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| Beato Charles De Foucauld, protector anual |
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| Escrito por P. Aquiléo Fiorentini, imc | |
| 17.05.2007 | |
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BEATO CHARLES DE FOUCAULD,
PROTECTOR ANUAL Queridos Misioneros: El 13 de noviembre de 2005, durante la solemne celebración de la Beatificación del Beato Charles de Foucauld en la Basílica Vaticana, el cardenal José Saraiva Martins se expresaba en los siguientes términos: «Charles de Foucauld ejerció un influjo importante en la espiritualidad del siglo XX y sigue siendo, al comienzo del tercer milenio, una referencia fecunda, una invitación a un estilo de vida radicalmente evangélico, y esto más allá de lo que tiene que ver con los diversos grupos de los que su familia espiritual, numerosa y diversa, está formada. Acoger el Evangelio en toda su sencillez, evangelizar sin querer imponer, dar testimonio de Jesucristo respetando las demás experiencias religiosas, reafirmar el primado de la caridad vivida en fraternidad son, entre otros muchos, algunos de los aspectos más importantes de una rica herencia que nos impulsa a hacer que nuestra vida consista, como la del Beato Charles, en “gritar el Evangelio desde las azoteas, […] pregonar que nosotros somos de Jesús”». Los misioneros sentimos muy próxima esta figura de apóstol que de forma tan importante ha influido en la misión del siglo XX con su extraordinaria vida espiritual. Que su intercesión despierte en nosotros el fuego de la santidad y de la misión para realizar en plenitud el ideal que el Beato Allamano soñaba para el Instituto. Continuando mi reflexión sobre el Protector anual, en esta segunda parte intento comprender mejor el influjo que el testimonio de vida y la doctrina espiritual del Beato Charles pueden tener en nuestra obra misionera. 1. Misión La evangelización: un concepto sencillo y radical Para el Beato Charles la evangelización es inseparable del Evangelio, pues constituye la respuesta a una llamada específica de Jesús. Meditando en el misterio de la Visitación, De Foucauld pone en labios de Jesús las siguientes palabras: «A las almas que viven una vida silenciosa, de escondimiento, alejada del mundo, en la soledad, les digo: ‘Trabajad todas, todas, en la santificación del mundo, trabajad como mi Padre, sin palabras, en silencio: id a fundar vuestros eremitorios entre los que me ignoran; llevadme en medio de ellos elevando un altar, un tabernáculo y llevad el Evangelio con vosotros, no para predicarlo con la boca sino con el ejemplo, no para anunciarlo sino para vivirlo; santificad el mundo, llevadme al mundo’». En esta llamada están expresados todos los elementos constitutivos de su estilo de evangelización: la presencia silenciosa, la importancia de la adoración eucarística y de la oración y especialmente la exigencia esencial de que la evangelización sea antes que nada una imitación de Jesús mismo. La presencia cristiana en ciertas culturas, donde la conversión al cristianismo (al menos en forma visible) no tiene cabida, encuentra en la vocación especial del Beato Charles una indicación profética: la entrega, la acogida, la mansedumbre, el servicio, la amistad, el esfuerzo de la comprensión en el amor son caminos abiertos y transitables de una acción misionera. Vivir así significa realizar de forma verdadera, aunque sin duda no única, la misión. El ejemplo de De Foucauld nos espolea a nosotros también a ser fuertes y proféticos ante las injusticias: «...debemos ‘amar la justicia y odiar la iniquidad’, y cuando el gobierno temporal comete una grave injusticia contra aquellos de quienes somos de alguna manera responsables [...], hay que decírselo [...], no tenemos derecho a ser ‘centinelas dormidos’, ‘perros mudos’, ‘pastores indiferentes’». La nueva figura del evangelizador No pudiendo predicar directamente el Evangelio, el Beato Charles estima que el estudio es una estrategia que debe adoptarse en el apostolado entre los musulmanes del Sahara. Trata de conocer a los Tuareg y su cultura y se acerca a ellos con prudencia y discreción, estableciendo relaciones de amistad con ellos. Quiere también mejorar su condición de vida con el testimonio de la bondad. En mayo de 1903 medita la idea de fundar a los Hermanos del Sagrado Corazón como «congregación de misioneros que no predican directamente el Evangelio