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| “Enséñanos a contar nuestros días para que adquiramos un corazón sabio” |
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| Escrito por P. Stefano Camerlengo, IMC | |
| 17.05.2007 | |
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“ENSÉÑANOS A CONTAR NUESTROS DÍAS
PARA QUE ADQUIRAMOS UN CORAZÓN SABIO” Sal. 90,12 «Se reunieron de nuevo los apóstoles con Jesús y le contaron lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid conmigo a un lugar retirado y tranquilo y descansad un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca a un lugar tranquilo ellos solos» (Mc 6, 30-32). Todos conocemos este episodio evangélico. La escena nos resulta familiar. Jesús nos invita a ralentizar nuestro ritmo de trabajo. ¿Por qué no hacernos también hoy esta pregunta y tomarnos un tiempo para poder decidir cómo y cuándo seguir este consejo? Tenemos unas costumbres, una forma de integrar en la vida períodos de descanso y de recreo. Hemos adoptado un ritmo de oración cotidiana, los retiros y los ejercicios anuales; disfrutamos de periodos de vacaciones regulares, leemos libros y vemos películas, practicamos algún deporte y sabemos sacar tiempo para un paseo y otras distracciones. Todas estas actividades contribuyen a una vida misionera equilibrada. Pero también es posible que opongamos algunas resistencias a una renovación interior, a un examen profundo de nuestra vida, a un periodo sabático serio. Esta iniciativa no es un lujo. Más bien, quienes no han sentido nunca la necesidad de “retirarse para descansar un poco”, deberían preguntarse si no tendrán algún problema. El X Capítulo General dijo: “La DG, en su plan de trabajo, y las Circunscripciones en sus Conferencias, promuevan una firme acción de renovación de todos los misioneros a través de la formación permanente, que no se limite a una mera actualización sino que motive a las personas por medio de la profundización y la asimilación del carisma, del espíritu del Fundador, de los ideales de la consagración, de la comunión y de la misión” ( XCG, p.47) Y el siguiente XI Capítulo General confirmó: “Ya que el primer bien del Instituto son las personas (Cf. Const. 30), un deber irrenunciable es la atención a cada misionero y a su renovación, para mejorar la calidad de vida física, psíquica, afectiva y espiritual. Este deber se actúa a través de un programa integral, que abraza el ser, el comprender y el actuar de las personas. El desarrollo del Instituto depende de la renovación de cada misionero y de la calidad de las comunidades. Por esto se debe prestar atención prioritaria a la formulación del proyecto personal de vida y al comunitario” (n. 92, p. 74). INTRODUCCIÓN 1. Generalmente, todos sentimos la necesidad de formación permanente, y especialmente de un periodo sabático para revisar la propia vida. Pero también es verdad que estas necesidades tan sentidas son en la misma medida abandonadas apenas se presentan las primeras dificultades para realizarlas. Bien por falta de paciencia del misionero individual, bien por las carencias objetivas del Instituto. 2. Es importante reconocer que todos los Institutos han sentido después del Concilio la necesidad de promover iniciativas de formación permanente llamadas comúnmente “año de aggiornamento” o similares. Frecuentemente, a la buena voluntad no han correspondido las condiciones para realizar de manera concreta y eficaz un programa preciso. 3. A lo largo de la vida todos pasamos por algún momento de dificultad que interrumpe o paraliza la marcha normal de la vida. Acontece tal vez que un destino nuevo, quizá no deseado o no aceptado, una enfermedad, la muerte de alguna persona querida, un acontecimiento inesperado que nos impresiona o pone en crisis nuestra vida, una amistad, provoquen un momento de debilidad y reclamen una conversión. El curso de la vida sufre un cambio brusco o una paralización que dificulta la reanudación de la marcha u obliga a revisarlo todo 4. Es este un momento en que la Providencia de Dios nos llama a comprender que debemos dar un paso al frente, superarnos y crecer. La tarea no es pequeña. Uno comienza por hacerse preguntas extrañas y nada habituales sobre el sentido de la vida, de la consagración y la misión; se percibe que alguna cosa tiene que cambiar, que algo nuevo está naciendo. Es un momento de dolorosa aflicción que, si se le sabe aceptar, puede hacernos crecer y, si se le rechaza, provocar un retroceso peligroso. 