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| Os escribo a vosotros, jóvenes…” (1Jn 2,13) |
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| Escrito por P. Piero Trabucco, imc | |
| 15.02.2006 | |
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6 de enero de 2005 Epifanía del Señor Mis queridos jóvenes: El autor de la primera carta de Juan escribe a los jóvenes no tanto para exhortarles al compromiso, sino especialmente para presentarles el gozoso anuncio de lo que el Señor ha realizado en su vida gracias a su adhesión a Jesucristo. También yo, al disponerme a escribir estas líneas, deseo en primer lugar alabar y dar gracias al Señor con vosotros por el don de vuestra vocación misionera. En segundo lugar quiero invitaros a considerar, partiendo de la óptica de nuestra vocación, algunos retos que nos plantea la realidad en la que vivimos y a buscar en derredor vuestro los mejores caminos para conseguir la estatura misionera que el Beato Fundador deseaba de vosotros. Probablemente sea ésta la última carta que escribo como Superior General. Os la envío a vosotros, los 380 jóvenes, profesos o no, que en las diversas casas del Instituto os estáis formando a la misión según el espíritu del Beato José Allamano y conforme al estilo de los Misioneros de la Consolata. En los doce años de mi servicio como Superior General, este es el único mensaje que os dirijo específicamente a vosotros. Esto ha sido así no porque no estuviérais en el centro de las atenciones de la Dirección General, sino porque siempre he creído que todo lo que se escribe a los misioneros debe entenderse como enviado a vosotros en primer lugar. Y es que vosotros sois, como nuestros hermanos más jóvenes, los primeros destinatarios a los que nada debe resultar extraño o mantenerse en secreto. Hace un año los novicios de Europa me pidieron que escribiera un mensaje exclusivamente destinado a ellos antes de que terminara mi servicio. Pues aquí me tenéis, dispuesto a compartir con vosotros lo que más me inquieta en este momento en relación con vuestra vida presente y especialmente con vuestro futuro. No pretendo deciros cosas nuevas sino más bien resaltar, desde la experiencia que he adquirido en los últimos años de contacto con las realidades más variadas del Instituto, algunas convicciones que espero puedan ayudaros ahora en vuestra formación y más tarde en la futura vida misionera. 1. El “servicio de Dios”en primer lugar “Servitium Dei” es una expresión de san Benito que ha entrado a formar parte del tesoro espiritual de la vida religiosa. Significa el primado de Dios en la vida de la persona consagrada, la fuente de su vida y de su acción, la energía íntima de su celo misionero y apostólico. Y justamente partiendo de este significado profundo y rebosante de contenido usaré la expresión “servicio de Dios”. Los menos jóvenes entre vosotros recordarán sin duda la atracción que despertaba hace algunos años la constante insistencia sobre ciertos valores sociales y ciertas opciones que, así se pensaba, podían llevar a cabo un cambio en nuestros Institutos y convertirse en fermento de vida nueva para toda la Iglesia. Estaba entonces de moda el modelo de vida religiosa que algunos llamaban “liberal”, en oposición al “tradicional”, cuyos eslóganes más repetidos sonaban aproximadamente así: nuestra oración es el compromiso social; lo que cuenta es insertarse entre la gente y encarnarse en su mundo; la fuerza de nuestra fe es proporcional a nuestra apertura a los pobres… Nadie puede negar la dosis de generosidad y altruismo presente en estos intentos de experimentar una vida religiosa y misionera diversa. No obstante, pronto se pudo constatar que aquellas generosas tentativas de renovación, orientadas especialmente al compromiso, llevaban con frecuencia a las personas consagradas a prescindir de los momentos necesarios de contemplación y a conceder escasa estima a los caminos de fe en una pedagogía de crecimiento global del religioso. Como toda la atención se proyectaba hacia al servicio del hermano, el servicio de Dios se vio relegado a los márgenes de su vida. Felizmente, en estos últimos años, dichos radicalismos han ido atenuándose. Se ha evidenciado y