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Padre Aldo Pellizzari (1942-2003) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Giovanni Tebaldi   
19.02.2006

Su muerte fue inesperada. Nada la había anunciado. Sucedió tras una noche aparentemente tranquila como las demás, pero triste como un adiós definitivo. Un infarto se lo llevó por delante a la edad de 61 años la noche del 23 de agosto de 2003 en la misión de Makambako, última etapa de su intenso servicio misionero. Había trabajado en las diócesis de Iringa, Tanzania desde 1971 con la disponibilidad que le caracterizaba y que hacía de él un amigo grato y fiel.

Las misiones que le tuvieron como párroco y guía conservan el recuerdo de muchos misioneros de la Consolata, a quienes corresponde el mérito de haber acompañado la aparición de las iglesias locales con sacrificio y entrega. Nyabula, Ng’Ingula, Matembwe, Igwachanya son algunas de las misiones en las que el P. Aldo ofreció sin reservas su amor sacerdotal y misionero a los cercanos y a los lejanos, escribiendo una de las páginas más bellas en la historia de la Iglesia africana.

En él se encuentran los elementos constitutivos de la misionalidad de todos los tiempos: una fe sacerdotal, sencilla e inmediata, que procede de lejos, de los tiempos transcurrido en la parroquia de Montebelluna, donde había nacido el 11 de julio de 1942 del matrimonio de Attilio y Maria Baldin. La maduración a la fe y al amor se expresaría en los años de su formación en el Instituto de los Misioneros de la Consolata, en los seminarios de Biadene, Vittorio Veneto, Certosa di Pesio, Varallo y Turín, en cada uno de los cuales fue cubriendo progresivamente las etapas de todos sus estudios.

El 8 de marzo de 1969, pocos meses antes de su ordenación sacerdotal, que tuvo lugar el 21 de diciembre de 1969, el P. Igino Carnera, que fue su padre espiritual, escribe de él: “Aldo Pellizzari es un joven como los demás que vive intensamente su tiempo con las virtudes y los defectos que le caracterizan. Ha sido un alumno de nuestros seminarios menores, por lo que ha crecido en la disciplina de un ambiente que, poco a poco, le ha llevado a ser dueño de su libertad, estando abierto a todas las posibilidades. Hoy Aldo parece haberse descubierto a sí mismo. Siente vivo su ideal sacerdotal y misionero y el descubrimiento más auténtico lo ha hecho en contacto con las personas. Afirma, y yo así lo creo, que ha influido mucho en su carácter y formación el movimiento ‘Manos abiertas’, al que ha dedicado mucho tiempo y energías. De este modo ha podido medir su capacidad de control, su destacada sensibilidad y su afectividad, que con esfuerzo y discreto empeño ha conseguido dominar y subordinar a su vocación. En concreto, me parece un joven serio en busca de autenticidad, más bien extrovertido y capaz de una gran entrega a los demás... La libertad adquirida es equilibrada, conserva un estilo de vida pobre y un sentido de la adaptación jovial en todas las situaciones, capaz de convivir con facilidad. La obediencia no le cuesta, tanto por su flexibilidad de carácter como por el buen espíritu que le anima. Tiene defectos y es consciente de ellos, pero le veo como futuro sacerdote con confianza y simpatía”.

Esta descripción, que parecería hecha al final de la vida, es una identificación en perspectiva de lo que el P. Aldo sería en los años siguientes. Sensibilidad, afectividad y entrega fueron los elementos constitutivos de su desbordante humanidad, que le hacía olvidarse de sí mismo y entregarse al servicio de las familias necesitadas, a los niños de la calle y de la escuela, a los sacerdotes africanos y a los hermanos que encontraba. Les daba lo que tenía desinteresadamente, sin que la mano derecha supiera lo que hacía la izquierda. La sencillez de corazón y la dulzura de sus modales eran lo más granado de su carácter, un resto de la vida del muchacho libre de toda sombra de complicación o de altos razonamientos, que conservó intacta a lo largo de la vida con la frescura de las cosas que duran. Razonaba con el corazón y con el corazón vivía su misionalidad, dejando en quienes le veían la impresión de que se tomaba la vida como un juego o como el agua de la cascada que se precipita hacia el valle. Sabía adaptarse a todas las situaciones, también a las arduas, con la sonrisa en el rostro y una profunda confianza en la vida. Estaba convencido de que el desarrollo de África no sería producto de la importación, sino que la conseguirían los propios africanos con su voluntad y sacrificio.

