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(1952–2004)
Hijo de Miguel Collado y Constancia Granados, nace el 19.02.1952 en Alcaudete (España) y entra en el Instituto en 1978, en la casa de Zaragoza. En 1981 se consagra a Dios con la profesión religiosa y en 1985 recibe la ordenación presbiteral. Poco antes de ser ordenado, escribiendo al P. Giuseppe Inverardi, superior general, expresa los sentimientos que inundan su corazón de joven que espera con entusiasmo, pero también con inquietud, su futura misión: «Me preocupa mucho mi responsabilidad, mi condición de misionero en Brasil. Pido al Señor que me conceda la fuerza, la luz y la capacidad de vivir y de ser aquello a lo que estoy llamado: testimonio viviente del evangelio, signo real de la presencia salvadora de Jesús como único enviado del Padre. Trato de ponerme todos los días en las manos del Señor y le pido que me haga saber vivir esta misión día tras día, momento tras momento, en toda circunstancia. Te abro mi corazón con sinceridad: no creas que todo me resulte fácil y sencillo; me resulta más bien difícil, pero confío plenamente en Aquel que me ha llamado por mi nombre a seguirle». En 1986 es destinado a Brasil, donde trabaja durante tres años en la pastoral y como vicepárroco en Nova Aurora, Jaguarari y Monte Santo. Poco después de llegar a este destino, mientras estaba estudiando la lengua en Brasilia, escribe al P. Giovanni Zinni, superior regional: «Estoy comenzando mi sacerdocio, mi caminata como sacerdote y misionero, y veo que tengo que vivir en profundidad mi vocación, donándome siempre gozosamente… No he hecho ningún proyecto; deseo solamente y trato de ser un fermento de renovación. Confío en el Señor y le suplico que conduzca mi vida por sus caminos» (28.04.1986). Siente intensamente los problemas sociales del Nordeste, donde tanta pobre gente vive en condiciones lamentables por el descuido de las autoridades, que no resuelven problemas tan elementales como la falta de agua y de servicios imprescindibles; se pregunta seriamente si debe y puede como iglesia hacer algo más; se solidariza con la causa de los últimos y anima las actividades de la Comisión Pastoral de la tierra diocesana. En 1990 vuelve a España, donde despliega sus energías al servicio de la animación misionera y vocacional en Valladolid y Zaragoza. En 1996 reanuda el camino de la misión, esta vez en Venezuela, donde permanecerá tres años trabajando en Paraguaipoa y Guarero entre los indios de Guajira. Escribiendo al P. Piero Trabucco, padre general, dice: «A ejemplo de quien fue el más grande pedagogo de todos los tiempos, Jesús de Nazaret y de la Iglesia en cuyo nombre soy enviado, trato de mirar alrededor con discreción, admirando esta cultura tan original y al indio wayú que vive con ella. Y lo hago con serenidad, sin violentar su modo de ser con la idea de hacer que sean como yo quiero o tratando de que aumente el número de los convertidos. Trato de verles desde su realidad de indios wayú, caminando con ellos en la estepa, sufriendo la falta de agua, de luz, de servicios sanitarios, consolando ante los féretros de las jóvenes vidas truncadas, a veces por la ley implacable de la venganza y a veces por las amas de quienes defienden “la economía del país”; siento la necesidad de conocer y amar al indígena guajiro… Las enormes dificultades y los desafíos inmensos exigen todo mi empeño. Ante un presente lleno de incertidumbres y un futuro cargado de preguntas como hombres y mujeres de la Iglesia, estamos llamados a utilizar nuestras capacidades con imaginación y generosidad, confiando más que nunca en el misterio de la resurrección. En él vemos que Dios continúa amando al hombre. Que la experiencia pascual ilumine nuestras existencias para ser realmente portadores de la luz». En 1999 es nombrado superior delegado de Venezuela, cargo al que renuncia al año siguiente