Narrow screen resolution Wide screen resolution
Giuseppe Bottacin (1914-2006) PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Elísio Assunção, imc   
17.05.2007
PADRE
GIUSEPPE BOTTACIN
1914 – 2006

Hijo de Biagio Antonio y de Regina Vanzetto, nace en Trebaseleghe (TV) el 9.12.1914, ingresa en el Instituto en 1927, se consagra a Dios con la profesión religiosa en 1934 y es ordenado sacerdote en 1938. Trabaja durante los primeros años en Italia como asistente en Montevecchia, pro-director en Rovereto y en el Departamento de la Consolata en Turín.

En 1946 parte rumbo a Mozambique con los padres Paleari, Maggiore y Peressini y el hermano Rota. Llegados a Lourenço Marques, la capital, reciben del cardenal, Dom Teodósio de Gouveia, el mandato de realizar el apostolado misionero en la zona central de Mozambique, la actual diócesis de Inhambane, que entonces formaba parte de la diócesis de Lourenço Marques. Un territorio de 53.910 km2, con 125.297 habitantes, repartidos en tres localidades en medio de las que ellos debían implantar misiones: Massinga, Vilanculos y Goruro (Mambone).

El P. Bottacin es destinado a Mambone donde, con el P. Peressini y bajo la guía del superior, el P. Tolosano, fundan la misión de “Nova Mambone”. Llegan allá la víspera de Pentecostés, después de un largo viaje de 900 km. en un camión, lo que duró varios días. «Al día siguiente, solemnidad de Pentecostés, celebramos por vez primera nuestra santa misa en la escuela-capilla más próxima a Mambone. No podía ser más apto este día de Pentecostés para iniciar nuestra misión apostólica entre aquellas gentes casi paganas... celebré con corazón emocionado pensando en el primer Pentecostés, cuando los apóstoles recibieron el Espíritu Santo que los transformó completamente, los hizo idóneos, fuertes e intrépidos para salir a la conquista de las almas. También nosotros sentimos este impulso y recibimos la abundancia de los dones del Espíritu Santo que nos invitaba a la conquista de este pueblo pagano».
 

A continuación, el P. Giuseppe habla de sus primeros fieles, que «recitaban tan bien que me quedé muy edificado. Constaté la bondad de alma y corazón de estos pobres negros deseosos de conocer y amar a Dios... El día 14 tuve la suerte de administrar mi primer bautismo en tierra de misión a un anciano de más de ochenta años en peligro de muerte. Dos días después falleció. ¡Qué gozo y qué consuelo en estos primeros días de África! También realicé el primer entierro cristiano acompañándole al cementerio» (Carta al P. Sandrone, vice-superior general, 19.06.1946).

Algún mes después, el 9.11.1946, escribe nuevamente al P. Sandrone y le habla de su provisiorio acomodamiento en barracas, a la espera de comenzar la construcción de la nueva misión. El trabajo apostólico, mientras tanto, procede a pleno ritmo: «Estoy contento porque hay mucho trabajo que me ocupa el día entero. El padre Tolosano sabe guiar muy bien las cosas y de él aprendemos día tras día la vida misionera con todos sus anexos y conexos. Desde hace algunas semanas hemos comenzado a realizar visitas a las aldeas indígenas, a reunir a la gente, a enseñar el catecismo en el lugar para que todos puedan venir a la escuela de la misión, ya que al principio temen acercarse a ella. Se encuentran muchas dificultades, pero estoy seguro de que no nos impedirán proseguir nuestro trabajo apostólico. La gracia del Señor está con nosotros y seguro que triunfaremos... Todos los días ruego al Señor para que nuestras incipientes misiones se desarrollen intensamente y todas las almas que nos encomienda la Divina Providencia encuentren la verdadera fe y entren en el rebaño de Cristo».

Un año después el P. Giuseppe es superior de la misión. En el mes de diciembre de 1947 escribe al P. Sandrone sobre las actividades que realiza, la catequesis en las aldeas, las primeras comuniones, las solemnes celebraciones, los grandes trabajos como preparación a la construcción de la misión, manifestando optimismo, entusiasmo misionero y grandes deseos de hacer cosas.

