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| Padre Franco Soldati |
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| Escrito por Giovanni Tebaldi | |
| 19.02.2006 | |
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(1921-2004) “Ha muerto el P. Soldati, un campeón de las misiones”. Así aparecía publicado en “Il Cittadino”, periódico de Lodi, en la edición del 6 de enero de 2004 al dar la noticia de la muerte del P. Franco Soldati. Con él desaparece el último de los cuatro hermanos Soldati. El anciano religioso contaba con 82 años y padecía una enfermedad desde hacía bastante tiempo. Es una historia esta de los hermanos Franco, Gabriele, Pierino y Luisa Piera, que tiene algo que parece increíble. Nacieron en Corno Giovine en el seno de una familia humilde. Los cuatro se hicieron religiosos siendo muy jóvenes y luego se extendieron por el mundo para realizar su obra de misioneros. Entre 1950 y 1954 partieron rumbo a sus diversos destinos. El P. Pierino, jesuita, fue a parar a Filipinas; los padres Gabriele y Franco y sor Luisa Piera, de El P. Franco había nacido el 31 de octubre de 1921. Sus padres fueron Luigi y Luigina Lucchini. Hizo sus estudios en diversas casas del Instituto y, a causa de la guerra, los cursos de teología en el seminario de Ivrea y Uviglie Monferrato. Fue ordenado sacerdote en Uviglie el 30 de mayo de 1946. Después de trabajar algunos años en la asistencia de los seminarios IMC, el P. Franco fue destinado a Kenya. Ante él se extendía una zona que le resultaba entrañable y le llevaría a dedicarle los mejores años de su vida, en los que llegó a cambiar su modo de pensar, de vivir y de actuar. Se desarrolló en él un proceso de inculturación que siguió diversos caminos de los habitualmente recorridos y que no se agotan en una yuxtaposición de valores culturales, sino que llevan a asumir una mentalidad nueva. El P. Franco se hizo profundamente africano hasta el punto de llegar a convertirse en un transmisor del mensaje evangélico en términos accesibles y comprensibles para los nativos. Bajo este aspecto, transmitió un mensaje de gran valor que merece ser seguido, aunque no necesariamente en su peculiar estilo, singular en su originalidad e inimitable en sus manifestaciones. Reminiscencias biográficas El P. Ermanno Montini, que vivió a su lado en Italia y en Kenya algunos años, escribió estas notas biográficas: “Mi conocimiento de la familia Soldati es de hace muchos años (nada menos que unos cincuenta), cuando yo, a los diez años, terminado el cuarto curso de enseñanza básica, había manifestado a un sacerdote misionero mis deseos de hacerme misionero como él. Él era un sacerdote joven, lleno de entusiasmo, con el que me había encontrado el mes anterior con mi madre, en Bevera, entre los misioneros de Cuando llegué a la misión de Kenya, fui destinado a la diócesis de Meru, en la misión de Kyeni, que ahora forma parte de la diócesis de Embu. Había varios misioneros que a los jóvenes nos parecían gigantes. El P. Franco era uno de ellos. No hacía grandes viajes nunca: una vez al año se dirigía al centro para hacer los ejercicios espirituales y cada siete (luego cinco), a Nairobi para tomar el avión y dirigirse a Italia. Él era el Mwereria, palabra kimeru que yo comprendería mejor pasados algunos años en la misión. Había fundado una obra para niños discapacitados en Tuuru. Era ya el misionero del Nyambene en general y del Igembe en especial, un hombre de carácter fuerte y resuelto, de un amor sin límites y de una entrega y una pobreza ejemplares. Hablaba, razonaba y comía en kimeru. Y tenía una debilidad: los niños de Tuuru. Fue esta la razón de que yo me encontrara con él en Kyeni y de que le tuviera como huésped. Del P. Franco conocía poco todavía, aunque había oído hablar mucho. Diecisiete años después, en mi peregrinar, fui destinado a Kangeta, en el Igembe, cuya misión limitaba con la de Soldati. Así pude conocerle debidamente. Él y el hermano Argese, Mukiri (el silencioso), como le gustaba a la gente llamarle. Conmigo estaba también el P. Canova y durante un período los cuatro formamos una única comunidad, con tres residencias diversas, pero queriéndonos siempre y