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| Padre Giuseppe Bargetto (1919-2003) |
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| Escrito por P. Giuseppe Inverardi | |
| 19.02.2006 | |
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Hijo de Leopoldo y de Vincenza Savio, había nacido en el pueblo del P. Fundador, Castelnuovo Don Bosco, el 9 de enero de 1919. Ingresó en el seminario de Giaveno, pero se vio obligado a abandonar los estudios para participar en campañas militares en Francia, Albania e incluso en la expedición a Rusia. Durante la trágica retirada del Don maduró en él el deseo de la misión, por lo que, terminados los estudios de filosofía en el seminario de Chieri, entró en nuestro Instituto en 1944. Desde Varallo Sesia, donde estaba haciendo el noviciado, el 8 de diciembre de 1944 escribe al P. Sandrone, vice superior general, con satisfacción: “Sí, me encuentro bien. Ha sido ésta una gran gracia que la Virgen me ha concedido. Sin ella no me habría hecho sacerdote. Navego en un río de gracias y mi mayor preocupación es no saber corresponder plenamente a ellas. Pienso a menudo en sus palabras: ‘Disminuir cada día un grado’, y le aseguro que no me dejan indiferente. Estoy contento de los superiores y de los compañeros. Vivo realmente en medio de una familia. Trato de consolidar mis prácticas de piedad principales, porque sé que son el apoyo en los años de apostolado”. Al año siguiente se consagra al Señor con la profesión religiosa y en 1949 recibe la ordenación sacerdotal. En 1950 parte hacia Tanganika, donde trabajará durante 51 años, hasta el 2 de abril de 2001, día en que vuelve a Alpignano, y allí encuentra al P. Cattoi, su compañero de misión, que le precederá poco antes en el Reino de los Cielos. El P. Giuseppe era una persona que buscaba lo concreto y su vida estuvo marcada por las fechas de fundación de misiones y obras sociales en tiempos difíciles. Destinado a la inmensa misión de Matembwe, en 1954 monseñor Beltramino le envía a fundar Makambako, donde el trabajo de carpintero, que había desempeña a lo largo de dos años en Castelnuovo, le resulta muy útil. Aquí se detiene hasta 1960. Aquel año se traslada a Pawaga, una misión en condiciones lamentables”, donde durante tres meses al año no se podía salir debido a las lluvias y la falta de puentes. En 1963 se le llama a fundar la misión de Ikonda y su hospital. Dos años después vuelve a Sadani, donde trabaja hasta 1978. De nuevo en Pawaga durante tres años, en 1982 volvemos a verle en Kifumbe, donde trabajará durante 11 años. En 1994 vuelve a Sadani hasta su vuelta a Italia. El 3 de agosto de 2003 el Señor le llama improvisamente. El 5 de agosto se celebran sus funerales, en los que participan numerosos familiares, misioneros y misioneras. El P. Di Martino recuerda en la homilía episodios amenos y peripecias de soldado de la patria, así como aspectos edificantes del soldado de Cristo, pionero en las fronteras de Tanganika. Siguen los testimonios del P. Medri y de un compañero del seminario diocesano. Sus restos mortales fueron llevados a Castelnuovo y allí fueron sepultados.
