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| P. Joseph Otieno Sijenyi (1974-2005) |
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| Escrito por p. Álvaro Pacheco, imc | |
| 17.05.2007 | |
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PADRE
JOSEPH OTIENO SIJENYI 1974 – 2005 Hijo de Jonathan Sijenyi Ong’ango y de Cristine Atieno Omoga, nació el 11 de mayo de 1974 en Nairobi (Kenya). Ingresó en el Instituto en 1993, se consagró a Dios con la profesión religiosa en 1997 y fue ordenado sacerdote en 2001. Después de algunos meses de estudio del italiano, en el 2003 partió rumbo a Corea. Superadas las primeras dificultades con la lengua, comunes a todos, se adaptó sin problemas a la nueva y difícil realidad misionera de aquel país, demostrando una gran pasión por la misión. Estaba siempre disponible para cualquier servicio y era de una sencillez, de una generosidad y de una fe sin iguales. Lo caracterizaba una gran serenidad que sabía infundir con naturalidad en las personas y en el ambiente que le rodeaban. Amaba a la gente y estaba siempre dispuesto a hacer lo que se le pedía. Últimamente el P. Joseph trabajaba en la casa de Kuryong, una comunidad de inserción en una realidad de pobreza urbana. Ayudaba en las parroquias los fines de semana y era estimado por todos, como lo demuestra la presencia de numerosísimas personas, amigos y bienhechores que rindieron homenaje a sus restos mortales mientras se encontraban a la espera de ser sepultados. El 18 de diciembre de 2005, mientras participaba en una maratón de beneficencia, el Señor lo llamó para el cielo. Sobre la lápida de su tumba, en la que figura la imagen de la Consolata, se leen estas palabras de Jesús: “Si el gano de trigo no cae en la tierra y muere...”. Recemos para que la muerte de Joseph produzca mucho fruto en términos de misión y santidad, por los misioneros de Corea y por este querido país. P. Álvaro Pacheco
TESTIMONIOS “Si el grano de trigo…” «El Señor interviene en nuestra historia y muchas veces lo hace de manera inesperada, dejándonos sorprendidos...». El P. Eugenio estaba hablando así a un grupito de estudiantes universitarios catecúmenos cuando el Señor lo tomó por la palabra. Justamente en aquel momento le llegó una llamada telefónica que le anunciaba la muerte del P. Joseph Otieno, kenyano, de 31 años de edad, acontecida en la ambulancia que le llevaba al hospital después de haberse derrumbado en la calle cuando participaba en una pequeña maratón en Seúl. Asombro, incredulidad, shock... ¿Cómo puede ser posible? Joseph era un atleta. En el verano pasado se había inscrito en el Seoul Synergy Running Club y estaba muy entrenado. Había aprovechado aquel día, 18 de diciembre, un domingo sin ocupaciones en la parroquia, para participar con otros compañeros de Club en aquella maratón, que se hacía con fines benéficos... Nos precipitamos en dirección al hospital de Sadang, todavía incrédulos, pero tuvimos que rendirnos a la evidencia. Joseph estaba allí, era realmente él... y el dolor se impuso a nuestra incredulidad. Nos echamos a llorar. Luego fueron ocurriendo cosas y situaciones que tuvimos que afrontar una tras otra en rápida sucesión: la policía, la autopsia, avisar a sus familiares y al Instituto, organizar la capilla ardiente, comenzar a pensar en los funerales... El cuerpo de Joseph fue transportado el lunes 19 de diciembre al Hospital de la Sagrada Familia de Bucheon, cerca de nuestra casa. Y allí mismo se preparó la capilla ardiente. Desde las primeras horas de la tarde fue incesante el ir y venir de fieles, de religiosos y religiosas, de personas que habían conocido a Joseph. La clásica retahíla de oraciones por los difuntos que se usan en la Iglesia católica y coreana fue el trasfondo continuo a lo largo de dos días hasta el momento del funeral. Toda nuestra comunidad estaba movilizada, incluidos los estudiantes y las señoras de nuestro Grupo Amigos IMC, que se comportaron una vez más maravillosamente con su servicio y su proximidad. Mientras tanto, la organización del funeral seguía adelante, aunque con el inconveniente de algunas dificultades que lo complicaban. Se necesitaba un permiso de la Embajada de Kenya, que probablemente no llegaría en tiempo oportuno. Nos vimos obligados a organizar la misa de difuntos el miércoles 21 de diciembre, sabiendo previamente que nos habríamos visto obligados a volver a llevar el cuerpo de nuestro querido Joseph