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| P. Mario Bianco (1916-2007) |
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| Escrito por P. Piero Trabucco, IMC | |
| 17.05.2007 | |
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P. Mario Bianco IMC
1916-2007 Mario Bianco nació el 25 de noviembre de 1916 en Valdellatorre (Turín) e ingresó en el estudiantado IMC de Favria Canavese (Turín) en el mes de noviembre de 1931. En la ficha personal de nuestro misionero no se encuentran documentos que revelen los motivos que llevaron a aquel muchacho de quince años a entrar en el Instituto. Solamente encontramos dos notas telegráficas: una del párroco de Valdellatorre, que certifica las buenas disposiciones para el estudio del joven Mario, su inclinación a hacerse religioso y la buena conducta moral mantenida hasta aquel momento, y otra del médico del pueblo, quien asegura que la constitución física del muchacho es sana, aunque visible la delgadez de su cuerpo. Sigue regularmente los cursos de bachillerato en Favria y en 1936 ingresa como postulante en la Certosa di Chiusa Pesio. En Varallo hace el Noviciado y emite los votos religiosos el 2 de noviembre de 1939. Sus formadores coinciden al poner de relieve su índole sencilla, buena y sociable, aunque especialmente expansiva (“peculiar del campesino piamontés”). En sus estudios consigue, con mucha aplicación, notas solamente suficientes. Es más inclinado al trabajo manual que al estudio. Durante el año de noviciado tiene la oportunidad de manifestar su seriedad y equilibrio en todo. Se le describe como “juicioso y más activo que hablador”. Su maestro asegura, al final del noviciado, que el joven novicio “ha tenido que luchar mucho consigo mismo y, aunque no haya conseguido lo que se proponía, se ha empeñado en ello satisfactoriamente. Es muy abierto y sincero”. El juicio del ecónomo del Noviciado es más lisonjero: “Durante todo el año se ha comportado siempre ejemplarmente, sin deficiencias ni detalles singulares. Da muestras suficientes como para confiar en él, dentro de sus capacidades normales”. Durante la teología se comprueban algunos de sus límites de carácter y de personalidad (cerrado, tímido, con poca iniciativa y algunos momentos de irritabilidad). Los superiores ven conveniente aconsejarle un año de prueba para que se anime a mejorar. Al final de esta prueba, el director afirma que el joven profeso ha demostrado que es capaz de trabajar seriamente sobre sí mismo y de “mantenerse firme” en sus deberes. Esto significa que se le da luz verde para hacer la profesión perpetua y recibir la ordenación sacerdotal. Emite los votos perpetuos en Uviglie el 2 de noviembre de 1943, donde había pasado buena parte del curso teológico y donde será ordenado sacerdote por el obispo de Casale, monseñor Giuseppe Angrisani, el 18 de junio de 1944. Estamos todavía en tiempo de guerra y la ida a las misiones está cerrada para todos. Al P. Mario Bianco, mientras tanto, se le pide que sea el preceptor de los dos hijos del Negus de Etiopía, Merid y Samson. Se trata solamente de algunos meses, porque al final de la guerra le llega la feliz noticia de su destino a África. Sigamos ahora sus peripecias misioneras a través de sus memorias, tituladas “Un Valtorrese avventuriere con il Vangelo”. Mozambique: primer amor Abandona Alpignano el 19 de febrero de 1946. En compañía del P. Gallea y de algunos otros misioneros destinados a Mozambique, emprende un largo y aventurado viaje hacia Lisboa atravesando Francia y España, en trenes que han sufrido los efectos de la guerra (ventanillas sin cristales…). Tras una breve estanca en Lisboa, el destino está Fátima, donde el P. Giovanni De Marchi estaba echando los cimientos de la presencia IMC en Portugal. Anota el P. Bianco: “El Santuario apenas cuenta con los cimientos; la que será plaza solamente es ahora una explanada donde a duras penas crecen algunos cardos y matojos que pacen las ovejas y alguna que otra vaca. El pueblo está constituido por campesinos que pasan su vida intentando arrancar su sustento a un pañuelo de tierra avara, lejos del mundanal ruido de las ciudades y donde todos se conocen. ¿Por qué Fátima, la hija predilecta de Mahoma, habrá dado su nombre a esta aldea perdida en una llanura pedregosa, cubierta apenas de un manto sutil de tierra?”. Los misioneros aprenden el portugués con Donha Soledade, que tanto contribuyó a redactar el libro del P. Demarchi sobre las Apariciones: “Era una Señora más brillante que el sol”. Celebran la Eucaristía todos los días en la capillita de las apariciones y pueden conocer a varios familiares de los tres niños videntes. Al final del mes de abril abandonan Fátima rumbo a Lisboa, donde les espera el barco “O Colonial” que, en viaje de dos meses, les llevará a Mozambique. El P. Bianco no se olvida de anotar que, como Misioneros, tienen la posibilidad de ir en primera clase, pues todo está “pagado por el Gobierno de Salazar, quien considera la religión católica parte del poder colonial, según la antigua frase: ¡Dilatar la fe y el Imperio!”