aclarado entre todos que cuanto más crece el individuo en la entrega al otro, más fiel debe mantenerse en su servicio a Dios con expresiones significativas y ricas. Esto significa, en nuestra casa, el retorno a la doctrina del Beato Fundador, según el cual el servicio de Dios debe ocupar el primer lugar en la vida del misionero. Porque “servir a Dios” era para Allamano sinónimo de Eucaristía, Palabra de Dios y oración, como elementos fundantes e indispensables de nuestra vocación misionera y religiosa. Solamente sobre una base tan sólida como ésta se puede exigir un determinado proyecto de compromiso misionero. Hablando con vosotros durante mis visitas, he podido darme cuenta de que la expresión “primero santos y luego misioneros” tiene raíces profundas en todas las comunidades formativas. Sin embargo, no me ha resultado tan fácil al mismo tiempo descubrir en vuestra jornada expresiones significativas de espiritualidad que confirmen lo que nuestras Constituciones dicen como comentario de dicha frase: “Este fin debe impregnar nuestra espiritualidad, guiar las opciones, cualificar la formación y las actividades apostólicas, orientar totalmente la existencia” (5). Permitidme que os diga resueltamente y con la mayor convicción lo siguiente: haced de la dimensión contemplativa un elemento sólido de vuestra vida, seguid estando presentes en la escuela de la oración, cuidad mucho la meditación y la Lectio divina. La fidelidad a la oración personal será la mejor garantía de fidelidad a la vocación misma y de un crecimiento armonioso de toda vuestra persona. 2. “¡Se necesita fuego para ser apóstoles!” Después de Dios, la misión es el mejor don que nuestra vocación nos brinda. Nos lo repite constantemente el Fundador: nuestra misión “es la continuación de la misión misma de Nuestro Seños Jesucristo, de la de los apóstoles y los santos misioneros”. Y continúa: “El Señor parece haber agotado en favor de vosotros los misioneros su infinito amor en tema de vocación: no sabría, no podría daros otra más excelente, pues os ha dado su misma misión”. En relación con esto deseo simplemente recordar lo que el último Capítulo General, partiendo del carisma de Allamano, trató de aclarar sobre los modos como debemos realizar hoy nuestra misión. Y los resumió en el triple “ad” al que todo misionero de la Consolata debe dar su pleno asentimiento antes de emitir sus votos: - Ad gentes: exige nuestra disponibilidad para ir allá donde el Instituto nos envíe, preferiblemente entre los no cristianos y en las demás situaciones que el n. 17 de las Constituciones indica como nuestro ad gentes. ¡Qué emocionante resulta que en la presentación de las opciones con vistas al primer destino indiquéis de manera explícita el deseo de ir al lugar donde es más claro el ad gentes! ¡Así demostráis que sois auténticos hijos del José Allamano! - Ad extra: para un Misionero de la Consolata el abandono del propio país no forma simplemente parte de una estrategia organizativa del Instituto, pues supone un elemento constitutivo de nuestra vocación. Nosotros hemos sido llamados para ser enviados. Ser enviados significa para nosotros salir de nuestra tierra y de nuestra cultura para ir más allá, hacia otras tierras, culturas y pueblos. - Ad vitam: significa que la vocación misionera, de acuerdo con las dos características que acabamos de recordar, dura siempre. Dura toda la vida nuestra consagración religiosa, de igual modo que nuestro servicio misionero. Cuando uno elige ser Misionero de la Consolata, se pone gozosamente a disposición del Instituto para trabajar donde quiera que se le envíe y durante toda la vida. En este punto el Beato Allamano no dejaría de repetirnos dónde reside la fuerza secreta que permite realizar esas opciones contracorriente. Para ser misioneros no basta ser llamados, haber hecho la profesión religiosa, realizar los tres ad; es preciso tener “fuego”, es decir, pasión y celo. Una actitud que el Fundador aborrecía, por ser extraña a su “esspíritu”, era la tibieza, entendida como escaso entusiasmo, indiferencia, desinterés, poco fervor. El fuego de la misión debe encenderse y alimentarse desde los primeros años de la formación de base, conforme a un camino formativo global que ponga en marcha iniciativas concretas, tanto en el plano personal como en el comunitario. 