|
(1911 – 2004)
Hijo de Giovanni Battista y de Fissore Margherita, nace el 10.04.1911 en S. Lorenzo di Fossano. Desde muy joven trabaja como artesano practicando el oficio de la escultura y la grabación profesional. Es el primer presidente del Círculo parroquial de la Juventud Católica, bajo el título Pier Giorgio Frassati. Bajo la guía de don Michele Pellegrino –el futuro cardenal de Turín– madura la propia vocación sacerdotal hasta que, en 1933, a sus 22 años, entra en el Instituto en Favria Canavese. En 1938 se consagra a Dios con la profesión religiosa y en 1942 es ordenado sacerdote. En el 2002, con ocasión del 60° aniversario de su ordenación sacerdotal, imprime “Momenti per dire grazie al Dono”, donde, a través de una secuencia de rápidos flash, nos hace partícipes de amplios espacios de su larga existencia. Una vida pautada por la llamada de Dios a los 18 años y por la ordenación sacerdotal en 1942. Una vida donde los designios del Señor no siempre se corresponden con las expectativas personales, pero donde todo, en cualquier caso, se convierte en acción de gracias que incluye el arco entero de una vida de más de 90 años que el Señor le concedió vivir hasta aquel momento.
El Fundador Hablando del Padre Fundador cuenta: «Mi madre estaba suscrita al “Bollettino Missioni Consolata”. Tenía 15 años cuando leí en la revista de los misioneros la noticia de la muerte de José Allamano. No me quedé tranquilo hasta conseguir saber más cosas de él. Era el momento del paso de la adolescencia a la juventud y me bullían muchas cosas en la cabeza, hasta el punto de que mi madre estaba preocupada. Luego, tras entrar a formar parte justamente del Instituto fundado por Allamano, me di cuenta de que muchos hermanos de mi misma edad no solamente le habían conocido, sino que le recordaban desde sus diez u once años como alumnos del “Piccolo Seminario san Paolo”. Tras entrar a formar parte del Instituto a los 22 años, la figura del Fundador fue de tal modo impregnando mi vida que me parece, un tanto presuntuosamente, que lo sé… casi todo de él. Le quiero y trato de seguir sus enseñanzas, que apuntan a lo alto, a la santidad. Es estimulante su eslogan de fondo: “Primero santo y luego misioneros”. Remontándome al modo como, en 1926, había recibido la noticia de su muerte… su “amén” final, al suspiro del avemaría, considero que es síntesis de una vida que me marcó y que trato cada vez más de que sea una simbiosis con la suya de Padre, de hombre de Dios, de la Iglesia y de la misión universal de salvación»
Los misioneros «He encontrado padres a cientos, viví largo tiempo con algunos en las diversas casas y conocí a otros en la misión. He acompañado a más de 500, que se fueron ya, dejándome un recuerdo que no viene de la carne o de la sangre, sino del deseo común de realizar lo mejor posible la vocación ad gentes…. La familia que encontré no era la perfección, pero siempre constaté gran voluntad y entrega en los padres que tuve a mi lado; todavía percibo el tono que nos acompañó, incluso en los momentos de búsqueda, para llegar, de común acuerdo, al momento operativo».