. Las largas y tediosas jornadas en el barco son a veces bastante movidas debido a las tempestades y las numerosas paradas en los puertos africanos: Santo Tomé, Luanda, Namibia... El P. Mario observa todo atentamente y sus notas aparecen escritas con el timbre característico del misionero. Escribe, por ejemplo: “Ciudad del Cabo es un verdadero paraíso terrestre… ¡pero no para todos!”. Los nuestros reemprenden el viaje y llegan a Port Elizabeth, East London, el puerto de Durban donde cuatro años antes desembarcaron los misioneros de la Consolata prisioneros de los ingleses. La estancia en Maputo permite que los nuestros se encuentren con algunos italianos huidos de los campos de concentración o de los naufragios. El barco se detiene luego en Beira y concluye su singladura africana en la fortificada isla de Mozambique. Para nuestros misioneros se abre finalmente la aventura africana. El P. Bianco describe, con esmero de detalles, los lugares, la gente, los encuentros curiosos, a los misioneros de la Consolata, la situación social y política del país. El análisis que hace de las cosas es siempre el ideal apostólico que le llevó a abandonarlo todo para ir a tierras lejanas. Después de este primer rodaje llega el deseado destino. Al P. Mario le toca la misión de Mepanhira. Se siente entusiasmdo. En sus detalladas descripciones nunca deja de poner de relieve la fraternidad que une a los misioneros: «Me encontré pronto a gusto con los dos sacerdotes y con el coadjutor que vivían allí, e incluso feliz: la misma fe, el mismo ideal que nos unía como hermanos en estrecho vínculo de amistad. Por la noche, después de cenar, a la luz de de una lámpara, nos contábamos nuestras historietas y nuestro secretos». Comprobaban que tenían la misma impresión positiva en relación con la gente que les rodeaba. Él se esforzaba en conocer cada vez mejor la cultura makua: interrogaba a los ancianos, tomaba nota de las tradiciones, recogía material diverso que luego ponía por escrito. De Mepanhira se traslada más tarde a Maua. «Maua –cuenta– se extiende a los pies de una enorme roca en forma de U, con dos puntas que parecen abrazar todas las construcciones. Aquí somos dos padres y un coadjutor, Remo Cardinali, con las mismas obras y el mismo método de Nephaniray y, como allí, contamos con colaboración con tres religiosas que dirigen un internado femenino, un dispensario de primeros auxilios y que se encargan de la cocina. Vivimos nuevamente en perfecta armonía. El lugar es fantástico, el aire más fresco, ¡lástima que infectado por la mosca tse-tse, que puede transmitir la enfermedad del sueño o tripanosomiasis!». Su permanencia en esta bonita misión no dura mucho tiempo: «Hacía tiempo que me había atacado la malaria del tipo falciparum, la peor, que se ensaña con el cerebro y al mismo tiempo provoca la pleuritis. Cuando respiraba sentía sus efectos, pero resistía: no quería abandonar África y las misiones, a las que tanto quería. Intenté una última estratagema, pero inútilmente. […] “Fuge coelum sub quo aegrotasti”, dice el adagio de la escuola médica salernitana. Y decido irme. El coadjutor me echa encima de una furgoneta y… ¡adelante! Pasamos bajo el arco formado por las frondas de los árboles de la selva, pero pronto aparecen las estrellas y la Cruz del Sur que quizá vea por última vez. Me invade una tristeza enorme: ahora que he aprendido la lengua, la cultura de esta gente, y tras haber hecho infinitos sacrificios, debo abandonar todo, tan delgado, con fiebre, exhausto, justamente en los años en que debería ser más fuerte y útil...». Abandona Niassa y Mozambique y vuelve a Italia. Su convalecencia transcurre en la Casa Madre y con su familia. El clima de su tierra le es benéfico y en pocos meses recupera las fuerzas y el entusiasmo para volver a alguna nueva misión. Va nuevamente a Portugal: «Paso un breve periodo en Fátima –escribe–, entre el seminario, los molinos de viento, numerosos aquí, haciendo paseos por lugares conocidos por los tres pastorcitos, y finalmente me envían a Carregado, a 22 kilómetros de Lisboa, en las riberas del Tajo por una parte y por la otra no lejos de una zona de colinas bajas e improductivas, donde me encomiendan una parroquia. Los campesinos del lugar cultivan viñedos y olivos. Son gente cristiana». También aquí el P. Bianco dice que se encuentra a gusto y feliz: «Me encontraba bien aquí, pero los misioneros estamos siempre en primera línea. Llega el momento de partir porque la comunidad decide entregar las tres parroquias al Patriarca de Lisboa. Yo solicito volver a la misión, pero no en tierras insalubres. Me destinan a