3. En misión… siguiendo a Jesucristo en la vida religiosa Nuestro camino hacia la misión tendrá bases sólidas si es acompañado con un seguimiento atento y fiel de Jesucristo, como maestro y modelo de nuestra vocación misionera. Por tal motivo, nuestro Padre Fundador, en los comienzos del Instituto, maduró el proyecto de nuestra Familia como comunidad, cuyos miembros fueran todos de Dios y todos de la misión. Por eso los quiso “religiosos” e insistió tanto en que fueran “santos” y se mantuvieran siempre en seguimiento de Cristo. Entre misión y consagración religiosa no vio nunca tensiones, y menos aún oposición, porque una y otra se atraen mutuamente y se benefician entre sí. Para que el proyecto del Fundador no sea un simple deseo, debe acompañar a cada uno el compromiso y la claridad del segumineto de Cristo. Además de la rica enseñanza del Padre Fundador al respecto, disponemos actualmente de un auténtico repertorio de subsidios tanto dentro del Instituto como en el ámbito de la Iglesia, que nos iluminan y facilitan nuestro camino. Mi deseo es que sepáis aprovechar ese tesoro. Permitidme que recuerde algunos aspectos del “seguimiento de Jesús” que pueden ser eficaces para armonizar el proyecto de vida consagrada dentro del proyecto misionero. Repasando los evangelios, especialmente el de Marcos, nos damos cuenta del énfasis que se hace en todos ellos en el seguimiento físico de Jesús. Para los discípulos, ir a la escuela de Jesús significó abandonar el mundo familiar, seguirle a él y acompañarle constantemente en su itinerancia por los caminos de Palestina. Y Jesús estaba constantemente en camino, siempre en movimiento. Después de la resurreccíón, cuando el seguimiento físico no era ya posible, los discípulos dieron un significado simbólico al seguimiento. Ese mismo significado podemos utilizarlo ahora nosotros para resaltar algunos valores irrenunciables de nuestra consagración. Menciono algunos: - La espiritualidad del seguimiento tiene como base una fe radical en Jesús de Nazaret como revelación plena de Dios y su ofrecimiento definitivo por la salvación de la humanidad. Dicha espiritualidad nos enseña a conceder una atención especial a la Eucaristía y a la Palabra de Dios y a poner a Jesús de Nazaret en el centro de toda nuestra vida. - El seguimiento nos impulsa además a dejarnos llevar por el Espíritu mismo de Jesús. Un Espíritu que los lleva al Tabor, a la contemplación prolongada del rostro del Padre, y que hace crecer en nosotros al mismo tiempo la atención a los pobres y a los últimos, que son los primeros en el Reino que él anunció. - Seguir a Jesús significa abandonar todo lo que pueda quitarnos agilidad y capacidad de movimiento, y una disponibilidad incondicional a él y a aquellos a los que él nos ha enviado. - El seguimiento, asumido con seriedad, nos lleva también a realizar el camino mismo de Jesús, mirando siempre y con preferencia hacia los más lejanos, hacia la periferia, hacia los lugares privilegiados de la misión que son “Samaria” y “allende el Jordán”. 4. La necesidad del estudio y el hábito de la lectura ¿Por qué tocar este tema? Porque una mirada, por más rápida que sea, dirigida a nuestro personal misionero, revela al respecto más sombras que luces. Vemos por una parte que muchos misioneros que, encontrándose implicados en un trabajo cada vez más exigente y a veces estresante, parecen conceder cada día menos tiempo al estudio y a la reflexión. Otros confiesan que no se sienten estimulados al estudio a causa del achatamiento cultural en muchos países de misión y debido a las escasas iniciativas de reflexión teológica de las iglesias locales donde despliegan su acción apostólica, con el consiguiente empobrecimiento cultural y de reflexión. No sé si mi percepción es correcta o no, pero me parece que se puede comprobar entre los misioneros en su campo de trabajo una escasa tendencia a la lectura constante y a una formación profesional fuera del ámbito académico. Libros de calidad y revistas especializadas me parecen en general ausentes en las estantes de las comunidades misioneras, o por lo menos