P. Giuseppe Villa y Redazione del “Da Casa Madre”
Militar por la patria, soldado de Cristo Entrevista realizada por el P. Giovanni Medri en 2001
Giuseppe, terminados los estudios escolares, se presentó a los once años al taller de Osvaldo Cagliero para aprender el oficio de carpintero, aunque al mismo tiempo se sentía atraído por la vida eclesial y por las funciones religiosas, y ayudaba a misa en la capilla de la Consolata de Castelnuovo. Confió su deseo de ser sacerdote al don Pietro Bordone, coadjutor, quien le ayudó con mucho gusto en el aprendizaje de los primeros elementos del latín, hasta el punto de que cuando fue admitido en el seminario de Giaveno, se le ascendió a segundo curso de latín Aún no había llegado al año del propedéutico cuando tuvo que dejar el seminario para enrolarse en el ejército. Luego estalló la guerra mundial y fue enviado al frente occidental, en Francia. Cerrado el frente, le enviaron a Albania, donde la guerra en las trincheras o en el monte fue terrible, especialmente en invierno. Fueron muchos los soldados que murieron o perdieron el uso de algunas articulaciones debido a un frío de espanto. Terminada la lucha en Albania, durante un tiempo estuvo en Italia, pero fue llamado de nuevo y enviado a Rusia con la expedición que llegó hasta el río Don. Muchos habrán oído sin duda hablar de la vida y los sufrimientos que tuvieron que soportar nuestros soldados junto al Don. Luego tuvo lugar la trágica retirada a través de miles de kilómetros a 40 grados bajo cero. Giuseppe se salvó probablemente gracias a un don especial en vista de su futuro destino misionero y porque supo resistir con su mente positiva y su resistencia corporal. La retirada de Rusia duró un mes interminable, el de enero de 1942. En aquellos terribles días comenzó a perfilarse en su espíritu la idea de hacerse misionero. Terminada la guerra volvió al seminario de Chieri y al finalizar el curso de filosofía pidió el ingreso en el Instituto. Noviciado y Teología, Certosa di Pesio, Rosignano Monferrato... Y finalmente, la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1949. Seis meses después, a comienzos de 1950, se encontraba en el barco “Africa” rumbo a Dar es Salaam, en Tanganika. Estas no eran las extensas llanuras nevadas de Rusia, pero se abría ante él la inmensidad del Océano Índico... Le esperaban las conquistas para Cristo. En pocos días se encontró en el nuevo frente, al sur del Tanganika, en la misión de Matembwe, en el vicariato de Iringa, dirigido por monseñor Beltramino. Allí estaba el P. Cottoi, que sería su compañero de ventura casi toda la vida. Algunos años después, la vastísima misión de Matembwe tuvo que ser dividida y él fue enviado a crear desde la nada la misión de Makambako, en un área de influencia de los Luteranos. Luego se le trasladó a la región de Pawaga, de clima muy tropical, a lo largo del río Ruhaha. De nuevo se encuentra en las montañas para comenzar una misión en el área de Matembwe, en una aldea de primer apostolado, donde creó Kifumbe, que durante algunos años fue capaz de mantenerse sola. Kifumbe, convertida en gran parroquia, ha sido entregada al clero diocesano. Y él, como militar, ¡rumbo a otra misión! En el P. Bargetto se descubre un paralelismo entre su vida de soldado y su vida misionera. Arrancado a la serenidad de la preparación al sacerdocio y de bruces en la vida del cuartel y de la guerra, primero en el frente francés, luego en el oriental y al final en la desastrosa guerra de Rusia..., también en la vida misionera le sucedió algo parecido: fue misionero de frontera en todos los sectores más candentes... siempre el estilo militar, fundando o desfondando... Con mucha gracia de Dios, pero también con mucha capacidad e iniciativa personal. Lo dice él mismo: “No yo, sino que la gracia de Dios me acompañó... Soy muy consciente de que todo ha sido obra de Dios. Es él quien toca el corazón de los evangelizados. Como soldado de Cristo, me siento a su servicio. En la misión hemos estado en todo y para todo al servicio del Señor, de la Iglesia, del ejército misionero y de nuestro departamento de los misioneros de la Consolata, con la gracia de Dios y nuestra inventiva personal. Todo el enorme cúmulo de gracia, que crea de la nada una comunidad cristiana, se ha acumulado día tras día, durante diez, veinte, treinta o cincuenta años y... de pronto se te aparece delante toda la Iglesia con sus laicos organizados en comunidades de base, con sus seminaristas, con sus religiosas, sus catequistas, sus nuevos sacerdotes, sus obispos, sus cardenales: la Iglesia entera al completo. Y tú, un misionero que ha trabajado sin tregua, un poco por aquí y un poco por allí, como un militar obediente, no has tenido tiempo de pensar en el resultado final, pero el Señor que lo ha guiado todo, se ha servido de ti también ‘para hacer que sea Cristo el corazón del mundo’. Te has afanado en la construcción de una capilla aquí, de una escuela allí, de formar un grupo de base aquí, de un grupo juvenil allá, de un hospital, de un centro de catequesis... Has sembrado, plantado y vuelto a sembrar... ¿El desarrollo y el crecimiento? Lo ha dado el Señor. ‘Es maravilloso ante nuestros ojos’. Si me queda un deseo, cosiste en volver allá donde he combatido el buen combate para seguir todavía lo que pueda a los que se han convertido en mi gente”.
