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(1927-2004)
Su padre se llamaba Luigi Menegon y su madre Elisa Furlan, y nació el 7 de septiembre de 1927 en Montebelluna (TV). Ingresó en el Instituto en 1940 y se consagró a Dios con la profesión de los consejos evangélicos en 1949. En una singular entrevista que concedió al P. Gigi Anatoloni para la revista “Amico” en febrero de 1979, confiesa que el contagio de la misión lo recibió de sus hermanos Vittorio y Giovanni y de su primo Eugenio, que eran Misioneros de la Consolata. A los 13 años decidió entrar entre los “coadjutores”, como se decía entonces. No despreció el estudio, sino que se sentía llevado por las cosas prácticas. Llegó la guerra y esto hizo que tuviera que esperar hasta los 18 el comienzo de su preparación. De sus hermanos de más edad aprende artes y oficios para saber desenvolverse en casi todo: hidráulica, electricidad, agricultura, zapatería, carpintería. Hecho el noviciado, quería partir inmediatamente a la misión, pero tuvo que esperar para prepararse mejor en todo. Es destinado a la casa de Alpignano (1950-1960). Estaba entonces construyéndose la casa de los Hermanos, lo que significaba una excelente ocasión para adiestrarse en el oficio de albañil. Mezcla la teoría y la práctica en este período de preparación. Llega a cansarse por el mucho trabajo que lleva a cabo. No descuida un curso por correspondencia sobre el oficio. Se convierte en maestro para muchos otros. Seguidamente, vista su capacidad y afición, se le destina a trabajos más exigentes: la casa de noviciado de Bedizzole (1961-62), la construcción de la clínica y del seminario de Rovereto (1962-64). Entre 1964 y 1965 vive en Madrid para ayudar en la construcción del seminario de La Moraleja, luego pasa a Portugal, donde construye el Hotel Paz de Fátima (1965-1967). Trabaja con pasión, sencillez, corrección y competencia. En 1967 es llamado de la Prelatura de Roraima para construir la catedral, una catedral digna de un lugar proyectado hacia el futuro. Tras asegurarle que todo está listo, obreros y material, y que en seis meses todo habrá terminado, el Hno. Pietro va allá para llevar a cabo lo que se convertirá en la obra maestra de su vida. Llegado a Boa Vista, se da cuenta que sí hay brazos, pero en cuanto a lo demás... Se necesitan tres mil sacos de cemento y sólo se dispone de quinientos; se necesita hierro y sólo lo hay para los cimientos; se necesita madera y todavía no se ha cortado; se necesitan electricistas, carpinteros, albañiles, etc., y solamente dispone de muchos brazos... Los seis meses se convierten en cinco años. Pietro no se desanima. Comienza de la nada. Acepta a algunos hombres del lugar y con ellos empieza a trabajar. Forma dos grupos de trabajo. Uno en la selva para cortar leña y otro a 100 kilómetros de distancia para recoger arena del fondo de un río. Hay que apresurarse para no tener que trabajar a la llegada de las lluvias, que todo lo inundan. Luego traza los cimientos. Los dibuja a mano, enseña el modo de interpretarlos, primero a unos pocos, para que éstos a su vez lo hagan con otros, aprovecha a los más inteligentes como maestros y echa mano de todos los medios e instrumentos apropiados. Pietro permanece entre ellos, lo observa todo, es discreto y respetuoso, es paciente, es resuelto. Cada uno de estos hombres se especializa en un oficio relacionado con la construcción: carpintero, albañil, herrero. Al final cuenta con un equipo estimable, especializado en diversas ramas. Al llegar la estación de las lluvias todo está listo. Los cimientos excavados con palas y picos son una elipsis perfecta. Con las lluvias el río crece y pueden llegar las barcazas cargadas con el material esperado. Se puede trabajar seriamente. Los hombres comienzan a ser competentes e incluso finos. Pietro sabe que él solo no puede con todo ni todos. Lo más importante es que los hombres aprendan su oficio para que puedan llevar a cabo su trabajo ellos solos, sin necesitar su presencia. Y cuando termine el trabajo de la catedral no serán parados, sin trabajo y sin oficio, sino capaces de construir como profesionales competentes, solicitados para obras de todo tipo. Profundamente convencido de que un hombre hace bien y con gozo lo que sabe hacer, da a cada uno la posibilidad de desplegar sus capacidades. Así realiza Pietro su vocación de misionero. Su competencia no consiste en predicar, en enseñar el catecismo o cosas de este tenor. Eso no es su especialidad. Ya lo harán los que estén preparados para ello. Él sabe