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| 17.05.2007 | |
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"LA VIDA ES AMOR"
Una reflexión sobre Santa Teresa de Lisieux con motivo del Bienio de la santidad “Mi vida es un relámpago, una hora pasajera, un momento fugaz.
Dios mío, tú sabes que para amarte en la tierra solamente tengo este instante.” (Santa Teresa del Niño Jesús) “Así que debemos hacernos santos y comenzar ya, iniciar nuestra santificación. Dar el primer paso resueltamente. Hoy, no mañana. Aquí, en esta casa” (J. Allamano - “Così vi voglio”, p. 46) Introducción Queridos Misioneros: Con este escrito no queremos multiplicar las ya numerosas publicaciones sobre la Santa Patrona de las Misiones ni tener la pretensión de decir o añadir algo nuevo a las numerosas reflexiones hechas y compartidas a lo largo de los años en la Iglesia sobre esta santa tan simpática y ejemplar. Solamente deseamos contribuir a la reflexión del Bienio sobre nuestro camino de santidad, presentando un testimonio que todavía tiene mucho que decir a nuestras comunidades y a cada uno de los misioneros de la Consolata. La “pequeña Teresa”, la santa de la infancia espiritual, nos ayuda a redescubrir numerosos aspectos de nuestra vida que pueden parecer banales pero que, leídos a la luz de Dios, son un signo de su amor y de su presencia maravillosa en nuestra cotidianidad. Nos recuerda continuamente el valor de ser santos, del bien hecho bien, del don de la propia vida. Revela la importancia de aceptarse como Dios nos ha hecho, de sonreír ante las maravillas de la vida y ante las propias debilidades, de darse a los demás como expresión de la total entrega a Dios. Evidencia la necesidad de dejar que actúe en nosotros la presencia constante del Espíritu contra la tendencia moderna a un superactivismo que al final resulta frustrante e ineficaz. Leyendo la “Historia de un alma” uno se queda perplejo ante su imaginación casi infantil y su prosa sin alardes literarios, y muchas veces se podría tener la sensación de que no hay nada nuevo ni importante en esta santa tan “pequeña”. Por otra parte, es evidente que ha despertado siempre la atracción de mucha gente y ha sido amada justamente por su encanto, no querido o creado artificiosamente, sino con sencillez, ascesis, desprendimiento de sí misma. Nuestro deseo, al acercarnos a este testimonio, consiste en aprender el camino del Evangelio, en ser más solícitos en el camino de la santidad, fuente de gozo para nosotros y esperanza para los demás. “Para caminar debemos ser humildes, pobres de espíritu y sencillos” (Teresa del Niño Jesús). Algunos detalles de su vida Teresa Martin vivió veinticuatro años, del 2 de enero de 1873 al 30 de noviembre de 1897: quince años con su desahogada familia burguesa, cuatro años y medio de ellos en Alençon. Muerta su madre, vive en Lisieux en casa de los Buissonnets. Los últimos nueve años de su vida transcurren en el Carmelo di Lisieux, donde alcanza la cima de la santidad. Veintiocho años después de su muerte, el Papa Pío XI la proclama en 1925 patrona universal de las misiones. Todo es contraste en la vida de Teresa. Su lenguaje, pobre; su pensamiento, genial. Su vida, aparentemente sin dramas, es una tragedia de la fe. Su existencia transcurrió entre las cuatro paredes de un Carmelo, pero su mensaje es universal. Teresa escribió mucho. Dejó dos manuscritos, uno de 1895, redactado a petición de su hermana Paulina, que la había precedido en el Carmelo, donde se llama Madre Inés, y otro de 1897, año en que Teresa, enferma, escribe obedeciendo a su priora, la madre Gonzaga. Sorprende el gran número de cartas escritas a su familia y a los dos “hermanos” misioneros, además de las tarjetas enviadas a sus hermanas del Carmelo. Compuso numerosas poesías. Teresa, por lo demás, sufrió mucho. El sufrimiento marcó su alma. En 1877, cuando tenía cuatro años y medio, perdió a su mamá. En octubre de 1882, la que había elegido como segunda madre, Paulina, ingresaba en el Carmelo de Lisieux. En 1883 contrae una extraña enfermedad de la que se cura milagrosamente por intervención de la Virgen María. En 1886, su hermana mayor, María, ingresa también en el Carmelo, cuyos umbrales cruzará el ella misma el 9 de abril de 1888. Los sufrimentos la acosan un día tras otro. En junio de 1888, su padre desaparece durante cuatro días y luego cae en un estado de depresión psíquica que le acompañará hasta la muerte, en julio de 1894. En 1896, durante el mes de abril, se le descubre la primera hemotisis. Un año de sufrimiento y, a partir de mayo de 1897, la larga y terrible agonía como consecuencia de la tuberculosis. Este terrible itinerario de la pequeña es ya suficientemente significativo, pero a él deben añadirse los tormentos interiores y otras congojas. Esta joven religiosa descendió a unos abismos vertiginosos que tienen connotaciones de desesperación, la que puede sentir en nuestros días alguien que tenga que vivir ciertas durísimas situaciones que no consigue aceptar. Tuvo las