Narrow screen resolution Wide screen resolution
Padre Pietro Lorenzo Ori (1920-2003) Imprimir E-mail
Escrito por Giovanni Tebaldi   
19.02.2006

Nacido en Reggio Emilia, el P. Lorenzo Ori se caracterizaba por una forma de ser típica de su tierra, que ha dado al Instituto misioneros válidos y misioneras ejemplares. Pietro gozaba de un carácter jovial y expansivo que hacía que todos le quisieran.

Nació el 13 de julio de 1920 del matrimonio formado por Sisto y Veronica Compagni y entró en el Instituto en 1933, pasando por las casas de Sassuolo, Favria Canavese, Varallo Sesia y Certosa di Pesio para cubrir las diversas etapas de sus estudios. La guerra había creado un desbarajuste en todo y los estudiantes pasaban de uno a otro sitio para huir del hambre y de los bombardeos. El seminarista Ori emitió la profesión perpetua en Rosignano el 2 de octubre de 1944 y fue ordenado sacerdote en el mismo lugar el 15 de agosto de 1945 por el obispo de Casale Monferrato, monseñor Angrisani.

Desde la ordenación hasta 1953 fue profesor, ecónomo y formador de los primeros estudiantes de la casa de Fátima, en Portugal. Sus pequeños seminaristas de entonces, hoy misioneros de más de sesenta años, le recuerdan como un hombre que, gracias a su espíritu risueño y afable, sabía conquistarse la confianza y la amistad y con ellas implicar a todos alegremente en los deberes del estudio y el trabajo manual. La música, que dominaba, se aliaba con él en el esfuerzo de ayudar a crecer como misioneros a los jóvenes.

Y un día la llamada de la misión llamó a su puerta. Tras un año en Inglaterra para prender el inglés, su destino fue la diócesis de Meru, donde desde 1955 hasta 1970 trabajó en diversas misiones con inteligencia y esmero. Se le reconocen cualidades nada comunes de organización y de espíritu misionero. Guardaba un secreto largamente acariciado, que era el de construir una iglesia para la comunidad cristiana, y comenzó a realizarlo con la construcción de la iglesia Nkubu, pero no pudo terminarla por falta de dinero. Se dirigió al Superior General, P. Fiorina, pidiéndole alguna ayuda. La sorpresa se produjo cuando menos se lo esperaba: apenas había llegado a Mombassa para las vacaciones anuales de verano cuando se encontró entre las manos con 10.000 chelines. En la solemnidad de la Consolata, titular de la misión de Nkubu, el obispo de Meru bendecía solemnemente la iglesia. “Fue una fiesta extraordinaria, con un triduo de preparación, 500 bautismos, 50 matrimonios. Después de tres años de sudores y sacrificios estoy contento porque he realizado mi sueño”.

Son los días del Capítulo General de 1969, que debía tener en cuenta la doctrina del Vaticano II e incorporar su doctrina y metodología al Instituto. El P. Ori escribe a los amigos de Kenya con cierta inquietud: “Esperamos que nuestros capitulares actualicen al querido instituto según el espíritu del fundador y del Vaticano II y no según el viento de tramontana que sopla...”.

En todas las misiones donde estuvo dejó un recuerdo de sacerdote entregado a los valores de la persona y del desarrollo humano. Confiesa en una carta: “El año 1970 es el año de oro de mi vida; es el año de plata de mi ordenación sacerdotal”. Pero es también el año del dolor por la pérdida del P. Luigi Eandi, arrastrado por las aguas del río Ketheno. Su cuerpo, escribe, fue recuperado gracias a la intervención de submarinistas y fue sepultado en Egandene, la misión que había fundado. Fue entonces cuando le invadió un sentido de soledad por la desaparición de su amigo, pero como la misión tiene sus exigencias, él supo recuperarse y reemprender el camino.

En 1971 se le abre un nuevo horizonte, una tierra próxima a Etiopía. Gracias a la obra del P. De Marchi y del Superior General, P. Mario Bianchi, se realiza el deseo de todo el Instituto de volver a Etiopía, la tierra que había sido motivo de los sueños del Fundador. El P. Ori escribe al superior regional, Guido Motter, informándole de que ha sido enviado por el P. De Marchi a compartir con él los trabajos de apertura del nuevo campo. “Estoy listo a ir con el P. De Marchi hasta el fin del mundo”. En realidad, las dificultades de gestión eran difíciles debido al carácter provisional de la nueva misión. Pasan cinco años y el P. Ori pide al Superior General “volver a las hermosas e inolvidables misiones de Kenya”. El Superior General le pide que siga donde está hasta que el Consejo trate el asunto. La conclusión es que, teniendo en cuenta el bien de las misiones de Etiopía, es necesario prolongar su presencia allí.

De 1971 a 1977 es director de la escuela de los Galla Arusi y a continuación pasa a Shashemane, en el vicariato de Meki, como director técnico de las construcciones de las misiones y de las escuelas, que era una de sus cualidades más reconocidas. Advierte, no obstante, que su aventura africana está a punto de terminar y pide su vuelta a Fátima, donde había comenzado su trabajo misionero apenas ordenado.

El P. Domenico Zordan, amigo suyo, le invita a ir con él a Dire Dawa: “Si vas a Fátima, donde hay ya tantos padres, aunque la Virgen está allí no será generosa en bendiciones, porque tu trabajo no es ese”.

La prueba, en efecto, dura pocos meses. En 1988 abandona Fátima y vuelve a Meru, donde se dedica a actividades pastorales en las misiones de Mekinduri, Timau y Mojwa, dando ejemplo de laboriosidad inteligente y de gran fe. Pero el cansancio se deja sentir. Los años de misión han hecho mella en él y debilitado sus fuerzas. Siente, sin embargo, la necesidad de desplegar un poco más sus débiles fuerzas en algún lugar de Mozambique. El 22 de junio de 2000 se le comunica su destino a la Residencia de Mayores de la Región Italia. Aquí, el 2 de octubre de 2001 celebra el 60º aniversario de su profesión religiosa. “Querido P. Ori - le escribe en nombre del Instituto el Padre General, Piero Trabucco -, su serena aceptación de la voluntad de Dios en el sufrimiento y la salud física es un don estupendo, que seguramente sabrá ofrecer por todas las intenciones del Instituto en este Centenario de su nacimiento”. El resto de sus días transcurre en la paz de Alpignano.

Y llaga el día en que su corazón deja de latir. El P. Giovanni Genta, que compartió con él la misión en el Meru y estuvo a su lado los últimos años de su vida, escribe: “De nombre Pietro, se puede decir que de él se sirvió el Señor para construir su Iglesia, catedrales, capillas, escuelas, universidades; de nombre Lorenzo, se puede decir que ha coronado su vida entregada a los pobres y a su instituto, al que amaba por encima de todo”.

El 31 de julio de 2003 termina su vida en la tierra. Su recuerdo permanece vivo en medio de todos los que tuvieron la suerte de conocerle.

Giovanni Tebaldi

Ultima modificación ( 12.03.2006 )