroso, algo que os ha permitido recorrer un largo camino, a veces incluso caracterizado por las incertidumbres y las dificultades. La pausa de reflexión que habéis hecho a lo largo de la visita os ha permitido arrojar luz sobre los elementos fuertes y los débiles que habéis querido tener en cuenta y analizar. No me detengo sobre cada uno de ellos. Sólo deseo poner de relieve los aspectos que emergieron con mayor frecuencia y que deben constituir una referencia constante en el futuro. Lo hago sin ordenarlos de forma lógica y no sigo criterios de prioridad.

1. La Delegación sigue siendo pequeña, con un número de personas inferior todavía al óptimo de las quince unidades por vosotros indicado en la conferencia Regional. Las comunidades locales son tres, con personal numéricamente suficiente, pero aún no preparado para afrontar el trabajo específico de cada una, debido al insuficiente conocimiento de la lengua. La Dirección General se esforzará en enviaros el personal necesario, pero mientras será oportuno que sigáis manteniendo el número actual de presencias para no tener que sacrificar la preparación del personal y sus exigencias formativas a las necesidades pastorales que nuevos desarrollos podrían crear.

2. Después de su llegada al país, el misionero dedica dos años al estudio de su lengua y se esfuerza en conocer su cultura, su historia y sus tradiciones. La experiencia os ha confirmado en la convicción de que ese estudio, tanto el de la lengua como el de la cultura, no puede terminar nunca. Adecuadas iniciativas aptas para tal fin pueden ser estudiadas y actuadas en el ámbito comunitario con el fin de mantener despierto el interés de todos hacia este compromiso que, con el paso del tiempo, tiende fácilmente a debilitarse. Aprovechad las oportunidades existentes y cread otras nuevas si consideráis que pueden ayudaros en la lecturas de la nada fácil realidad de este país.

3. La espiritualidad juega en vuestra vida un papel de importancia fundamental. Necesitáis, en efecto, una vigor interior para hacer frente a un tipo de misión que con frecuencia puede resultar árido y que quizá ofrece pocas satisfacciones pastorales. Las iniciativas que favorecen vuestra espiritualidad pueden ayudar también a los demás. Varias veces he oído, y en diferentes ámbitos, que la gente tiene actualmente una verdadera hambre de espiritualidad. Ofrecerles una presencia que les lleve a un encuentro personal con Cristo y a descubrir el absoluto de Dios en su vida es uno de los servicios más hermosos que vuestra misión puede ofrecerles. Tratad, si lo veis necesario, de poner en marcha iniciativas específicas para ello y que respondan aún más a las necesidades y los deseos de la gente. Esta aportación está en consonancia perfecta con nuestra acción específica de estímulo y fermento misionero dentro de la Iglesia y de la sociedad coreanas.

4. Sentid asimismo la necesidad de incrementar en este momento la animación misionera y vocacional. Se perciben ya signos de mayor apertura de la Iglesia coreana hacia el “ad gentes”, un número mayor de sacerdotes y religiosos se abre a la misión, la jornada misionera mundial se siente cada vez más y se está sensibilizando el pueblo de Dios. Es oportuno que cada misionero sienta como propio el cometido de animar a la Iglesia local, más allá del trabajo que realiza y de la función que desempeña su comunidad. A él dedicará el tiempo libre de los compromisos específicos que ya tiene, especialmente incrementando los contactos con las parroquias. En este campo, nuestra Revista debe tener una función importante. También las religiosas locales pueden ser una fuerza de animación misionera y vocacional muy importante. Contribuyamos por nuestra parte gustosamente en su formación misionera y apoyémoslas en su obra en favor de la misión.

5. La vida comunitaria intensa y fraterna, como ya dije anteriormente, es una de las realidades más hermosas que poseéis. Pero nunca se la puede considerar adquirida una ver para siempre, ya que se caracteriza por su fragilidad. Necesita que se la cuide atentamente y se la alimente de muchos modos. Puede ser también víctima del desgaste del tiempo y de la costumbre. Considerad pues como medios indispensable para crecer en la vida comunitaria y en la comunión fraterna el día semanal libre de compromisos pastorales y dedicado a vosotros mismos, las verificaciones periódicas y las programaciones comunitarias, los momentos anuales de formación permanente, de oración y de vacaciones comunitarias.

6. La relativa proximidad de las tres comunidades entre sí permite a la Delegación mantener un estilo comunitario intenso. Al mismo tiempo es oportuno que adoptéis las medidas necesarias para dar a cada comunidad una fisonomía y un desarrollo propios. No privéis a la comunidad local de momentos formativos para concentrar vuestra atención exclusivamente en los que son comunes a toda la Delegación. Ésta crece bien y de forma sana cuando respeta el ritmo de vida de cada comunidad, la cual, a su vez, puede ofrecer así la experiencia propia en bien de todos.