sino que le dan a conocer, admirar y amar con su vida de oración, de caridad y de pobreza». Ejercita el ministerio con los cristianos que encuentra y a los demás les prepara el terreno. No quiere hacer prosélitos, aunque desea inmensamente que todos puedan un día vivir de la alegría que se deriva del encuentro con Jesús. “Por la difusión del Evangelio estoy dispuesto a ir hasta los confines del mundo y vivir hasta el juicio universal”. Con la sed de llevar a todos a Jesús se adentra en el Hoggar profundo, tratando de alcanzar a las tribus nómadas de los Tuareg. No quema las etapas, sino que se establece como un hermano entre los hombres de otra religión, con el deseo de que gracias a su amor lleguen a percibir la infinita bondad de su Señor. Comparte sus ideales participando en las penas de la gente entre la que vive y ofreciéndoles su amistad fraterna. Desea que mejoren su tenor de vida, que respeten siempre los derechos de cada persona y tengan una gran estima de sus valores culturales. De este modo comienza su obra de evangelización. Emprende un enorme trabajo de trascripción y traducción de su lengua (acumulación de literatura popular, léxico, diccionario) para que su cultura encuentre cabida en el mundo y para que un día, cuando llegue el momento, puedan oír hablar de Jesús… en su lengua. En síntesis, De Foucauld enseña con su vida que si se desea realmente llegar al corazón de aquellos a los que se desea evangelizar, el mejor camino es hacerse uno de ellos, ser para ellos hermano universal. Él mismo de define monje-misionero. Monje, porque delante de la Eucaristía pasa horas y horas en compañía de Jesús, en el silencio y la soledad del desierto, en los eremitorios que ha fundado y en los que ha vivido, en Beni-Abbés, en Tamanrasset, en Assekrem (Argelia). La Palabra de Dios viene a ser para él como la gota que orada la roca a fuerza de caer sobre ella. Jesús se convierte para él en el “único modelo” que conduce al Padre. Misionero que por amor a Jesús y a los hermanos abandona la soledad que tanto ama para ir a socorrer a los más necesitados, para luchar contra la esclavitud, para acoger a todos los que le necesitan. Apóstoles sí, pero ¿con qué medios? El Beato Charles es claro y dice de manera decidida a los evangelizadores qué medios deben usar al acercarse a quienes se dirigen: “Con todos los que entran en contacto, sin excepción, la bondad, la ternura, el afecto fraterno, el ejemplo de la virtud, la humildad y la dulzura, que atraen siempre y son tan cristianas. Con algunos, sin decirles nunca una palabra sobre Dios y la religión, con la misma paciencia que tiene Dios, siendo buenos como lo es Dios, siendo para ellos hermanos y orando; con otros, hablando de Dios en la medida que son capaces de aceptarlo y, apenas desean buscar la verdad mediante el estudio de la religión, poniéndoles en contacto con un sacerdote bien elegido y capaz de ser benéficos para ellos... Por encima de todo es necesario ver en cada persona a un hermano». Consigue que le conozcan los nativos y trata de establecer relaciones de amistad y confianza con ellos. En uno de sus escritos, Observaciones sobre los viajes de los misioneros en el Sahara, encontramos su método de vida y de misión. Dice, por ejemplo: «Siempre que sea posible, los misioneros permanezcan solos, coman solos para perder así menos tiempo y poderse dedicar a los ejercicios espirituales y las buenas obras, para no verse obligados a escuchar conversaciones malévolas y para no disminuya el respeto del que disfrutan, dando a conocer sus defectos, y para ser más fácilmente accesibles a los pobres». Pero cada vez que encuentra una tienda, un grupo de tiendas o una choza, no deja de detenerse para ofrecer su amistad a la gente. Se hace amigo de los Tuareg, más aún, hermano, pequeño hermano, hermano universal. No vive entre ellos, sino con ellos. Les invita a su cabaña y es huésped en la de ellos, y con ellos bebe el té verde, respeta sus costumbres, escucha a las mujeres cantar las melodías de la tribu, contar historias antiguaa. Aprende así a conocer sus problemas, deseos, miedos. Pasado un tiempo, habla y piensa en su lengua. Se hace uno de ellos. Le llaman Anacoreta, el hombre de la oración. El gran jefe del Hoggar Musa, Ag Amastan, le honra con su amistad. El Beato Charles de Foucauld es un pionero en el estudio de las lenguas locales y en el conocimiento de la cultura como parte