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19 de marzo de 2004
Queridos Misioneros:
Hace ya algún tiempo que deseaba reflexionar sobre este tema con vosotros. En primer lugar, porque cada vez nos parece más evidente que la cultura actual prescinde de este valor que en otros tiempos tenía una importancia decisiva y no se cuestionaba. Los repentinos y grandes cambios que se han verificado en el ámbito del pensamiento moderno, la sucesión vertiginosa de los acontecimientos, la tendencia a buscar cosas nuevas que respondan a los deseos de una creatividad que parece incontenible ponen en cuestión el valor de la fidelidad como si de un anacronismo del pasado se tratara. Una prueba de todo esto la tenemos, especialmente en el mundo occidental, en la facilidad con que se pasa de un partido político a otro, de la pertenencia a una religión a otra, de un compromiso conyugal a una convivencia extraconyugal. Se trata, además, de un fenómeno que no parece sorprender ya a nadie, pues es evidente que nos hemos acostumbrado a una cultura que quema rápidamente incluso las experiencias más significativas y las opciones de vida más decisivas. La fidelidad ha dejado de ser un valor apetitoso para las nuevas generaciones porque parece evocar una actitud de defensa que quisiera inmovilizar la existencia y eliminar toda apertura hacia el futuro y la novedad. De este modo, hasta la fidelidad incondicional en la vida consagrada ha terminado encontrándose en el ojo del huracán. A muchos les parecen sus fundamentos sumamente frágiles, al tiempo que, cada día con mayor frecuencia, las jóvenes generaciones parecen cuestionarla en su misma esencia y en su valor intrínseco. ¿Por qué hacer una opción que tenga que durar toda la vida? ¿Quién me asegura que conseguiré mantenerme fiel a ella? ¿Por qué no hacer opciones de duración corta o media para seguir así siendo libre de cara a nuevas experiencias futuras? Y, dado el gran paso, siguen en pie los grandes interrogantes, a veces incluso de forma angustiosa: ¿Cómo regenerar mi consagración de modo que mi fidelidad no se convierta en estatismo o inactividad? ¿Seguiré siendo fiel dentro de la opción de vida que he hecho? Las consecuencias de estas dudas persistentes están ante nuestros ojos y tienen aspectos no solamente deletéreos, sino incluso dramáticos: un porcentaje considerable de nuestros jóvenes que hacen la primera profesión, no llegan nunca al compromiso definitivo, y otro porcentaje no despreciable de los que llegan a hacer los votos perpetuos o acceden a las órdenes sagradas abandonan el camino emprendido no muchos años después. Puesto que nuestra consagración misionera implica una fidelidad al Dios que nos ha llamado, así como a los hombres a los que Él nos ha enviado, analicemos primeramente el fenómeno partiendo desde su aspecto humano y cultural actual para posteriormente considerarlo desde el punto de vista teológico y ascético, con el fin de descubrir los medios más oportunos que nos permitan vivir gozosamente nuestra vocación misionera de consagrados ad vitam.
Obstáculos a una vida consagrada "fiel"
Los encontramos en gran número en la sociedad y el pensamiento actuales. Son ellos los que explican los motivos de que a los jóvenes les resulte difícil concebir su consagración a Dios para las misiones de acuerdo con una fidelidad que incluya toda la vida, excluyendo revisiones y opciones posteriores. Repaso algunos: Nuestra cultura parece optar por el futuro en lugar de fijar la mirada en el pasado. Dicha cultura desea mirar al frente, proyectar constantemente cosas nuevas, sin apenas referencia a las enseñanzas que para ella pueden derivar de la historia. El resultado de todo esto implica que la creatividad y la proyección, como valores, superan infinitamente al interés por el pasado y a la fidelidad a los valores adquiridos. Nuestra sociedad consumista, que brinda una infinidad de opciones, hace que sea difícil y ambigua toda decisión importante. Son tantas las ofertas que las personas no saben qué elegir, temiendo siempre equivocarse. Y esto mismo puede suceder en el ámbito de los valores humanos y espirituales, así como en el ámbito del propio proyecto de vida. ¿Por qué elegir una sola cosa y adherirse a ella para siempre cuando la vida puede reservarnos tantas posibilidades? Estas tendencias son alimentadas indudablemente por corrientes filosóficas modernas que conciben al hombre como libertad absoluta, sin ninguna referencia a valores estables. El hombre no debe rendir cuentas a nadie, proyecta su vida como le place, ya que es un puro existir. Por otra parte, el valor que se ha dado a la psicología del profundo ha contribuido a que algunos conciban que la existencia humana como anclada en mecanismos inconscientes que la hacen poco libre y consciente cuando actúa. De este modo, las posibilidades que quedan para adoptar una opción son pocas. Algunas corrientes del pensamiento teológico moderno pueden también haber debilitado, inadvertidamente, el compromiso de la fidelidad del religioso. Sería ese el caso de la reflexión sobre el Dios del Éxodo, que proyecta al hombre hacia el futuro invitándole a un camino continuo a compás con la historia, lo que puede inducir a interpretar la propia vocación de consagración como una constante progresión en la búsqueda de un sentido cada vez más profundo de la propia vida. Y este crecimiento podría incluso llevar a cambios que ponen en crisis opciones precedentemente hechas. Hasta la rica reflexión del concilio Vaticano II sobre los carismas en la Iglesia, al poner de relieve que todas las vocaciones tienen una misma dignidad, puede haber inducido a algunos a preguntarse si realmente merecía la pena elegir la vida consagrada con sus compromisos a contracorriente, porque, a fin de cuentas, esa vida es solamente una de tantas opciones por la que un creyente puede decidirse.