construir y enseñar a otros a construir. Es lo único que sabe hacer bien. Y lo hace. Sin ambición ni publicidad. Hay quien critica la maravillosa catedral que acaba de construir, dicen que es faraónica, que hubiera sido mejor dar el dinero que costó a los pobres. Pietro tiene la conciencia tranquila. Ni un céntimo ha sido malgastado. Incluso se ha gastado menos de lo previsto. Terminada esta obra se le llama a Italia para otra construcción de envergadura: los superiores han decidido una estructuración adecuada de la Casa General del Viale delle Mura Aurelie. Es un complejo de varios edificios que han ido adquiriéndose poco a poco, de difícil situación y poco relacionados entre sí. Pietro se pone manos a la obra y en ocho años de trabajo (1972-1980) transforma todo el conjunto en un complejo bien estructurado, con pasillos, jardincitos y túnel donde encuentra sitio todo lo necesario para la vida de una gran comunidad: portería, oficinas, habitaciones, iglesia, salones, etc. Visto el buen resultado, se piensa en adoptar el mismo modelo para la casa de Bravetta, donde se encuentra el seminario teológico. Escudería de los Papas en tiempos antiguos, los edificios se encuentran en condiciones lastimosas. El Hno. Pietro, en seis años de trabajo (1980-1986), los transforma en modernos edificios, cómodos y acogedores. No hay tiempo para el descanso. Los Misioneros de la Consolata de Portugal están ampliando sus actividades y necesitan de su presencia para guiar los trabajos de construcción de la nueva casa regional en Lisboa. De allí a Fátima, donde la animación misionera necesita estructuras adecuadas, por lo que se edifica el Centro Misionero y el Museo, instrumentos importantes para difundir el espíritu misionero entre los numerosos peregrinos que acuden al Santuario de la Santísima Virgen. Cuatro años después vuelve a Italia. En Turín se le necesita para dirigir los trabajaos de reestructuración y ampliación del hospital Koelliker, que en cuatro años se convierte en una moderna estructura sanitaria de las más reconocidas de Italia. Y de nuevo aparece en Roma para, entre 1944 y 1998, llevar a término la reestructuración completa de la Casa General con la nueva sede de la Dirección General en la casa A y la reordenación de los locales en la casa D, de modo que resulten acogedores y funcionales para grupos numerosos de religiosos. El Hno. Pietro quizá esté pensando que su camino terminará allí, en aquel rinconcito de paz, pero no ha llegado todavía el momento del descanso. El Instituto encuentra en Costa de Marfil un nuevo campo de trabajo donde sembrar la buena noticia del evangelio. Parten los primeros misioneros y se dan cuenta de que todo está por hacer y que no basta con la buena voluntad. Hay que construir en parajes difíciles la Casa de la Delegación y, una vez más, allá acude el Hno. Pietro con su capacidad y su arte. Es difícil hacer hablar al Hno. Pietro, pues él prefiere el martillo y la paleta. Pero en la mesa, entre un bocado y un vaso de vino, le sueltas una pregunta: “¿Y te vas una vez más a estas alturas de tu vida?”. A lo que replica: “Pero no ves que no tienen nada, los pobrecitos, que todos están enfermos... Si queremos crearles las condiciones de trabajar, necesitan un mínimo de estructuras, una casa, una iglesia, un pozo... ¡Si vieras cuánta miseria!”. “¿Pero no te da miedo, a tu no exagerada, pero siempre venerable edad, comenzar una aventura de este calibre, que tiene todo el aspecto de un reto rotundo, cargado de incógnitas?”. Y su respuesta es inmediata: “¿Para qué se hace uno misionero? Estamos hechos para ir por todo el mundo sin miedo... Dios nos ayudará”. Y el Hno. Pietro parte el primero en marzo de 1998 con cuatro maletas y algunos paquetes llenos no de rosarios y estampas, como haría tal vez un misionero al uso, ni con cosas para su comodidad, sino con algunos motores, bombas y diversos mecanismos. ¿Y la ropa? Algo sí, pero la mejor tela es la que envuelve aquellos engranajes que lleva consigo. Sin duda habrán llegado bien engrasados y limpios. Una vez allí, y conforme a su estilo, forma varios equipos de trabajo, cada uno con su cometido. Él es italiano pero habla en portugués a los obreros, que apenas entienden el francés. Pero todos le entienden bien porque, como dice Pietro, “cuando se trata de trabajar, no es la lengua la que debe moverse, sino que lo hacen brazos y piernas... y éstas están calladas”. En seis meses de duro trabajo la misión dispone de una gran casa y desde este centro se irradian actividades misioneras