7. Un elemento vigoroso en la vida de la Delegación es el esfuerzo en tener siempre un proyecto misionero claro y correspondiente a nuestro carisma IMC. Hasta ahora habéis resistido a la tentación de diluirlo implicándoos en actividades que no están estrechamente relacionadas con vuestra vocación. Ese propósito no debe impediros dar vuestra aportación pastoral tanto a las parroquias como a las comunidades religiosas, siempre que os encontréis libres de otros compromisos específicos. En esta fase incipiente de nuestra presencia en esta Iglesia es importante extender el círculo de personas conocidas, tanto para poder ampliar el radio de animación misionera como para favorecer la propuesta vocacional.

8. La formación permanente y el cuidado del personal misionero siguen siendo muy altos en la escala de vuestras prioridades. No obstante, habéis confesado que el tiempo puede debilitar la intensidad y la participación activa en las iniciativas comunes. Me atrevo a deciros que no cedáis en este compromiso tradicional, aun constatando que el paso de los años pueda sugerir la diversificación de algunas iniciativas. Los jóvenes que están llegando a la Delegación, por ejemplo, necesitan sin duda algunos momentos formativos aptos a su situación y correspondiente con sus necesidades.

9. La estabilidad del personal, a pesar de las cuatro alternancias ya realizadas y la desistencia de otro misionero, se ha mantenido bien en estos últimos años. Esta estabilidad la sentís como elemento muy importante, y efectivamente lo es. La exigen las dificultades de la inserción en el mundo coreano, una lengua que no fácil de aprender y la necesidad de asegurar una continuidad a nuestro trabajo. Pero a la estabilidad hay que añadir el bienestar de los individuos que, como vosotros mismos habéis puntualizado, exige que las alternancias de los misioneros se lleven necesariamente a cabo, aunque sea mediante períodos más prolongados.

10. La administración de los bienes se basa totalmente en el principio de la caja común. La autosuficiencia de la Delegación se ha logrado con relativa facilidad, gracias especialmente a la generosidad de un número creciente de bienhechores y a los servicios pastorales prestados en las parroquias. La crisis económica que afectó a Corea hace cinco años se ha dejado sentir negativamente en todas partes, pero a pesar de ello la Delegación ha podido hacer frente a su trabajo con serenidad. Se han puesto en marcha con éxito, entre los amigos de las misiones, proyectos de ayuda a favor de obras misioneras en varios continentes. Se trata de un medio eficaz para abrir los horizontes de las comunidades cristianas y de ayudarlas a sintonizarse con las llamadas que proviene de situaciones de pobreza de todo el mundo. 

Una mirada al futuro

Los dieciséis años de presencia en este país y en esta Iglesia, donde la acción misionera difiere tanto de la tradicional del Instituto, pueden ser suficientes para considerar bien asentada nuestra praxis misionera. Son muchos los desafíos que siguen interpelando nuestra vida y nuestra misión y nos invitan a una continua actualización en los métodos y en las iniciativas apostólicas. Por eso quisiera exhortaros a no desistir del empeño de la búsqueda, del discernimiento y de la profundización en las varias dimensiones de nuestra vocación misionera.

Deseo ahora poner de relieve aspectos que necesitan una atención especial por parte vuestra, con vistas al futuro camino de la Delegación. Son aspectos que en los días de la visita han emergido de forma y en momentos diversos y que deseo ahora simplemente enunciar y describir, con los interrogantes y los retos que nos plantean, sin pretender sugerir soluciones definitivas.

Formación de base

Desde hace algunos años la Delegación acoge jóvenes que desean conocer el Instituto, discernir su vocación y recorrer las primeras dos etapas de su camino formativo, es decir, el propedéutico y la filosofía. El número de alumnos, que ha sido siempre muy reducido, no ha superado nunca la cifra de cinco. Actualmente son dos.

Las dificultades inherentes a la promoción misionera son bien conocidas: ambiente cultural cerrado, poco conocimiento de la vida religiosa y escasa estima de ella, dificultades de los jóvenes para salir de su país. Estas dificultades afectan muy negativamente a la formación y desaniman a no pocos jóvenes a optar por la vocación misionera. Deseo aquí daros las gracias por la generosa entrega demostrada hasta ahora en la animación vocacional y en la formación, a pesar de que los frutos sigan siendo escasos, y en todo caso inferiores a vuestras expectativas.

