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| San José Cafasso - Protector para el año 2005 |
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| Escrito por P. Piero Trabucco, imc | |
| 15.02.2006 | |
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2 de octubre del 2004 Queridos Misioneros: El día 11 de mayo de 1925, volviendo de la solemne beatificación de José Cafasso, que tuvo lugar en Roma, nuestro Padre Fundador escribía así a los Misioneros y Misioneras: Queridos hijos e hijas en N. S. J.: Siento la necesidad de abriros, queridos hijos e hijas, mi corazón desbordante de consuelos íntimos por la solemne beatificación de nuestro Padre Cafasso. Sabéis lo mucho que yo anhelaba este día y todo lo que hice para conseguirlo. Finalmente, después de tantas diligencias a lo largo de treinta años, llegó el día, y en este desbordamiento de alegría siento la necesidad de manifestarme a vosotros, ya que formáis mi corona y habéis participado siempre en mis penas y mis alegrías. El día 3 del presente mes de mayo tuve la satisfacción de ir a Roma y disfrutar allí de unas fiestas realmente celestiales, que solamente en San Pedro y en nuestra santa Iglesia se pueden gustar. El Santo Padre fue bondadosísimo conmigo, al igual que todos los cardenales y Prelados. Sobra deciros que os recordé a todos en aquel momento solemne en que fue proclamado el Decreto papal y se descubrió el cuadro venerable. Encomendé vivamente al Beato nuestro Instituto e imploré para todos vosotros las gracias necesarias y útiles para vuestra mayor santificación y para la conversión de los infieles. El Beato José Cafasso es el patrono de nuestro Instituto, del que fue cofundador, luz y modelo de las almas piadosas, especialmente de las eclesiásticas. Pero es también nuestro especial protector y, como soléis decir, “vuestro Tío”, al que como tal debéis honrar e imitar sus virtudes. Él será para vosotros desde el cielo un poderoso intercesor en todas vuestras necesidades, será muy celoso de la salvación de las almas y os ayudará, por tanto, en el trabajo de las santas misiones. Os enviaré las imágenes sagradas que colocaréis en vuestras pequeñas iglesias, celebraréis su fiesta, recitaréis su Oficio y haréis en su honor numerosos obsequios a lo largo del año. Yo considero que con esto os he facilitado un gran medio de perfección y que en parte he cumplido mi misión con vosotros. Invocadle también por mí para que me obtenga terminar bien mi carrera y pueda en su momento llegar hasta él en el cielo. Os bendigo con el mayor agrado, Afmo. en Jesucristo. Can. J. Allamano, Superior[1]. He considerado oportuno transcribir íntegramente esta carta del Fundador porque ilustra de manera elocuente los motivos que han inducido a las dos Direcciones Generales a elegir a san José Cafasso como protector para el 2005, año del Capítulo General. Cada Capítulo General, además de ofrecer una ocasión para examinar el sexenio transcurrido, invita a todos los miembros del Instituto a revisar la marcha de su camino, preguntándose: ¿Estamos recorriendo los senderos trazados por el Padre Fundador? ¿Seguimos bebiendo en las fuentes genuinas de su carisma? ¿Seguimos alimentando nuestro celo misionero del “espíritu” que el Beato Allamano decía ser el “suyo”? Entre los medios más eficaces para conseguir ese objetivo debemos sin duda recordar el compromiso de retornar a las raíces del proyecto del Instituto deseado por el Fundador y de este modo reflejarnos en los “ideales” de vida y misión queridos por él. El vínculo que nuestro Fundador mantenía con su santo tío, como bien sabemos, fue no solamente de familia. Llamado a presidir el Convictorio Eclesiástico, José Allamano comprendió que su primer deber era entrar personalmente por el sendero espiritual de José Cafasso para poder luego transmitirlo a los jóvenes sacerdotes confiados a sus desvelos formativos. En este empeño por descubrir la espiritualidad de José Cafasso, Allamano absorbió también el espíritu apostólico que había en él, hasta el punto de considerar la fundación del Instituto como la realización de un sueño acariciado por el propio