La misión Ordenado sacerdote, el padre Mina es destinado a realizar su apostolado en Italia dentro del campo de la formación, como asistente, prefecto y padre espiritual en las casa de Cereseto, Comotto, Rovereto y Vittorio Veneto (1942-48). Como él mismo dice: «Después de la ordenación, deseaba partir rumbo a las misiones, pero los superiores me destinaron a la formación de nuestros aspirantes: no pude hacer otra cosa que lo que me mandaban, aunque intenté hacer oír mis deseos. Me pidieron años de servicio a los jóvenes y a continuación tuve que aceptar cargos directivos. Llegó la guerra mundial y los sacrificios que se derivaron de ella. Los padres nos afanábamos en el servicio a los jóvenes, a su manutención y formación en días de muchas emergencias. Los jóvenes, por su parte, respondieron con su fidelidad a la vocación». En 1948 comienza a trabajar en la formación de los hermanos coadjutores como pro-director en las casas de Varallo Sesia y Camerletto. A continuación «terminé siendo, en 1950, director de los hermanos coadjutores en Alpignano. Secundé sus ideales con mucha ilusión. La construcción del edificio y puesta en marcha de cursos profesionales de carácter misionero, fue una aventura que duró seis años. Inaugurada la Casa de los Hermanos en 1956, se me destinó a la Certosa di Pesio como Maestro de los novicios». Al año siguiente el padre Mina es destinado a Kenya, donde trabaja durante seis años, entregándose afanosamente a la implantación de la Acción Católica en la diócesis de Niery, lo que le encomienda mons. Carlo Cavallera primeramente y mons. Gatimu después. Después de seis años de intenso trabajo, la asociación puede contar con un staff de directivos africanos diocesanos bien preparados en todas las misiones donde había sido establecida con método sencillo, adecuado a los africanos. Gracias también a su obra de sensibilización, en aquellos años se comienzan a enviar al extranjero africanos para que cursen estudios sociales; notable esfuerzo se hace también en los movimientos de los maestros católicos con los ejercicios espirituales anuales, con mucho éxito. «En aquel periodo arduo de mucha entrega de todos, pude conocer, acercarme y estimar, en situaciones de emergencia…, grandes figuras de padres que, dirigidos por mons. Carlo Cavallera, me parecieron tan admirables que los siento dentro de una forma tan profunda que no puedo olvidarlos. Solo lamento que fuera tan breve el tiempo que se me concedió para vivir con ellos, tras tantos años de candente espera».
Los Hermanos «Considero una gracia el haberles tenido cerca de mí, en Italia y en la misión especialmente, con aquel trato característico de hermanos –y no solamente técnicos de buena mano de obra–, capaces de llenarnos de humanidad como expresión de amor, embelleciendo incluso los días de tempestad. Siempre he tenido una especial simpatía por los hermanos y ahora se ha convertido en vocación: han hecho que sienta el gusto de estar en su compañía, como familia. Cuando entré en la casa Alpignano, destinada a ellos, me entusiasmé con el proyecto de construir un edificio moderno, con posibilidades de organizar cursos profesionales de carácter misionero. Pero no había medios adecuados: la Casa Madre estaba en ruinas a causa de las bombas. El padre Domenico Fiorina, el nuevo superior general, con mirada de altos vuelos, nos dijo: “Si tenéis ánimos, adelante, os echaremos una mano”. Aceptamos el reto y, ancianos y jóvenes, nos pusimos manos a la obra en la construcción de la casa. No estaba todavía terminada cuando comenzaron los cursos de preparación aprobados por el Estado. Funcionaron, maduraron vocaciones, que partieron rumbo a las misiones y, en África y América, hemos podido contemplar a hermanos constructores de catedrales, carreteras, casas, escuelas, puentes… para una civilización del amor».
Maestro de los novicios «Al final del segundo trienio como director de la Casa de Alpignano (1956) se me destinó a la Certosa di Pesio como maestro de los novicios. Casi marginé mi idea de ir a África, pues contaba ya 45 años. Me animó el deseo espontáneo de comunicar a los jóvenes la belleza de la vocación a la misión. Trataba de escucharles mediante un diálogo constructivo. El novicio debe ser el artífice de su formación, nada sucede en la vida si no se sabe asimilar. Paulatinamente se perfilaba el camino y maduraba el encuentro con Cristo, con el Instituto y con la misión».
En Casa Madre Concluida su misión de maestro, del 1970 al 1972 el padre Mina desempeña el cargo de superior de la Casa de Alpignano. Luego, enfermo del corazón, reside durante más de veinte años en la Casa Madre (1973- 1994), dedicándose al ministerio pastoral y prestándose para múltiples servicios. Fue notable su dedicación a las asociaciones de las Damas y de los Amigos de las Misiones. Fue también Consultor Eclesiástico de la API COLF (Asociación Profesional Italiana Colaboradoras Familiares – Sección Turín).
Escritor Escritor fecundo y profundo, es el corresponsal oficial de la Casa Madre para el Boletín “Da Casa Madre”, donde mensualmente se deja leer con interés por sus crónicas ágiles en las que abundan las máximas populares, las doctas citas y las ocurrencias originales. Escribe la semblanza de numerosos misioneros difuntos, sabiendo poner de relieve inteligentemente y con espíritu de caridad los rasgos esenciales de las personas y las obras. De ese trabajo proceden verdaderas y auténticas biografías publicadas por el EMI, en la colección “Uomini e Missione”. Entre otras: “Un cencio per Dio” (padre Vincenzo Dolza); “Un uomo fatto missione” (padre Antonio Barbero); “Ad ognuno la sua stella” (padre Ernesto Girardino); “Un missionario di fuoco” (padre Lorenzo Sales), etc. Entre los libros por él publicados cabe recordar “La beatitudine di essere secondo” (vida de Giacomo Camisassa, cofundador), escrito en colaboración con la hermana sor Gian Paola, y “Quando la missione invade la vita” (biografía del Padre Fundador), escrito en colaboración con el padre Lino Zamuner.
