Narrow screen resolution Wide screen resolution
Padre Mario Bianchi (1925-2003) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Giovanni Tebaldi   
19.02.2006
Había dejado el seminario de Rimini para responder a su llamada a la misión, pero no fue muy afortunado. Había sido muchos años ”misionero de escolta” -como le gustaba definirse- a la espera del momento que no llegaba. Su experiencia misionera en campo africano llegó por fin. Pero solamente duró seis meses su presencia en Kenya. Lo suficiente para ver con sus propios ojos el lugar que había sido arado y regado por misioneros y misioneras. Aquellos pocos meses constituyeron luego el punto central sobre el que confrontar las responsabilidades que se le encomendarían. Fue el quinto en la sucesión de los superiores generales, convirtiéndose en conciencia de una familia sacerdotal religiosa y misionera IMC y en transmisor del espíritu de Allamano. El período que lo vio como guía del Instituto no fue especialmente fácil, pues transcurrió en tiempos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando los ánimos bullían y se quería a toda costa cambiar el antiguo orden para sustituirlo con otro nuevo, más apto para los nuevos tiempos. En esta sucesión de acontecimiento y nuevas circunstancias, el P. Mario Bianchi supo adaptarse sin abdicar de sus convicciones, profundamente arraigadas en su alma, y sin ceder en sus objetivos: vocación, misión, Iglesia, Instituto, formación, enseñanza, oración. Y con una gran dosis de humanidad, expresada en aquella sonrisa suya y en aquel un rostro sereno como el de un niño.

 

“Al despedirnos de él y darle nuestro adiós -escribe el Superior General, P. Piero Trabucco-, quisiéramos poder hacerle revivir para entender todos los valores por los que vivió, todas las cosas hermosas que nos transmitió con su testimonio de vida y con su enseñanza”.

 

 

Notas biográficas

 

 

El P. Mario Bianchi había nacido en San Patrignano, ayuntamiento de Coriano, en la provincia de Forlì y diócesis de Rímini el 30 de julio de 1925, del matrimonio formado por Domenico y Modesta Carrara. Terminadas los estudios elementales en la escuela de su pueblo, prosiguió en el seminario de Rímini (1937-1942), hasta su ingreso en el seminario regional de Bolonia en plena segunda guerra mundial. Casi todos los días la ciudad era objeto de los bombardeos, y el seminario, que estaba sometido al racionamiento y sufría enormes carencias, tuvo que ser evacuado. El clérigo Mario Bianchi volvió al seminario diocesano de Rímini, que poco después era destruido en buena parte. Sería reconstruido y abriría de nuevo sus puertas al final de la guerra por el obispo Luigi Santa, misionero de la Consolata y vicario apostólico de Gimma, en Etiopía. Aquí tuvo lugar el primer encuentro del estudiante Bianchi con el obispo Santa, encuentro que fue determinante en la opción misionera que haría. El obispo, en efecto, dirigía una carta al Superior General, P. Vittorio Sandrone, y le presentaba al clérigo Mario Bianchi, en quien, decía, “pueden depositarse las mejores esperanzas”.

 

El 7 de mayo de 1947 escribe al Superior General, P. Gaudenzio Barlassina, explicando que su petición de admisión no incluye la firma de sus padres porque él no la ha pedido para evitarles un nuevo dolor. Pero si el superior decidía otra cosa, él estaba dispuesto a obedecer. Mientras tanto, antes de entrar en el Instituto, pide que se le conceda permiso para terminar el año escolar. Hay otra dificultad: la del ajuar, debidos a las carencias creadas por la guerra.

 

Barlassina escribe inmediatamente, hasta el punto de que Bianchi responde sorprendido el 28 del mismo mes de mayo confiándole que quiere “entrar en el Instituto de la Consolata para dedicarme al apostolado de los infieles, si es esa la voluntad del Señor... Siento mucho la necesidad de la intervención de la SS. Consolata”.