al hospital, a la espera del entierro. A las 10.00 horas de la mañana, la iglesia parroquial de Yokkok-dong (la parroquia a la que pertenecemos territorialmente) estaba desbordante de gente (400-500 personas), sin contar a los celebrantes, que eran una veintena. Buscamos consuelo en la Palabra de Dios, que nos acompañó en los diversos momentos de incredulidad, de dolor y de la rabia por esta tragedia, hasta llegar a convencernos de que nada nunca puede separarnos del amor de Dios que Cristo nos reveló, así como a ver la muerte de Joseph como la del grano de trigo que, depositado en la tierra, muere como condición para producir mucho fruto. Así es, Señor: la vida de Joseph había ya sido regalada a la misión, a Corea, a los hermanos y las hermanas de este país, por lo que la muerte no había hecho más que convertir esta donación en definitiva y en fuente de mucho fruto. El permiso de sepultura de la Embajada de Kenya se dejaba esperar. Luego descubrimos que hacía bastante tiempo que había llegado y que por una serie de equívocos increíbles no se nos había comunicado a nosotros. No nos enteramos hasta el 4 de enero. Finalmente se puso en marcha la organización de nuestro último deber con nuestro querido Joseph: el de darle una digna sepultura. La misa de difuntos tuvo lugar el 6 de enero, viernes (que en Corea no es fiesta litúrgica de Epifanía), en un gran salón de conferencias del hospital donde había estado el cuerpo de Joseph, a las 9.00 hora de la mañana. En esta ocasión vino a presidir la eucaristía el obispo de Icheon, mons. Choi Ki-san Bonifacio. Recordó a los presentes (más de 250 personas) que también Kim Dae-gon Andrea, primer sacerdote coreano, había muerto joven, y que nuestro Señor Jesucristo murió cuando tenía 33 años. Afirmó que a través de esta muerte el Señor nos recuerda a todos que debemos velar y nos invita a avanzar en el camino de la santidad. Seguidamente el cortejo fúnebre se dirigió desde el hospital al cementerio católico de la diócesis de Incheon, donde Joseph fue enterrado en la sección reservada al clero y a los religiosos. Fue una vez más un momento de intensa emoción y de saludos definitivos. Descansa en la paz del Señor, Joseph, e intercede por nosotros desde el cielo para que sepamos realizar cada día mejor la misión en la que también tú participaste con entusiasmo. Y recuerda que estamos esperando ver los frutos que tu muerte no puede dejar de producir... P. Diego Cazzolato
Amigo sincero y gentil Me encontré por vez primera con el P. Joseph Otieno en julio de 1997, cuando fui a Kenya para el noviciado. Éramos 12 novicios: nueve kenyatas, dos ugandeses y solamente yo era de Etiopía. Kenya era una experiencia totalmente nueva para mí, dada la diferente cultura, al igual que la historia, los usos y las costumbres. Joseph se interesó inmediatamente por mí y estuvo siempre atento para que me encontrara a gusto, explicándome todo en relación con su cultura y demostrando desde el principio su gran paciencia, repitiéndome las cosas para que lo entendiera todo correctamente. Su habitación estaba al lado de la mía y pude así conocerle perfectamente. Era siempre puntual y fiel a la oración, a los encuentros comunitarios y a las conferencias, especialmente las que tenía que ver con nuestro Fundador, el beato José Allamano, hacia quien manifestó siempre un amor y un interés profundos. Joseph afrontaba con entusiasmo todo: desde el trabajo a la vida comunitaria y a la oración. Todo su itinerario vocacional demuestra claramente su constante búsqueda de Dios y de su voluntad. Mientras estuve en Kenya tuve la oportunidad de conocer a sus padres, y justamente al hablar con su padre me di cuenta de que Joseph le reflejaba en buena medida, tanto en lo relativo al aspecto físico como en lo que se refiere a la espiritualidad. Su padre conocía muchas cosas sobre la vida misionera y estaba muy contento de la opción de su hijo por los Misioneros de la Consolata. Su familia misma había crecido al lado de una parroquia de la Consolata y todos en ella se sentían contentos de formar parte de la Misión. Durante aquel año en Kenya trabajé con Joseph en diversos grupos y descubrí que con él se podía colaborar mucho y bien. Tratábamos siempre de ayudarnos mutuamente, tanto en Kenya como más tarde en Inglaterra. Al final del noviciado fuimos destinados los dos a Inglaterra, donde durante cuatro años seguimos buscando unidos la voluntad de Dios y