Cafasso[2]. José Allamano, tras dar vida a su Familia misionera, quiso que el espíritu apostólico y el sello de santidad característicos de José Cafasso pasaran íntegramente a formar parte de la vida de sus misioneros y misioneras. Fue especialmente este motivo el que hizo que se afanara tanto en la beatificación de su tío. La beatificación, que tuvo lugar en Roma el 3 de mayo de 1925, coronó un trabajo que había durado treinta años, pero le permitió afirmar: “Y después de esto... yo también cantaré el Nunc dimittis”[3]. Había dado a sus Misioneros un protector y un maestro de vida y de misión. Datos biográficosJosé Cafasso nace en Castelnuovo d’Asti el 15 de enero de 1811. Sus padres, Giovanni Cafasso y Orsola Beltramo, tuvieron cuatro hijos, a él en tercer lugar, y por último a su hermana, Marianna, que será la madre de José Allamano. La familia Cafasso cultiva una pequeña parcela de su propiedad, aunque resulta insuficiente para responder a todas las necesidades. Los adultos se ven pues obligados a hacer trabajos en fincas ajenas en tiempos de la cosecha. El paso continuo de los ejércitos por los campos y viñedos habían llevado a muchas familias de Castelnuovo y de los alrededores a una situación de auténtica miseria y de hambre. Los Cafasso supieron superar todas las carencias y necesidades de un momento difícil, no sin grandes sacrificios. En el plano religioso, Castelnuovo se ve afectado sólo levemente por la borrasca revolucionaria de aquel tiempo, por la política eclesiástica de Napoleón y por las actividades del movimiento jansenista. En 1803 la parroquia pasa de la diócesis de Asti a la de Turín. Es digno de recuerdo que Castelnuovo, en el tiempo que discurre desde 1829 hasta 1880, siguió siendo la localidad más fecunda en vocaciones sacerdotales, hasta llegar a dar a El joven José Cafasso, terminados los estudios secundarios y el bienio de filosofía en el Colegio Cívico de Chieri, pasa en 1830 al Seminario de filosofía y teología de Chieri. Este seminario había sido abierto el año anterior por el arzibispo Colombano Ciaveroti como alternativa al de Turín, considerado poco apto para la formación de sacerdotes debido a la aparición de fenómenos contestatarios. Admitido al diaconado el 23 de marzo de 1833, José Cafasso recibe el presbiterado el 21 de septiembre de ese mismo año. Cuatro meses más tarde ingresa en el Convictorio Eclesiástico de San Francisco, en Turín, para perfeccionarse en la pastoral. Se quedará allí toda la vida, aceptando poco a poco cargos cada vez de mayor responsabilidad: repetidor de Guala, rector de la iglesia de San Francisco de Asís y del Convictorio, rector del santuario de San Ignacio junto a Lanzo. El Convictorio de San Francisco, bajo la dirección de Guala primeramente y de Cafasso después, se convierte en fragua de numerosos y celosos sacerdotes. Prevalece allí la espiritualidad de san Ignacio, mientras que la teología moral y la orientación pastoral se inspiran en las obras de san Alfonso de Ligorio. No solamente la enseñanza se hace con gran esmero; intenta también formar buenos confesores y hábiles predicadores. Durante el rectorado de Cafasso, el Convictorio vivirá uno de sus momentos más serenos y fecundos. Debido al influjo de los Jesuitas, los ejercicios espirituales y las misiones populares se difunden y dejan una huella profunda en la vida de Aunque se entrega a la predicación, es especialmente el sacramento de la confesión en el que concentra sus afanes. “El sacerdote al que le guste ejercitarse en acciones grandes, sublimes, nobles y gloriosas, que confiese; el que desee ser singularmente útil a su prójimo, que confiese; el que quiera ganar muchos méritos, que confiese”. Así exhorta José Cafasso a los jóvenes sacerdotes y les precede con el ejemplo, dedicando al ministerio de la penitencia muchas horas del día a lo largo de muchos años. También se esmera en la dirección espiritual, hasta el punto de que, cuando fallece, los periódicos hablan de él como “vir consiliorum” de personas de todos los estamentos sociales: nobles y pobres, sacerdotes en cura de almas y obispos, fundadores y fundadoras. Su obra