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(1936-2004)
La década de los 50 fue providencial para el Instituto y para la Iglesia. Los seminarios estaban todavía desbordantes de candidatos al sacerdocio y a la vida misionera y nuevas formas de reclutamiento se habían introducido para dar la posibilidad a los jóvenes por encima de la edad habitual de poder responder a una llamada y un deseo. Marcello Vampini entró como seminarista en Rosignano Monferrato a la edad de 16 años después de haberse diplomado. Había nacido en Vestone di Brescia el 14 de marzo de 1936. Su padre se llamaba Arturo Vampini y su madre Caterina Ghirindelli. Fue bautizado el 19 de marzo de 1936. Hizo los cursos de enseñanza básica y superior en Rosignano Monferrato de 1952 a 1955, el noviciado en Certosa di Pesio del 1 de octubre de 1956 al 2 de octubre de 1957, la filosofía y la teología en Turín. La primera profesión la hizo el 2 de octubre de 1957 y la perpetua el 2 de octubre de 1960. Recibió la ordenación sacerdotal en Turín el 30 de marzo de 1963. En Certosa di Pesio, siendo novicio, escribía en nombre de sus compañeros al P. Gaudenzio Barlassina, procurador general, con ocasión de la Navidad de 1956: “Querido Padre: me agradaría muchísimo conocerle personalmente para oír de su propia voz de pionero templado por la fatiga y la larga experiencia las palabras que mejor reflejan el espíritu del Padre...”. Fue profesor y director espiritual en los seminarios de Alpignano, Biadene, Benevagierna, Rovereto y nuevamente en Biadene de 1963 a 1976. Mientras atendía a estas responsabilidades siguió en Verona un curso de dos años para consejeros de orientación escolar y profesional y, en la facultad de Magisterio de la Universidad de Padua, conseguía en 1976 doctorarse con la tesis “La educación sexual del seminarista preadolescente”. Afirma en la presentación: “Este trabajo se propone ilustrar los resultados de la experiencia de muchachos de trece años por parte de un consejero espiritual, que se ha planteado concretamente este problema en orden a la educación de seminaristas de la clase media inferior”. La profundización en el campo pedagógico-formativo significaba para el P. Vampini una orientación precisa de la actividad educativa en relación con los futuros sacerdotes IMC, actividad que no podía descuidarse, sino que exigía una buena preparación en los formadores: “La nueva metodología emergerá de la adhesión a las más recientes directrices de la Iglesia”, añadía el P. Marcello. Esta necesidad de profundizar en la metodología educativa en boga en aquellos tiempos encontraba resistencia en el ambiente IMC. Y esto hasta tal punto que pide al Superior General que se le traslade a otra casa. Naturalmente, no se le concedió, ya que su labor era indispensable como responsable de la formación. Ya en 1970 había madurado la convicción de que “si queremos salvar el reclutamiento vocacional, es necesario confiar un poco menos en lo fácil y en la improvisación y un poco más en la preparación específica de los educadores”. Mientras tanto, siente algunas molestias que le llevan a limitar su actividad. “Sigo en Rovereto -escribe- obligado a acudir al hospital de Trento, donde me curan con nitrógeno líquido (crioterapia) la herida del pie... Lamentablemente las cosas han sido complicadas por una medicación equivocada a la que se me sometió en Turín (rayos X) y que hace ahora más difícil cualquier otro tipo de terapia, pero quizá estemos ahora en el buen camino... He dedicado estos dos meses a trabajillos diversos, al traslado y a una sumaria actualización teológica... Es muy consolador encontrarse, en un determinado momento de la vida, con personas, sacerdotes y misioneros. El descubrimiento de la propia identidad es realmente una maravilla. He escrito al P. Bianchi manifestando mi disposición para un posible destino en Brasil”. Y Brasil estaba a las puertas. En julio de 1976 comienza un curso introductivo a los problemas de América Latina en Verona. Pero se ve obligado a retrasar el viaje por motivos de salud. Finalmente, el 18 de enero de 1977 se encuentra en Río de Janeiro, donde permanece algunos meses para hacer un curso en el Centro de Formación Intercultural (CENFI). El P. Marcello lleva consigo una envidiable voluntad de mejorar su preparación para cualquier eventualidad. Ha cambiado el contexto geográfico, social y cultural, pues Brasil no es Italia, pero no se apaga en él la voluntad de crecer espiritual y culturalmente. Del 15 de mayo de 1977 al 14 de febrero de 1986 se dedica a la formación en el seminario Nossa Senhora de Fátima, en Três de Maio, como director espiritual y asistente de formación. Los años pasados aquí fueron para él una