Colombia. Estamos en septiembre de 1956». Colombia: la nueva misión El espacio que se me concede para esta relación no me permite seguir paso a paso la aventura colombiana del P. Mario Bianco que su diario continúa narrando con profusión de detalles. Menciono solamente las etapas principales de su misión en Colombia: - San Félix: es su primer destino colombiano. «Veo que la gente es muy religiosa y que nos tiene un gran respeto. Uno percibe siempre que se encuentra entre amigos, pues nos sonríen y se sienten honrados cuando hablan con nosotros... Nos queremos realmente, y con razón. Los Padres viven pobremente, como ellos, enseñan en el seminario a unos sesenta muchachos de los cursos superiores y al mismo tiempo se interesan de lo que conviene al pueblo: han construido un acueducto que lleva el agua a todas las casas, han ensanchado la casa parroquial con aulas y un salón, se ha embellecido la fachada de la iglesia, se han construido dos campanarios, se ha colocado un reloj que marca las horas y dos campanas de grato sonido». - Puerto Salgar: Se encontraba allí desde hacía poco tiempo cuando, durante una inspección en la iglesia tras una de las periódicas sacudidas de los terremotos, se cayó de una altura de seis metros y se rompió una pierna. Comenzó para él un verdadero calvario y tuvo que someterse a una serie de operaciones quirúrgicas poco afortunadas y a dolorosas curas de rehabilitación. «Salí del atolladero dos meses más tarde y después de soportar intensos dolores, pero con voluntad firme conseguí volver a caminar y vivir». - La Paz: «Más tarde me destinan como párroco a las pendientes laderas de la cordillera oriental, a un pueblecito llamado La Paz, situado a mil metros sobre el nivel del mar, un lugar maravilloso: detrás de las montañas se van elevando paulatinamente hasta alcanzar una gran altura y delante se extiende el amplio valle de la Magdalena, donde un río se desliza por el centro y un aire apacible sopla al atardecer». La gente del lugar es muy religiosa, pero la violencia está a la orden del día. No obstante, tras diez años vividos en esta parroquia, anota: «Al principio me recibieron con desconfianza, pero cuando vieron que no hacía distinciones entre liberales y conservadores las cosas cambiaron… ¡Qué días más hermosos he vivido entre aquella buena gente!» - Cartagena, Guaduas, Tambo, Guacamayas, Caldono… Son los nombres de los pueblos y las parroquias que se leen en las últimas páginas de su diario y que dejan traslucir rostros conocidos y desconocidos, historias de vida misionera ordinaria, episodios de crónica generalmente violentos. No olvida tampoco referirse de vez en cuando a la íntima convicción mantenida por él a lo largo de sus 50 años de misión en Colombia: «Estoy convencido de que en el fondo del alma del pueblo colombiano y de toda América Latina circulan corrientes de aguas frescas de humanidad y religión que la Europa sofisticada y materialista ha dejado secar». - Manizales es su última etapa. Dejo que sea la Agencia misionera “Misna” la que nos hable de su muerte, que tuvo lugar el 15 de febrero del 2007: “Ha fallecido de infarto fulminante el padre Mario Bianco, de 90 años, misionero de la Consolata, que había sido agredido el pasado 4 de febrero, juntamente con otro religioso italiano, en Manizales, en la zona centro-occidental de Colombia”. Se lo había comunicado a la “Misna” el padre José Luis Ponce de León, secretario general de la citada Congregación. “Acabo de hablar telefónicamente con mis hermanos de Colombia y, según me dicen, la muerte del padre Mario está relacionada con la agresión”. Tras el asalto de los bandidos, el misionero italiano había permanecido casi cuatro horas en estado lamentable: “Estaba ya constipado –añade el secretario de la Consolata– y el martes pasado se le había diagnosticado una bronconeumonía. A pesar de su inmediata hospitalización, falleció ayer por la noche a las 20.00 horas, hora local”. El padre Ponce de León reconstruye para “Misna” el episodio, que tuvo lugar en el seminario de Manizales: “Es una grande edificio y probablemente los bandidos lo conocían. El domingo 4 de febrero, muy avanzada la tarde, esperaron la salida de algunas personas que se encontraban dentro para entrar ellos en acción”. Tras atar al padre Bianco y a una empleada, “agredieron al padre Francesco Mellino, de 83 años, italiano, que había vuelto allí recientemente”, añade. Durante algunas horas –hasta la una de la madrugada– la gente de mala vida buscó dinero y objetos de valor. El padre Bianco estaba en Colombia desde hacía más de 50 años y, entre otras labores pastorales, había desempeñado la de párroco en Manizales”. Su cuerpo descansa en el cementerio de Manizales (Colombia). P. Piero Trabucco, IMC
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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