En Alpignano En 1994, debido a problemas de salud y a la ancianidad, se retira a Alpignano, donde continúa con pasión su actividad editorial. En el 2001, llegado al umbral de los noventa años, a quien le preguntaba cuál era el sentido de una vida dedicada a la misión enteramente, el padre Mina le respondía: «La verdad es que no he programado yo los noventa años ni sabía qué era la misión. Una cosa recuerdo de los años juveniles, y es que me gustaba vivir, estar con los amigos y que me atraían los jóvenes y no tenía muy clara la figura de Jesús… Pero en el fondo sí sentía que debía amar a Dios. A los 18 años, en el momento de las opciones, comencé a reflexionar y a los 22 entraba en el IMC. Ya sin nostalgias, no quise volver a mirar hacia atrás». Y cuando se le preguntó cuál era el secreto de su vivacidad juvenil, respondió así: «Yo, personalmente, he mantenido una convicción: la de que la enfermedad no nos lleva a la muerte, sino que ésta tiene lugar cuando Dios nos llama: unos antes, otros después y algunos improvisamente. Estuve varias veces a punto de irme, pero me he quedado para decir que la vida es un don que no debe malgastarse. Es el corazón el que te mantiene joven. Seguir siendo pequeño para saber maravillarse a cada instante. Vivir la acción de gracias es un canto a la vida». Y concluye reafirmando su amor incondicional a Allamano, cuyo amén final y la recitación del avemaría con que se presentó al Padre «son la síntesis de una vida que me marcó y trato siempre de que sea una simbiosis con la suya de padre, de hombre de Dios, de la Iglesia y de la misión universal de salvación». En su buen retiro de Alpignano, en modo alguno se queda al margen de lo que sucede en el mundo, pues sigue observando la vicisitud humana que le rodea y que convierte en motivo de reflexión y de alabanza a Dios. Se abre maravillado al “evangelio de la ternura”, como una tierra que debe descubrir siempre, capaz de generar un mundo mejor. Admira de este mundo su belleza desde las cumbres de los montes de su Certosa, cantados en manifestaciones líricas que reflejan su anhelo de Dios. Y justamente aquí, volviendo después de muchos años a la Certosa de Santa Maria, teatro de largos años de apostolado apasionado al servicio del Instituto, encuentra su vida, revive su juventud, don del Espíritu, y reconoce la gran verdad: más allá de ser jóvenes o viejos, la vida es hermosa cuando se ama. “Este hoy tan diferente de aquel mi ayer, de noventa años, no sé por qué vuelvo a encontrarlo tal cual en la Certosa … hasta mi paso vacila. La mente, no. Y gozo de los ritmos juveniles, de quien canta y a quien oigo: son castañuelas y címbalos del Espíritu. Siento que es hermoso el día si lo que más cuenta es el amor”.
La muerte El 28 de octubre del 2004 el Señor le llama a su casa. Dada la presencia multitudinaria de hermanos, hermanas, Damas, amigos y familiares, la misa funeral se celebra, el sábado 30, en la iglesia parroquial de Alpignano. Preside la celebración el padre Norberto Louro, consejero general. El padre Franco Gioda, superior regional, lee el mensaje del Padre General, de visita al Congo: «Siento que tengamos que echar en falta a un misionero que con sus escritos y sus múltiples servicios realizó un servicio impagable al Instituto y a la causa misionera. Aquel fuego interior, al que aludía con tanta frecuencia el beato Allamano, el padre Mina lo llevó siempre en su corazón. Célebres son las causas en cuyo favor escribió y por las que luchó». Mons. Franco Peradotto, rector del santuario de la Consolata, y la vicesuperiora de las MC expresaron su agradecimiento al padre Mina. “Mi alma alaba al Señor…”: el padre Mina canta en el cielo las alabanzas de Dios y nosotros, según su deseo, cantamos el Magníficat dando gracias al Creador por haberlo regalado al Instituto, a la Iglesia y al mundo. La Redacción del Da Casa Madre
|