5. Son estos los momentos en que debe intervenir un ofrecimiento de formación permanente especial. Sería una grave deficiencia que en este momento faltara la ayuda. No bastan en esas circunstancias las prácticas comunes, las propuestas habituales: ejercicios espirituales, cursos de renovación… Se necesita tiempo, estímulos y personas acogedoras y capaces que sepan analizar y orientar las reacciones y las decisiones. 6. La formación permanente no puede reducirse a la asistencia a cursos académicos. Debe caracterizarse por una confrontación con otros sobre la propia experiencia, la vida vivida, los principios del Evangelio. 7. En definitiva, lo que marca la diferencia entre un periodo de actualización académica y un periodo de formación permanente es la presencia de una persona con la que uno pueda confrontarse de forma periódica y sistemática sobre la propia vida, sobre la experiencia de Dios y sobre las perspectivas de futuro; una persona que nos ayude a conocernos y ver a dónde quiere llevarnos Dios en un determinado momento de la vida. El curso escolar, elegido con acierto, tiene su razón de ser y sirve para llenar el tiempo útilmente. Pero si el aspecto académico prevalece sobre el tiempo de silencio y del conocimiento de sí mismo, impide que se aborden seriamente los verdaderos problemas. 8. Este proceso de formación permanente debe ser global, implicar a toda la persona con su historia humana, cristiana, religiosa y misionera, es decir, en todas sus dimensiones. Un periodo sabático no debe limitarse al “hacer” de la persona, sino centrarse en su “ser”. Y justamente porque nadie es igual a los otros y para evitar la tentación de rehuir los propios problemas, se deberían ofrecer cursos personalizados, respetando el itinerario personal de cada uno y ayudándole en él. 9. La formación permanente debe dirigirse, además de a la persona, a todo su mundo religioso, al carisma del Instituto, a los objetivos de la actividad realizada en la comunidad local. Todo, en efecto, se pone “en crisis” y todo debe ser reconsiderado y reubicado en una perspectiva nueva y correcta. 10. La formación permanente debe ayudar a permanecer en silencio y soledad para conseguir mirarse a la cara y dejarse cuestionar por la Palabra de Dios y la propia experiencia de vida, contra la tentación de vivir la vocación más en la cabeza que en los caminos de la vida. 1. EL SENTIDO DEL TIEMPO QUE PASA Para los que vivimos en el tiempo, los acontecimientos de la historia son el lugar donde podemos percibir algo del misterio de Dios y de sus proyectos sobre nosotros. Y de hecho, mientras crece y se desarrolla nuestra existencia, descubrimos en ella hechos y situaciones que tienen un significado particular para el conocimiento de nosotros mismos. Estos momentos comprometidos, y por consiguiente difíciles, son llamados comúnmente crisis, pero sería preferible verlos como retos que hacen reflexionar, llamadas a mirar adelante, a superarse y crecer en la propia interioridad; son momentos de maduración, auténticos KAIRÓS, momentos de gracia importantes y fecundos que revelan quiénes somos, adónde vamos y cómo debemos responder. Son muchos los personajes bíblicos de referencia: Abraham, Jacob, José, Moisés, Jeremías, Elías, María, Pedro, Pablo y Jesús mismo. Nicodemo, por ejemplo (Jn 2, 23-3, 15), puede ser tomado como icono de referencia. 1. Impresionado por la predicación del Señor, siente que tiene que hacer algo; se acerca a Jesús no para cambiar, sino para ser confirmado en sus seguridades.