integrante de la evangelización. Cree que la inculturación es una emanación del misterio de la Encarnación: quien se empeña en el conocimiento de los hermanos, se acerca a Cristo mismo presente anónimamente en ellos. Para preparar el camino a futuros misioneros, realiza una serie de estudios lingüísticos de gran valor científico. Traduce los cuatro evangelios a la lengua Tuareg. Elabora una gramática y compila un diccionario. Es el primer sacerdote que vive entre ellos en el Hoggar. Su proyecto pastoral contempla, entre otras cosas, lo siguiente: «Hacer todo lo posible para ayudar a los pobres de estas regiones olvidándome totalmente de mí mismo; recorrer todos los años el territorio de los arrhemI del Hoggar; aceptar las invitaciones de viajar a través del Sahara si ello puede ser útil; en la medida de lo posible, todos los años pasar algún día en las tiendas del Hoggar». 2. Actitudes fundamentales del pequeño hermano Humildad: «Dios quiere enseñarnos que la pequeñez y la humildad son la condición de la grandeza. Jesucristo no deseó ninguna otra cosa para él». La humildad implica una actitud de servicio, de amor, de tolerancia, de respeto. Significa conseguir la sencillez y la santidad, simbolizadas en la actitud confiada de un niño. Si no somos capaces de humildad, tampoco lo somos de alegría, porque solamente la humildad puede destruir el egocentrismo que hace imposible la alegría. Una persona humilde no teme el fracaso, no teme nada. La humildad consiste en ser exactamente como Dios ve. Comporta la virtud del buen humor, brinda a todos una sonrisa, fruto de una vida nueva que Cristo nos da, alegría pascual de los resucitados, como recomienda san Agustín. Pobreza: «... El Maestro fue pobre, el siervo no debe ser rico; el Maestro vivió con el trabajo de sus manos, el siervo no debe vivir de sus réditos...». Acumular y acaparar bienes quiere decir privar de ellos a los demás, dejar a los otros en la indigencia, el hambre y la miseria. La pobreza el lugar privilegiado de lo divino, la escuela más alta del verdadero amor, la llamada más fuerte a la misericordia, el encuentro facilitado con Dios, el modo más seguro de pasar por esta tierra. Oración: «En la oración aprendemos a conocer a Jesús y a mantenernos en unión de intenciones y de sentimientos con Él». La oración es la primera puesta en práctica, a través de la palabra, el gesto y el silencio, de la adhesión incondicional al don de uno mismo a Dios. En primer lugar para nosotros y luego para quien se acerca a nosotros con la sed de Dios. Charles de Foucauld era un hombre de oración, que no separaba la presencia de Jesús en la eucaristía de su presencia en el pobre. Iba al desierto para encontrar a Dios, pero también para encontrar a los más lejanos. Fundó la Unión de oraciones para la evangelización de los pueblos, un proyecto largamente acariciado en su interior y que tenía como fin la oración por las misiones. Trabajo: El hermano Charles considera que la santidad evangélica es posible para todos los que llevan un estado de vida ordinaria y pobre, que están obligados a trabajar para vivir. En efecto, quienes se dejan guiar por la “espiritualidad de Nazaret” pueden demostrar que es posible conseguir la santidad por medio de la oración y el trabajo. Bondad: «Se hace el bien no con lo que se dice o se hace, sino con lo que se es, en la medida en que el amor acompaña nuestros gestos. Jesús vive en nosotros y nuestros gestos son gestos de Jesús que obra en nosotros y por nosotros. El hombre hace el bien en la medida de su santidad. Tengamos presente esta verdad». Charles de Foucauld vive su vida de oración mediante la continua meditación de la Sagrada Escritura y la adoración. En su deseo incesante de ser para cada persona el «hermano universal» hace todo lo posible para convertirse en imagen viva del amor de Jesús. «Quiero ser bueno para que se pueda decir: Si así es el siervo ¿cómo será el Maestro?». Trata de llevar a cabo con los Tuareg su “obra de fraternización” simplemente “gritando el Evangelio con la propia vida”. Así se expresa con un amigo protestante: «Estoy seguro de que Dios acogerá en el cielo a todos los que han sido buenos y honestos, sin que sea necesario ser católicos-romanos. Tú eres protestante, otros no son creyentes y los Tuareg son musulmanes. Estoy seguro de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos». El corazón de su fraternidad es la