Pero junto a las rosas aparecen las espinas. Algunos meses después, la noche entre el 21 y el 22 de marzo de 1948, un terrible huracán, que dura diez horas, siembra la destrucción y la muerte en toda la región: «Si todavía estamos vivos, debemos dar gracias a la infinita bondad de Dios. Nuestra residencia, pequeña y provisional, ha resistido hasta el final la furia de un viento recio que arrancó los árboles más fuertes de la selva, se llevó los tejados de las casas de Mambone y destruyó todas las cabañas de los negros. Hubo mucha víctimas. De nuestra casita solamente se derrumbó una cristalera. También inundó de agua que afectó a la ropa y los libros. ¡Pobres de nosotros! ¡Qué desastre! Las cabañas que se acababan de construir se han venido abajo: la capilla, la escuela, la oficina, el almacén, el garaje, la cocina, la casa de los profesores, de los obreros..., todo convertido en un montón de escombros y todo perdido. No le digo lo que hemos pasado estos días después de semejante desastre. A pesar de ello, no nos hemos desanimado y el Señor nos ha dado la fuerza para soportarlo todo con santa resignación. Nos hemos puesto en seguida manos a la obra sin pérdida de tiempo y hemos recomenzado la construcción. La Providencia no dejará de enviarnos los medios suficientes para poder continuar nuestra misión apostólica en medio de estos pobres indígenas que han sufrido y siguen sufriendo una gran prueba» (Carta al P. Sandrone, 09.06.1948).
En 1951 vuelve a Italia por motivos de salud y hasta 1966 desempeña el servicio de confesor en las casas de Rosignano Monferrato y Alpignano. Seguidamente es destinado a Portugal, donde trabaja como padre espiritual y confesor en Vila Nova de Poiares y luego en Fátima.

Muere en Fátima, como él deseaba, el 15 de enero de 2006. Su ida a la Casa del Padre fue serena. Después de comer, cuando se preparaba para el descanso, sintió malestar y dificultades en la respiración. A pesar de la inmediata asistencia del superior, no pudo superar la crisis y, volviendo los ojos hacia el cielo, falleció.

Figura simpática, de pelo y barba blancos, sonriente y acogedora, el P. Bottacin irradiaba bondad y paz. Sus características principales eran la acogida, la oración y el don de la consolación. Acogía y escuchaba a todos los que se le acercaban y le confiaban sus sufrimientos, a quienes animaba con su bendición y ofrecía el don de sus consejos. Conocido afectuosamente como “santo”, el P. “Giuseppino” tenía siempre una palabra de consuelo y de estímulo para todos. Todos salían del coloquio con él con una sonrisa en los labios.

Había cumplido 91 años el 9 de diciembre pasado. Como cuenta el P. Manuel Carreira, «aquel día había sido una gran fiesta, con muchos mensajes y llamadas telefónicas de felicitación. Y el P. Giuseppe, en su silla de rudas, sonreía, bendecía, agradecía. Recitó el rosario una y otra vez a lo largo del día. Un avemaría tras otra por aquél o aquélla. Yo y otros hacíamos de carteros: “Escucha, fulano o mengano te han telefoneado. Recita un avemaría más”. “Sí, sí, lo haré, lo haré”. Parecía el Padre Fundador cuando prometía: “Desde el cielo lo haré, lo haré...”».

El cuerpo del P. Bottacin fue acompañado en la capilla de nuestra casa de Fátima. Numerosos amigos y conocidos rindieron homenaje a sus restos mortales de este misionero tan conocido y buscado.

El funeral tuvo lugar el martes 17 de enero, a las 11.00 horas. Presidió el funeral Dom Serafim Ferreira e Silva, obispo de Leiria-Fátima, quien recordó el ministerio de la consolación que el P. Bottacin ejercitó a lo largo de su vida. Concelebraban con él Dom João Alves y Dom Augusto César, obispos eméritos de las diócesis de Coimbra y Portalegre-Castelo Branco, respectivamente y más de 70 sacerdotes. Ahora el P. Bottacin descansa en el cementerio de Fátima.

P. Elísio Assunção
Redacción del Da Casa Madre


TESTIMONIOS

Conclusión de una larga jornada

El P. Giuseppe Bottacin se fue para siempre el 15 de enero. Si nos fijamos en la edad, podemos decir que estaba maduro para su encuentro definitivo con el Padre. Efectivamente, tenía 91 años. Pero si nos fijamos en las cosas desde el punto de vista humano, o aún mejor sentimental, lloramos la pérdida de este gran misionero al que estábamos acostumbrados a ver siempre junto a nosotros.