de poco interés. No sabría decir cuántos misioneros leen anualmente por lo menos cinco o seis libros de teología o de temas útiles para la actualización pastoral y misionera. De ahí que me resulten espontáneas algunas preguntas: ¿Qué motivos llevan a los misioneros a pedir una continuación de sus estudios para conseguir títulos académicos cuando a su vez son tan poco propensos a la lectura y el estudio? ¿Por qué son pocos quienes al final de diez años de formación de base han madurado una disposición a la lectura que les ayude a cualificar su vida y la actividad misionera sin tener que volver, después de poco tiempo, a los bancos de estudio? No puedo dejar de recordar las palabras claras y fuertes del Fundador en relación con la necesidad de que el misionero adquiera el hábito de la lectura y el estudio. Hablando justamente a los jóvenes en formación, decía enérgicamente: “Creedme: haréis mucho o poco bien, e incluso el mal, según el estudio que hagáis o no hagáis. Un misionero sin ciencia es una lámpara apagada” (VS, 185). Citaba después a Pietro Blessense, escritor de ascética, quien comparaba a un sacerdote sin ciencia a “un ídolo de tristeza y de amargura” (Ibid.). “Ídolo de tristeza y de amargura”, añadía él, para la misión y para el Instituto. Tratando luego de la finalidad para la que uno estudia, afirmaba sin ambages que esa finalidad tiene que ver solamente con nuestra santificación y nuestra misión. Un misionero no debe tener otras miras: ni la competitividad con otros, ni la rivalidad intelectual, ni la autoafirmación (cf VS 197). 5. Sed constructores de comunión y no solamente disfrutadores de comunidad Nos advertía el último Capítulo General: «Estar unidos en fraternidad y comunión es un método y un modo de presentarnos al mundo como verdadera comunidad apostólica. La comunión garantiza el valor de nuestro servicio pastoral; es el objetivo del reino de Dios al que mira el trabajo misionero. La convicción del Fundador sobre lo indispensable de la comunión en la misión es muy fuerte: para unir las energías, sostenerse en la fidelidad, orientar el trabajo de todos hacia objetivos comunes» (XCG 29). No es mi intención poner ahora de relieve la importancia de la comunidad, o el valor de la comunión, o la unidad de intenciones, que no solamente fueron intensamente resaltadas por el Fundador, sino que actualmente se necesitan para cualquier servicio que quiera contar con un timbre de eclesialidad. Me permito solamente recordar y poner de relieve tres principios que considero tienen un alcance decisivo en nuestro contexto misionero. - No debemos pretender comunidades prefectas. Con frecuencia percibo los lamentos de algunos misioneros jóvenes que dicen que en las comunidades de misión no han encontrado las características que tenía la del seminario o que no poseen un ritmo de vida tan intenso. No olvidemos que la comunidad cristiana y religiosa nunca es una comunidad de élite, sino de personas limitadas e imperfectas. - No podemos esperar comunidades ya constituidas. La comunidad debe ser construida por nosotros con la aportación y el esfuerzo personal de cada uno, favoreciendo caminos de unión y estando siempre dispuestos a perdonar y a pedir perdón. La referencia a las experiencias comunitarias pasadas nos puede ayudar, pero no puede convertirse en un parámetro absoluto. - Cuidemos mucho la comunicación. La comunicación es el secreto, lamentablemente descuidado muchas veces, por medio del cual la comunidad teje los hilos de la verdadera comunión. Su actuación es un deber de todos, aunque incumba de manera especial a quienes presiden la “comunión”. Desde los años del seminario debemos aprender a comunicarnos no solamente con la crónica diaria, sino también con la propia realidad de la vida, las cosas que más nos preocupan, como nuestra experiencia de Dios, el sueño de la misión, los descubrimientos más hermosos que el mundo de la escuela nos facilita. 