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| Venezuela: A los púlpitos |
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| Escrito por Fernando Ochoa: Fuente El Universal | |
| 08.10.2007 | |
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Las valientes declaraciones del cardenal Jorge Urosa Savino en El Nacional, dejaron en claro los inmensos riesgos que enfrenta Venezuela de aprobarse la reforma constitucional. Decir por ejemplo, que sacar la religión de las escuelas "está prohibido expresamente en la Constitución Nacional que afirma que la educación debe ser democrática y abierta a todas las corrientes del pensamiento" y "que los partidos socialistas pueden estar en el gobierno y hacer una labor de acuerdo a su ideología, pero dentro de un marco de un Estado de Derecho, democrático y pluralista" nos muestra la posición militante que tendrá la Iglesia católica en el debate que se inicia nacionalmente.
Los venezolanos son mayoritariamente católicos. Unos, católicos practicantes; otros, de misa los domingo, pero sin ser fanáticos religiosos nuestro pueblo siempre ha reconocido la capacidad de lucha de la Iglesia católica por la vigencia de trascendentes ideales de justicia y libertad. El episcopado, siempre ha elevado su palabra orientadora en los momentos más complejos que ha vivido Venezuela durante su historia. Así lo hicieron, por ejemplo, los obispos Ramón Ignacio Méndez, al rechazar aspectos de la Constitución de 1830 que vulneraba derechos indiscutibles de la mayoría católica de los venezolanos; Silvestre Guevara y Lira, al oponerse al despotismo guzmancista; Salvador Montesdeoca, al rechazar los abusos de la dictadura gomecista y Rafael Arias Blanco al enfrentar el continuismo pérezjimenista. La política y la religión no deben andar juntos. Así lo enseña la historia. Una dolorosa demostración de la tragedia que significa esa unión es el fanatismo musulmán. Esa inteligente percepción la tuvo la Iglesia católica venezolana al prohibir la inscripción de sacerdotes en partidos políticos y su presentación a cargos electivos. Es verdad que esa sabia decisión impidió que los venezolanos nos perdiéramos de escuchar en los congresos democráticos importantes discursos como los que dio monseñor Carlos Sánchez Espejo en la Constituyente de 1947. Estoy seguro que más de un sacerdote habría cumplido esas funciones con gran capacidad y brillo personal, pero nadie puede negar que la decisión fue inteligente y prudente. El punto a discutir, en este momento, es si la opinión militante de la Iglesia católica en contra de la reforma constitucional debe considerarse como una actuación política, o si por el contrario su intervención para orientar la opinión pública ante un hecho tan delicado es una obligación moral ineludible. No tengo dudas al respecto. La Iglesia católica tiene el derecho y la obligación ética de intervenir activamente en el debate que se desarrolla actualmente en el país. Su opinión no debe ser mediatizada por ningún interés particular. Es un reto que marcará su destino. Debe decir con absoluta claridad su verdad con fuerza y decisión. No existen términos medios. El lugar para decir esta verdad es la propia iglesia. Desde los púlpitos, los sacerdotes comprometidos con el destino de nuestro pueblo deben hacer oír su voz. No es poco lo que está en juego. Todos la sabemos. Los sacerdotes, con más razón, dada su cultura y formación moral, tienen que reconocer la delicada encrucijada que vive Venezuela. La reforma constitucional es un golpe de Estado. Se irrespeta descaradamente lo establecido en la Constitución vigente al no convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para transformar totalmente la estructura del Estado y la sociedad; se violenta la soberanía popular al vincular el poder constituyente a un hipotético poder comunal, designado a dedo por el presidente de la República, eliminando el derecho al sufragio universal y secreto; se establece la reelección indefinida del presidente de la República irrespetando el principio de la alternabilidad republicana; se compromete el derecho a la propiedad privada, se transforma a la Fuerza Armada Nacional en una estructura política al servicio personal de Hugo Chávez y de su partido y lo más grave, se excluye de su condición de ciudadano a más de 50% de la población, que de manera militante ha manifestado su rechazo al sistema socialista. ¿Puede la Iglesia católica permanecer en silencio ante tal injusticia? Sin duda que no. A los púlpitos. No queda otro camino. La Iglesia católica debe acompañar a los venezolanos en su lucha por la democracia y la libertad. Nuestro pueblo debe lanzarse a la calle, con el respaldo moral de la Iglesia católica, sin temor a la represión policial, como ya lo hizo en las gestas heroicas del 14 de febrero de 1936 y del 23 de enero de 1958. |
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| Ultima modificación ( 07.10.2007 ) |
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