Llegó a Portugal en 1966. Durante varios decenios que vivió aquí, y dado el afecto que demostró siempre con la gente de Portugal, se puede decir que este país fue su segunda patria. Trabajó durante varios años en el seminario de la Consolata en Vila Nova de Poiares como profesor y director espiritual de los alumnos; hizo grandes amistades con los párrocos de aquella zona de la diócesis de Coimbra, extendiendo también su acción pastoral hasta algunas parroquias de la diócesis de Guarda, al norte de la Serra da Estrela. Iba en moto y se convirtió en una figura peculiar bien identificada por su pelo blanco y su barba típicamente misionera.

A Fátima

Luego fue trasladado a Fátima con el mismo cometido que había tenido en Poiares: profesor y director espiritual de los seminaristas. Tampoco aquí su actividad se limitaba a su actividad en el seminario. Iba a las parroquias y las capillas de los alrededores y realizaba todo tipo de animación misionera y ofrecía su ayuda a los párrocos en beneficio de los fieles en Fátima, Santa Catarina da Serra, Atouguia, Ourém y otras. Lo mismo hizo en las capellanías de Chainça, Boleiros y el Santuario di Ortiga, donde ayudó a lo largo de quince años.

Ortiga, con su antiguo santuario, fue algo así como la pupila de sus ojos. Solamente cuando ya no pudo atenderlo pidió a un colega que le sustituyera. Es recordado y venerado todavía hoy por todos los que frecuentan ese santuario y se han beneficiado de su eficaz acción pastoral. El P. Giuseppe brindó también su ayuda durante varios años como confesor en el santuario de Fátima.

Carisma de la consolación

Durante toda su existencia vivió intensamente el carisma de la consolación, que era parte de la enseñanza del beato Giuseppe Allamano. Alrededor de él se formó una vastísima red de personas necesitadas de apoyo espiritual, humano y psicológico. Y es aquí donde reveló su don especial de la consolación. Quizá fueran miles de personas las que, directa o indirectamente, recibieron la ayuda de la acción pastoral del P. Giuseppe. Y fue esto lo que le convirtió en uno de los Misioneros de la Consolata más conocidos en ese país. Y no en vano recurrían a sus bendiciones, a sus oraciones e incluso a sus exorcismos: las personas salían de su encuentro con él con una cara diferente, con otra sonrisa, con una nueva esperanza y una nueva fuerza para empezar nuevamente la vida.

Ahora todo ha terminado. El P. Giuseppe Bottacin ha muerto. Su ayuda se encuentra ahora en otro nivel. Estamos seguros de que intercederá por nosotros ante Dios.

Confesor y director espiritual

Mientras pudo, el P. Giuseppe no dejaba nunca de estar presente en los retiros del clero que la diócesis de Leiria-Fátima realizaba el primer lunes de cada mes. Era un punto de referencia para muchos sacerdotes que todavía hoy le recuerdan con afecto y gratitud. Pero no solamente iba a los retiros del clero. Durante muchos años forma parte del grupo de los confesores habituales del Santuario de Fátima. Fue confesor oficial de varias comunidades religiosas de Fátima y alrededores. Siguiendo las enseñanza del beato Allamano, que recomendaba a sus misioneros que fueran santos, pero con una santidad que "no pesara y no posara", esta era realmente la santidad del P. Giuseppe: no pesaba, es decir, no se imponía, no tenía aspectos rígidos, no era inhumana; además no tenía características de "pose", como si esperara estar esperando una fotografía. Nada de eso; su santidad era totalmente natural. Un don que había recibido de Dios y que él aprovechaba para hacer el bien.

Hombre de su tiempo

Estaba siempre al día sobre las cosas que se decían sobre la Iglesia, el Instituto, la vida religiosa y la liturgia, pero también sobre la vida social, la política y el deporte. Era un aficionado del Sporting, una especie de pequeño vicio que le había contagiado un gran amigo suyo residente en Seia. Ese amigo le había prometido la parte de un queso de la Serra todas las veces que su equipo ganara. Lo que había detrás de todo era una gran amistad.