por problemas de salud cardiológicos y pulmonares. Destinado a España, reside en Madrid y trabaja como director de la revista “Antena Misionera”. Simultáneamente se dedica activamente a las campañas de animación misionera promovidas por la Región. Recientemente había participado en la campaña contra el hambre organizada por “Manos Unidas”. Había vuelto a casa con una bronquitis que, no habiendo sido curada debidamente, derivó en pulmonía. Llevado al hospital, estaba reaccionando bien a los cuidados de los médicos, pero en la mañana del 7 de marzo fue encontrado muerto en la cama. El informe médico habla de insuficiencia respiratoria global con infarto cardiaco. El P. Manolo tenía un gran corazón pastoral y sabía abrirse al contacto con las personas. De carácter espontáneo y festivo, se ganaba el afecto de todos por su sencillez y desenfado. Estaba siempre disponible para cualquier iniciativa relacionada con la misión y creía como religioso en la comunidad y en la amistad de sus hermanos. El funeral se celebró el lunes 8 de marzo en su pueblo natal. Presidió la ceremonia el vicario del obispo de Jaén, acompañado por todos los misioneros de la Consolata de España y muchos otros sacerdotes diocesanos. Yo mismo pronuncié la homilía fúnebre. Terminada la celebración, los misioneros llevaron el féretro hasta el cementerio acompañando a los familiares del P. Manolo con afecto. P. Álvaro Palacios y Redacción del Da Casa Madre
TESTIMONIO
La procesión va por dentro Antes de vivir juntos en Venezuela, el P. Manolo y yo nos habíamos encontrado y conocido en España, en dos períodos diferentes: en 1977, cuando él hacía el discernimiento vocacional y yo era novicio, y 16 años más tarde, cuando él era animador en Zaragoza y yo formador en el seminario teológico de Madrid. Pocos encuentros y más bien breves, pero suficientes para lograr estimarnos mutuamente como hermanos, aunque muy diferentes por carácter, experiencias de vida misionera e incluso de ideas. Con expresiones vivas, cada uno sabía describir bastante bien algún rasgo del otro, dando en el blanco con acierto, sin necesidad de etiquetas de tener que decirlo todo el uno del otro, y especialmente con libertad y sin herir. Evidentemente, no era todavía lo que se define como amistad ni nos conocíamos profundamente, pero uno sabía describir del otro con pocas pinceladas algo que reflejaba la realidad. Además, para alguien como yo a quien le encantaba, especialmente escuchándole a él, aprender español, el P. Manolo era ciertamente una de las fuentes más ricas en expresiones típicas y proverbiales de la lengua de Cervantes y sus compatriotas. Estaba en Madrid cuando el P. Manolo recibió en 1995 su nuevo destino hacia Venezuela. De los meses que precedieron a su partida hacia tierras de Simón Bolívar, recuerdo su incontenible felicidad por haber podido vivir dos experiencias significativas en aquella etapa de su vida: un periodo de retiro en la Cartuja di Pesio y, sucesivamente, los meses pasados en Tierra Santa, recorriendo los caminos de Jesús. Años después, volvía a describir complacido aquellos momentos. Sus recuerdos y sus emociones, por encima de este o aquel lugar visitado, remitían siempre al sentido de gratitud al Instituto y en especial al Padre General por haberle concedido la oportunidad de vivir aquellas experiencias para su renovación, para su felicidad: «¿Te das cuenta? ¡El Padre General me dijo que se encargaba de mis gastos en Tierra Santa…!». Es evidente que el P. Manolo apreciaba todo lo que tenía el sabor del agradecimiento por algo relacionado con él, que despertaba su afecto y confianza, que hacía vibrar sus aspiraciones de misionero y de hombre que quería expresar y dar lo mejor de sí. Creo que no soy superficial si hago hincapié en este aspecto y si resalto una necesidad y una carencia del P. Manolo. Más bien me parece que todo esto podía