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| P. Cesare Posocco (1931-2006) |
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| Escrito por P. Cesare Posocco, IMC | |
| 17.05.2007 | |
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P. Cesare Posocco, IMC
1931-2006 Cesare Posocco, hijo de Ernesto Posocco y de Rosa De Nardi, nació en Carpesica, pueblecito sobre una risueña colina en las proximidades de Vittorio Veneto, el 17 de mayo de 1931. Terminados los primeros estudios escolares, Cesare tuvo que dedicarse al trabajo. A la edad de veinte años, el párroco le presentó al Superior del Seminario de las vocaciones adultas de Rosignano Monferrato como joven que “siempre ha observado una buena conducta y ha sido estimado y muy querido en la parroquia, justamente por su seriedad y su comportamiento”. La primera relación escrita sobre el joven Cesare es de 1954 y fue redactada por el P. Tolmino Redighieri, director del Seminario, con ocasión de la toma de hábito. En ella hay algunos detalles que serán característicos de su persona a lo largo de la vida: vivo interés por la vida del Instituto, piedad profunda y sentida, resultados escolares suficientes acompañados por una aplicación intensa. Su asistente, el P. Giuseppe Brambilla, añade al juicio del director su parecer personal: “Será un hombre de provecho. Solamente necesita que lo animen en el estudio”. La relación de la admisión al Noviciado le describe como tranquilo y reflexivo, generoso y activo. El director le recomienda para la etapa del Noviciado con las siguientes palabras: «En los estudios conseguirá a duras penas el aprobado, pero es un “hombre maduro” en el pleno sentido de la palabra, y será muy útil en el apostolado misionero. Demuestra una inteligencia práctica poco corriente y mucho sentido común». El P. Mina Giuseppe, maestro del Noviciado, admite a Cesare a la profesión religiosa porque ha vivido esta etapa formativa con generosidad y docilidad, ha dado prueba de empeño en la vida espiritual y ha sido de “fácil y amable convivencia”, ha demostrado ser responsable y muy interesado en el trabajo y en todos sus deberes, así como tener capacidad de espíritu de sacrifico y de renuncia. El estudio de la filosofía y la teología le resultan dos huesos duros de roer. Aunque un tanto proclive a periodos de desánimo, siempre termina superándose y lleva a cabo sus tareas y estudios. Sueña con la misión, lejos de los libros, cuando finalmente pueda donarse a los demás. De ello están convencidos sus formadores, quienes le admiten a las órdenes sagradas. Afirman que el candidato está dotado de buena voluntad, que es de buen corazón y que conseguirá ser un buen misionero. El 30 de marzo de 1963 es ordenado sacerdote en Turín por el cardenal Maurilio Fossati. En noviembre del mismo año le vemos ya en Bogotá, dispuesto a comenzar su misión. Lamentablemente, con la llega a Colombia concluyen los datos de su ficha del archivo general. El archivista, no obstante, ha conseguido reunir cuarenta densas páginas, fruto de tres entrevistas registradas por el llorado P. Ersilio D’Errico y que el P. Giuseppe Fusaroli, con paciencia de cartujo, ha sabido transcribir a limpio. En ellas nos fijamos para conocer cómo fue la misión del P. Cesare, su estilo apostólico, los retos y los problemas que tuvo que afrontar. Transcribo pues las palabras del P. Posocco en la presentación, en las que se resume su aventura misionera en Colombia. «Partí rumbo a Colombia el 23 de octubre de 1963, en el trasatlántico Amerigo Vespucci. Éramos tres: el P. Augusto Tedesco, el P. Calvi Vittorio y yo. Desembarcamos en Cartagena, donde tuvimos que cumplir algunos requisitos burocráticos, y desde allí proseguimos hacia Bogotá. Fuimos acogidos en el Vergel para estudiar la lengua. Bogotá nos pareció un auténtico paraíso terrestre, con sus jardines, plantas frutales, clima primaveral. Pero en Bogotá estuvimos poco tiempo, pues nos enviaron muy pronto a Tocaima para proseguir el aprendizaje y la práctica de la lengua. Mi primer y verdadero destino fue Armero. Los padres Battello y P. Pivato, aunque tenían estilos diferentes de apostolado, me aconsejaron fraternalmente e hicieron que me sintiera en mi casa. Armero era en aquel tiempo un pueblo muy politizado. Permanecía viva entre la gente la memoria de los treinta hombres de San Pedro asesinados en una emboscada justamente a la entrada de Armero. También la del párroco P. Ramírez, asesinado a puñaladas por no compartir las ideas del partido dominante. Más tarde los Misioneros de la Consolata fueron llamados a pacificar y serenar el lugar por estos acontecimientos lamentables. Años más tarde, cuando ya los Misioneros de la Consolata habían dejado la parroquia, Armero sería arrollado y enterrado por un glaciar del Ruiz, lo que fue una inmensa tragedia. Tras dos años en Armero, pasé a Guaduas. Fue una experiencia dura debido a las difíciles relaciones con el párroco. En 1966 finalmente se me destina a Albania, en el Caquetá, una parroquia fundada por el P. Fusaroli, sacada de la nada. Desde Albania me ocupaba también de San José del Fragua, pueblo muy despierto donde la gente