por toda la región. Pero la malaria no respeta a nadie, ni siquiera los huesos duros como los suyos, y en septiembre se ve obligado a volver a Italia y permanecer algún tiempo en el hospital. El Hno. Pietro celebra el 4 de noviembre de 1999 los cincuenta años de profesión religiosa, de fidelidad al servicio de la causa del Reino, un día en que le acompañan con su afecto los hermanos de la comunidad de la Casa Generalicia. Sin embargo, no es hora todavía de abandonar los remos y el Señor le llama una vez más para un servicio sacrificado, que él acepta sabiendo cargar con la cruz. Con un tumor en su cuerpo, recorre varios hospitales y se somete a diversas operaciones quirúrgicas que le dejan exhausto y doliente largos meses, hasta que el Señor le llama a la casa del cielo el sábado 15 de mayo de 2004. El Padre General presidió su funeral en Alpignano el lunes 17. Misionero a la antigua, con el ejemplo de una gran modestia y sencillez, el Hno. Pietro Menegon evangelizó con la paleta y el martillo, encarnando así a la perfección las enseñanzas del Padre Fundador: “El bien debe hacerse bien y sin ruido”. Construyendo casas donde los misioneros viven la fraternidad, iglesias donde celebrar las alabanzas del Señor, escuelas donde formar a los pobres a ser los hombres del mañana y hospitales donde aliviar los sufrimientos del cuerpo, construyó para él un lugar hermoso en el cielo. La Redacción del Da Casa Madre
Testimonios
Hombre de fe Conocí al Hno. Pietro en octubre de 1982 en el seminario de Bravetta, donde hacía trabajos de restauración de la casa. Desde el primer momento, además de hábil director de trabajos, entreví en él al hombre de fe profunda, de gran humanidad y de sencilla espiritualidad, pero muy sentida. Se me quedó impreso el cuadro de san José que siempre le acompañaba en la realización de sus trabajos. No puedo olvidar su fidelidad a la oración, que nunca descuidaba a pesar del cansancio de los días cargados de trabajo. Oigo de nuevo las recomendaciones que hacía a sus “muchachos” cuando pasaba por Passoscuro con ocasión de la fiesta de la Asunción, patrona de la parroquia. Nos animaba a participar en la liturgia y colaborar con el párroco para solemnizar la celebración, a la que seguía la procesión. En 1987 volví a verle en Portugal, a donde había sido destinado para seguir los trabajos de varias construcciones, como el Centro de Animación Misionera de Fátima, el salón de Ermesinde y la nueva casa regional de Lisboa. En aquel tiempo el Hno. Pietro peregrinaba continuamente de un sitio a otro siguiendo las obras. En todo esto supo encarnar y traducir en el trabajo cotidiano el lema de nuestro Fundador: “El bien debe hacerse bien y sin ruido”. El destino quiso que volviéramos a vernos en Roma en el 2000 durante el año del jubileo, cuando le encontré durante algunos meses en la Expo Missio 2000. Mi camino misionero me llevó luego a Roraima, donde pude entrar y celebrar en la maravillosa obra de arte que es la catedral, de la que hablaba muchas veces y de la que me hubiera gustado hablar con él al volver a Italia para las vacaciones. No fue posible porque mientras tanto se cumplieron los designios de Dios, que le llamó a gozar del premio del Reino que cada día de su vida testimonió con su trabajo y su vida a favor de los hermanos. P. Gianfranco Graziola
Feliz en acoger a los hermanos Recuerdo siempre con satisfacción nuestras charlas cuando nos encontrábamos a la hora de tomar el café en la Casa General. Él era muy curioso sobre Corea y muchas veces me pedía informaciones sobre nuestra comunidad. También quería informaciones técnicas sobre las casas que hemos construido allí, pero lamentablemente pocas cosas podía decirle yo sobre el tema. También cuando íbamos a Passoscuro con varios grupos de misioneros que asistían a los cursos de formación permanente se sentía muy feliz. Se multiplicaba para garantizar una hospitalidad completa y se sentía orgulloso de todas las cosas que iba haciendo, pero me parecía especialmente feliz de la capillita que había restaurado y ampliado. También hablaba, cuando le preguntaba sobre ello, de sus varias aventuras misioneras de hermano constructor y me daba toda clase de informaciones técnicas sobre las construcciones llevadas a cabo, que muchas veces yo no entendía, pero veía al escucharle que él se sentía feliz. Ahora se encuentra en la Casa del Padre. Estará pensando cómo mejorar el funcionamiento de algún rincón olvidado del Paraíso... P. Diego Cazzolato
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