2. Jesús le reta a cambiar, a renacer en el misterio de la encarnación y de la pascua. 3. Nicodemo encuentra difícil creer y abandonar sus seguridades para aceptar nuevas propuestas; es viejo, cree que ha hecho ya todo el camino necesario; le parece imposible, no quiere cambiar las certezas por el riesgo de la fe. 4. Pero su salvación está justamente en dar el paso que Jesús le pide, y al final debe de haberlo hecho, pues reconoce en Jesús al Rey de Israel y compra para él una cantidad de perfume como si de un rey se tratara: “cien libras de mirra y áloe” (Jn. 19, 39). Estos momentos comprometidos de nuestra vida no deben ser considerados elementos negativos sino positivos, parte del proceso de nuestro crecimiento humano. 2. LA VIDA COMO CRECIMIENTO El crecimiento y las crisis que lo acompañan son realidades inscritas en la naturaleza humana por el Creador. Es una ley a la que también quiso someterse Jesucristo, pues crecía “en sabiduría, edad y gracia” (Lc 2, 52). Crecer es la primera vocación del hombre, su constante tarea. Los hombres vamos siendo poco a poco lo que queremos ser. Es el camino trazado al hombre por el proyecto de Dios: “A los que le acogieron les dio el poder de ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Todo lo que crece y da fruto, también a través de la cruz, da gloria a Dios, mientras que todo lo que paraliza el crecimiento es pecado, rechazo de Dios. El crecimiento no es simplemente un agrandamiento; es una transformación, un proceso doloroso que comporta esfuerzo y riesgo, cambio y en cierto modo muerte. No todos aceptan la ley pascual del cambio y de la transformación, de la poda (Jn 15), hasta la muerte del grano de trigo para renacer multiplicado en la espiga (Jn 12, 23-25). La historia de la salvación está llena de ejemplos: desde Israel que no quiere caminar en el desierto y murmura (Éx 16), a Nicodemo que no quiere renacer (Jn 3); desde Pedro que cede al miedo después de haber creído (Mt 14, 22), al joven rico que no se atreve a aventurarse con Jesús y se aleja triste, porque se niega al crecimiento, al riesgo, al camino (Lc 18, 19). Quien no acepta la fatiga de crecer, permanece en la ilusión de mantener la quietud presente, o bien deja que la historia siga adelante mientras él se va quedando rezagado refugiándose en formas de neurosis caracterizadas por el egocentrismo, la huida de las responsabilidades, la búsqueda infantil de gratificaciones fáciles, como son dejarse mecer o desear despertar la atención. O tal vez, si cae en el legalismo, en los sueños, en la agresividad, para compensar así el crecimiento frustrado; o en el pesimismo y, más a menudo, en la depresión. San Gregorio de Nisa define el crecimiento espiritual como una transición “de un comienzo a otro comienzo, hasta el comienzo sin fin de la vida eterna”. En el plano de la vida espiritual, quienes no aceptan la fatiga del crecimiento y de la vuelta a empezar, se paralizan y se condenan a la tristeza y a la mediocridad (Ap 2,4-5; 3, 15-16). Se cierran de ese modo a la posibilidad de llegar a “un don a la medida que Cristo nos lo ha querido dar” ( Ef. 4, 13). 3. LOS DESAFÍOS DE LA VIDA Cada etapa de la vida comienza por algún acontecimiento o alguna situación interior que introduce en un periodo de turbación, a lo largo del cual se llega a una decisión o una diversa definición de sí mismo, lo que reorienta el curso de la vida de manera nueva en relación con el punto de partida. Es generalmente un acontecimiento inesperado, traumático, una situación nueva que interrumpe el camino: una enfermedad, una muerte, un cambio inesperado o no deseado de actividad, la separación de una persona querida, la conciencia del tiempo que pasa, el descubrimiento de una verdad importante, el declive del arrojo inicial. Todo esto produce “schok”, desconcierto, acompañado de sentimientos de miedo o de rabia, de rechazo o de huida, que normalmente se viven bajo forma de cansancio o depresión, de duda e incertidumbre persistentes, que provocan la peligrosa tentación de desinteresarse de todo. Sería fatal tomar decisiones en este estado de ánimo. La situación no es signo de una realidad negativa en sí misma, sino invitación a progresar y buscar una nueva actitud interior. Es la crisis propiamente dicha, es decir, un momento de paso caracterizado por la dificultad y el desconcierto. Es un periodo de prueba, de búsqueda, de discernimiento, de sufrimiento, pero también de crecimiento, de novedad, de esperanza pascual. Y exige las actitudes propias de quien entra en el desierto: la constancia en el camino, el silencio para la escucha, la ayuda de un guía para estar orientado, la libertad interior y la pobreza para esperar y disponerse a recibir ayuda. Encontrándose en la encrucijada, en la necesidad de elegir si avanzar hacia una nueva fidelidad y nuevos horizontes o quedarse donde se está, sin correr riesgos, quien acepta una situación de crisis renace y comienza una nueva vida. La crisis concluye cuando se toma una decisión. Este es el momento de la verdad y de la libertad, según la expresión de Jesús: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). 