no se centra solamente en estas actividades. Atento a los numerosos fermentos de cambio que entonces tenían lugar en Turín, aunque no siempre estuviera en condiciones de comprender su alcance, José Cafasso indaga en todo aquello que pueda aliviar a la gente más pobre y marginada de la sociedad (deshollinadores, huérfanos, heridos en la guerra). Se encarama por las escaleras vacilantes e inseguras de los tugurios de los pobres para llevarles el consuelo de su caridad y su ministerio sacerdotal. Siempre está dispuesto a ayudar con su consejo y su apoyo financiero a los que intentan organizar obras sociales. No podemos dejar pasar tampoco por alto una dimensión característica de su apostolado: la visita a los presos y los condenados a muerte, una labor ejemplar por la que se le denominó “el cura de la horca”. En cuanto al papel que juega en la vida política de su tiempo, las biografías no abundan en noticias. Parece que su actitud básica se caracterizó por la prudencia y la reserva, lo que permitió al Convictorio avanzar sin grandes problemas a través de los años borrascosos del período llamado en Italia “Risorgimento”. José Cafasso muere el 23 de junio de La doctrina espiritual de san José CafassoLos breves datos biográficos que he expuesto, esquemáticos y esenciales, no dicen mucho de la intensa vida apostólica de san José Cafasso ni de la riqueza de la espiritualidad que él vivió y divulgó, especialmente a través de la enseñanza y la predicación. Quien haga un recorrido apresurado de su biografía, descubrirá en él a un sencillo y humilde sacerdote que vive lejos del ruido de las grandes obras o de fundaciones llamativas, para centrarse en hacer el bien de acuerdo con su talante y forma de ser. En cambio, si leemos sus escritos con atención, advertiremos de inmediato la profundidad de su vida interior, favorecida y apoyada en una fuerza secreta que le guía decididamente a la santidad y a una intensa vida sacerdotal. José Cafasso encuentra esa fuerza en el alto concepto que tiene de la propia vocación sacerdotal. Él mismo lo confesará en su predicación al clero: “Lo primero que un sacerdote debe tener es una noción correcta de sí mismo y de su estado; debe persuadirse de que es y debe ser un hombre diferente a los demás, que su vida sacerdotal supone esfuerzo, sacrificio y sometimiento”. No es extraño que la gente acudiera masivamente a sus misas, que quisiera recibir de él el sacramento de la penitencia o sencillamente un consejo. Se sentían todos atraídos por su aspecto de santo sacerdote que celebraba los sacramentos con participación intensa y que en la predicación sabía llegar al corazón y acercarse a todos, mostrándose siempre como “hombre de Dios” que recuerda lo sobrenatural. Santidad y vida pastoral formaban en él un binomio inseparable, donde el primer término constituía el fundamento y el segundo era su florecimiento lógico. El espacio con que contamos solamente nos permite esbozar algunos aspectos de su doctrina más relacionados con nuestra espiritualidad misionera, que son los que deben pasar a nosotros como herencia carismática. Lo haré de manera esquemática y esencial y dejaré, en la medida de lo posible, que sean las propias palabras del santo las que los ilustren. El servicio de Dios En sus escritos[4], José Cafasso concibe la vida espiritual como un ejercicio de amor, que se concreta en el “servicio de Dios”. Con la expresión “servicio de Dios” entiende que una criatura debe poner a Dios como fundamento de la propia existencia, sin perder nunca de vista la fuente de donde saca los recursos necesarios para realizar la propia existencia y el objetivo último que da orientación a toda la actividad humana, especialmente a la apostólica. Así explica este principio en una meditación al clero: “Yo estoy en la tierra para nada más que para servir a Dios; ese es mi fin aquí... Todo lo demás es una nadería para mí; Dios, su gloria, sus intereses, la salvación de las almas: esos son los asuntos que deben ocuparme, que deben absorber indistintamente todos mis días; más aún, los movimientos de mi vivir cotidiano. Yo estoy aquí solamente para