“Creía en la educación desde muy joven -escribe el Superior de la Región Tanzania, el P. Giuseppe Inverardi- , por lo que en Makambako animó la construcción de cuatro asilos. En la zona de Ukomola hizo que se excavara un pozo. Comprometido con los jóvenes, había construido en Ygwahanya una escuela vocacional para chicos y chicas. Pensaba cómo podía garantizar un empleo a muchos jóvenes. Soñaba con posibilidades y proyectos, pero no era fácil ejecutarlos, lo que le hacía sufrir cuando se daba de bruces con la realidad. Pero no se rendía fácilmente. En los últimos meses, sabiendo que iría de vacaciones a Italia, estaba tranquilo. Cuando volviera, ya soñaría y haría nuevas cosas.

No es que haya que pedir al P. Aldo programas definidos y medios claros. Se olvidaba de lo que necesitaba para sí mismo. Su estilo era la espontaneidad y el buen corazón. Daba lo mejor de sí con entusiasmo siempre y en todo. Se ensimismaba en la actividad y con la gente. Se encariñaba con todo y todos. Por eso todo cambio era para él un pequeño drama, aunque siempre sabía superarse y reanudar su servicio con la disponibilidad de siempre. No sé si alguien habrá visto alguna vez alterado al P. Aldo. Y no porque todo le resultara fácil. Decía él mismo que no reaccionaba porque sabía interiorizar todo con esfuerzo y sacrificio. Tampoco le faltó la ‘noche vocacional’. Lo dice él mismo en la ficha anagráfica cuando escribe: ‘Noviembre de 1974-abril 1975: Italia. Revisión’. Juzgando las cosas por su empeño sucesivo y por su fidelidad a la oración, salió de la noche iluminado y de la revisión aún más fuerte. Más hombre, más sacerdote, más misionero”.

En su vida misionera se distinguen momentos de disponibilidad incondicional al servicio de los hermanos. Dos en especial: “profesional libre” (así le gusta definirse) en los despachos de Dar-es-Salaam de 1987 a 1994, dedicado al despacho de asuntos de la Región Tanzania y a los transportes en las diversas misiones. Guiando un camión, recorre las carreteras polvorientas que unen una misión con otra. Su llegada lleva siempre alegría. Otro momento de especial intensidad fue el período 1994-1999 como ecónomo de la casa generalicia de Roma, donde la disponibilidad al servicio se convirtió en un compromiso grato y pesado al mismo tiempo. No se puede olvidar a aquella figura amiga que, en continuo movimiento por los pasillos y las escaleras, advierte tu presencia y te dirige un saludo cordial. Sabía también encontrar los momentos de meditación y de recogimiento en la oración cotidiana y en la adoración delante del sagrario.

Pero la misión vuelve a llamarle una vez más y el P. Aldo responde con la misma disponibilidad que le había caracterizado. Se le asigna la parroquia de Makambako-Tanzania, fundada en 1954, en la diócesis de Njombe. Aquí reanuda su vida de entrega a la causa de los pobres. Hasta el día en que Dios le llama. Los fieles acuden de diversas partes para acompañar sus restos y darle el último adiós arrojando ramos de flores sobre sus restos mortales. La iglesia de Makambako está desbordante. Los vicarios generales de las diócesis de Njombe e Iringa y el obispo de Mbeya, monseñor Evaristo Chengula, IMC, concelebran con 69 sacerdotes. El Superior Regional pronuncia palabras de conmovida despedida. Las hermanas de la Consolata que le conocieron y sintieron próximo le lloran como cuando se pierde a alguien al que se estima y quiere.

Ahora, por voluntad de sus cristianos, su cuerpo descansa en la misión de Makambako a la sombra de su iglesia y junto a sus fieles.

El recuerdo del P. Aldo vive entre sus parroquianos de Montebelluna, muchos de los cuales le tuvieron como compañero durante la infancia. Él continuará amando a su tierra y a su gente, con la que se sentía indisolublemente unido.

Giovanni Tebaldi

Ultima modificación ( 12.03.2006 )