6. Amemos la cultura de otro y la nuestra La sociedad en que vivimos, al comienzo del tercer milenio, al igual que aquella a la que la globalización nos está conduciendo velozmente, se suelen comparar a menudo con un cruce de razas (melting pot), donde la multiculturalidad se está convirtiendo cada vez más en un dato evidente. Es algo que se está verificando en todos los rincones de nuestro globo. Todo eso, además de caracterizar a la sociedad actual, lleva también a nuestro Instituto a caminar velozmente hacia la pluralidad y la convivencia de razas y culturas diferentes. Pero nosotros no queremos que esto se convierta en un melting pot sino más bien en la comunidad de Pentecostés, donde, aunque se oigan lenguas diferentes, todos se escuchan y se entienden. Menos aún queremos que nuestras comunidades misioneras se conviertan en lugar de tensiones y contraposiciones, favorecidas por la diversidad de etnias, culturas, lenguas y formaciones. Aspiramos, por el contrario, a que nazca en el Instituto, presente ya en varios continentes, el sueño de la Familia tan querido siempre al Beato Allamano. Una Familia multicolor y multicultural, naturalmente, pero siempre “Familia”. Los próximos decenios plantearán sin duda fuertes interrogantes al Instituto, como por ejemplo: ¿Cómo queremos que sea nuestra Familia misionera? ¿Qué medios utilizamos para que quede a salvo “la unidad de intenciones” que Allamano quería que estuviera en la base de nuestras relaciones? ¿Cómo podemos evitar la sutil tentación xenófoba que siempre puede anidar en nuestras relaciones mutuas? ¿Cómo ser testimonios creíbles para la sociedad actual de una convivencia que exprese acogida, respeto mutuo y composición armoniosa entre culturas y razas diferentes? No pretendo sugerir las respuestas. Prefiero simplemente ofrecer algunos itinerarios que puedan guiaros en el camino de formación con la intención de hacer que crezcan entre vosotros y en el Instituto el espíritu de la comunidad de Pentecostés: - Punto de partida es creer que el camino que debemos intentar recorrer sigue siendo el que nos trazan las Constituciones: «El Instituto, formado por miembros de diversos países, es internacional. El misionero debe educarse a vivir y trabajar con hermanos de otras culturas, buscando la comunión en los elementos que caracterizan a nuestra familia» (23). - Es necesario hacer crecer en nosotros una espiritualidad adecuada que no solamente nos abra a la acogida del otro en su individualidad y diversidad, sino que desarrolle concretamente en cada uno de nosotros un verdadero proceso de conversión que acreciente la confianza hacia nosotros mismos y con los demás y que permita reconocer los propios límites abriéndonos a la dinámica de la cruz. - Debemos buscar los elementos concretos que nos hacen crecer, por más lentamente que sea, en un nuevo modo de vivir la vida comunitaria. La realización de esta “comunidad intercultural”, que puede tener tiempos muy largos, debe ir acompañada de paciente determinación y una gran fe. - Cada uno debe aprender a amar la cultura del otro como si fuera la suya, al tiempo que se compromete a evangelizar no solamente la del otro, sino también la suya en sus aspectos de fragilidad y debilidad, evitando absolutizarla hasta en los aspectos más positivos. 7. Ser religiosos y misioneros no es una “ventaja personal” La vocación que hemos abrazado al convertirnos en Misioneros de la Consolata se sostiene solamente con una fe fuerte y resistente a toda prueba. Por fe no entiendo solamente la vida de oración, sino el esfuerzo de vivir en todo y siempre “según Dios” y en la “lógica del evangelio”. Aunque ligados ya por los votos religiosos, podemos ser aún absorbidos por los pseudovalores que están en claro contraste con el estilo de vida que hemos abrazado. Se les debe afrontar uno a uno para no caer en el peligro “de correr o de haber corrido en vano”. Existe además una tentación más general y global que llamaría “ventaja personal”. Jesús habló contra ella muy claramente a los discípulos cuando les dijo: «Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿Qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué dará el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16, 25-26). Cuando respondimos “sí” al Señor que nos llamaba éramos conscientes de la radicalidad de la vocación. Todo lo pusimos en sus manos, la vida en su totalidad. A lo largo del camino puede surgir en nosotros el deseo de apropiarnos nuevamente