Dios, donde Él salga ganando, donde lo requieran sus intereses, su amor... El siervo es un hombre, es decir, un personaje cedido, vendido, consagrado y entregado enteramente a los intereses de Dios, un hombre que desde el amanecer hasta el anochecer y siempre trabaja para el honor y la gloria de Dios, y es esto lo que constituye su única ocupación”. Cuando falta esta claridad, explica el propio Cafasso, el sacerdote se transforma en “una cosa informe, desnaturalizada y monstruosa”. Y añade: “Así estamos nosotros en la tierra: si nos apartamos de nuestro fin, nos convertimos en instrumentos inútiles, en herramienta que estorba en este gran campo de la tierra, y nada más”. Cuenta un biógrafo que en el lecho de la muerte, recibiendo a los sacerdotes del Convictorio, repitió con energía: “¡Nada es un sacerdote si no tiene a Dios!”. Este servicio de Dios, lejos de ser un mero sentimiento, se transforma en fuente de “compromiso, servicio, anhelo continuo de servir a Dios; que todo lo demás discurra como quiera, que nada importa con tal que se sirva a Dios”. Además, para que sea rectamente vivido, exige de nuestra parte algunas actitudes, como las siguientes: - totalidad: Dios no se contenta con una parte, quiere la totalidad del corazón humano; - constancia: “yo estoy en el mundo para servir a Dios; sea larga o breve mi vida, que no haya una hora en mis días, un solo momento, en que me sienta libre de esto: sea de día o de noche, en casa o fuera de ella, en tiempo de salud o de enfermedad, de prosperidad o de tribulación, siempre tengo el deber sagrado de servirle...”; - exactitud y prontitud: la totalidad exige asimismo la participación de todas nuestras energías y evita toda lentitud o pereza en la acción. La voluntad de Dios“Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona están en hacer perfectamente la voluntad de Dios, es decir, en estas dos cosas: primero, hacer lo que Dios quiere de nosotros, y segundo, hacerlo según Él quiere que se haga; fuera de esto, no creo que haya otra cosa que se pueda pedir o desear”. La doctrina de José Cafasso sobre la santidad y la perfección cristianas es muy clara y precisa. Parte, en primer lugar, del fundamento de que todas las cosas son de Dios y de que todo debe estar a su “servicio”. Luego busca el camino que mejor puede conducir y conformar la propia existencia con la de Dios. La encuentra en hacer siempre y en todas partes su voluntad. Esta conformidad con la voluntad de Dios no es, como él explica abundantemente, simple adhesión intelectual a lo que Dios quiere de nosotros. Implica muchos actos, como el reconocimiento del dominio de Dios sobre nosotros, el acto de confianza en su bondad y especialmente el acto de amor. Efectivamente, “el carácter y la contraseña de nuestro amor a Dios está en conformarse plenamente con todo lo que Él quiere y con su voluntad; ya decíamos que el amor hace a los amantes iguales entre sí”. Adherirse siempre y en todas partes a la voluntad de Dios lleva lentamente a la criatura a identificarse con su Creador. Merece la pena leer las mismas palabras de José Cafasso: “Felices nosotros si conseguimos colocar de este modo nuestro corazón en el corazón de Dios, unir de tal modo nuestros deseos, nuestra voluntad a la suya hasta formar un solo corazón y una sola voluntad: querer lo que Dios quiere, quererlo según el modo, el tiempo y las circunstancias que Él quiere, y querer todo esto por nada más que porque así lo quiere Dios: Dios es mi todo en este mundo, y lo que él quiere es mi querer, yo no tengo gusto, ni deseo, ni miras, yo tengo todo en Dios, que Él disponga como quiera, que su voluntad sea siempre la mía”. Al tratar este tema, Cafasso dedica un amplio espacio a clarificar el significado de “indiferencia” ante la voluntad de Dios. Utilizando un lenguaje quizá poco familiar a nosotros pero habitual en la espiritualidad del tiempo, se concentra en los elementos positivos que hay en esta actitud aparentemente pasiva pero que lleva al abandono pleno y confiado en Dios. No se olvida tampoco de recordar que lo “razonable” no queda desterrado de quien amorosamente se