de conocerle con los estudios de teología. Aquel fue el mejor periodo de los años pasados al lado de Joseph, a lo largo del cual descubrimos muchas cosas nuevas sobre nuestra vida y nuestras relaciones. Destinados a un nuevo continente, a una nueva nación y a una nueva cultura, Joseph estaba siempre abierto a las novedades y buscaba continuamente el mejor modo de adaptarnos a nuestra nueva realidad. Se integró rápidamente en la nueva vida, tanto la comunitaria como la externa, gracias a su carácter sereno y abierto. Era siempre consciente de sus responsabilidades y las tomaba en serio, demostrando a través del cumplimiento de sus deberes que estaba al servicio de los demás. A Joseph le encantaba la vida social activa y contaba con muchos amigos, con los que pasaba alguna tarde en conversación y compartiendo una cerveza. En clase estaba siempre contento, especialmente en los “encuentros culturales” que se organizaban periódicamente. Le gustaba compartir sus talentos y su alegría especialmente con los compañeros y los profesores. Era muy consciente de sus raíces culturales, que sabía expresar con la música y la danza. En la parroquia de Whetstone (Norte de Londres), donde hacía una experiencia pastoral, contribuyó no poco con su habilidad en tocar los tambores en el coro de los jóvenes para la Misa del domingo. Los jóvenes le querían y trataban de aprender algo de él. Joseph era generoso y estaba siempre dispuesto al servicio de los demás olvidándose de sí mismo. Era también modesto en su estilo de vida y respetuoso con todos. Nunca mantuvo altercados o situaciones de abierto contraste con nadie. Expresaba con claridad sus ideas, especialmente durante nuestros encuentros comunitarios, pero respetando delicadamente las de los demás. Era humilde y receptivo con todos. El 16 de febrero de 2001 fuimos ordenados diáconos; éramos cinco y se nos preguntó si queríamos ser los primeros misioneros africanos que irían a Corea. Mientras que los demás respondieron de inmediato que no, Joseph y yo pedimos algún tiempo para reflexionar. Joseph era decidido y le gustaba la aventura que permite afianzarse en la vocación. Pasado el periodo de reflexión, respondimos que sí. Cuatro obispos estuvieron presentes en nuestra ordenación el 14 de octubre de 2001, en Nairobi (Kenya), y él comenzó inmediatamente su ministerio “lavando los pies a los demás”. Decía siempre que “el sacerdocio es para el servicio”. Naturalmente, sabía bien que el sacerdote debe ser también un líder y manifestar su firmeza, aunque también sabía ser muy respetuoso con todas las personas. Era siempre amable en sus relaciones, una cualidad que le brotaba del corazón y que influía en el ánimo de los demás profundamente. Esta es tal vez la cualidad más hermosa de Joseph que yo recordaré siempre: su amabilidad con los demás. P. Tamrat Defar
Caritativo y acogedor con todos Estábamos todos juntos la tarde anterior y su muerte, tan inesperada, nos dejó consternados. Habíamos celebrado la misa y cenado y luego nos habíamos quedado juntos hasta las 10.30 de la noche. Seguidamente no separamos prometiendo volver a vernos a la misma hora al día siguiente. Desdichadamente fue a la mañana siguiente cuando nos llegó como un trueno la noticia de su muerte. La fe me ayuda a ver la vida de Joseph más allá del dolor y del llanto. Y esto hace que me conciencia de que en su vida hay muchas cosas por las que debemos dar gracias al Señor. El primer pensamiento que acude a mi mente es que Joseph vivió en plenitud la oración de San Francisco. Fue con gran sorpresa como descubrí que justamente esta frase figura en una de las caras de una estampa-recuerdo de nuestra ordenación sacerdotal: “Concédeme, Señor, no buscar tanto el consuelo como consolar; no ser comprendido sino comprender; no ser amado sino amar”. Joseph estaba siempre disponible para todo, para escuchar, compartir, estar con sus hermanos. Siempre era fácil acercarse a él porque se sabía que haría todo lo posible por ser acogedor y ayudar. Vivió con humildad y sencillez en la comunidad. No recuerdo en él ningún acto concreto de arrogancia. Alguien en la comunidad comentaba que Joseph era tan bueno que no se habría atrevido ni a hacer mal a una mosca. Y la verdad es que no recuerdo que Joseph se haya enfadado nunca con nadie. A decir verdad, fui yo quien se impacientó con él justamente la noche anterior a su muerte debido a su retraso en el lugar donde habíamos