capilla, donde transcurre largas horas en adoración eucarística. Es el centro de su apostolado, considerado “misión grandísima, muy hermosa, pero que requiere mucha virtud”. Se trata de continuar el misterio de la Visitación: «Hacer el mayor bien posible a las poblaciones musulmanas, tan numerosas y abandonadas, llevando entre ellos a Jesús en el santísimo Sacramento, del mismo modo que la Virgen santa santificó a Juan Bautista acercándole a Jesús». Abandono: «Padre mío, me abandono en Ti, haz de mí lo que te complace: te doy gracias por todo lo que quieras hacer conmigo. Estoy preparado para todo, acepto todo para que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas; no deseo ninguna otra cosa, Dios mío. Deposito mi alma en tus manos, te la entrego, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo. Y para mí es una exigencia de amor entregarme, abandonarme en tus manos sin medida, con una confianza infinita, porque tú eres mi Padre». Esta tan conocida oración de abandono, me libera de cualquier comentario. Refleja su disposición de abandono total en el Señor de la vida y de la misión. Y es un desafío para todos nosotros. Martirio: «Piensen los pequeños hermanos cada día que uno de los beneficios con los que su Señor Jesús los ha colmado es la posibilidad, la esperanza fundada, de concluir la propia vida con el martirio: que se preparen incesantemente a este final feliz...». El Beato Charles siempre deseó dar la vida por su Señor y por aquellos a los que Él había sido enviado. Quien se deja guiar por el Espíritu que animaba a Jesús de Nazaret es capaz de servir a la verdad hasta la aceptación total del martirio. Porque todo lo que brota de un corazón puro, recto y noble, es como un grito ensordecedor, incluso para los oídos de los violentos. El gesto de dar la propia vida para salvar la de los demás es la demostración máxima de amor y generosidad. 3. Intuiciones perennes Repaso algunas intuiciones que, surgidas de un corazón enamorado de Dios y de los hermanos, continúan siendo una enseñanza actualmente en la Iglesia y en todo contexto misionero. La reciente Beatificación de Charles de Foucauld ha puesto el sello de la Iglesia a su enseñanza y su santidad de vida. La implicación de los laicos en la misión: Ante la dificultad de muchos gobiernos para aceptar sacerdotes y religiosas en Argelia, Charlesde Foucauld pensó en implicar a los laicos como colaboradores en la misión. Fue especialmente hacia el final de su vida cuando se dio cuenta del gran trabajo que se podía realizar entre los Tuareg a través de la colaboración con los laicos. Se necesitaban escuelas, formar a las mujeres, curar a los enfermos... Pero ninguna religiosa podía entonces entrar en el Sahara. Fue entonces cuando escribió la regla para una asociación de laicos. Tenía la firme convicción de que con su ejemplo podrían “contagiar” a muchas personas, como en los primeros tiempos del cristianismo. «Se necesitan cristianos como Priscila y Aquila, que realizan el bien silenciosamente, con una vida de pobres vendedores ambulantes». Nuevos modos de evangelizar: La situación “extrema” en la que Charles de Foucauld se encontró viviendo favoreció el nacimiento de una metodología misionera innovadora. Una metodología que, en primer lugar, tiende a evangelizar los ambientes donde los cristianos son una gran minoría. En segundo lugar, tiende a implicar plenamente a los laicos. La estrategia que el Beato Charles propone procede de un análisis riguroso del ambiente y de la sociedad Tuareg entre los que vivía. Sugiere que por encima de todo se promuevan y desarrollen las potencialidades humanas del pueblo, que considera merecedoras de gran atención: «Se debería “instruirles”, y con la instrucción introducir “la educación y la civilización”». Considera que la civilización «consiste en estas dos cosas: instrucción y dulzura». Pero por encima del método, el hermano Charles recomienda una actitud de escucha y de encuentro con el otro en la discreción, bajo la mirada de Dios. Escribe a Mére Augustine: «Ante la inmensidad de la obra y al pequeño número de los operarios, vemos la necesidad de suplir la necesidad de los medios exteriores con los interiores, los sobrenaturales. Es una gracia. Los medios naturales no están en nuestro poder; los medios sobrenaturales lo están siempre, ¡y son mucho más poderosos! Esforcémonos en estar cada día más convencidos de la presencia de