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P. Giovannino Tebaldi PDF Imprimir E-mail
Escrito por La Redacción del Da Casa Madre   
15.02.2006

(1932 – 2004)

Hijo de Gualtiero y Golfarelli Maria, nace el 24.11.1932, en Ostellato (Fe). En octubre de 1945 entra en el seminario de Ravena, donde realiza los estudios de bachillerato. El 5 de agosto de 1947 ingresa en el Instituto. En 1952 se consagra a Dios con la profesión religiosa. En 1954 es destinado a Roma, donde completa estudios teológicos en la Pontificia Universidad Urbaniana, y en 1957 es ordenado sacerdote.

La Misión
Del 1958 al 1960 enseña literatura en nuestro seminario de Castello di Brianza. Seguidamente es destinado a Kenya, donde desde el 1961 al 1963, en el seminario diocesano de Nyeri, enseña latín.
En 1963, mientras mons. Carlo Cavallera, obispo de Nyeri, se prepara para dejar el gobierno de la diócesis en manos locales para lanzarse a la aventura misionera del Northern Frontier District, que culminará con la creación de la diócesis de Marsabit, el padre Tebaldi participa en la fase exploradora del proyecto, yendo a sondear las condiciones para posibles aperturas de escuelas en el territorio de Marsabit.
Durante la construcción de las misiones, primero de Baragoi y seguidamente de Laisamis, vive durante largos meses en una tienda de campaña en compañía de los padres Michele Stallone y Luigi Graiff, teniendo que soportar las tremendas temperaturas del trópico e intentando acercarse a las poblaciones nómadas de los Samburu y penetrar en su forma de ser. Una misión difícil y peligrosa para la que tanto Michele Stallone en el 1965, como Luigi Graiff en el 1981, dieron el supremo testimonio del martirio.
Del 1964 al 1968 es presidente de la escuela secundaria católica de Gaichanjiru. Del 1968 al 1973 asume la enseñanza de cultura religiosa e historia del Commonwealth en la escuela secundaria estatal de Nanyuki. En este periodo prepara personalmente los textos de educación religiosa según los programas escolares estatales, que la tipografía de la diócesis de Nyeri imprime y difunde.
Se trata de un trabajo que le apasiona, como escribe al Padre General el 9.10.1970: «Se trabaja mucho y seriamente y hay cooperación. Por mi parte, me he entregado a la realización de un trabajo capilar entre los muchachos. Con la ayuda de los miembros de la Acción Católica estamos intentando atraer a nuestro ámbitos a un buen número de muchachos protestantes o indiferentes… Ruegue por mí al Señor para que me asista y me dé fuerza para vivir integralmente mi vida sacerdotal». Del 1974 al 1977 es nombrado responsable del “sector jóvenes” dentro del Pastoral Centre de la diócesis de Nyeri. Es un periodo de acción intensa y febril que le pone constantemente en contacto con los jóvenes, los padres y los profesores, lo que hace que se implique en todas las problemáticas emergentes.

El trabajo en Italia
Vuelto a Italia, es nombrado encargado de la redacción del “Da Casa Madre”, y a continuación, del 1983 al 1988, colabora intensamente en la actividad de la OPAM (obra de promoción de la alfabetización del mundo), lo que le lleva a recorrer toda Italia como experto conferenciante y animador entusiasta y a relacionarse sistemáticamente con la UNESCO y centros diversos de países en vías de desarrollo.
Hablando de África en encuentros, conferencias y mesas redondas, el padre Giovanni se enardece y parece querer a veces tomar en sus manos el látigo del templo para derribar las mesas de los cambistas, superar la ignorancia y saltarse la retórica tercermundista. Para él África no es una bonita idea para hacer algo que logre tranquilizar las conciencias: un documental, un reportage, una experiencia de voluntariado que posiblemente se haga “pasar” ante los ojos de una gran audiencia de gente. «África es como una hija -o una hermana- de la que improvisamente nos damos cuenta que ha dejado de ser una niña». El padre Giovanni mira a África con el corazón vibrante de afecto, de orgullo y de preocupación. Aquel gran corazón iracundo que le había creado la separación de África pero que no le podía impedir amarla como hija, hermana e incluso madre.
En 1985 realiza un viaje exigente a través de Kenya, Tanzania y Etiopía visitando escuelas de todo tipo y grado, encontrando a profesores y alumnos, descubriendo carencias y expectativas, haciendo que se interesen los organismos directivos de los proyectos OPAM. Para hacer entender a los demás lo que ha visto, escribe un opúsculo titulado “Africa mia”, que es enviado como suplemento del n° 12 (diciembre 1985) de la publicación mensual de la Obra.
Cuando en 1988 deja este cargo, don Carlo Muratore, presidente de la OPAM, alaba su trabajo con estas palabras: «Debo admitir honestamente y dar testimonio de tu desinteresada e ilimitada entrega a la causa de la OPAM y el alto espíritu de sacrificio que te ha movido a recorrer Italia esparciendo por todas partes la buena semilla de la promoción humana de los pueblos subdesarrollados… No sé qué camino te ha abierto el Señor, pero estoy seguro de que sea cual sea el lugar al que se le llame, sembrarás bondad y un gran deseo de hacer el bien». De 1987 al 1997 el Vicariato le nombra asistente diocesano y provincial de la AIMC (Asociación Italiana de los Maestros Católicos).