¡Ser fieles es posible!
La fidelidad en la vida consagrada, como en cualquier otra opción de vida, no debe ser vista como una quimera o una meta inalcanzable. Toda persona que viene a este mundo está provista de elementos que, desde el punto de vista genético y cultural, la comprometen. Ningun ser humano, en efecto, aparece en el escenario de la vida como "tabula rasa" o en estado puro. Nacer en una determinada familia, en un determinado período histórico y en una específica sociedad, significa estar ya provistos de un conjunto factores que comprometen la vida futura del individuo. Podemos, pues, afirmar que todo ser humano cuando nace lleva consigo los gérmenes de su futuro ya insertos en él y otros que a su vez esperan ser elegidos y desarrollados poco a poco de manera estable y duradera. No dar este nuevo paso significaría destinar la propia existencia a no completarse y a fracasar. En cambio, hacer una opción y hacerla de manera duradera significa completar y dar significado a la propia existencia. Cuanto más capaz es la persona de elegir, más y mejor sabrá expresar su libertad. ¿Puede ser definitivo un compromiso? Aunque nuestra experiencia cotidiana nos diga que hasta el momento de la muerte debemos mantenernos atentos a las "sorpresas", existe una manera de condicionar nuestro futuro y de hacerlo avanzar conforme a la trayectoria querida por nosotros, y consiste en vivir fielmente el presente. La fidelidad de hoy nos dirá si el futuro será el que nosotros queremos que sea. Humanamente hablando, es este el único margen de "certeza" ante nuestro futuro: asegurarlo cuidando al máximo nuestro presente. Los márgenes de garantía aumentarán si este compromiso abarca a toda la persona: la emotividad, la inteligencia, la voluntad. Todos sabemos lo determinante que es la función de la voluntad y la inteligencia en nosotros. Sin embargo, en nuestros días parece que es la emotividad la que más cuenta cuando se quieren determinar las opciones de la vida. Hago una opción determinada porque me gusta o la abandono porque ha dejado de gustarme. El mayor margen de certeza nos viene de la acción de Dios en nosotros, porque nuestra esperanza no es solamente humana, sino también teologal. Dios es, en efecto, la razón más consistente de nuestra esperanza y el fundamento más duradero cuando nuestra opción de vida ha sido hecha con Él. ¿Qué características debe tener esta fidelidad? Al término "fidelidad" se le pueden dar significados diversos, por lo que es conveniente que aclaremos cuanto antes su esencia y su contenido. Para nosotros fidelidad no es el fin, sino el efecto de una opción. Así, yo no hago los votos como si fueran un fin a sí mismos. Son, en cambio, signos de mi consagración a Dios, y esta opción es tan importante que yo me comprometo a hacer que dure y permanezca en mí a lo largo de toda mi existencia. Es pues evidente que el compromiso precede a la fidelidad. Fidelidad, además, no es una simple y pura repetición del pasado en el presente, o del presente con vistas al futuro. Es, en cambio, crecimiento, es descubrimiento siempre nuevo, es esfuerzo de creatividad para poder vivir hoy también lo que me he esforzado en vivir en el pasado. Por consiguiente, la persona que desea ser fiel no puede renegar del pasado, sino más bien aprender del pasado a poder ser verdadera en vivir los compromisos del presente. Fidelidad, por tanto, no es inmovilismo, no es legalismo, sino compromiso creativo en el presente con una mirada siempre atenta al futuro que tenemos por delante. Fidelidad sí, ¿pero a quién? Es preciso liberar inmediatamente el campo de prejuicios comunes según los cuales yo comprometería mi vida basándome en fórmulas, ideas o cosas abstractas como podrían ser los votos religiosos. La fidelidad, por el contrario, toda fidelidad, se refiere siempre a personas: a la familia, al cónyuge, a los jóvenes, a los pobres, a Dios. Los votos o las fórmulas solamente son expresiones para decir que yo me comprometo ante alguien. Por consiguiente, la fidelidad será mi modo de vivir el amor a Dios y a los demás, y ese amor, para ser verdadero, ha de ser necesariamente duradero.
