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Padre Alberto Ernesto Salomoni PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Giano Benedetti   
16.02.2006

(1941–2004)

Hijo de Aristide Geremia y de Elvira Sodi, nace el 7.02.1941, en Gabbioneta B. (Cremona), se diploma como contador y trabaja algunos años como empleado de Hacienda. En 1985 entra en el Instituto, en la casa de Bedizzole, donde permanece pocos meses, para proseguir sus estudios filosóficos en Rivoli. En 1987 se consagra a Dios con la profesión religiosa y en 1990, a 49 años, es ordenado sacerdote. Destinado a Argentina, trabaja en las parroquias de San Francisco (1990-95), Machagai y Palo Santo (1995-99). De 2000 a 2003 es responsable de la Casa Regional de Buenos Aires.
Víctima de un tumor, en julio del 2003 volvió a Italia y el 29 de enero del 2004 se nos fue para siempre a la Casa del Padre.
El funeral tuvo lugar el lunes 2 de febrero, en Leno, su pueblo de adopción. Presidió la Eucaristía el P. Giano Benedetti, consejero general. Participaron diversos religiosos y religiosas misioneros de la Consolata, monseñor Spertini, delegado del obispo, y otros sacerdotes. Estuvieron presente numerosos amigos y amigas de los grupos misioneros de la zona. Encomiable la actuación del párroco, monseñor Giovanbattista Targhetti, muy próximo a la familia y a los misioneros. Los restos mortales del P. Alberto descansan en el cementerio de Bonemerse, en la tumba de la familia.
La Redazione