abandona en la voluntad de Dios. Lo cotidiano vivido con perfecciónÉsta es la llave maestra de toda la espiritualidad de José Cafasso y la consecuencia lógica de los aspectos a los que anteriormente hemos aludido. Efectivamente, quien pone a Dios como fundamento de la propia existencia y trata de amarle haciendo en todo su voluntad, encontrará en el deber cotidiano, vivido con empeño, el camino real y la expresión mejor para conseguir la santidad. La valoración del deber cotidiano en orden a la santidad no es un elemento original de José Cafasso. Fue san Francisco de Sales quien supo propagarlo de manera original y con gran eficacia. El mérito de Cafasso fue poner esta doctrina al alcance de un gran número de personas, especialmente entre el clero. Su existencia, que nunca tuvo nada de excepcional, llamativo o fuera de lo ordinario, demostró lo eficaz que puede ser este camino para lograr la santidad si se emprende con empeño, seriedad y una actitud serena y optimista. Como pudo testimoniar el propio san Juan Bosco: “La virtud extraordinaria de Cafasso fue practicar constantemente y con fidelidad maravillosa las virtudes ordinarias”. A quien le preguntaba qué se necesitaba para hacerse santo, le respondía: “...Ya no es necesario hacer milagros, ni grandes ayunos ni grandes penitencias, como hicieron tantos santos, pobres de nosotros, pues ¿quién así podría salvarse?”. Y lo explicaba detalladamente en un texto que se ha hecho clásico: “Yo entiendo por santo, y realmente lo es, a un sacerdote que se preocupa del ministerio, de las acciones propias de su estado, incluidas las comunes y ordinarias, y que no sólo se preocupa sino que hace cuanto puede para hacerlo bien. ¿Cuál es la vida de un sacerdote, cómo pasa sus días? Ora, celebra, estudia, confiesa, predica, instruye, consuela, visita, se afana: tal es el tejido de las ocupaciones de un buen sacerdote; nada que sea extraordinario, ruidoso, sino todo común, ordinario y, digamos, trivial; pues bien, todo esto distribuido ordenadamente, prudentemente, según las circunstancias y las necesidades del tiempo, del lugar, de las personas, hecho bien, basta para hacer santa a una persona, tanto si es seglar, como un padre o una madre, como si es sacerdote”. En su predicación Cafasso combate la manía que tienen muchas personas de buscar solamente las cosas grandes y extraordinarias, calificando esta actitud como “una grande y funesta ilusión”. Y motiva así su convencimiento: - Cada persona tiene su peculiar camino para conseguir la santidad. Son pocos los que se sienten llamados a cumplir acciones estrepitosas y milagros. En cambio, son numerosísimos los llamados a recorrer el camino ordinario del deber cotidiano, hecho por Dios y por los hermanos, con prontitud, exactitud y perseverancia. - Las así llamadas “acciones extraordinarias” en la vida de una persona, si bien se piensa, son pocas. Y nunca podrán constituir el tejido verdadero de la vida humana. - También el sentido común sugiere no dedicar todas las fuerzas a algunos momentos especiales cotidianos de la vida y descuidar el resto. ¡Pobre de la vida espiritual que no se preocupa de los compromisos cotidianos para dedicarse exclusivamente a lo extraordinario! Cafasso concluye repitiendo con insistencia que este camino de santidad es fácil, que está al alcance de todos y es practicado por muchas personas. La soledad contra el aislamientoLa larga experiencia hecha por José Cafasso en la dirección espiritual del clero le permitió estar muy atento al peligro de aislamiento en que los sacerdotes terminan cayendo frecuentemente. No solamente porque los sacerdotes diocesanos viven en muchos casos ellos solos en la parroquia, sino también porque el sacerdote en general, una vez comenzado el ministerio, no encuentra el debido acompañamiento fraterno en su vida pastoral y espiritual. Hay pocos a su lado cuando comete un error o pasa por alguna necesidad, son raros los que están dispuestos a corregirle fraternalmente, los superiores tal vez conocen poco la realidad concreta de su vida y los propios confesores se retraen cuando deben decirle la verdad por pensar que