Fundamentos y características de la fidelidad del cristiano
Después de haber repasado brevemente los elementos humanos de la fidelidad y de haber comprobado que la misma no es un elemento extraño en una persona madura, vamos a tratar de descubrir brevemente, desde la Palabra de Dios y desde la reflexión teológica, cuáles pueden ser el fundamento y las características de nuestra fidelidad como cristianos y como personas consagradas. Nosotros podemos ser fieles porque nuestro Dios es fiel. Leemos en el Antiguo Testamento que Dios estableció con su pueblo un pacto de alianza duradero y perpetuo, un verdadero acto de amor con Israel. De este modo, Dios se comprometía para siempre con su pueblo y nunca olvidaría su alianza, a pesar de las muchas infidelidades del pueblo. Su fidelidad sería la de un Padre amoroso, misericordioso y paciente. En Jesús de Nazaret, el compromiso y la fidelidad de Dios con la humanidad llegará a su plenitud. Pero al mismo tiempo encontramos en Cristo la revelación de que también nosotros y toda la humanidad podemos ser fieles a Dios. Jesús, en efecto, en nombre de todos nosotros, es el "sí" definitivo al Padre. ¿Cómo es este camino que nos ha trazado Cristo y a través del cual podemos conseguir la seguridad de poder ser fieles a Dios toda la vida? En primer lugar, es el camino de la fe y la confianza en Él. Esta es la base y el punto de partida. Una fe que, más que teórica, debe ser práctica y concreta, que implique a toda nuestra persona. Esta fe se traduce en obediencia a su Palabra y a todo el Evangelio y asume formas y gestos concretos, cotidianos, propios no sólo de las grandes ocasiones, sino especialmente de la vida de cada día. Este compromiso fiel a Dios adquiere asimismo las características del amor "cristiano": es radical, lo que quiere decir que incluye el corazón, la inteligencia y la voluntad, y de Dios pasa espontáneamente hacia el prójimo. El amor es indudablemente el alma de la fidelidad. La fe, que tiene a Dios como objetivo último, engendra el compromiso y la fidelidad dentro de esa realidad cristiana que ha nacido de la encarnación de Cristo, es decir, de la Iglesia. Nosotros amamos a Dios amando a los hermanos, encontramos un amplio campo para dar y recibir perdón, celebramos el mayor misterio, que es la Eucaristía. Constatamos de este modo que todo compromiso que contraemos con Dios se transforma en estímulo para comprometernos, por fidelidad, también con nuestros hermanos. Y sentimos que cerca de nosotros tenemos al Dios del Éxodo y al Resucitado. La Iglesia es comunidad de carismas diversos donde “existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo” (LG 32). La especificidad de nuestro compromiso como religiosos y misioneros consiste en ser testimonio sólido y permanente de donación a Dios por la causa del Reino, en el anuncio del Evangelio ad gentes, según la tipicidad querida por el Beato Allamano para nuestro Instituto. Elemento decisivo y fundamental de nuestra fidelidad al Instituto para la misión es siempre el compromiso establecido con Dios, una verdadera alianza hecha con Él. Este es el motivo de que el Fundador insistiera en la santidad de vida del misionero, para que su relación de alianza con Dios estuviera de alguna manera a la altura de Aquel que le ha llamado. Si Dios es nuestro partner, en este pacto de alianza que es nuestra consagración religiosa, nuestro don tiende por su propia naturaleza a ser definitivo y radical. La fidelidad, en último análisis, es infinitamente superior al simple “estar en el Instituto”, pues significa estar en él para vivir en plenitud nuestra vocación. Llegados aquí, ¿no podríamos afirmar que el compromiso que hemos establecido con Dios dentro de la comunidad es temerario? Sí, lo podemos, pero con algunas condiciones: Nuestra opción y nuestro compromiso ad vitam no son tanto iniciativas nuestras cuanto un don que Dios nos ha hecho. Y Dios no se arrepiente nunca de habernos llamado. Ante las dificultades, que nunca faltan, Dios nos garantiza su asistencia y su proximidad. Y éstas nunca fallarán si nosotros ponemos nuestra confianza en Él. Reafirmemos una vez más la esencialidad de nuestra fe en Aquel que nos ha llamado. “Sé en quien he puesto mi confianza” (2Tim 1,12) y que no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas (cf. 1Cor 10,13). No podemos olvidar que nuestra vocación tiene lugar en la Iglesia y que pertenece a ella. Toda la comunidad cristiana está comprometida con nosotros en este esfuerzo de fidelidad; ella me acompaña, me sostiene y me anima. Yo, por mi parte, no podré nunca rescindir el compromiso establecido como si fuera simplemente un asunto “personal”. En esta opción vocacional hecha por mí he comprometido también a muchos otros hermanos de fe, frente a los cuales he expresado mi consagración a Dios.