ayudándonos en todo. De la cooperación del P. Franco y del hermano Giuseppe nació el “Tuuru Water Scheme”, el acueducto más grande no gubernamental de Kenya, definido por Para sostener sus obras caritativas, el P. Franco escribía artículos en revistas y periódicos, llamaba a muchas puertas, se convertía en mendicante a favor de los niños. La misión de Tuuru se convirtió en una pequeña ciudad linda y limpia con muchísimos niños discapacitados y un acueducto que no sólo era una obra para ellos, sino también para doscientas mil personas más. El P. Franco trabajó en las misiones de Egoji, Tigania y Tuuru. Era un profundo conocedor de la lengua y de la cultura locales y trataba con todos los medios de inculturar al cristianismo y hacer que su mensaje fuera significativo para todas las categorías sociales. Incluso se había hecho mwariki y había entrado en el grupo de los njuri ncheke, se retiraba con frecuencia a sus cabañas de retiro para meditar, estudiar y comprender. Experimentaba nuevos modos de presentar el mensaje y le molestaba que la cultura occidental quisiera introducirse con el mensaje evangélico. Se preguntaba muchas veces si las formas elegidas eran las adecuadas, aunque nunca quisiera imponer sus criterios o puntos de vista a los demás. De ahí el nombre que le dieron los africanos, “Mwereria”, es decir, el que indica el camino, pero es silencioso, no se impone, sólo señala el sendero con el ejemplo y la ayuda conveniente. Alguien que sabe dónde se debe ir y conoce los vericuetos para poder llegar, que es reflexivo y meditabundo. Su casa fue muchas veces habitación provisional, y la alimentación siempre frugal. Se ausentaba o iba de viaje lejos de la misión pocas veces, únicamente para estar presente en diversas reuniones y para hacer los ejercicios espirituales anuales, y casi nunca estaba presente en celebraciones y fiestas. Visitaba especialmente a la gente de la misión. El caballo era su medio de transporte muchas veces, para evitar gastos, no porque le gustara cabalgar. Por sus manos pasó mucho dinero, que se transformó en acueductos, casas y alimento para los niños y los pobres, para construir iglesias, escuelas o casas para los demás, para los más pobres. Me complace recordar la solemnidad que los Misioneros de La trapa en el páramo El P. Franco Soldati era un silencioso, pero sabía comunicar con la pluma. Muchos de sus artículos fueron publicados en las revistas IMC y muchas de sus cartas andan por ahí para demostrar su extraordinaria comunicabilidad. Los temas varían según los tiempos y los lugares: en Meru se discute si traducir la frase del padrenuestro como “que estás en las nubes” o “que está en las alturas”. El trabajo entre el Borana del norte progresa, pero se necesita dinero para construir escuelas; en Kangeta estamos en lucha con los protestantes; Kenya tendrá pronto la independencia. Pero es la reflexión sobre sí mismo y sobre la vocación lo que le inquieta. En 1972 escribe al Superior General: “Había decidido abandonar el Meru, ya que no tenía intención de refugiarme entre los locos europeos. Los que me han salvado son los de Tuuru... Quizá me haya hecho tan africano que ya no sepa dialogar con los europeos”. Y después de 26 años de sacerdocio, vuelve a escribir al Superior General y al obispo: “La incertidumbre de la propia vida es lo peor para un misionero. Después de trece años de crisis, de reflexión y de inquietud he tomado una decisión irrevocable sobre mi futuro. Usted está ya al corriente de mi propósito de cambiar mi tenor de vida”. Pero teme que una opción como esta pueda dañar a la misión. Así que llega a un compromiso. Se retira a Mutuati a una especie de trapa, rodeada de un seto, para pasar el tiempo leyendo, orando y haciendo apostolado entre los ancianos. La comunidad de Tuuru -escribe- no ve con buenos ojos mi retiro, pero he conseguido convencerla. El 25 de julio de 1997 festeja su 50º aniversario de profesión religiosa y confía al Superior General que en Nthambiro se encuentra en buena compañía: Giovanni Tebaldi
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| Ultima modificación ( 11.03.2006 ) |
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