experiencias de la tentación, la duda, la angustia: “Sueñas con la luz, con un lugar de los más suaves perfumes; sueñas con la posesión eterna del Creador de todas estas maravillas; crees que un día te verás libre de las brumas que lo circundan. ¡Adelante! ¡Adelante! Goza con la muerte, que no ha de darte nada de cuanto esperas, sino una noche más profunda, la noche de la nada” (Escritos). A pesar de todo, nunca pierde la fe y reacciona con valentía: “Corro hacia mi amado Jesús, le digo que estoy lista para derramar hasta la última gota de mi sangre para testimoniar que existe un Cielo” (Escritos). Teresa enseña a “creer en el Amor” y a vivirlo en nuestra existencia cotidiana. Enseña a resolver los problemas de hoy a la luz de la fe, de la confianza en el Padre, del amor. Cuanto más uno la lee, más se convence de que su santidad consiste en amar a Dios día tras día, en lo cotidiano de una existencia callada. Teresa fue fiel en las cosas pequeñas como el siervo bueno alabado por Jesús. Es profundamente moderna y actual porque ayuda al espíritu y al corazón a amalgamar las cosas de la tierra con las del cielo y a infundir el sentido de Dios y de su amor en los comportamientos concretos de la vida cotidiana. Teresa es para nosotros un estímulo añadido para amar y vivir la vocación misionera con intensidad y amor, y los es porque, desde el encierro de su Carmelo, se proyectaba hasta los confines del mundo: “Quisiera ser misionera no solamente durante algún año; quisiera haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta el final de los siglos. Y quisiera especialmente, mi amado Señor, derramar mi sangre por ti, hasta la última gota...” (Escritos). 1. “El camino de la infancia espiritual” Con este tema se llega al secreto más íntimo de la personalidad y de la vida de Santa Teresa del Niño Jesús. Vivió el camino de la infancia, que convirtió en su característica, en su misión. El 17 de julio de 1897 confesaba a la madre Inés: “Mi misión es hacer amar al Señor como yo le amo y dar a las almas mi pequeña vida” (Escritos). Pero ¿en qué consiste exactamente este “pequeño camino”? Con frecuencia ha sido mal interpretado y juzgado con rigor. El “pequeño camino” de Teresa es el ofrecimiento de lo que vive, de su modo de ser y de hacer según el Evangelio. Teresa no quiere ser otra cosa que el intermediario, el instrumento de Jesús. Pequeñez y humildad atraen al Señor y le permiten a ella realizar su cometido, que es el del mismo Señor, de quien ella es solamente una colaboradora. “Comprendí que me resultaba imposible hacer algo con mis solas fuerzas... Sentí que lo único necesario era unirme para siempre más íntimamente al Señor, y que el resto se me daría por añadidura. Y mi esperanza nunca se sintió frustrada (Escritos). En Teresa persiste un pensamiento: el de encontrar un camino de acceso más rápido, más directo, para amar, para ser amada por Dios. Ese camino es el abandono, el reconocimiento de la propia pequeñez, la percepción del amor materno de Dios: “Jesús no me pide acciones grandes, me pide únicamente el amor y el agradecimiento” (Escritos). Teresa descubrió la relación filial con Dios, la paternidad de Dios es su seguridad. Intuyó el amor materno de Dios, un amor convertido en ternura con los pequeños y los sencillos. “Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en mis brazos y os acariciaré en mis rodillas” (Is. 66,12-13). Teresa se sumerge en Dios, en la fe en Él, y esta intimidad con el Señor la conduce, la dirige, la inspira. Demuestra que para ser santos no es necesario tratar de adquirir una tras otra todas las virtudes: “Conseguir ser más grande me resulta imposible, debo soportarme tal como soy con todas mis imperfecciones” (Escritos). Es necesario reconocer especialmente la obra permanente de Dios; es Él quien realiza la santidad de sus hijos. La experiencia de Teresa recuerda meridianamente al apóstol el primado de la interioridad, de la intimidad con Dios, que va más allá de los sacrificios, oraciones, mortificaciones de otros tiempos, incluido el de Teresa. La gente espera en primer lugar de nosotros el testimonio del evangelio vivido, que revele el rostro de Dios. Para hablar de Dios es preciso comenzar a hablar con Él y especialmente a escucharle. El apostolado es la cooperación con Dios en Jesucristo. 