es un sacerdote y que ya sabe él cómo debe comportarse... Cuando un sacerdote se encuentra en esta situación, que Cafasso describe de manera realista, se le sugiere como antídoto el amor a la soledad. La soledad, explica Cafasso, da al sacerdote la capacidad de entrar en sí mismo y de vigilar su propia vida. De este modo cuenta con una fuerza que constituye una gran ayuda en el camino espiritual: “La unión con Dios, la pureza de conciencia y la ejemplaridad de vida, tan propias del sacerdote, es inútil esperarlas o buscarlas fuera del retiro y la soledad”. Y explica también por qué la soledad no es un obstáculo a la actividad, sino que constituye una fuerza: “Hermanos míos, no olvidemos nunca que nuestra vida consiste más en el espíritu que en las obras; las obras tienen valor según el espíritu. Si elimináis o limitáis en un eclesiástico el espíritu interior propio de su estado, eliminaréis o limitaréis proporcionalmente el valor de las obras”. La soledad no es simplemente la capacidad de “entrar en sí mismos”. Exige momentos de verdadero “alejamiento” de las actividades cotidianas, así como lugares de soledad “donde, como en un puerto tranquilo, puedas de vez en cuando resguardarte del gran torrente de tareas que te oprimen”. Las formas de vivir esa soledad son muchas. Cafasso tiene preferencia por algunas: - La soledad de la habitación (celda): “Sólo en la habitación encontraremos la quietud, la tranquilidad y la calma necesarias para formar un buen sacerdote”. A quien le objete que el sacerdote de vida activa no debe ser confundido con el monje de vida contemplativa, Cafasso le explicará que aquí se trata de una jerarquía de valores. El sacerdote debe poner en primer lugar sus deberes sacerdotales, pero debe al mismo tiempo ordenar su vida de tal modo que su ministerio sea realmente eficaz. La soledad da eficacia y dinamismo al ministerio. - La soledad de los Ejercicios Espirituales: “Tratemos de vez en cuando, durante algunos días, de dejar el mundo, para que, retirados, aislados, en la soledad, en el silencio, estando solos nosotros y Dios, podamos hacer un examen sobre nuestras acciones y nuestro corazón”. Los describe como una llamada muy especial de Dios, como una gran gracia, como un momento no sólo de consuelo y de renovación espiritual, sino también de confidencias singulares con Dios. ¿Y con qué se puede llenar esta soledad? Con el examen sobre sí mismo, con la meditación y la lectura espiritual, con la formación apostólica, con estudio constante. Intensa vida de oraciónConsidero que son suficientes algunas citas que nos permitan comprender la importancia decisiva que Cafasso da a la oración en la vida del sacerdote: “Entre los medios que deben barajarse para hacer del eclesiástico un hombre único en el mundo, un espejo de la divinidad en la tierra, un hombre interior, espiritual, separado como él está de las complicaciones del siglo, consagrado totalmente a los intereses de Dios, más divino que humano... además del retiro debe necesariamente estar presente la oración”. “San Alfonso solía repetir que quien ora se salva y quien no ora se condena. Yo repito lo mismo: estad seguros que el sacerdote que ora llegará a ser bueno y virtuoso y se salvará; pero si no ora, aunque sea un hombre que trabaja mucho, que estudia, que tiene ciencia, dudo de su virtud y bondad, y dudo aún más de su salvación”. Afirma José Cafasso que existe un paralelismo entre empeño en la oración y camino de santidad. La oración, en efecto, no solamente conduce a la persona a conocer más a Dios, sino también a poseerle, lo que permite llevar a cabo con Él una profunda unión: “La oración le acerca y le une tan íntimamente que casi le encarna en Dios. La oración le enseña a tratar y conversar con este Dios; la oración, en fin, le consigue todas las ayudas, las luces y los consuelos que necesitamos de Dios”. Aconseja al sacerdote que quiera conseguir un auténtico espíritu de oración que se sumerja con todo su ser (espíritu y cuerpo, voluntad y corazón) en Dios, hasta poder decir que “ve a Dios”, “le habla”, “le gusta y le ve”, “le abraza”. Entonces comprenderá qué significa “familiaridad” con Dios y el mandamiento de Jesús de orar siempre, sin interrupción. A los que desean tener éxito en el camino de la verdadera oración, Cafasso le sugiere tener en cuenta tres cosas: 1. Distanciamiento y retiro del mundo. Se trata, además de uno de los ejes de su doctrina espiritual, de la condición indispensable para que una persona pueda avanzar hacia el espíritu de oración. Nuestro corazón late por Dios o por el mundo, y es necesario elegir clara y decididamente. La oración, en efecto, no puede coexistir con la mediocridad y el pecado, con los compromisos y un escaso empeño. 