Son dos los problemas relacionados con la formación de base que deben ser estudiados con atención, tanto dentro de la Delegación como en contacto con la dirección General. En primer lugar la oportunidad de tener una sede del Seminario separada de la Casa de la Delegación de Yokkok. Hasta ahora, los que sugieren mantener la situación actual parecen superar a los que inclinan a una sede separada. Otro tema que tendrá que ser abordado en los próximos años, en el caso de que el número de los estudiantes aumentara, es la oportunidad de tener el noviciado en Corea, para evitar a los jóvenes las dificultades lingüísticas y de ambientación en una etapa tan importante de su formación religiosa y misionera.

La evangelización de los no cristianos

Las tres opciones hechas hasta ahora por la Delegación se encuentran en el ámbito específico de nuestro “ad gentes”. La opción de estar presentes entre los pobres de la periferia de Seúl ha permitido estar próximos a quienes no son cristianos y colaborar con ellos en iniciativas diversas de solidaridad. En los diálogos personales con vosotros así como en el discernimiento comunitario surgió en diversas ocasiones el interrogante de si no habrá llegado para la Delegación el momento de dar un nuevo paso al frente y asumir un compromiso específico de primer anuncio. Esta opción completaría muy oportunamente la gama de las realizadas hasta ahora.

Lamentablemente, la entidad numérica del personal no permite abrir en este momento un nuevo frente de actividad. ¿Por qué pues no tratar de prepararse a ello poniendo en marcha en Kuryon actividades de primer anuncio, aunque sea sólo de manera gradual y que no falseen la naturaleza de nuestra presencia de inserción en medio de los pobres? Esto debería planificarse y ponerse en marcha en estrecha colaboración con la parroquia a las que pertenecemos.

Relación con Mongolia

Los lazos que unen a Mongolia y Corea son múltiples, entre los que prevalecen actualmente los económicos. También la Iglesia coreana se siente próxima a la de Mongolia: sacerdotes y religiosos coreanos están presentes en este país, la Conferencia Episcopal ha intervenido para aportar ayudas económicas que alivien las necesidades económicas de aquella incipiente comunidad cristiana, el Nuncio apostólico de Corea representa también a la Santa Sede en Mongolia.

Nuestra reciente apertura en Mongolia no puede dejar de interpelaros también a vosotros y veros muy cercanos a la obra misionera que nuestros hermanos y hermanas están realizando en aquel país. Tras acogerles durante una semana mientras preparaban la documentación necesaria, os preguntáis ahora qué tipo de colaboración sería posible llevar adelante con ellos.

Considero que es oportuno esperar que su experiencia se solidifique y les permita dar los primeros pasos hacia una programación más global. Preveo la posibilidad de alguna aportación vuestra en el campo de la formación permanente y en implicar a los fieles y los colaboradores de Corea en proyectos de solidaridad con la Iglesia de Mongolia.

Laicos y colaboradores

Constituyen una presencia viva y prometedora de la Iglesia coreana, una ayuda importante en vuestra acción misionera y una proximidad fraterna a vuestras tres comunidades. El XCG, después de explicar las diversas formas con las que los laicos pueden colaborar en la obra misionera, añade: “Estos desarrollos y solicitudes evidencian un signo de los tiempos a los que el Instituto debe estar atento. Si no lo hiciera, descuidaría un verdadero servicio misionero y se privaría de estimables ayudas que puede poner a disposición de la misión. La presencia de los laicos exalta el valor del testimonio, refuerza la capacidad de colaboración y de vivir la misión en la comunión y en la complementariedad, es una ayuda contra la soledad y el individualismo” (60). Estas expresiones capitulares son más verdaderas aún en el contexto de Corea. Los muchos colaboradores laicos son realmente para vosotros uno de los signos de los tiempos más claros que debéis valorar. Son ellos los que os permitirán tener un mayor influjo en la Iglesia y en el ambiente coreano, a pesar de vuestra limitación numérica y vuestras carencias lingüísticas y culturales. 

Habéis recorrido ya un gran trecho de camino en la valoración del laicado. El futuro podrá tal vez sugeriros nuevas formas de colaboración con ellos y nuevos modos mediante los cuales podrán ellos jugar un papel más activo en la misión, tanto en su país como fuera de él.

Fe en Dios y espiritualidad del diálogo

No puedo terminar esta relación sin aludir a dos aspectos que considero muy importantes para vuestra vida personal y para el éxito de vuestra misión. Sois conscientes de su importancia, ya que los habéis recordado en el documento de la primera Conferencia Regional y en algunos momentos de esta visita canónica. Creo que no debemos nunca cansarnos de proponérnoslos nuevamente, especialmente en los momentos en que nos disponemos a examinar nuestra vida y nuestra misión. Deseo dejarlos como recuerdo especial de esta permanencia mía entre vosotros.