convenido. Pero ya antes de que abriera la boca Joseph había conseguido crear un ambiente de paz con dos palabras. Y pasamos otra grata velada, aunque esta vez sería la última. Joseph puso en práctica la exhortación de San Pablo: “Hacedlo todo sin quejaros y no discutáis…” (cf. Ef 4,31). Vivio con sencillez. Se contentaba con poco y estaba alegre incluso en medio de las dificultades. Había estado destinado a la comunidad de Kuryong, entre gente humilde y pobre, en una situación nada fácil, pero nunca se quejó de los diversos contratiempos y afrontó aquella vida con auténtico espíritu misionero, sencilla y gozosamente. Joseph era realmente la persona que los coreanos definirían “sin egoísmo”. En su corazón había siempre sitio para la gente, incluidos los que le permitían poco a él. Recuerdo haberme quejado alguna vez con él por un motivo o por otro, pero Joseph no echaba barreras entre nosotros y no ignoraba a nadie de la comunidad. Se adaptaba con facilidad a las situaciones y a las personas, renunciando frecuentemente a su opinión o a su posición para hacer grata la vida a los demás. Los misioneros y misioneras africanos en Corea son muy pocos y Joseph hacía cuanto podía para reunirnos, hasta el punto de que la mayor parte de nuestros encuentros se debieron a él. Joseph acaba de dejarnos y nuestro dolor es grande. A pesar de todo, tengo la profunda sensación de que el Señor le tenía preparado ya en aquel momento un lugar en el cielo y de que él estaba listo para encontrarse con el Señor, pues es una actitud que caracteriza toda su vida. Por eso es para todos un testimonio, porque sabía escuchar y vivir el evangelio. Creyó en el amor misericordioso de Dios. Pues que Dios le haya acogido entre sus brazos amorosos y que pueda oír de Él estas palabras: “Bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco... entra ahora en el gozo de tu Señor” (Mt 25,21). P. Peter Njoroge Githaiga
Sencillo y humilde de corazón Desde cuando vino a formar parte de nuestra comunidad de Kuryong, un barrio pobre en el corazón de Seúl, hace casi dos años, el P. Joseph manifestó su deseo de vivir su vocación misionera entre los pobres con sencillez de corazón, haciendo “todos los pequeños servicios posibles”, como él mismo solía decir. Claro está que nuestra condición de extranjeros y nuestros límites en relación con la lengua coreana no nos permitían hacer más que “pequeños servicios” en esta comunidad. A pesar de todo, aunque solamente fuera enseñando algunas palabras en inglés a los muchachos del barrio o haciendo pequeños servicios a las “abuelitas”, el P. Joseph manifestó siempre una generosidad y una humildad tales que se le consideraba por aquella gente como una delicia de persona. Decía una anciana señora que solía llamar a Joseph para que le hiciera algún “trabajillo”, como ir al “super” del barrio. “¡Un sacerdote que hace estas cosas! ¡Qué maravilla!”. Joseph le dijo: “Hemos venido aquí para servir y para ayudar en las pequeñas cosas que podemos hacer...”. Tres días antes de su muerte se nos llamó para ayudar en las confesiones con motivo de Navidad en la parroquia y una señora fue a confesarse con el P. Joseph. Se sintió tan emocionada con su calor humano y su actitud comprensiva que al día siguiente vino a nuestra casa con otras dos personas para que también ellas pudieran recuperar la paz y el amor de Dios por medio del sacramento de la confesión. Humildad y sencillez de corazón: esas eran las características de Joseph, las que le permitían comunicar siempre el amor de Dios, justamente a través de las “pequeñas cosas” que hacía. P. Juan Pablo de los Ríos
Al ángel protector Querido P. Joseph, el año 2005, que se nos ha dado, toca a su fin. De una tierra extranjera y lejana llegaste con corazón pobre para saciar el hambre de amor; sobre tu camino de sacerdote, un largo recorrido hiciste, P. Joseph. Con tus grandes ojos, llenos de humildad, enseñaste paciencia y amabilidad... Ahora sé por qué he derramado lágrimas durante unos días, ahora finalmente entiendo: tú corrías apresurado hacia el Señor... ¡No tengo miedo y doy gracias por todo lo que hemos dado y recibido! Dejaste en lo profundo de nuestro corazón un amor parecido al del Señor, P. Joseph. Descansa en paz, junto a la Virgen Consolata. Y vuelve como ángel protector de los pobres. Cheong Monica |
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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