2. Prácticas de piedad. A quien replica que la verdadera piedad no puede consistir en ejercicios externos, Cafasso le responde: “Es verdad, amigos míos, que la verdadera religión, lo esencial, no consiste en estas prácticas externas, pero estoy seguro de que, si no son externas, tampoco son internas. Decidme: Si veis un árbol sin corteza ni ningún tipo de defensa ante la intemperie, ¿diréis que es un buen árbol y que dará mucho fruto porque lo bueno está dentro?”. Sugiere que todo sacerdote tenga a lo largo del día “tiempos fijos para la oración” y que “en relación con esto ningún motivo que quiera contraponerse debe dispensar de este compromiso de todos los días”. 3. Reflexión y meditación. Tanta es la estima de Cafasso por este ejercicio, que no duda en decir con energía: “Mostradme el arte de hacer pensar seriamente, de hacer reflexionar a los sacerdotes y os los convertiré en santos”. Y añade: “Todos los desórdenes, tanto de los seglares como de los sacerdotes, provienen de no saber recogerse y de falta de reflexión. Ay de las personas y del eclesiástico que no piensa”. ConclusiónTermino con una anécdota. En los últimos meses del 2002 y en los primeros del 2003, nuestros hermanos del Norte de Costa de Marfil, debido a la precaria situación política del país, vieron que se les cortaba toda forma de comunicación exterior. A comienzos de enero, no sabiendo quién había sido elegido como Protector del año, tomaron la iniciativa de elegírselo ellos mismos. Y tras una consulta comunitaria, se decidieron por san José Cafasso. Pensaron que, tratándose de un santo de la familia, se interesaría de la situación de sus “sobrinos”, además de que le caracterizaba una espiritualidad íntimamente relacionada con nuestro carisma y era un modelo auténtico para nosotros. Que san José Cafasso, que protegió visiblemente a nuestros hermanos de Costa de Marfil en aquellas difíciles circunstancias, proteja y bendiga al Instituto en este año en que celebraremos el XI Capítulo General. Que con el testimonio de su santidad apostólica nos anime en nuestro empeño de caminar hacia aquella perfección de vida que sigue siendo la premisa indispensable para que todo acontecimiento importante de nuestra Familia produzca frutos visibles. Que suscite en todos nosotros el deseo de volver a visitar las raíces espirituales y carismáticas que nuestro Beato Fundador nos dio. Que pida para todos los Misioneros de Que el Beato Fundador os bendiga. Por mi parte, os saludo fraternalmente en nuestra Madre Consolata. P. Piero Trabucco, imc (Padre General) [1] José Allamano, Lettere ai Missionari e alle Missionarie della Consolata, 2004, pp. 490-491. [2] P. Giovanni Piovano, en Missioni Consolata, de junio de 1960, reproduce una interesante confidencia de Allamano hecha a monseñor Michele Grasso: “El padre Cafasso había pensado enviar sacerdotes a evangelizar, si no recuerdo mal, Etiopía, e incluso había destinado un fondo para ello”. El padre Grasso añadía a continuación: “Y si ahora los Misioneros de [3] Testimonio del canónigo Luigi Mollar, en I. Tubaldo, Giuseppe Allamano, IV, p. 569. [4] A partir de aquí, aunque no los cite expresamente, transcribiré textos suyos tomados de dos obras: Giuseppe Cafasso, Meditazioni spirituali al Clero – Meditazioni, Effatà Editrice, 2003; Flavio Accornero, La dottrina spirituale di S. Giuseppe Cafasso, LDC, 1958. |
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| Ultima modificación ( 10.03.2006 ) |
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