Llamado para otra cosa

El lema que figura a la entrada dice: “Seminario para vocaciones juveniles y adultas - Misioneros de la Consolata”. A decir verdad, como muchas veces sucede, son muchos los que lo leen y como si tal cosa. Para Alberto Salomoni, en cambio, fue suficiente leerlo con atención una sola vez.
Haciéndose valientemente adelante, se presenta al P. Giuseppe Villa, superior de la comunidad, y se atreve a hacerle una petición nada fácil, especialmente por tratarse de una persona con 44 años y una profesión nada desdeñable. No le faltan amigos, de los de verdad, ni el afecto más seguro y cálido de sus familiares.
Desde hace tiempo, tratando con el padre Renato Musatti -entonces párroco en Gambara (BS) y animador del grupo misionero parroquial-, la idea de ser sacerdote misionero al servicio del Señor y de los más pobres se ha ido convirtiendo en un ideal claro y atractivo. No se trata de una idea vaga, sino de la convicción de que Dios le quiere y le llama a la misión. Alberto siente y vive esta vocación como un don no registrado ni previsto en los libros de contabilidad manejados a lo largo de dieciocho años de trabajo. No cabe duda de que se trata de un don para compartirlo cuanto antes y de manera total.
Alberto ha encontrado a los pobres en sus frecuentes viajes a África y a Asia. Benditos viajes…: han sido para él una verdadera trampa, que de turista por hobby se ha transformado en entusiasta animador misionero con otros amigos y amigas del grupo de Gambara.
La fe, en cambio, viene de lejos. Es una preciosa herencia encarnada en la cotidianidad de su familia. Una fe crecida con la edad y hecha camino personal; una experiencia íntima y profunda que se purifica en las pruebas y en el trabajo de tejer con coherencia la trama y el bordado de la existencia, en su delicado cruce de quehaceres, sentimientos y proyectos de pequeño y gran alcance.
Para Alberto ha llegado el momento de decir al Señor: “Tómame”. Que los demás piensen o digan lo que les plazca...
Un año y medio después, en 1985, cuando ya se encuentra en nuestro seminario y se esmera en los estudios de filosofía, escribe al superior que le había recibido para comunicarle que se siente listo para afrontar la experiencia del noviciado: «El misterio de la cruz es un peso, pero también signo de libertad, por lo que me sentiré tanto más libre cuanto más consiga liberarme de las cosas para enriquecerme con Cristo. No soy ya una joven planta a la que le baste un tutor para crecer derecha; llego aquí con muchas maletas llenas de experiencias y defectos encallecidos, y para poder eliminarlos necesito una constancia especial y una gran paciencia por parte de mis formadores. La ayuda del Espíritu Santo, el abogado que cambia las situaciones más difíciles y dulce consolador del alma, suplirá mis deficiencias. A Él le confiaré las dificultades y las dudas que día a día se me vayan presentando: las afrontaré con la oración y estoy seguro de que serán pruebas por medio de las cuales el Señor me llamará a crecer y abandonar las falsas seguridades y adherirme totalmente a su voluntad. Confío en la ayuda de María Santísima, que hace que sean fuertes y grandes los pequeños y débiles que acuden a ella, como soy yo».
En la mente en el corazón de Alberto se trata de un paso decisivo: una vez que se ha echado mano al arado, no vuelve a mirar atrás. Las dudas y los titubeos podrán ser cosa de otros. Su carácter es emotivo, volitivo y enérgico; su modo de comportarse, arrollador, incansable, yendo siempre derecho al objetivo final -como un ventarrón, dicen en Argentina-; pero Alberto es también capaz de afecto sincero, amable, paterno y materno al mismo tiempo.
Sobre todo tiene un corazón transparente y sencillo y él es hombre de una sola pieza, que se mantendrá firme hasta el final. Ninguna doblez ni ficción, tampoco búsqueda de sí mismo ni de sus intereses, sino trabajo serio y servir únicamente por la gloria de Dios y el verdadero bien de los más necesitados. Justamente como nos quería el Beato José Allamano: sencillos.
Después del año de noviciado en Vittorio Veneto, completa su preparación para el sacerdocio estudiando teología en Bogotá del 1987 al 1990. Aprende español y comienza a conocer por dentro la realidad latinoamericana. Llega el día de su ordenación sacerdotal, el 1° de diciembre de 1990. Es realmente para el P. Alberto un periodo feliz, entusiasmante. Ejercita y saborea la riqueza y el misterio de ser sacerdote entre su gente, mientras se prepara para partir. Familiares, amigos, ex colegas, parroquianos, hermanos y hermanas misioneros de la Consolata participan en su entusiasmo y en su deseo de ir cuanto antes a Argentina, país al que ha sido destinado. Esta vez parte como Misionero de la Consolata, no como turista o como estudiante. Parte con el crucifijo -su peso y su libertad-, recibido con el mandato misionero.
Trabaja en las parroquias de San Francisco, Machagai y Palo Santo, y después se le pide que dirija la casa provincial de Buenos Aires. Como de costumbre, en todas partes y con quien sea, no ahorra energías y trabajo, poniendo siempre en primer lugar al Señor y las necesidades de la gente. Diez años sin ahorrase sacrificios y pagando con su propia salud.
Efectivamente, comienza para él otra etapa de su carrera apostólica: la de la enfermedad y los sufrimientos que le consumirán físicamente en menos de tres años. El anuncio de la pasión y la resurrección del Señor que distingue la obra del apóstol en el seno de la Iglesia y en medio de los pueblos, no solamente lo pronunció y testimonió el P. Alberto, sino que ahora se le llama a vivirlo y hacerlo suyo en sus propias carnes. Su itinerario humano y espiritual llega a la meta de la paz exactamente cuando más agudo se hace el dolor físico y psíquico, cuando más despiadado se vuelve el tumor maligno que le ataca. Él, el ventarrón difícil de frenar en su entrega y en sus proyectos de solidaridad, sigue siendo un hombre sereno, en paz.
Fue un largo recorrido durante el cual el P. Alberto, como persona madura, primeramente buscó y encontró al Señor en el silencio de su conciencia y de su corazón, para instaurar con Él un diálogo cada vez más enriquecedor y fiel; una oración que poco a poco se perfeccionó e hizo fecundo en él el don de la fe y del abandono confiado la voluntad divina, que le estimuló a emprender otro tipo de carrera, la de la caridad evangélica en medio de la gente, sirviendo sin cálculos y sin guardarse nada para él.
Servir siempre, en lo mucho y en lo poco: el P. Alberto, en la plenitud de sus fuerzas, despertó muchas conciencias y consiguió muchas ayudas de todos para llevar a cabo obras de solidaridad. Ahora, en la debilidad de su condición de enfermo terminal, continúa haciéndolo hasta el último momento. Dedica sus últimas energías -ya no consigue ni siquiera comer- para difundir a su alrededor confianza, para cultivar, azada en mano, un productivo huerto para los hermanos misioneros de Alpignano y para mantener en orden y frescas las plantas y las flores que embellecen la casa. Con lucidez afronta su enfermedad y obedece fielmente a los médicos con tal de poder continuar siendo útil y sirviendo, sirviendo siempre. Y en el servicio encuentra la paz.
Se ha escrito:
El fruto del silencio es la oración,
el fruto de la oración es la fe,
el fruto de la fe es la caridad,
el fruto de la caridad es el servicio,
el fruto del servicio es la paz.
En los últimos días de su existencia el P. Alberto habla con una lucididez sorprendente de su muerte a los familiares, de lo que sucederá cuando ya no esté con ellos, infunde coraje, sugiere cómo organizar su proprio funeral…
Puedo decir que durante su enfermedad invocamos mucho e insistentemente un milagro por intercesión del Beato Allamano, pero la curación que esperábamos no llegó. Sí llegó, como fruto maduro, la paz de quien, con corazón indiviso, siente como única urgencia la invitación a servir hasta el extremo de sus fuerzas; la paz del amigo del esposo que finalmente se encuentra a su lado tras haberle esperado; la paz del apóstol que después de haber corrido incansablemente ve la meta y la corona del premio.
El tono de la voz del P. Alberto no era ya sonoro y seguro como en los tiempos de sus comienzos vocacionales, sino la invocación susurrada al Señor tantas veces: Tómame.
P. Giano Benedetti



Ultima modificación ( 10.03.2006 )