1. Fe en Dios

Cuando digo “fe en Dios” (cf. XCG 28) quiero indicar que Él debe ser el centro de nuestra vida y de nuestro trabajo apostólico, evitando así el riesgo y la tentación de adueñarnos de lo que es suyo, es decir, la misión, la gente a la que debemos evangelizar, los pobres y el Reino. Decir fe en Dios significa, en efecto, acentuar en nosotros la necesidad de santidad, la que el Beato Allamano quería de todos sus misioneros porque la consideraba el elemento indispensable para poder realizar la misión.

La fe vivida en vuestro contexto misionero significa también abandono de todas las seguridades, incluidas tal vez también las religiosas, esas a las que solíamos estar asidos en los momentos e dificultad o de prueba. Fe es también permitir que Dios purifique nuestro modo de creer, para que lo que en ella no es auténtico desaparezca o cambie.

Fe es el apoyo fuerte en Dios que nos permite perseverar incluso cuando “nuestras” razones para seguir siendo fieles parecen caer, o cuando nuestros cálculos no se repiten. ¡Qué verdadera resulta en Asia la intimación bíblica de no hacer censos como los de los emperadores romanos! El Reino de Dios no está en las estadísticas, en el número de conversiones, en el éxito vocacional. Se realiza solamente cuando sabemos amar como Él ama, en la gratuidad total.

2. Espiritualidad del diálogo

El documento “Diálogo y anuncio” dice que “el diálogo puede ser comprendido de diversos modos. En primer lugar, en el plano puramente humano, significa comunicación recíproca para conseguir un fin común, y en un plano más profundo, una comunión interpersonal. En segundo lugar, el diálogo puede ser considerado como una actitud de respeto y amistad, que penetra o debería penetrar en todas las actividades que constituyen la misión evangelizadora de la Iglesia. Este puede ser, con razón, el espíritu del diálogo” (9; cf, XCG 71).

A favor de la espiritualidad del diálogo quiero resaltar ambos modos como elementos de fundamental importancia para el misionero de hoy. Y es que sin diálogo no puede haber misión, como no podría haber comunión en la Iglesia o evangelización de las gentes. Diálogo es, en efecto, en el ámbito de la fe cristiana, la acogida de la Palabra de Dios que cada cual conserva dentro de sí para poderla dar a los demás. Ese diálogo hace que podamos transmitir la vida que nos viene de Dios. Experimentáis a menudo la necesidad de esta espiritualidad y sabéis que no se la puede improvisar. Exige en primer lugar, en toda persona que la practica, una actitud de profunda humildad que conduce a reconocer lo que uno es, los propios límites y la necesidad íntima de los demás. En segundo lugar, es necesario que la persona cultive una constante actitud de apertura para ser capaz tanto de dar como de recibir. Paciencia es la tercera actitud, que nunca puede faltar para que no sea penalizado el camino de la conversión, largo y erizado de dificultades.

Conclusión 

No puedo concluir esta relación sin un pensamiento para los tres hermanos africanos, los últimos que han llegado a Corea. Estáis contentos de la experiencia vivida hasta ahora y os encontráis muy a gusto en la comunidad y con la gente. La aportación que ofrecéis a la Delegación es muy importante, especialmente en lo relacionado con la internacionalidad, la fraternidad y la pluralidad y con otros elementos misioneros. Ojalá que vuestra positiva experiencia sea un buen augurio para tantos otros misioneros de África que un día no lejano lleguen en apoyo de la misión del Instituto en ese continente.

Termino ahora dando las gracias cordialmente por la experiencia que me habéis permitido hacer entre vosotros. Además del diálogo personal y comunitario, que me ha permitido comprender mejor vuestra realidad de vida y de trabajo, habías preparado con tiempo las relaciones escritas que han ilustrado ampliamente los varios aspectos de vuestra vida, de la Delegación y de cada una de las comunidades. Durante la visita quisisteis también que participara en alguna de vuestras actividades, me presentasteis a muchos amigos, me preparasteis un encuentro con el Nuncio Apostólico y con el obispo de Inchon. Mi agradecimiento especial al P. Paco López, Superior delegado, que cargó con el mayor peso de la preparación de la visita, y a su Consejo, que estuvo siempre disponible para un amplio intercambio de ideas.

Que la Consolata y el Beato Allamano os ayuden siempre en vuestra misión y os bendigan.

P. Piero Trabucco, IMC

(Padre General)

Ultima modificación ( 12.03.2006 )