Periodista y escritor
Periodista y escritor versátil, el padre Giovannino trabajó durante dos años en las redacciones de Milán del periódico católico “Avvenire” y de la revista “Mondo e Missione” del PIME. Del 1989 al 2002 estuvo trabajando en la redacción de la revista “Popoli e Missione”, de las Pontificias Obras Misioneras.
Para la escuela de Kenya publicó los textos de educación religiosa y una colección narrativa africana, y en Italia publicó también diversos títulos que enriquecieron la literatura misionera de los últimos años. En 1994 publica “Il Sinodo africano”, un puntual resumen del encuentro que las Iglesias de África celebraron en Roma y de sus coordenadas: teología, memoria histórica, metas actuales, perspectivas y retos actuales.
Al año siguiente, en 1995, cristalizan algunas reflexiones suyas sobre el Sínodo mismo: “Sobre los caminos de la esperanza. Fermentos de Iglesia en África”, fermentos subyacentes y muchos problemas y debilidades emergidas con realismo a lo largo del Sínodo africano y que el autor percibe como fruto todavía ácidos pero cargados de promesas.
De 1997 es su obra “África, los días del éxodo”, páginas de sabor decididamente autobiográfico caracterizadas por un hilo conductor: la convicción de que los acontecimientos que están afectando y a veces sorprendiendo a muchos países del continente son como mensajes de una voluntad de transformación: «He asistido a las brillantes conquistas del desarrollo después de la independencia -escribe el autor- y tengo más de un motivo para creer que África podrá llegar a la otra orilla»; la salvación se encuentra siempre en la otra orilla, y por eso, según el padre Tebaldi, los días que África está viviendo son días de éxodo hacia la salvación.
En noviembre de 1999 publica “La missione racconto: I Missionari della Consolata in cammino con i popoli”, donde narra los cien años del Instituto y traza el panorama de la obra que sus misioneros han realizado y llevan adelante en el mundo según el carisma dejado en herencia por el Beato Allamano.
En 2001 imprime “La mia vita per la missione”, biografía del Fundador de los Misioneros y las Misioneras de la Consolata, donde con el encanto y la habilidad de su pluma nos ofrece una imagen inédita de José Allamano, protagonista de su tiempo, que acaricia el anhelo de la santidad y vibra de pasión por la misión”.
Aquí es donde su original vena de escritor, encontrándose con los ideales misioneros que animan su vida, el amor a su familia religiosa y la pasión por África, crea páginas de inimitable belleza e intensidad. Entre muchos otros, valga como ejemplo la descripción que hace del misionero:
El misionero es «aquella extraordinaria y patética figura que ha recorrido todos los senderos de África, llevado por un ideal de fe, cuando a los otros les atraía una sed insaciable de tierras, de posesiones y de mano de obra gratuita. África ha hecho de inmenso trasfondo a este personaje de rasgos inconfundibles, de fantasía audaz, de vida frugal, de resistencia física casi inagotable. Su amor a África ha sido tan grande como la de un enamorado, casi una forma de morbo en la piel, en los huesos y en el alma. Un mal nunca diagnosticado: el mal de África. Mito de acción más que de ciencia, no se le atribuye ninguna obra de alto ingenio, sino solamente construcciones de iglesias, misiones, escuelas y hospitales. Y formación de comunidades creyentes.
Le han confundido con su hermano el colonialista; quizá en algunas circunstancias se le pareció mucho, pero no en el alma. Del colonialista no tenía ni el comportamiento, ni el sentido de superioridad, ni la vanidad; y a diferencia de aquel, el misionero estaba al lado de la gente, hablaba la lengua local, trabajaba con sus manos, impartía a los niños los rudimentos de la lectura y la escritura; a los campesinos les enseñaba el uso de la tracción animal en el cultivo de los campos, a los obreros uso del metro y del nivel. Como hombre de la religión, enseñaba el catecismo, presidía el culto, anunciaba las realidades del Reino» (pp. 197-198).
La obra de este misionero tiene la finalidad de «transformar secreta e intrínsecamente al hombre, sea cual sea su país, su pueblo o su cultura, en posible candidato a la perfección humana y divina. La misión, antes de ser una peana de proyectos y realizaciones, es un momento de diálogo con el, hombre de la calle para conocer sus expectativas y sus aspiraciones y para convertirle en depositario de las bienaventuranzas. Es sobre un ascua ardiente sobre la que el misionario y la misionera inmolan las escorias de su fragilidad humana para ver a Dios en el rostro del prójimo» (ibid., p. 204).
El trabajo editorial del padre Giovannino no conoce tregua y en 2004 publica “L’ultimo carovaniere”, la vida del padre Gaudenzio Barlassina, que emerge como figura extraordinaria de misionero, tanto en Africa como siendo superior general del Instituto. Mientras tanto, entre un trabajo literario y otro, escribe el perfil de varios misioneros difuntos y ofrece su colaboración a las revistas misioneras, a los periódicos diocesanos y al “Osservatore Romano”.