Cultivar las relaciones que vivifican la fidelidad
Hablando de fidelidad, no podemos dejar de detenernos en los medios que pueden hacerla más significativa y rica en lugar de tener miedo a perderla. Por otra parte, la reflexión sobre este tema no se hace especialmente por quien se encuentra al principio de un camino de vida, sino por quienes, con el desgaste del tiempo, tienen el arduo cometido de mantener viva la antorcha. Aludimos por ello a continuación algunos medios que podrían robustecer nuestro compromiso de fidelidad.
1. Cuidar la relación con Dios en la oración. Hemos visto que Dios constituye el fundamento y la fuente perenne de nuestra fidelidad. Si mi relación con Él continúa siendo de amor, de abandono y de confianza, de fe profunda, la esperanza de mantenerme fiel estará asegurada. Los medios a nuestra disposición que hacen significativa nuestra relación con Dios son múltiples y todos giran alrededor del espíritu de la oración continua, tan promovido por el Padre Fundador, por ser especialmente apta para nuestros misioneros (cf. Boletín 95, pp. 1-8). En nuestra tradición IMC, corresponde un lugar especial a la meditación cotidiana, especialmente sobre la Palabra de Dios. Nuestras Constituciones, después de haber puesto de relieve con energía su importancia y de haber recordado las palabras del Fundador, para quien hay “que considerar como perdido el día en que no se hace”, añaden: “Para acoger la voz del Espíritu es necesario crear en nosotros la capacidad del recogimiento y del silencio” (61). También los aniversarios y jubileos pueden ser una ocasión para recuperar el espíritu de nuestra vocación y consolidarlo. Tras recordar el modo más apropiado para celebrarlos, el Beato Allamano concluía así: “Es una fiesta íntima, vivida entre Dios y nosotros. Es una fiesta entrañable, que nos recuerda lo mucho que Dios nos quiere, los inmensos beneficios que nos ha hecho, aunque fuéramos tan indignos. Con ella despertamos nuestra fe y nuestra caridad; es como un estímulo a la santidad, a renovar en nosotros el espíritu” (VS 268).
2. Vivir intensamente lo cotidiano Una forma sagaz que el Fundador aconsejaba a sus misioneros para cultivar su vocación era vivir intensa y debidamente cada día y cada momento con el “nunc coepi”. El tiempo de nuestra existencia, en efecto, se desgrana momento tras momento, día tras día. No podemos vivirlo concentrándolo totalmente. El pasado ya no existe, el futuro aún no ha llegado, solamente me queda el presente para realizar mi existencia: debo vivirlo bien, dando un significado a todo lo que hago, convencido de que de este modo realizo la voluntad de Dios y realizo mi vocación. El Beato Allamano sugería entonces a sus misioneros el compromiso en las cosas pequeñas para asegurarse la fidelidad en las cosas más importantes. Repasando la Vita Spirituale nos damos cuenta inmediatamente de la importancia que todo esto tenía para él. Estas son algunas de sus expresiones: Los miembros de nuestro Instituto deben realizar su santificación siendo fieles a las cosas pequeñas. Que Dios os haga comprender bien esta lección y os infunda fervor con su gracia. Fidelidad incluso a las reglas más pequeñas; por tanto, observarlas todas, en todo, hasta en los más pequeños detalles. Cada una de las reglas, incluidas las menores, comporta una gracia de Dios. Fidelidad a las prácticas de piedad hechas en comunidad, pues en la oración hecha comunitariamente hay más bendición de Dios. Fidelidad a los recreos; en ellos se encuentra el modo de hacer muchos méritos observando la piedad, la prudencia y la caridad. Fidelidad en el cumplimiento de los deberes personales; realizarlos siempre con esmero y desprendimiento; no buscar, dado que la ocasión para ello es fácil, lo más cómodo. Fidelidad al buen uso del tiempo, ocupándolo total e intensamente, comprometiendo en él todo cuanto podamos, nuestra voluntad y actitud.