de lo que generosamente dimos, dejando cada vez más espacio a la “autorrealización” y a ese “narcisismo” que no nos permiten ya ser oblativos. Por otra parte, aunque seguimos cultivando la relación con Dios, podemos dejarla en los márgenes de nuestra vida hasta el punto de que Dios termina por contar poco en las actividades que desarrollamos. Hasta la misma consagración puede correr el peligro de dejarse de vivir en la lógica de la cruz, moviéndonos más bien por intereses y ventajas personales, como puede ser un mayor bienestar, el poder, el aplauso del público, la tranquilidad o una carrera académica, o ventajas en favor de la propia familia. El capítulo de las motivaciones es especialmente importante para una auténtica maduración vocacional. Debemos estudiarlo y desarrollarlo adecuadamente con la ayuda de los formadores con el fin de evitar malgastar la propia vida partiendo de motivaciones falsas o ambiguas, y por consiguiente causante de los fracasos. Un crecimiento en las motivaciones vocacionales debe tener en cuenta especialmente tres objetivos: la adquisición de los valores y su concretización en actitudes de vida, la capacidad para el discernimiento en operar sobre lo que determinará la propia acción y la centralidad de la persona de Cristo, a quien me comprometo a conocer y amar para vivir como él vivió. 8. La afectividad debe ser afrontada seriamente y vivirse honestamente Para poder responder a la vocación, a cualquier vocación, una persona debe aprender a amar. Desarrollar la capacidad de amar es indispensable para quienes, como nosotros los misioneros, consagran su vida a Dios en favor de los hermanos. Si se carece de esa capacidad, el individuo programará su vida solamente sobre la base de deseos y de ideas que le pueden facilitar cierta ayuda pero no constituyen nunca el fundamento necesario para vivir gozosa y acertadamente la propia vocación. El compromiso al abordar con decisión y honradez esta dimensión formativa tiene una importancia capital. La experiencia de la Dirección General cuando tiene que hacer frente a situaciones de crisis de los misioneros confirma un dato concreto, y es que, con harta frecuencia, durante los años de la formación de base, la formación afectiva del joven no se ha tenido suficientemente en cuenta, habiendo sido cómplices probablemente en esto último los falsos pudores y silencios deletéreos. Los obstáculo que un joven debe superar cuando se dispone a afrontar de manera seria la formación afectiva pueden ser múltiples. Como ejemplo, recuerdo algunos: - La sexualidad y la afectividad están íntimamente relacionadas, pero no se identifican. Ciertas reticencias culturales al afrontar el tema de la sexualidad hacen que los individuos sean poco propensos a abordar con seriedad su maduración afectiva. - La sociedad en la que vivimos hoy, caracterizada con frecuencia por la banalización de la sexualidad y de sus múltiples expresiones, y por en ansia de placer, no crea el clima de respeto y de adecuada consideración en temas de afectividad. - La dificultad de la persona para entrar en lo profundo de sí misma constituye una dificultad no indiferente cuando se hace frente al tema de la afectividad. Más que someterse a esa “operación quirúrgica” en el yo profundo, el individuo prefiere huir o esconder las propias debilidades. - La formación al amor tiene ritmos propios que no siempre se mueven a compás con nuestras prisas o de acuerdo con las etapas que nos marcan las varias fases formativas. Se quieren quemar etapas a costa posteriormente de dolorosas sorpresas y amargos planteamientos o cambios. Dado el carácter de esta carta, no puedo adentrarme en la temática específica de la formación a la afectividad. Me limito simplemente a haceros una llamada fraterna: sed honestos con vosotros mismos y con vuestro futuro, no afrontéis etapas decisivas de vuestra vida sin tener la certeza necesaria de una suficiente maduración afectiva; sed abiertos en este campo con vuestros formadores y con quienes tienen responsabilidades con vosotros; estad disponibles para afrontar también terapias de apoyo en el caso de que éstas os sean sugeridas, y pedidlas vosotros mismos si veis que las necesitáis. 