 

Su ingreso tiene lugar el 20 de julio en Certosa di Pesio, donde hará el postulantado y el noviciado. El maestro de novicios, P. Giuseppe Caffarato, le describe como “uno de los mejores, de piedad sólida, dócil, de fácil y grata convivencia, buena inteligencia y pasión por el estudio, con resultados excelentes, laborioso, etc.”. Y el asistente, P. Esilio D’Errico, dice que “es un joven que tiene ya la madurez de un hombre”..

 

El 31 de marzo de 1950 emite la profesión religiosa perpetua en la casa de Rosignano Monferrato y seguidamente recibe el orden del subdiaconado de manos de monseñor Carlo Re, el de diaconado de manos de monseñor Giuseppe Angrisani, y el presbiterado de manos de monseñor Luigi Santa el 25 de junio de 1950.

 

En aquellos años el Instituto, bajo la dirección del Superior General, P. Gaudenzio Barlassina, vive un período de gran expansión en los países de América Latina y África. Se trata de un tiempo feliz de la historia del Instituto, cuando estudio y se va formando el P. Bianchi, monseñor Carlo Cavallera, el P. Antonio Torasso y muchos otros.

 

Después de la ordenación sacerdotal, el P. Mario Bianchi es enviado a Roma para licenciarse en Teología en el Angelicum. Al final del primer año informa al superior general, P. Domenico Fiorina, de que ha conseguido licenciarse “summa cum laude”. Son las lisonjeros los resultados de sus estudios que consigue un 10/10 en el examen escrito y un 39/4º en el oral. Puede preparar la tesis, que será “La participación de los fieles en el sacerdocio de Cristo”. Consigue el doctorado en teología el 11 de junio de 1954.

 

En los años siguientes afronta una responsabilidad de gran utilidad para el Instituto y la misión.

 

Es profesor en el seminario teológico de Turín (1952-53), vicedirector del seminario, profesor y redactor de la Prensa IMC (1954-1961); director de la revista “Missioni Consolata” (Rivoli 1961-1966). Su vocación se despliega en los campos de la educación y la comunicación, como vemos, y para actualizarse en el campo de la teología dogmática dirige en varias ocasiones (1952, 1956, 1959) la petición de autorización “para leer libros prohibidos”. En lo que tiene que ver con lo primero, nadie duda de que el P. Bianchi personificó al profesor ideal por la claridad que le distinguía y por su profunda humanidad. Pero fue también un excelente transmisor de ideas y opiniones, por lo que fue elegido acertadamente para dirigir las revistas del instituto.

Director de la revista “Missioni Consolata"

 

 

 

Enseñanza e información son las dos caras de la misma medalla. Una cultura sólida y transmisible es la condición de toda comunicación. El P. Bianchi consigue objetivos claros y acertados y hace una buena elección de los mismos. Incluso cuando la información parece salirse de su contexto, en realidad lo hace para abrir espacio a la misión. Así sucede con los temas del nacimiento de nuevos estados, la formación de nuevas iglesias y jerarquías, la presencia del laicado en la Iglesia, la obra misionera en los países independientes. El análisis de estas situaciones es que no parecen ofrecer soluciones fáciles. El P. Bianchi deja siempre un espacio a la duda y a la esperanza.

 Un tema que aparece con frecuencia en sus escritos es la participación del laicado en el sacerdocio de Cristo y la misionalidad de la Iglesia, temas presentes en los documentos conciliares, a los que el P. Bianchi concede un abundante espacio. Sigue a la parte doctrinal la de las obras: el nacimiento y desarrollo de las misiones de Argentina, Brasil y Colombia; los pueblos indios de la Amazonía, el nacimiento de la diócesis de Marsabit, las religiones del mundo; el encuentro con las nuevas iglesias; las diversas culturas de América y de África. Entre sus más fieles colaboradores se encuentran los padres Merlo Pick, Peirone, Tubaldo, Casiraghi, Sabatini, etc.

 La presentación de la revista se adaptaba entonces a la mentalidad misionera, que más tarde cambiaría hacia formas más en consonancia con el fenómeno de la comunicación. De todos modos, hay que reconocer al P. Bianchi el mérito de haber transformado la revista IMC en una plataforma de cultura misionera variada, legible, instructiva.