“Fidelidad” y “obediencia” eran equiparables para el Beato Allamano. Los propios adjetivos usados para describir la obediencia del misionero se aplican a la fidelidad. Debe ser, en efecto, constante, enérgica, rápida, generosa en todo, pero de manera especial en el modo de vivir la propia cotidianidad. Vivir intensamente el presente garantiza la plenitud y la significación a toda nuestra vida, mantiene siempre vivos y presentes los ideales a los que nos hemos adherido y dan orientación a nuestra existencia. Es, con otras palabras, la respuesta a la voluntad de Dios que se manifiesta constantemente a un espíritu vigilante y atento. Y esto infunde alegría al vivir la propia vocación. Recuerdo a este respecto lo que escribía el Beato Juan XXIII: “Soy una especie de saco vacío que Dios debe llenar. Sólo me preocupo de hacer día tras día la voluntad de Dios. Os aseguro que esta es la vida más hermosa”.
3. Valorar el vivir comunitario y dejarse acompañar por los hermanos La comunidad constituye una ayuda importante para la fidelidad. El misionero se siente en ella acogido como discípulo comprometido en seguir al Maestro y encuentra abundancia de medios que le allanan el camino de crecimiento en todas las dimensiones de su vida consagrada. Es Dios mismo quien me ha hecho el don de los hermanos para que me ayuden en el itinerario de fidelidad a Dios siguiendo la vocación específica que he recibido con el carisma del Beato Allamano. La presencia de estos hermanos es para cada uno de nosotros una fuerza, una garantía y una verdadera suerte. Nos corresponde a nosotros valorar al máximo la comunidad aprovechando los numerosos medios que nos ofrece. No es difícil hacer una lista de ellos: la oración comunitaria, la comunión de los ánimos, la Eucaristía, la profundización y el discernimiento comunitario de la Palabra de Dios, la corrección fraterna, los momentos de expansión. Al mismo tiempo debemos recordar que cada uno tiene el deber de construir a la comunidad y de no contentarse con aprovecharse de ella. En la medida con que me convierto en don para los demás, me enriquezco por medio de ellos. No quisiera, sin embargo, dejar de recordar otro medio importante como es el de la guía espiritual. Vivimos en una época de gran incertidumbre y de desorientación sobre las realidades que tienen que ver con nuestra vida y con el servicio misionero. Se impone más que nunca la necesidad de tener un guía espiritual para contar con su consejo. No se trata solamente de acercarse a una persona que tenga experiencia y pueda apoyar a quien la tenga tan grande, sino más bien en crear una “comunión entre hermanos”, de tal manera que el Resucitado esté presente y sea la luz de nuestro camino.
Conclusión
Quiero terminar mi reflexión transcribiendo un original “elogio de la infidelidad” porque indica de manera eficaz dónde está el secreto de la fidelidad: Feliz quien haya decidido en su corazón ser infiel a sí mismo, a los propios proyectos, con todo lo que ha prometido y planificado. Feliz quien haya confiado su vida a Otro y le deja actuar como director de la obra, declarándose dispuesto a recitar la comedia, la divina comedia que él le sugiere. Feliz quien deja libre para alterar sus esquemas a Aquel que sopla como el viento, viento que sabes de dónde viene pero no a dónde te lleva, porque es libre y creativo y siempre imprevisible. Vivir en alas del Espíritu. Pasar de lo cierto a lo incierto, de lo conocido a lo desconocido. Aventura de nueva vida, imprevisible. La coherencia es lineal. Pero no deja libre al Espíritu para que se exprese con la creatividad que le caracteriza. La incoherencia es extravagante, pero posee la linealidad del designio de Dios. Su armonía se percibe desde arriba. Incoherencia por una coherencia superior. Conviene dejar la seguridad del temor, desplegar las velas y dejar la guía en manos del Espíritu1. 1 Que San José, a quien la Iglesia llama “hombre fiel”, sea nuestro intercesor, nos fortalezca en nuestro compromiso vocacional y misionero y nos haga gustar por anticipado cada día la alegría del abrazo final de Dios: “¡Bien, criado bueno y fiel!; has sido fiel en lo poco, te confiaré lo mucho. Entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25,21). Os saludo fraternalmente en la Consolata.
P. Piero Trabucco, imc (Padre General)
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