Los últimos meses

El P. Giuseppe había perdido la capacidad motora de las piernas desde hacía varios meses y con mucho sacrificio conseguía sentarse en una silla de ruedas y depender de alguien que le llevara a la capilla, al comedor, etc. A pesar de ello, no dejaba traslucir ninguna contrariedad. Estaba siempre sonriente y lo aceptaba todo como si se tratara de un don de la Providencia. Pero su estado de salud se fue deteriorando poco a poco y veíamos preocupados que todo declinaba en él. El día que cumplía 91 años estuvieron a su lado las personas más queridas con regalos y mensajes..., pero no tenía ya la alegría de tiempos pasados. Su debilidad aumentó hasta que llegó el final.

P. Manuel Carreira


Tenía una gran sonrisa

En los últimos meses de vida del P. Giuseppe me pidieron que le ayudara en sus necesidades, algo que hice con sumo gusto. Me sirvió para mi progreso espiritual. No hablábamos mucho porque él parecía siempre ocupado. Concluido el rezo de un rosario, comenzaba otro. Todas las tardes, después del descanso, aprovechaba para hacer mi peregrinación hasta el Santuario de María, junto a la capillita de las apariciones. Antes de salir le preguntaba: «Padre Giuseppe, ¿tiene algo que pedir a la Señora de la capillita?». Ni siquiera cuando estaba más enfermo dejaba de adornar su rostro con una gran sonrisa, y me decía mirándome a los ojos: «Dile que estoy tratando de hacer lo mejor posible la voluntad de Dios... Dale mis saludos». Yo decía sencillamente un avemaría por él. Cuando volvía de la capillita le decía que había hecho lo que me había pedido, a lo que él respondía con una nueva sonrisa que iluminaba su rostro y daba las gracias.

P. António Gaspar

Misionero auténtico

El P. Giuseppe fue un verdadero hombre de Dios y un auténtico Misionero de la Consolata. Hizo de la consolación el alma de su apostolado, acogiendo a todos los que se acercaban a él con una sonrisa dulce y delicada, con palabras de esperanza, de fe y de abandono en la voluntad de Dios. Del P. Giuseppe se puede decir lo que los Hechos de los Apóstoles dicen de Bernabé: «hombre bueno, lleno de espíritu y de fe». Su presencia infundía serenidad, confianza y paz, su sonrisa consolaba. Fue un auténtico “Cireneo” que ayudó a todos los que trataban de llevar su cruz con fe y esperanza, confiando en el amor del Señor y en la protección de la Virgen María. Sacerdote y misionero, vivió su vocación con generosidad y alegría e hizo de la Eucaristía el centro de su vida sacerdotal. Celebraba con gran devoción y amor, pasaba horas y horas en adoración delante del Santísimo Sacramento. La Palabra de Dios, la Eucaristía y la devoción a la Virgen María fueron los pilares de su vida espiritual.

A quienes se interesaban por su salud solía responderles: «¡La voluntad de Dios! ¡Que se haga la voluntad del Señor! Lo que Dios quiera es lo mejor para mí». La conformidad con la voluntad de Dios le caracterizó no solamente en los últimos años de su vida, sino a lo largo de toda su existencia, que desde la infancia ofreció al Señor. Su vida fue un don para la Iglesia, para el Instituto, para todos los que vivieron con él y para todos los que le buscaron. Hemos perdido a un gran amigo en la tierra, pero estoy seguro de que hemos adquirido en el cielo a un gran intercesor. Personalmente le estoy muy agradecido por el bien recibido de él, por su testimonio y por su amistad. Gracias, Jesús, por el don del P. Giuseppe.

P. Severo Rossi

Punto de referencia

Con su sencillez, gran bondad, profunda fe y gran amor a la Iglesia el P. Giuseppe era un testimonio viviente de cómo ser discípulo de Jesucristo. Era un punto de referencia para muchos cristianos que en él encontraban fuerza y estímulo para no desanimarse en medio de sus problemas. Le recuerdo con mucha nostalgia.