2. El espíritu misionero Para comprender el espíritu misionero de Teresa debemos situarla en su periodo histórico. Podemos decir también que, iluminada por el Espíritu Santo, anticipa las grandes intuiciones del Concilio Vaticano II, y por eso sigue siendo un gran testimonio de la Iglesia misionera. A comienzos del siglo XIX no había en el mundo más de quinientos misioneros. En 1870 eran dieciocho mil y los religiosos aún más. El siglo XIX fue una de las épocas más misioneras, patrocinadas por Papas como Gregorio XVI y Pío IX, apoyadas por la opinión pública, aunque se llevaran a cabo al mismo tiempo que la colonización, con sus aspectos negativos. Se multiplicaron las congregaciones misioneras de hombres y mujeres que partían rumbo a países lejanos para edificar allí la Iglesia. Limitándonos a Francia, se pueden citar los Padres del Espíritu Santo, el Instituto Misiones Extranjeras de París, los Padres Blancos, los Padres del Sagrado Corazón, los Oblatos de María Inmaculada y algunos otros. Teresa tiene un alma misionera, cargada de grandes deseos. “El amor encierra todas las vocaciones” (Escritos), comprendida la de los apóstoles que predican el Evangelio, la de los mártires que derraman su sangre. Teresa tiene una visión correcta sobre el “pagano”: “Dios creó al niño, que nada sabe... Creó al salvaje, que solamente posee, en su carencia extrema, la ley natural para regularse. ¡Y Dios se rebaja hasta ellos! Más aún, son estas flores salvajes las que más le atraen por ser tan sencillas...” (Escritos). El decreto del Vaticano II sobre la actividad misionera dice en el n. 40: “Los Institutos de vida contemplativa tienen importancia máxima en la conversión de las almas con sus oraciones, obras de penitencia y tribulaciones, porque es Dios quien, por la oración, envía obreros a su mies, abre las almas de los no cristianos para escuchar el Evangelio y fecunda la palabra de salvación en sus corazones” (Ad Gentes n. 40). Es probable que quienes prepararon este texto pensaran en los innumerables Institutos contemplativos en tierras de misión, y muy especialmente en el Carmelo y en Santa Teresita del Niño Jesús. Ella es quien nos da el sentido exacto de la misión. Ciertamente oyó hablar de las misiones, comenzando por su familia. Cuando tenía catorce años, durante el viaje que hizo a Roma con su familia, leyó los Annales Missionnaires. Su hermana Celina escribe: “A los catorce años, después de leer algunas páginas de los Annales de misioneras religiosas, interrumpió la lectura y me dijo: “No quiero leer más; siento ya un deseo tan violento de ser misionera...” (Consejos y Recuerdos). Siente en lo profundo de su ser un gran deseo de ser misionera: “...Quisiera ser misionera no solamente algún año; quisiera haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta el final de los siglos. Pero quisiera especialmente, mi amado Salvador, derramar mi sangre por ti, hasta la última gota...” (Escritos). Todo esto no era para ella un juego literario o un sueño de evasión, sino una realidad profundamente arraigada en su vida. La tradición cristiana ha relacionado siempre la vocación contemplativa con el apostolado a través de la oración por los predicadores del Evangelio y mediante la fundación de monasterios en “tierras de misión”. El Carmelo de Lisieux estaba en relación con el Carmelo de Saigón, fundado por aquél en 1861. La Providencia permitió que Teresa se convirtiera en hermana espiritual de dos misioneros. La madre Inés, su priora, viendo la incomparable calidad del alma de su hermana más pequeña, en octubre de 1895 le confiaba al seminarista Bellière, futuro padre Blanco; más tarde, cuando Teresa era ya víctima de la enfermedad que causaría su muerte, la madre María Gonzaga, el 30 de mayo de 1896, le asignó como segundo hermano espiritual al padre Rouland, de las Misiones Extranjeras. Con estos dos misioneros mantendría un intercambio de cartas más bien exiguo, pero de mucho valor para nosotros porque nos permite conocer su alma misionera. Disponemos de dieciséis cartas, cinco de ellas escritas en los tres meses anteriores a su muerte; puede decirse que en los últimos meses de su breve vida se sintió asaltada por el ansia de la misión, como si deseara apresurarse a entregar su mensaje. Para la Santa, la misión es “trabajar por la salvación de las almas”, expresión ya superada pero que para ella expresa lo que nosotros pensamos hoy y coincide exactamente con lo que pensaba nuestro Fundador. En ello se concentra el gran valor del sufrimiento para realizar la misión y la unión con Cristo. El secreto de todo apostolado es para Teresa amar a Jesús. Lo que suscita en ella el amor a las almas que hay que salvar, sus oraciones, y sus penitencias es el amor a Jesús. Por obediencia a su primera enfermera y con un gran esfuerzo, Teresa paseaba por el jardín: “Camino por un misionero”, decía. Ahí están los horizontes del alma misionera de Teresa. El amor inspira su penitencia y su oración. El amor la une profundamente a los misioneros, más tangiblemente a sus dos hermanos. El amor sin ocaso le da la esperanza de la misión en el cielo. El mérito de Teresa es haber sabido entender y vivir lo esencial. Escribe a su “hermanito misionero”: “Mi única arma es el amor y el sufrimiento, mientras que tu espada es la palabra y las fatigas apostólicas” (Escritos). Conclusión Al acercarnos, sin excesivas pretensiones, a este testimonio siempre actual y vivo en la Iglesia, son muchas las preguntas que acariciamos interiormente y que quisiéramos saber confrontar entre nosotros para aquilatar nuestra vida misionera con la santidad. • ¿Qué puede encontrar un misionero de la Consolata en la enseñanza “totalmente espiritual” de Santa Teresa del Niño Jesús?