Todo y siempre misión
El 10 de junio de este año escribía: “Siento que mis fuerzas decaen. También la vista, con la diabetes, disminuye”. Si no hubieran bastado sus palabras -era la primera vez que hablaba de esta debilidad-, allí estaba su grafía, tan distinta de la de siempre. De ahí que a quien pedía noticias de él se le dijera que el P. Bargetto estaba cerca de ser llamado. A los 81 años, el 10 de febrero de 2001, me escribía desde Kifumbe: “La vejez y los achaques me invitan a la rendición. Esta misión es hermosa y no tiene problemas, pero la edad hace que mis alas se paren. Morir con el fusil en la mano es de héroes que a pocos se les concede”. . Se encontraba en la parroquia con el P. Cattoi, seis años más anciano que él, famosa pareja en la estima y el afecto mutuo y en la colaboración. El respeto a los ancianos y su deseo de permanecer en el frente hizo que el obispo y la Dirección Regional les autorizara a continuar en la actividad. No podía esperarse de ellos novedades en la metodología, por lo demás a todos difícil, Pero el sacerdote diocesano que los siguió dio un testimonio estupendo de ellos. Encontró una misión ordenada en todo y tan linda como un jardín, cada aldea con su capilla de piedra y especialmente comunidades vivas. Lo decía con sorpresa, como si hubiera pensado de otra manera antes de ir a aquella parroquia. Presencia, catecismo, visita a las aldeas eran su método incluso cuando ya era anciano. ¡Y dejó huellas! Antes de abandonar Kifumbe, el P. Bargetto quiso comprobar que podía ser recibido en una misión, y fue Sadani. Sentía la necesidad de la amistad, la comprensión y la libertad. Se conocía a sí mismo, su carácter y sus exigencias, así como los límites de su salud. No quería ser un peso para nadie, pero en modo alguno quería que le arrinconaran en Alpignano. Por graves motivos de salud, tuvo que ir, se quedó, y hasta pudo cantar sus maravillas desde el punto de vista de la asistencia. Pero su pensamiento y su corazón estaban en Tanzania. Era el estribillo de todas sus cartas y conversaciones. Un día escribió: “Ahora me siento mejor. Ha disminuido la glucemia. En Alpignano todo es bonito y las rosas huelen de maravilla, pero me siento como en una cárcel. Mis últimas decisiones, si están de acuerdo con las tuyas, consistirían en regresar dentro de dos meses a Tanzania y hacer algo todavía como tercero o cuarto de la lista”. Pero la salud iba complicándose de día en día y fue destinado a Italia. Al tener que aceptar este destino en diciembre de 2002, le escribí con la mayor sinceridad: “Ayer recibí tu destino. Se trata sólo formalizar la situación. Pero, aun así, los sentimientos que brotan son muchos. Especialmente de profunda gratitud por todo lo que has significado para nosotros en Tanzania y por todo lo que hiciste por esta tierra e Iglesia a las que amaste inmensamente. Lamentablemente es inevitable tener que rendirse a la falta de salud. No obstante, puedes estar en Alpignano... pero realmente seguir aquí. Es lo que yo siento, es lo que sentimos todos nosotros, y es lo que sientes tú mismo, estoy seguro. Estás aquí con el pensamiento, con el deseo, con el corazón, con la oración. Estás totalmente aquí. Muchas palabras serían superfluas. Convencidas, y nacidas del corazón, estas pocas expresan la totalidad de tu misión, en el pasado y en el presente”. Y a su carta del 10 de junio de 2003, en la que decía que se le escapaban las fuerzas, le respondí: “En esta debilidad de tu cuerpo hay todavía una energía espiritual, un corazón misionero y un pasado glorioso de dinamismo y de servicio. Sin adulación, sino con toda la verdad, has vivido años heroicos, olvidado de ti mismo y totalmente dado a los demás. Quisiera tener tu mismo celo y pasión misionera”. Este era para mí el P. Bargetto: todo y siempre misión. Misión vivida con personalidad fuerte, con espontaneidad y piedad, con amistad profunda hacia algunos. Era anciano y estaba enfermo, pero tal vez aquella debilidad se debía a la falta de sus dos grandes amigos, los padres Cattoi y Olivo. Todos nosotros nos preguntábamos cómo habría acogido y vivido su ausencia. Ahora está con ellos. Nunca jamás ya el hielo de Rusia, Polonia y otros países, donde había combatido y de donde tantos acontecimientos contaba detalladamente. Nunca ya las dificultades de los comienzos en Makambako e Ikonda, ni las de Matembwe, Pawaga, Sadani y Ndabulo. Sólo descanso en su Señor, a quien sirvió con celo verdadero y fidelidad.
P. Giuseppe Inverardi
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| Ultima modificación ( 12.03.2006 ) |
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