La misión a dos pasos

Terminado el concilio Vaticano II, las puertas de la misión se abrieron, aunque no de par en par. El P. Bianchi fue a Londres a estudiar inglés. De allí pasó a Kenya, la misión que había deseado desde los tiempos del seminario de Rimini. No quedaba mucho tiempo para el Capítulo General de 1969, cuando sería llamado a dirigir el Instituto. Visitó a los misioneros, vio las misiones, comenzó un boletín destinado a las regiones de Kenya y de Tanzania: East Africa Consolata News (EACN), predicó ejercicios, pronunció conferencias. Fue un año de gran actividad precapitular en todos los aspectos.

 

 

 

 

Se dio cuenta de las necesidades de introducir cambios estructurales en la vida religiosa y misionera. Muchas opiniones corrían dentro del Instituto, especialmente entre las jóvenes generaciones. El P. Bianchi fue llamado a dar una nueva programación al Instituto. El objetivo era claro pero los modos bastante confusos. Se necesitó un año para llegar a una conclusión sobre los temas principales que constituirían la base para los años siguientes: la preevangelización de los no cristianos, la participación en el desarrollo de los pueblos, la asistencia a las jóvenes iglesias, la inculturación. El nuevo superior general realizó su programa aprovechando la labor hecha por la Dirección que le había precedido, e intensificó la presencia IMC en los países de América Latina y de Europa.

 

Doce años de gobierno

La primera carta se la dirigió a los jóvenes seminaristas y a todos los que trabajaban en la misión. Las dos palabras que más se repiten en ella son confianza y optimismo.

 

 

Convenía hacer, al comienzo de ese sexenio, una primera alusión a al nueva configuración periférica, con superiores regionales y delegados acompañados de sus consejos; la elección de los superiores mediante elecciones libres; conferencias regionales, etc. En 1970 tienen lugar las conferencias regionales de Europa, África y América Latina, seguidas en el año 1973 por la visita a las comunidades de África. Como resultado se consigue un cuadro bien articulado de personas, actividades, acción pastoral, formación de líderes espirituales, programación y colaboración diocesana, relaciones con los obispos y con el clero local, etc. Exigentes son asimismo las visitas a las regiones de América Latina.

 

El P. Bianchi demuestra en estos contactos una gran capacidad de saber escuchar y dialogar con cada uno y con las comunidades. Y sabe dar a la oración y a la vida espiritual el lugar que les corresponde. En 1972 instituye “el fondo de asistencia para los misioneros ancianos y los inválidos” y afronta el problema de los auxiliares misioneros según la elección, admisión y firma del contrato. Aparece con frecuencia en sus escritos el recuerdo de los que siguieron al fundador en la guía del Instituto, así como el amor al Instituto y a la Iglesia. De vuelta de la visita a Kenya, se detiene en Congo y comienza la misión de Wamba. Seis años después de su elección llega el momento de pronunciarse sobre las modificaciones introducidas en el Capítulo de 1969.

En el signo de la misión

 

 

 

La dirección del P. Bianchi se distingue por el feliz retorno de los misioneros de la Consolata a Etiopía. Muchas fueron las tentativas para encontrar el camino. Primeramente fue el P. De Marchi y luego el P. Domenico Fiorina los que trataron de abrir una puerta. Pero le correspondió hacerlo al P. Bianchi. Con una carta informaba a los misioneros de haber conseguido la vuelta a la misión del Fundador para llevar adelante una obra de carácter caritativo-social.

En 1975 el P. Bianchi era confirmado para un segundo sexenio como guía del Instituto.

Hay un detalle que merece ser destacado porque representa una novedad en la historia de los institutos misioneros. Para responder a la necesidad de colaboración, los superiores generales de los cuatro institutos misioneros redactaron algunas cartas en colaboración: 1. La Misión (Pascua de 1970); La disponibilidad (25 de marzo de 1971); La oración del misionero (Pascua de 1972); Nuestro compromiso en el anuncio misionero (Pascua de 1973); Nuestra fidelidad al carisma misionero (Pascua de 1974); El sínodo y la evangelización ad gentes (Pascua de 1975).