abrirle a él los horizontes de la misión vivida con entusiasmo, lo que le animaba y encendía su entusiasmo. Él, quien desde niño, inmovilizado en su cama, había tenido que soportar durante mucho tiempo las consecuencias de una cardiopatía -un defecto congénito que le acompañaría siempre- y que, a causa de la muerte prematura de su padre, tuvo que trabajar en una ferretería desde muy jovencito, consiguió encontrarse con la misión, ya joven maduro y enamorado, descubriéndola como la aventura más hermosa y cargada de sentido. Pero ciertos detalles y algunos matices sólo se decantan con el tiempo, en la convivencia y sabiendo superar las pruebas. Volvimos a vernos, y esta vez para trabajar juntos, en Paraguaipoa. Era el mes de marzo de 1997. Completaba nuestra comunidad el laico misionero José Francisco Jimeno. El P. Manolo había llegado a la Guajira venezolana un año antes que yo y había comenzado su apostolado como párroco de Guarero. A mí me tocó sustituirle en aquella parroquia cuando llegó para él el tiempo de hacerse cargo directamente de Paraguaipoa. A decir verdad, para uno y otro no eran muy buenas las perspectivas en aquella franja de tierra que constituye la frontera con Colombia, porque tres meses antes el Instituto había propuesto al arzobispo de Maracaibo que confiara al clero local la cura pastoral de tres de “nuestras” parroquias: Sinamaica, Guarero y Paraguaipoa. Cuando yo llegué, se entregó Sinamaica, mientras que Guarero y Paraguaipoa tenían un acuerdo para seguir esperando un año más. Si por una parte sentíamos que nuestra presencia era comparable a la arena arrastrada allá por las continuas ráfagas del viento de la árida Guajira, por otra se nos reunía a los dos, para satisfacción y alegría nuestras, pudiendo así compartir entre nosotros y con la gente pobre los sueños de solidaridad evangélica y nuestra fe. El viento del dinero y de la vida fácil, fruto de la corrupción y el contrabando, había arrancado muchas raíces en aquella sociedad, lo que también para un misionero podía ser una tentación para dejarse llevar. La fe compartida nos ayudó a desenmascarar -y también bromear sobre ellos – muchos mensajes y proposiciones que podíran haberse convertido en tentaciones irresistibles por resultarnos fáciles y al alcance de la mano en aquel contexto. Ciertamente, no fue un periodo largo qel que el P. Manolo vivió en la Guajira, pero no cabe duda de que aquellos dos años fueron muy exigentes para él en tema de salud, que se vio seriamente afectada. Dedicándose a una u otra iniciativa, lo hacía de forma tan intensa, con tanta pasión, implicando a tanta gente con él, que no se daba cuenta del peligro que corría su salud. En tres ocasiones al menos recuerdo que tuvo graves problemas físicos, hasta el punto de preocuparnos a osotros y a los médicos, que no conseguían reconducirlo fácilmente. En aquel periodo, aunque continuando como párroco de Guarero, yo era también Superior de la Delegación. Al volver a la comunidad de Paraguaipoa, en algunas ocasiones tuve que ser perentorio en decirle que estuviera más atento a su ritmo de vida y a las terapias a las que debía someterse, imponiéndole controles médicos en Maracaibo o en Caracas que remediaran las serias consecuencias que le habían ocasionado las precarias estructuras médicas locales, a las que prefería recurrir para evitar pérdidas de tiempo y de dinero. A él le bastaban pequeñas señales de recuperación y la fiel y eficaz colaboración de José Francisco para volver al pie del cañón, para seguir en la brecha. En Guarero y en Paraguaipoa, el P. Manolo no había retrocedido nunca cuando se había tratado de sudar moviendo los propios brazos, lo que él hacía de manera frenética, hasta la extenuación. Era el primero en estar al lado de las organizaciones populares de base para defender los derechos pisados por los políticos y las autoridades, para