9. Pobres para solidarizarse con los pobres Hace justamente dos años, la Dirección General envió a todo el Instituto una carta titulada “Pobreza, economía y misión”, con el fin de recordar cuál debe ser el camino que debemos recorrer para seguir hoy a Jesús pobre. La invitación se dirigía a todos los Misioneros de la Consolata para que revisaran sus opciones concretas de vida para, de este modo, ofrecer un testimonio más transparente de pobreza y una mayor identificación con los pobres. Estoy seguro de que también vosotros os habréis unido al tratamiento en profundidad de este tema, tanto en el plano personal como comunitario. La sociedad que nos rodea y el mundo de la globalización nos provocan indirectamente a revisar continuamente nuestro estilo de vida. Nosotros podemos lanzarles mensajes creíbles solamente si demostramos ser personas libres del afán consumista, de esa carrera en busca de un acaparamiento sin fin, como quien saben resistir al puro instinto de satisfacer los propios caprichos. Esta libertad personal ante las cosas, la decisión para prescindir de lo que no es necesario y el deseo de llegar a una mayor coherencia de vida son el punto de partida imprescindible para poder llegar a los pobres. Cada vez que leo la parábola del buen Samaritano hago un examen de conciencia personal y como miembro del Instituto. Me siento espontáneamente llevado a reflexionar sobre nuestras jornadas, tan llenas, con horarios y quehaceres apretados, programados a veces hasta en los mínimos detalles. Me veo a menudo reflejado en el camino apresurado del sacerdote y del levita que siguen adelante sin detener la mirada sobre aquel pobre desgraciado que yace al borde del camino. También nosotros podemos correr el riesgo de ignorar a los pobres, de no reconocerles o de no tener tiempo para ellos. Y sin embargo, la atención y el amor al pobre son nuestro carné de identidad y nuestra mejor calificación misionera. Un misionero alejado de los pobres es un contrasentido. Solo acercándonos a ellos construimos sobre la roca nuestro futuro y el del Instituto y establecemos motivaciones fuertes y evangélicas para nuestra vocación. Y los propios pobres nos darán la satisfacción del anuncio evangélico, nos enseñarán el sentido de la solidaridad y de la gratuidad y nos harán más ecuménicos y universales. Me complace constatar que durante los años del Seminario sabéis alternar el ministerio pastoral con experiencias de servicio a los pobres. Su presencia en vuestra vida, o mejor, vuestra presencia entre ellos, debe ser lógica y normal. En contacto con los pobres que están cerca de vosotros aprendéis también a solidarizaros con las grandes “pobrezas” que atenazan a pueblos y continentes. No podemos acostumbrarnos a los dramas de la humanidad que los medios de comunicación ponen cotidianamente delante de nuestros ojos. Debemos tratar de conocerlos para poderlos debatir y profundizar. Nosotros no tenemos las recetas a tantos y tan graves problemas, pero no podemos vivir indiferentes a la búsqueda de soluciones, no podemos vivir sin soñar con grandeza, especialmente cuando somos jóvenes. Y el sueño del misionero es un mundo más justo, más solidario y fraterno. 10. En Nazaret aprendemos la importancia del vivir cotidiano Este último punto nos es sugerido por el documento “Caminar desde Cristo”, donde leemos: «Hasta en la simple cotidianeidad, la vida consagrada crece en progresiva maduración para convertirse en anuncio de un modo de vivir alternativo al del mundo y al de la cultura dominante» (6). Si además leemos el Evangelio, vemos que en la vida de Jesús hay tres etapas: Nazaret, la vida pública y la pasión. La que a nosotros puede parecernos menos relevante y la más olvidada es la primera. Nos preguntamos: ¿Por qué treinta años? ¿Para qué sirvieron? Nos parecen un misterio, pero pueden desvelarnos muchas cosas… - No debemos parangonar los treinta años de Nazaret con nuestra formación de base, que nos prepara a la actividad. Éstos son una dimensión que forma parte intrínseca de toda la vida humana. Nuestra cotidianeidad tiene lugar en todas partes y en todo tiempo: la rutina, la repetición, la simplicidad de las acciones… Vivir lo ordinario con el espíritu de