La muerte
Enfermo del corazón desde hacía algunos años, muere de una enfermedad imprevista. Quejándose de agudos dolores abdominales, la noche del 7 de octubre del 2004 es llevado al Ospedale Santo Spirito, donde se le diagnostica una pancreatitis aguda. El cuadro médico general es de tal gravedad que los médicos consideran que no pueden operarle. El domingo 1° de octubre se nos va a la Casa del Padre. Tenía 71 años de edad, 51 de ellos de profesión religiosa y 48 de sacerdocio.
Los funerales tienen lugar el martes en la Casa Generalicia. Preside el padre Vincenzo Mura, superior de la casa, quien habla de nuestro hermano de modo afable, deduciendo de su pasión por la misión un mandato que nos implica a todos nosotros como misioneros a caminar al lado de los pobres: «El padre Tebaldi deja un vacío de relaciones humanas y amistad que sabía construir con facilidad y que ahora se ha llevado como su aportación al cielo».
Se leen a continuación las palabras de pésame del Padre General que se encuentra visitando al Congo: «Que el Señor guarde en su paz al padre Tebaldi, quien con tanto ardor y pasión trabajó siempre y se entregó por su Reino. En este momento dos sentimientos siento especialmente vivos en mí. El primero es de acción de gracias al Señor por haber dado al Instituto a este hermano, vivo, creativo y al mismo tiempo tan cercano a las personas. No puedo olvidar las muchas horas pasadas con él para debatir un problema o programar un escrito o un nuevo libro. Siempre lo hacía todo con entusiasmo y mucha pasión.
El segundo sentimiento es de gran admiración por su ardor misionero y por su amor al Instituto. Todo podía ser cribado por su cedazo crítico, pero no la misión, no el Instituto, no los pobres de África, a los que dedicó tantas energías e inteligencia. Deja al Instituto una larga serie de libros, pero lo que deja especialmente es un recuerdo perenne de esta su pasión misionera.
Que desde el cielo continúe estimulándonos para que seamos siempre fieles a nuestra vocación, fieles a aquel carisma misionero que le hacía sentirse orgulloso de ser “Misionero de la Consolata”».
Concluida la misa de funeral, su cuerpo, acompañado por los padres Vincenzo Mura, Norberto Louro Giano y Benedetti, prosiguió hacia San Vito di Dogato (Fe), donde fue enterrado en la tumba de su familia.
La Redacción del Da Casa Madre

Ultima modificación ( 10.03.2006 )