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Padre Mario Teruzzi PDF Imprimir E-mail
Escrito por La Redacción del Da Casa Madre   
15.02.2006

(1915-2004)

Su padre se llamaba Alfredo Teruzzi y su madre Maria Frigerio y nació el 12 de febrero de 1925 en Arcore (Milán). Ingresó en el Instituto en 1948 y se consagró a Dios con la profesión religiosa en 1952, siendo ordenado sacerdote en 1958.
Su primer campo de trabajo fue Niassa, en Mozambique, donde inicialmente se dedicó a la asistencia en las escuelas capillas de las misiones de Cobué, Unango y Massangulo. Fue un trabajo duro que tuvo que hacer solo, pero le animaba un gran espíritu religioso: “En aquellos meses de África entendí que la vida no es placer, sino deber, y creo que será siempre así, y por eso estoy listo para todo y no me asusto. Hace ya algo más de un año que soy sacerdote misionero y cada vez que me doy cuenta de mi dignidad sacerdotal siento un nuevo estímulo hacia el camino de la perfección” (17-9-1959), escribía en una carta al P. Domenico Fiorina, superior general.
De 1961 a 1965 es superior de Cobué, donde por la dureza de la vida se da cuenta de que “ser superiores, grandes o pequeños, no es un privilegio, sino una ocasión de más trabajo y más sacrificio”. De 1965 a 1967 trabaja en la misión de Unango en una situación muy difícil, debido a la guerra anticolonial, donde las amenazas y acusaciones por un bando y por el otro están a la orden del día. Incluso es detenido. Haberse salvado de la explosión de una mina y de dos emboscadas con explosivos y granadas de los guerrilleros le hacen sentirse “una víctima lista para el sacrificio”. Uno de sus oídos sufrirá a lo largo de toda su vida las consecuencias.
De 1969 a 1973 trabaja en Roraima en pastoral, en Boa Vista y en Manaus, y desempeña también tareas de procurador. Con fervor renovado se entrega a la realización de las obras parroquiales y a la reorganización de la pastoral, con buenos resultados. En el mes de septiembre de 1971 es víctima de un accidente de aviación: un aparato en el que viajaban otras cuatro personas cae al suelo y queda gravemente herido. Llevado a São Paulo, se curará después de mucho tiempo. “Estaba listo para entrar en el cielo -escribe a un amigo ecónomo-, pero san Pedro no ha querido abrirme porque no tenía bien hechas las cuentas y los números consiguientes”.
El trabajo de siembra en el campo del Señor procede lentamente, pero los resultados, a su parecer, no son satisfactorios y comprende que los tiempos de Dios no son los de los hombres, por lo que es necesario ir adelante entre la luz y la oscuridad de la fe. Escribiendo al P. Mario Bianchi, superior general, dice: “...he llegado a convencerme de que no debemos estar excesivamente atentos a las agujas del reloj, pues para el Señor el tiempo cuenta poco. Lo que sí quisiera es sentirme unido a Cristo y aceptar con fe las contradicciones y la lenta evolución de las cosas, contento de pasar y desaparecer en la inmensa historia de la salvación, obra de Dios... Mientras tanto, le aseguro que afrontaré con buen sentido todas las dificultades y que no me ahorraré en nada. Siento que en algunas circunstancias me falta fe y quisiera tenerla más abundante para purificar en la cruz los sentimientos que muchas veces me hacen un iluso y me hacen creer que soy necesario, no siéndolo para nada... No crea que estoy desanimado o pesimista; mi compromiso, en el que creo, ‘es ser misionero hasta el final’” (12-7-1971).
En 1974 se encuentra en Italia y trabaja en la procura de las Misiones de Turín. Con espíritu de servicio responde a las peticiones de los misioneros que trabajan en las misiones, multiplicándose para satisfacer las necesidades de todos. En 1980 vuelve a Roraima y desarrolla su trabajo pastoral en Manaus y Taiano.
De 1983 a 1989 se encuentra en Italia como superior de la casa de Certosa di Pesio. Aquí, como asegura la “Società Podistica Amatori” de Mondovì, deja un grato recuerdo por las numerosas iniciativas deportivas, folklóricas, etc., con las que dio vida al vetusto monasterio: “El P. Mario se nos pareció en seguida, por su vitalidad y sus deseos de hacer, un hombre cordial, pero especialmente muy coherente con su estado de hombre religioso y de vida interior. Lograba abrir las puertas que parecían más difíciles: las relacionadas con autoridades ciudadanas, con la Administración del Parque Regional, con grupos parecidos al nuestro que ya actuaban en Chiusa Pesio, consiguieron un relación de amistad, confianza y colaboración. Esa es la mayor prerrogativa del P. Mario: crear relaciones de amistad” (6-9-1989).
Reanuda durante dos años el trabajo de procurador de las Misiones de Turín y en 1993 vuelve a Roraima, donde se le nombra párroco de Manaus. En 1996 vuelve definitivamente a Italia por motivos de salud y trabaja en las casas de Rovereto y Marina Palmense, donde el 7 de mayo de 2004 fallece como consecuencia de un infarto cardíaco.
La gente de la parroquia participó numerosa al funeral que tuvo lugar el 9 de mayo. Lo presidió el P. Franco Gioda, superior regional, acompañado por el vicario general de la diócesis de Fermo y por los párrocos de la zona. Sus restos mortales fueron llevados a Arcore, donde el martes siguiente se celebraron otros funerales, con gran asistencia de gente. En esta ocasión fueron presididos por monseñor Aldo Mongiano (que compartió con el P. Teruzzi el apostolado misionero en Mozambique y en Roraima).
Monseñor Mongiano recordó en la homilía, con emotivo tono, el trabajo del P. Teruzzi en el Norte de Mozambique en los difíciles tiempos de la guerrilla por la independencia, con tantas y tan conocidas desaventuras, el apostolado entre los indios de Roraima y luego en Manaus; su trabajo como procurador de las misiones y finalmente su actividad pastoral en Italia en diversas casas del Instituto.
Añadía el celebrante: “El P. Teruzzi fue un verdadero hombre de Dios, animado por una extraordinaria disponibilidad y por un gran espíritu de servicio hacia todas las personas y en los lugares donde la Providencia lo llamó; tenía una humanidad profunda y sincera, siempre abierta a la amistad, cordial con todos; se sentía implicado de manera vital con los problemas humanos y sociales de las poblaciones donde vivió. Murió mientras llevaba la Eucaristía a los enfermos el primer viernes del mes de mayo; el modo como nos dejó indica en síntesis la esencia misma y el camino del misionero: llevar a Cristo a todos, especialmente a los que sufren”.
En su testamento espiritual dejó escrito lo siguiente: “El sacerdocio misionero fue mi ideal más hermoso y la corona más espléndida de mi vida. Nunca he lamentado ser sacerdote y misionero, siempre he sido feliz, y feliz sigo siendo. Sufrir persecuciones por la justicia en los territorios de misión (Mozambique), donde tuve que padecer personalmente por esta causa, forma parte del patrimonio de la vida misionera; tampoco mi trabajo en Italia ha estado libre de dificultades. Perdono y al mismo tiempo doy las gracias porque será justamente por esto, con toda seguridad, por lo que seremos felices.
He trabajado siempre con entusiasmo, he amado mucho a mi Instituto y estoy agradecido a los superiores y a todos los que me han ayudado y animado a conseguir el ideal misionero”.
La Redacción del Da Casa Madre


Ultima modificación ( 10.03.2006 )