En el segundo sexenio se asiste a un vacío de vocaciones que tiene consecuencias importantes en los territorios misioneros. Las llamadas del Superior General al deber de atraer con la palabra y el ejemplo a los jóvenes para que elijan la vocación misionera debe ser acompañada con la oración: “Como misioneros consagrados a Dios y a la evangelización -escribe-, debemos ser hombres de oración; nuestra jornada debe caracterizarse por un ritmo de oración y de comunión con Dios”.

 
No se comprendería el carácter y el modo de ser del P. Bianchi si no se ahondara en su alma, serena, transparente y pacífica.

 
De él escribe el P. Giuseppe Mina: “Le vi el día de la muerte de un misionero. Como siempre, me saludó con la sonrisa sosegada de siempre, que le caracterizaba también por aquel toque señorial y aquella presencia gallarda... Hombre de visión amplia, dio a nuestro Instituto una nueva originalidad que crea historia. Dirigir durante tantos años el IMC en un período de tan profundos cambios...”.

 

 

 

Al servicio de la Pontificia Unión Misionera

Terminado su servicio al Instituto como superior general, el P. Bianchi desempeñó en dos ocasiones el cargo de superior de la Delegación Central (1982-1987), y fue presidente de la Conferencia de los institutos Misioneros (1983-1987).

 

Estaba a punto de abrirse en su vida un período de gran entrega y fervor: en 1988 era nombrado Secretario General de la Pontificia Unión Misionera, “un departamento que le permitió expresar su gran riqueza en favor de la animación misionera de los sacerdotes y las personas consagradas, así como manifestar su profunda espiritualidad y su delicada humanidad. Los que tuvieron la suerte de trabajar a su lado en aquellos años pueden testimoniarlo. Fue un hombre de grandes iniciativas dirigidas a animar y formar a los sacerdotes según los criterios y las intuiciones del P. Manna: 1º, precedencia de la misión ad gente; 2º, animación del clero; 3º, formación de las comunidades cristianas en la misionalidad de la Iglesia; 4º, animación y promoción de las vocaciones misioneras.

Estas fueron las líneas básicas de la revista “Omnis Terra” que dirigió hasta el momento de su retirada en 1995. En esos años tuvo muchos contactos con obispos y directores misioneros de todo el mundo, representó a la PUM en los congresos misioneros de India y Australia, así como en los Congresos Misioneros Latino Americanos, participó en acontecimientos de gran importancia, como el 75º aniversario de la fundación del PUM en 1975; el Sínodo de los Obispos para África de 1994, como representante de las Obras misioneras. El 18 de abril se dirigió a la Asamblea de los obispos subrayando que es deber de las jóvenes iglesias educar a sus comunidades en el espíritu misionero.

En 1989, en la Asamblea general de las Obras Misioneras, ofreció un prospecto de la PUM en Angola, Camerún, Ciad. Costa de Marfil, Nigeria, etc. En Kenya y Tanzania no hay huella de la Unión Misionera. Pero no hay motivo para pensar -a su parecer- que no sería aceptada.

Sería un error pensar que en la vida del P. Bianchi prevaleciera la actividad, el afán de las realizaciones por encima de todo. Era un hombre tranquilo, en paz consigo mismo, con Dios y con los hombres. Era dócil y firme en sus principios, adquiridos durante su formación y en su vida sacerdotal. No sería descaminado preguntarse qué huella habrá dejado en el Instituto un hombre de oración, de gran inteligencia, de una humanidad desbordante como la suya. Sin duda dejó signos de gran bondad y, como Cristo, pasó haciendo el bien.

El Señor le llamó consigo en la Casa Madre de Turín el lunes 11 de agosto de 2003.

Giovanni Tebaldi

 

Ultima modificación ( 12.03.2006 )