denunciar corrupciones o para promover campañas de sensibilización. No dudaba en acercarse a las personas para escuchar cuando había dificultades, para despertarlas cuando recorrían caminos deshonestos, para compartir con ellos los momentos de alegría o los de sufrimiento. En la iglesias participaba con la gente en las celebraciones que organizaba hasta en los mínimos detalles o las presidía con solemnidad, aludiendo en la predicación a los problemas y a las contradicciones de aquel ambiente y proponiendo respuestas inspiradas en el Evangelio. Era asidua su presencia en los caserios del interior, incluidos los más lejanos, convenciendo, si se daba el caso, a las propias autoridades militares a ir con ellos en helicóptero o con escolta, porque la Guajira era una zona de mucho contrabando y de choques entre bandos rivales. Le costó mucho dejar al pueblo Wayúu. Una herida no cerrada en su espíritu de misionero. Con la Guajira mantuvo siempre un vivo contacto y una abundante comunicación, porque los que le habían abierto su corazón y presentado las contradicciones de su vida y las que caracterizaban aquel ambiente siguieron llamándole y escribiéndole a Caracas y más tarde a España. Su modo de hacer y de ser conquistaba a muchas personas, pero provocaba también fracturas y descontento a otras. Puedo decir que, a pesar de su carácter, confesaba sus límites y sus errores, con la intención, de uno u otro modo, de encontrar la manera de superarse, de remediarlos, de quitarse de en medio si era necesario, así como de pedir perdón. Entre nosotros dos no faltaban las discusiones, pero en lugar de causar malas interpretaciones o silencio, se convertían en ocasiones para manifestarnos en lo más profundo como personas y para consolidar la amistad y la comprensión mutua. Tras abandonar Paraguaipoa, una vez entregada la parroquia, volvimos a encontrarnos nuevamente en la sede de la Delegación de Caracas. Sus tareas consistían en dirigir la casa y promover la AMV en la gran capital. Algunas manifestaciones de sus problemas a nivel físico se hacían cada vez más frecuentes y le mermaban sus energías, pero no le impedían moverse, hacer animación y contactar con personas. Después del Capítulo de 1999, fue elegido Superior de la Delegación, pero pronto tuvo que renunciar por el empeoramiento de su salud. Los médicos nos aconsejaron que fuera repatriado cuanto antes, por lo que aprovechando un viaje mío a América Latina, volvimos juntos a Madrid. Era el 8 de abril del 2000. Se hizo frecuente en su labios una de las expresiones que conservo como un pequeño tesoro: la procesión va por dentro. Externamente te manifiestas de cierta manera, tal vez brillante, segura y decidida, extrovertida y simpática, pero dentro de uno mismo no sucede así. La repetía muchas veces, cuando conforme a su exhuberancia daba la impresión de estar bien y encontrarse sereno, cuando parecía que en sus iniciativas mismas sólo veía buenos frutos: «Sí, sí, pero la procesión va por dentro». Dentro se sentía como condicionado por el límite de su cuerpo enfermo, por su carácter a veces desconcertante, que no le permitía darse como hubiera querido, por la necesidad de ser reconocido y amado por lo que era. También las condiciones de salud de su madre, Constancia, le preocupaban y hubiera querido poder ayudar a su hermana Fuensanta a asistirla. En lo primeros meses pasados en Madrid para los controles médicos y comenzar terapias pesadas nos escribimos varias veces, intercambiándonos mensajes y cartas. Manifestaba sentimientos de gratitud por haber encontrado mucha solidaridad en los misioneros hermanos de España y por haber vivido una Cuaresma, la del año del gran Jubileo, cargada de gracias: «En una palabra doy gracias al Señor porque me está permitiendo vivir en paz, en una comunidad que me ha acogido bien… y porque puedo experimentar en estos santos días de