llevaba la iniciativa de todo por ser muy emprendedor. Las carreteras eran pésimas, especialmente en tiempos de lluvia. La vida no era nada fácil en Caquetá, pero había mucho entusiasmo y se superaban las dificultades con facilidad. Cuando no conseguía estar de acuerdo con las autoridades, como cuando con el altavoz colocado en el campanario dirigí una filípica contra el inspector porque había abierto en el pueblo una casa de prostitución, acudía al obispo, quien, conociendo mi mal carácter, trataba de suavizar las divergencias con su autoridad. Con la llegada del P. Carlo Massano pude dedicarme completamente a San José del Fragua, donde siempre me encontré bien. Continué el trabajo comenzado por el P. Fusaroli y finalicé la construcción de la iglesia y la casa parroquial. También pude construir el colegio con las ayudas recibidas de amigos y bienhechores, pero sobre todo con la colaboración de la gente del lugar. La gente colaboraba activamente, especialmente a través de un trabajo hecho gratuitamente. En San José me afané mucho en la educación de los indígenas, gente olvidada por el Gobierno. También tuve algunos problemas en las relaciones, particularmente con los soldados. Desde San José traté de dar vida a Yurayaco, que se encontraba en la selva más remota, a ocho horas de marcha en caballo. En 1972 construimos la capilla y una casita parroquial. Hoy Yurayaco es un ya un pueblo. Han legado las Hermanas Betlemitas y también han construido una carretera. En 1979 abandoné San José y fui enviado a Solita para sustituir al P. Livio Dalzocchio. Fueron tres años muy duros a causa de la guerrilla, que siempre sospechaba de mí, ya que conocía a muchos guerrilleros procedentes de la zona del Fragua. En una ocasión tuve que huir de noche porque el jefe del ejército me buscaba. Fui a Florencia y monseñor Serna me condujo al coronel, a quien conté las fechorías de sus soldados. Recuerdo que terminé mi perorata afirmando: “Usted debe saber, señor coronel, que el sacerdote debe estar con todos, con los guerrilleros y con el ejército. Yo no soy de ninguno, ni del ejército ni de la guerrilla. Yo estoy al servicio de Dios y de la gente y no estoy contra nadie”. El coronel me entregó una carta que debería llevar siempre conmigo para que no tuviera que padecer más problemas con los soldados en las numerosas paradas en la carretera o junto a los ríos. Mi presencia en Solita fue un infierno porque me encontraba entre dos fuegos. A veces me veía obligado a ir a comprar medicinas para los guerrilleros. Tenía dificultades para conseguir comida para el colegio, habitado entre 120 y 130 muchachos. Pero en Solita no tuve que pensar en nuevas construcciones. Mi trabajo consistía especialmente en el servicio pastoral del pueblo y de las comunidades rurales. Al principio la gente me parecía indiferente, pero luego nos hicimos amigos y hubo buena colaboración. El ambiente era complicado debido la guerrilla, pero se podía trabajar. Tres años más tarde, a causa de una úlcera gástrica, tuve que retirarme a Bogotá y tomarme un periodo de vacaciones en Italia. Volví a Colombia algunos meses más tarde y nos encargaron al P. Pessotto y a mí del Paujil y de la Unión Peneya. Yo me hice cargo especialmente de la Unión Peneya, donde, con la activa colaboración de la gente, conseguí construir una nueva iglesia y restaurar completamente la casa parroquial. En 1990 tuve que permanecer en Italia algunos meses para asistir a mi madre enferma. De nuevo en Colombia, me quedé en Bogotá, en la parroquia de la Consolata. Siguieron dos años en los que trabajé como párroco en N. S. de Fátima de Manizales, para terminar seguidamente en Bogotá antes de mi retorno definitivo a Italia. Significativa fue la experiencia que pude hacer, a invitación del cardenal Rubiano, en una zona pobre de la Capital, en Santa Bernardita. Tenía mucho trabajo porque la gente me buscaba para socorrer de alguna manera a los enfermos. Un día a la semana lo pasaba en la casa regional de Modelia, junto a los Misioneros de la Consolata, mis hermanos. Conseguí formar un nutrido grupo de “ministros de la Eucaristía” y un “grupo de los catequistas”. Era vicario parroquial de una zona de unos 40.000 habitantes. Tenía mucho trabajo, estaba bien y era feliz, aunque a veces sentía la inquietud por diversas obras de construcción. Caí enfermo y durante la enfermedad venía mucha gente a verme al hospital. Como no mejoraba, tuve que volver a Italia y me llevaron al hospital de Turín». Aquí termina el relato del P. Cesare. La enfermedad y la inactividad son el signo de los últimos años de su vida, transcurridos en la casa de Alpignano. Cuando, a causa de las operaciones sufridas, no podía ya hablar, sus días se transformaron en oración y en ofrecimiento de sus sufrimiento por el Instituto y por la gente a la que tanto había querido y a la que se había entregado con su forma personalísima de ser. El Señor le llamó a su lado el 16 de julio de 2006. Sus restos mortales descansan en el cementerio de Vittorio Veneto. P. Piero Trabucco, IMC
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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