• ¿Qué relación puede haber entre la santa de Lisieux, alejada del mundo, y la urgencia de los acontecimientos de nuestro tiempo que exigen nuestra respuesta y nuestro compromiso? • ¿Qué podemos aprender de una santa que ha “evitado el mundo”, cuando nuestra vocación nos invita a no huir de la vida de la gente y a estar abiertos al mundo y acogerlo? Teresa nos exhorta a creer en el amor y a vivirlo en la vida de cada día. Enseña a resolver los problemas a la luz del Evangelio con fe y mucho amor. Nos espolea a vivir solícitamente lo cotidiano con espíritu universal, con el mundo en el corazón. Teresa, con una pasión continua que abarca las dimensiones del universo, transfiere este amor a lo cotidiano, por medio de todo lo humano, en los acontecimientos de la existencia. Finalmente, en nuestras tentaciones, crisis, desesperación y decaimientos, nos infunde un deseo de absoluto, de una fe incondicional en Dios. En la misma página donde describe sus tinieblas interiores leemos: “Yo creo que he realizado más actos de fe en este último año que en toda mi vida” (Escritos). Por eso su mensaje es siempre actual y la convierte en testimonio cercano a cada uno de nosotros en nuestra tarea actual y cotidiana, convencidos de que la vida es amor. P. Aquiléo Fiorentini, IMC
P. Stefano Camerlengo, IMC P. Francisco López, IMC P. Antonio Fernandes, IMC P. Matthew Ouma, IMC Para la profundización
1) “Finalmente he encontrado mi vocación, ¡mi vocación es el amor!... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... así seré todo” (“Historia de un alma”). Edith Stein, otra santa carmelita, escribe a una amiga que le confiesa que no le agrada la espiritualidad de Teresa: “Me sorprende lo que me escribes de la pequeña Teresa. Hasta ahora ni se me había ocurrido pensar que se la pudiera leer en esa clave. La única impresión que he sentido es que me encontraba ante una vida humana única y totalmente impregnada, hasta lo más profundo, del amor de Dios. No conozco nada más grande y quisiera, en la medida de lo posible, trasladar algo de esto a mi vida y a la vida de los que me rodean”. 2) Preguntas para la reflexión (personal y de grupo) • ¿De qué modo pueden ser elementos e instrumentos importantes para un discernimiento evangélico la Palabra de Dios, las experiencias personales y comunitarias, nuestro encuentro con Cristo, los desafíos que nos plantea la realidad de cada día? ¿Cómo pueden ayudarnos a leer-interpretar la “historia de Dios” en nosotros y para nosotros?
• Es fundamental para nuestra vocación misionera anunciar a Jesús con el testimonio de la vida, con los gestos, con las acciones. Nos preguntamos: ¿Qué cambios son necesarios en nuestro sistema religioso, institucional, comunitario y personal para hacer más evangélica nuestra vida? • Las cosas nuevas que están naciendo aparecen y se afirman donde se cultiva una buena espiritualidad. Se trata en el fondo de cuidar la fe y la oración. ¿Cómo? ¿Qué hacer para que nuestra vida de consagrados para la misión sea un laboratorio de espiritualidad, un espacio para cultivar el espíritu y captar la dimensión espiritual presente en cada cosa y cada? • ¿Cuáles son en nuestra vida los principales obstáculos para realizar la voluntad de Dios? ¿Estoy dispuesto a poner orden en mi vida para vivirla como un don de amor? 3) Textos bíblicos: Is. 66, 13-12 / 1 Cor.1, 26-29 / Lc. 5, 5-11 / Jn. 15, 14-16 / Lc. 14, 25-35 / Rom. 11 |
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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