prueba nada fácil que hubo de superar. En aquellos tiempos los seminarios estaban comenzando a vivir un proceso de revisión. En marzo de 1986 el P. Vampini comenzaba un sexenio de servicio parroquial en la parroquia Nossa Senhora da Consolata de Cafelándia. “Mi presencia me parece discreta y silenciosa, me dedico a toda clase de servicios”, escribe. Sobre todo le preocupa el problema de los jóvenes que se alejan de la Iglesia después del curso de catequesis. No parece fácil mantenerles unidos a aquel ambiente creyente, por lo que decide ir en su busca a las escuelas, asumiendo para ello la enseñanza de la religión. En 1990 deja la pastoral parroquial de Cafelândia y vuelve a su trabajo de formador y de director espiritual en el seminario de São Paulo de Cascavel. Indudablemente su presencia y su enseñanza constituyen una gran ayuda para los seminaristas en un momento en que la misión corre el riesgo de ser confundida por el activismo. Se declara satisfecho por toda su labor cuando, en una carta del superior, se encuentra con una llamada a la vida religiosa como fundamento y condición de la acción misionera, como quería el Fundador. Frecuentemente reaparece en él la llamada a la vida religiosa, hasta el punto que uno de sus formadores dijera del P. Vampini que era una persona profundamente atraída por la vida monástica. Después de Cascavel trabaja en Curitiba y nuevamente en Cascabel como profesor de teología moral en el Centro Teológico Interdiocesano (CINTEC). Aquí comienza a sentir fuertes dolores en los huesos, pero alimenta la esperanza de que la terapia que se le ha sugerido en el hospital de Cascavel pueda frenar su estado de semiparálisis. Durante los últimos meses de su vida, a pesar de su mala salud, el P. Marcello continúa ofreciendo su colaboración. La mañana del 2 de abril de 2004 la enfermedad se agravó y se le hospitalizó de nuevo. Hacia las 9.45 h. muere de infarto de miocardio e insuficiencia coronaria. El P. Marcello Vampini tenía 68 años, 46 de vida religiosa y 41 de sacerdocio. Fue enterrado en el cementerio de Cafelândia, donde también descansan los restos del P. Luis Luise. P. Giovanni Tebaldi
El testimonio de su párroco “Querido Padre Marcelo: Recordarte es para mí, más que un deber, una necesidad. «Marcello, ¿qué esperas para hacerte cura? Para apagar las velas yo mismo lo puedo hacer!». Un muchacho de 15 años que era sacristán con una puntualidad y precisión en sus tareas que me sorprendía. Era él quien tocaba el Ave María de la mañana y de la tarde y quien todo lo preparaba en la sacristía para las celebraciones... Al terminar las funciones se apresuraba a dejar todo en orden para no perder el autobús que le llevaba a la escuela a Vobarno. Mientras tanto conoce al P. Farina, misionero de la Consolata del Monte Orfano. Sus sugerencias maduran la vocación misionera del joven. E ingresa en el seminario, donde realiza exitosamente los primeros estudios y aún mejor los superiores, hasta el punto de que los superiores quieren que se especialice en Psicología para destinarle a tareas de espiritualidad en el seminario menor. En Turín será ordenado por el cardenal Fossatti. Su aspiración, sin embargo, eran las misiones. Y se le destina a Brasil. Nuestras relaciones se afianzan cuando se encuentra en la misión, pero se hacen más profundas cuando cada tres años vuelve cargado de sus trabajos apostólicos: de palabras, de acontecimientos vividos, de celebraciones, predicaciones, de confesiones... en Vestone, Nozza y otros lugares. Gracias P. Marcello. Te recuerdo de joven dedicado a tus compromisos, de sacerdote recién ordenado entregado a tus seminaristas, de buen pastor en tu madurez sacerdotal y misionera. Cuando en los últimos años dejabas a tu madre, enferma desde hacía tanto tiempo, y finalmente hospitalizada en la residencia de Bagolino, no te resultaba fácil. Pero la misión te llamaba y tú respondías con tu disposición generosa. Te estimé mucho, pero especialmente nos quisimos mucho. Cuando el Señor te diga confidencialmente el momento de mi llamada, dile que me reserve un sitio a tu lado. Gracias. Favores me hiciste ya muchos en la tierra. Estoy seguro que no dejarás de recordarme en el cielo ante nuestro Padre con la mediación de Nuestro Señor Jesucristo en el Espíritu de amor. Da gracias por mí a la Virgen María. Ella es tal como nos la propone el Evangelio desde hace dos mil años: la humilde hija de Nazaret, esposa del carpintero san José y madre nuestra: “Haced lo que él os diga”, porque ella sabe las intenciones de su hijo Jesús. Hasta la vista, Marcelo. ¡Gracias! Tu párroco, don Bautista”. (Del Boletín parroquial de Vestone, Brescia)
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