João Alves,
obispo emérito de Coimbra


Anciano de mansedumbre simpática

Quien, como yo, ha vivido con el P. Giuseppe, se ha acostumbrado a considerarle como un anciano venerable de una mansedumbre simpática. Nunca dudaba de las personas, e incluso parecía ingenuo. Le gustaba hacer fotografías a los seminaristas. Se podía bromear con él lo que se quisiera, que nunca manifestaba contrariedad. Recuerdo que cuando era formador en el seminario de Abrantes, ni los seminaristas más rebeldes tuvieron dificultades para aceptarle como confesor y director espiritual. Para él todo iba bien. Y si no iba bien, oraba para que las cosas fueran por el buen camino. Más tarde oí decir que en Fátima imponía las manos. Se ganó fama de santo.
 

Cuando volví de Brasil y vine a Fátima, sufría ya problemas de salud. Estuve junto a él hasta el final. Y hasta el final dio pruebas de que lo que decía la gente sobre él no era solamente cosa de fama. Fue paciente hasta el límite en sus dolores. Estaba siempre lleno de esperanza. Confiaba totalmente en la Virgen María. Disfrutaba de una memoria envidiable, era muy organizado, estaba bien informado sobre los acontecimientos eclesiales e incluso sobre el fútbol nacional, especialmente cuando jugaba el Sporting. Tenía muchos amigos.

En los deberes religiosos era un modelo de mucha oración y hasta en los últimos días recitaba tantos rosarios que llegué a decirle que “rezar mucho cansa”. No lo negó, pero tampoco dejó de hacerlo hasta el último día de su vida. Sé que agradecía mi trabajo junto a él, pero nunca me compró con elogios ni me manifestó disgusto cuando cometía errores. Si me corregía, era para colaborar. Era muy reservado, con un actitud llena de dignidad.

P. Mário Silva

Mostraba al mundo el rostro de Dios

Probablemente lo que más hacía sufrir al P. Giuseppe, en los últimos años de su vida, fuera la imposibilidad de administrar activamente al pueblo Dios aquello para lo que había sido ordenado sacerdote y consagrado misionero: la renovación del sacrificio de la salvación en la santa misa, los sacramentos, la palabra del Evangelio y las bendiciones del Señor. No podía ya imitar físicamente lo que Cristo hizo durante su vida pública. Ahora le tocaba vivir clavado en la cruz del Calvario, donde los movimientos humanos son tan limitados y los divinos tan salvíficos.

En 1946 el P. Giuseppe estuvo en Fátima durante algunos meses para aprender el portugués y seguidamente partió rumbo a Mozambique. Más tarde le vimos muchas veces afanarse con gente que tanto necesitaba encontrar la paz de Dios. Adoraba este aspecto de su vida: dar la palabra que anima, hacer aparecer la sonrisa en el rostro de todos. Pero en los últimos tiempos de su vida terrena la soledad había suplantado a su actividad sacerdotal y misionera, lo que le hacía sufrir mucho. Por otra parte, vivir de recuerdos no es el pan cotidiano del misionero y del sacerdote. Esclavo de una gran limitación de movimientos, en los últimos tiempos el apostolado del P. Giuseppe se reducía a interceder por todos ante Dios compasivo y misericordioso. También su alegría se redujo considerablemente. «Cuando seas viejo - decía Cristo a Pedro -, otros te llevarán donde tú no quieras». En su silla de ruedas, medio plegado sobre sí mismo, llevado por manos afectuosas, era conducido a la capilla, al refectorio, a su habitación: eran siempre los demás lo que realizaban con afecto lo que su orgullo personal hubiera deseado hacer personalmente. El P. Giuseppe había visto y ayudado a muchas personas víctimas del dolor. En su vida había compartido con muchos hijos e hijas de Dios su fe y su amor a través del ministerio de la consolación. Para él ahora el dolor y la soledad, aliadas con su oración y adoración silenciosa, se habían convertido en capacidad para compartir la pasión de Cristo. ¡Cuántas personas recibieron del P. Giuseppe la bendición de Dios! Era la orden transmitida por Dios a Moisés y a Aarón. Para el P. Giuseppe, dar la alegría de Dios a los otros sin darles al Dios de la alegría no tenía sentido. Los tiempos de su vida fueron sacerdotales y religiosos, corona que recibió del Señor, de la Virgen Consolata y del Fundador, el beato José Allamano. Y por eso se nos fue tranquilamente, sin discursos ni fuegos de artificio, y como siervo bueno y fiel entró para siempre en el cielo para ser abrazado por su Señor.

P. Aventino Oliveira
Ultima modificación ( 16.05.2007 )