4. “LA SABURÍA DEL CORAZÓN” (Sal 90, 4.12) La formación permanente en general y el periodo sabático en particular tienen el cometido de ayudar a los misioneros a recorrer un camino de purificación para llegar a la “sabiduría de la vida”, a la cualidad del ser. Supone un cambio radical de la relación con las cosas y las personas: pasar de la posesión a la contemplación, a la escucha, a la gratuidad. Gracias a la escucha de sí mismo se consigue valorar la propia vida de manera más profunda y verdadera; delante del mal no se desespera, sino que se encuentra la valentía para cambiar y la serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar. Nos sentimos “pobres hombres” pero felices por haber dejado nuestra suerte en manos de Dios, quien como buen pastor nos conoce personalmente y está dispuesto a ofrecer su vida por nosotros (Jn 10, 11-14). Este camino de renovación está impregnado de confianza, pues podemos decir como san Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución...? En todas estas cosas somos siempre vencedores porque Dios nos quiere” (Rom 8, 35.27). Aquí está la fuente de la sabiduría y la razón de la paz. 5. ALLAMANO Y NUESTRA FORMACIÓN Nueva en su expresión verbal y en sus formas de actuación, la formación permanente no está ausente de las preocupaciones del Beato Allamano. Su atención a las situaciones de los misioneros, especialmente en África o en los frentes de la guerra, tenía que ver con su incolumidad física, el cuidado de su salud, el alimento, pero especialmente “lo moral”. De ahí su constante labor de presencia, con todas las formas posibles, para animar, apoyar, recordar la grandeza de la fidelidad a la vocación. No se cansa de sugerir los medios espirituales y la fraternidad: “Cuando puedas –escribe al joven Baldi en el frente–, contacta con buenos compañeros y animaos en el bien”. Tiene también claro el significado positivo de los momentos críticos de la vida. Dice en otra ocasión al mismo joven: “Confío que superes bien la prueba y que vuelvas robustecido en el cuerpo y en el ánimo”. Sobre esto insiste continuamente en las cartas y en los encuentros personales. Pero se puede asimismo decir que había pensado en una especie de periodo de “aggiornamento” o de recuperación, como lo entendemos hoy. Tenía conciencia de que los primeros misioneros que habían ido a África habían recibido una preparación apresurada y consideraba necesario remediarlo con un periodo de formación, algo así como un segundo año de noviciado, cuando volvieran. Buscó también una casa en Turín para tal fin. Lamentablemente, sus deseos fueron satisfechos. Los misioneros no se sintieron interesados. Según el P. Nipote, fue este uno de los disgustos que le dieron. Lo que Allamano veía que faltaba y cuya necesidad sentía que debía remediar, se ha convertido hoy en una exigencia inaplazable dada la situación del mundo. Lo confirma el último Capítulo General: “Los cambios y la actual complejidad sociopolítica y cultural exigen una constante relectura de la realidad local, nacional y mundial, orientada a mejorar nuestro servicio según el carisma IMC” (XI CG, p. 75, n. 5). Pero es necesario, en primer lugar, proseguir la formación personal: “Debe concederse un tiempo a la formación permanente, entendida como cuidado de la propia vida y preparación personal, para responder con competencia y eficacia a los propios compromisos”, establecidos con Dio, con nosotros mismos y con la Misión vivida en el Instituto (ivi, n. 2). Lo que decía el Fundador de sí mismo en relación con el progreso y la acreditación de los miembros del Instituto, es para cada uno de nosotros un deber: "No me cansaré nunca de exhortaros a considerar bien el tema de vuestra vocación, para crecer de este modo en la estima de la misma, dar gracias todos los días al Señor y procurar corresponderle con ánimo resuelto y constante". De ahí que tengamos necesidad de empeño y de voluntad decidida, pero también de formación. P. Stefano Camerlengo, IMC
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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