Jesús». El apostolado mejor para el Beato Charles es el de la bondad: «Todos los cristianos hemos sido llamados, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos, célibes y casados, a ser apóstoles por medo del testimonio, para poder llevar a los demás a Jesús gracias a un modo de ser afable y tratando de ser todo para todos». Un “apostolado indirecto”: el apostolado de la amistad, que evita toda presión y que no despierta desconfianza o antipatía. La imitación de la vida escondida de Jesús en Nazaret: Aquí está el núcleo del carisma perenne del hermano Carlos de Jesús. Este es el ideal que le llevó primeramente a la trapa, luego a Nazaret y finalmente a ser sacerdote-misionero en el Sahara para «dar a conocer el Evangelio de manera laboriosa y escondida, en un silencio donde Dos manifiesta su presencia como “suave brisa”». 4. El mensaje perenne del Beato Charles de Foucauld Su figura singular de asceta y de místico ha inspirado hasta ahora a dieciocho institutos religiosos, todos ellos deseosos de compartir su carisma en el seguimiento de Jesús. Influyó de forma muy importante en la espiritualidad del siglo XX y sigue constituyendo, al comienzo de tercer milenio, un punto fecundo de referencia y una provocación. Acoger el Evangelio en su desnuda sencillez, evangelizar sin ninguna pretensión de conquista, dar testimonio de Jesús respetando plenamente toda experiencia religiosa diferente, poner de relieve el primado de la caridad vivida según el estilo de la fraternidad, tales son algunos de los aspectos significativos de su rica herencia. Su mensaje, aunque dirigido a la sociedad del presente, hunde sus raíces en la tradición de los apóstoles y de los mártires: «Nosotros nos sentimos llevados a poner en primer lugar las obras cuyos efectos son visibles y tangibles. Dios concede el primer puesto al amor y luego al sacrificio inspirado en el amor y a la obediencia que se deriva del amor. Debemos amar y obedecer por amor, ofreciéndonos como víctimas con Jesús, ¡como a Él le plazca! Le corresponde a Él manifestar, si quiere, que nosotros vivamos la vida de san Pablo o la de santa María Magdalena». En otras palabras, la vida y la muerte del Beato Charles son para nosotros una llamada a descubrir o redescubrir lo que hay de más radical y más esencial en la vocación cristiana: la vida según el Evangelio, el seguimiento de Jesús, la primacía de Dios en la misión. A los misioneros nos enseña un modo sencillo y radical de evangelización, que es inseparable del seguimiento total de Cristo. Él menosprecia la idea de que la evangelización consista simplemente en comunicar los contenidos del Evangelio y no comporte más bien la responsabilidad de hacerlos creíbles con el testimonio de la propia vida. El Beato Charles pudo haber pensado que su misión concluía en un absoluto fracaso. Pero a la luz del Viernes santo no fue así. Su experiencia de vida solamente fue seguir los pasos de Jesús, de los santos y de todo cristiano. Su ejemplo nos consuela también a nosotros cuando podamos sentirnos privados del éxito en nuestro apostolado, o cuando, a pesar de los esfuerzos pastorales realizados, nuestras iglesias siguen vacías y la sociedad parece encaminarse por el sendero de la descristianización. Conclusión Hemos entrado en contacto con una persona de Dios que vivió una espiritualidad original, caracterizada por unos colores intensos tanto en la dimensión horizontal como en la vertical. Fue un héroe de santidad, pero también un prodigio de ciencia, un lingüista inigualable, un hombre de relaciones, un admirable programador, un trabajador indefenso. Este hombre, tras un largo itinerario de búsqueda, encontró su sitio en la Iglesia y su plena realización personal en una forma de vida completamente entregada a la gente y a Dios. Que su “pedagogía de santidad” nos espolee a todos los Misioneros de la Consolata a caminar resueltamente hacia aquella “alta estatura de vida cristiana ordinaria” a la que nos invita la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Que la intercesión de la Consolata y del Beato Allamano nos ayude a cada uno a vivir intensamente el bienio de la santidad querido por nuestro XI Capítulo General. Os saludo fraternalmente. P. Aquiléo Fiorentini, imc
Padre General I Así se llaman las pequeñas colonias de los agricultores.
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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