Cuaresma-Pascua jubilar 2000 lo que escribió San Pablo: Todo lo puedo en Aquel que me conforta. De Venezuela me llaman y me envían E-mail; la gente me está demostrando mucho afecto, lo que no creo merecer mucho. Creo que estoy viviendo una nueva vida, una experiencia totalmente singular. La Cuaresma del 2000 me ha hecho subir a la cruz, tocarla, sentirla en toda su crudeza. Cada vez siento más carga de esperanza y estoy más seguro de que ella me llevará a la Pascua». Luego hace una especie de crónica con la lista de los hermanos misioneros de paso o presentes en Madrid, subrayando motivos de admiración en cada uno de ellos. Y en el mes de septiembre del mismo año vuelve a escribirme: «Continúan llamándome por teléfono y enviándome E-mail desde Venezuela, Guajira, Mozambique y Brasil… Son pequeños consuelos. Aunque ahora vivo todo esto de una manera nueva. Esta experiencia de la enfermedad me ha marcado profundamente. Diría que hay OTRO MANOLO. Doy gracias al Señor de que siga a mi lado con su bondad y misericordia, de que sea mi CONSOLADOR. En este momento mi única aspiración o proyecto es VIVIR lo que Él quiere que viva. Pero vivir en una íntima y gratuita experiencia. Me abandono en sus manos en cada instante y en todo acontecimiento... Se ha casado José Francisco Jimeno… una celebración muy grata; he hablado con él… no he ido y preferí vivirlo en el silencio escondido y en el recogimiento… y él me ha entendido». Se le pidió que fuera a la casa regional de Madrid y se hiciera cargo de nuestra revista ’Antena Misionera’ como director, cargo que aceptó, me escribía, aun conociendo sus límites y reconociéndose un “analfabeto”. La última vez que nos encontramos fue en Madrid, al principio de este año. Sin escondernos las dificultades del momento, le felicité porque aún conseguía realizar sus tareas de superior de la comunidad y director de la revista, pero… «la procesión va por dentro». Estaba sereno, pero experimentaba la carga de sus límites ante sus responsabilidades. La muerte de su madre, algunos meses antes, aunque le entristecía, le hacía sentir que había sido escuchado por el Señor, ya que ella le había precedido y estaba esperándole. Le habría gustado moverse por España y predicar jornadas misioneras, hablar de la misión a la gente, de la justicia, de la solidaridad. En realidad consiguió hacerlo al mes siguiente, en febrero. Respondiendo a las felicitaciones por su 52° cumpleaños, me escribía: «En nombre de Manos Unidas he estado en tres diócesis predicando en todas partes; prensa, radio y televisiones locales, en Jerez, Huelva y Cádiz: ha sido una experiencia interesante, aunque agotadora… Quién hubiera dicho hace cuatro años que hubiera vivido todavía tanto... Todo es gracia del Señor en la Misión… Gracias una vez más y Paz, mucha Paz». Pocos días después era hospitalizado, y repentina e improvisamente llegó su muerte. “La procesión va por dentro”. La expresión popular se había convertido en la clave para entendernos entre nosotros amistosamente y comunicarnos todo, llegando a la esencia de lo que somos: peregrinos que caminan tratando de superarse, sin dejar de perderla confianza por los errores cometidos, sin dejarnos engañar por las conquistas o realizaciones, sin renunciar al deseo de una misión de horizontes cada vez más dilatados, sin ofuscar la belleza de nuestro ideal, el puerto deseado, el Señor. “La procesión va por dentro”. Recordando al P. Manolo, esta expresión la conservo con afecto y como un pequeño tesoro que me anima e ilumina. Hace ya algunos años que recito la oración del ángel de la guarda haciendo desfilar en mi memoria los nombres y los rostros de algunos misioneros que me han querido y me han hecho mucho bien, quienes siguen siendo para mí ángeles en la misión. Entre ellos, nunca me falta el P. Manolo. P. Giano Benedetti
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