Nazaret significa vivirlo en plenitud y con gran amor, conscientes de que de ese modo construimos el reino de Dios. - Dar valor a cada acción, hasta la más pequeña, a cada encuentro con la gente común en medio de la que vivimos, aceptando “perder el tiempo” dándonos a los otros y sirviéndolos. Significa también valorar los pequeños gestos de amistad que construyen relaciones mejores con los demás. - Este espíritu nos ayuda también a crecer y madurar en todas las edades mediante continuas pruebas de amor, ofrecidas gratuita y sencillamente en la vida de cada día. Dicho espíritu es la caridad “monótona” que debemos manifestar a los que el Señor pone cerca de nosotros. Recordemos siempre que es Dios quien nos da a los “hermanos” con los que debemos vivir la misión y santificarnos. Es fácil amar a los “lejanos”, mientras que resulta muy difícil amar a las personas con las que compartimos la vida de cada día. - Nazaret nos enseña a practicar una pobreza que nos priva hasta de la capacidad de ser nosotros los que decidimos nuestros proyectos, nuestros planes, los medios que deben utilizarse, las personas con las que colaborar… Jesús aceptó todo esto de su Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, debemos estar dispuestos a aceptar incluso los límites del ambiente en que vivimos, la escasez de tantos bienes, la incomodidad. - La capacidad de proseguir dando testimonio cotidiano, límpido y sereno, es uno de los elementos característicos de nuestra espiritualidad misionera que aprendemos en el misterio de Nazaret. Forman parte de ese testimonio la bondad, la fidelidad al deber, la oración, el servicio. La vida del misionero debe ser un tejido de todas estas cosas. - Nazaret nos revela el estimable valor de las mediaciones humanas. Jesús “crecía en edad y gracia” gracias al tesoro de las enseñanzas de su madre María y dejándose guiar por la autoridad paterna de José. Estas mediaciones son para nosotros la comunidad y las personas que tienen el cometido de guiarnos, recordando lo que recomienda el libro del Qohélet: “Mejor es estar dos que uno solo, porque dos logran más rendimiento en su trabajo. En caso de caída, el uno levanta al otro; y no tiene a nadie que lo levante” (Qo 4, 9-10). Conclusión Esta carta ha resultado más larga de lo previsto, aunque tendría aún muchas cosas que compartir con vosotros. Considero, no obstante, que lo importante no es mencionar muchos aspectos o evidenciar todo lo que puede incidir positivamente en la maduración de vuestra vocación misionera. Los documentos que el Instituto pone en vuestras manos durante los años de formación de base son ya suficientemente ricos y completos. Sólo he querido escribiros para deciros lo presentes que estáis a la Dirección General y a todo el Instituto. Lo estabais en nuestra oración cotidiana y cada vez que reflexionábamos sobre la formación, pero especialmente cuando debíamos confirmar las admisiones a la profesión perpetua y a las órdenes sagradas. Realizábamos ese deber con gozo cuando no había obstáculos. Lo afrontábamos “con temor y temblor” cuando el discernimiento era difícil. En estos casos, sin embargo, nos daba seguridad la oración al Espíritu Santo y nos consolaba la conciencia de buscar únicamente el bien del individuo, del Instituto y de la misión. Termino con el deseo de que podáis ser siempre personas libres y felices en la realización de vuestra vocación dentro del Instituto. La libertad es condición indispensable para ser discípulos del Maestro de Nazaret. Tended siempre a lo esencial y pertrechaos bien con ello. Y sed felices, porque no hay ninguna vocación que pueda permitiros serlo más que ésta. Os confío a María Consolata, nuestra Madre, convencido de que en ella encontraréis una acogida materna en todas las dificultades de vuestra formación. Ella será siempre también vuestra compañera en el camino de seguimiento de Cristo, su Hijo. Rezo para que de cada uno de vosotros se pueda decir lo que se escribió sobre el apóstol san Juan: “Y el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,27). Con el Beato Fundador os bendigo y saludo afectuosamente. P. Piero Trabucco, imc (Padre General) |
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