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| Padre Aldo Vittorino Bona (1915-2006) |
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| Escrito por P. Pietro Trabucco, IMC | |
| 17.05.2007 | |
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Padre Aldo Vittorino Bona, imc
1915-2006 El P. Bona Aldo, hijo de di Felice y de Maria Bona, nació en la Parroquia de S. Donato di Mango, diócesis de Alba, el 10 de abril de 1915. Con ocasión de la celebración de sus 25 años de sacerdocio, el “Bollettino Parrocchiale” de S. Donato di Mango traza un perfil del padre Aldo e ilustra ampliamente las actividades de sus primeros 25 años de sacerdocio. De ese perfil recojo numerosas noticias y detalles bográficos. Aldo hizo sus primeros estudios básicos en el ambiente de S. Donato y se distinguió por su empeño en el estudio y una asiduidad ejemplar al servicio litúrgico en la parroquia. La gente del pueblo le recuerda especialmente por sus travesuras y porque a menudo se le podía ver como el jefe de una banda de muchachos. Era tanta su vivacidad que todos le conocían con una expresión de su tierra piamontesa: “’l desbela ‘d Sandunà”. Pero este muchacho travieso tenía también un corazón generoso, afirma el Párroco, y Dios se fijó en aquella vivacidad para conducirle hacia el bien. Tiempo de formación En 1927, terminados los estudios primarios, Aldo ingresaba en nuestro Instituto como seminarista. Todos dudaban en su pueblo de que aquel muchacho tan inquieto resistiría en el seminario mucho tiempo. Aldo demostraría que no solamente era capaz de estar cinco años sin volver a casa, sino de ser ejemplar en orden y disciplina y de estudiar con la debida seriedad. De la casa de Favria pasó a Turín para el liceo. Un año después hacía el noviciado en Rosignano Monferrato, al final del cual comenzaba los estudios de teología. En su carpeta encuentro detalles sobre él de sus formadores (PP. Monticone, Durando, Fea). Se pueden leer algunas líneas bastante lisonjeras en relación con el clérigo Aldo Bona: “laboriosísimo e inteligente”, “jovial y simpático”, “piedad seria, e iluminada”, “fue asistente en 3° curso de filosofía y un excelente educador”, “da garantías y destaca en todo”, “es uno de los mejores en todos los aspectos, especialmente por un espíritu religioso auténtico”. Era evidente que el “travieso” de S. Donato había dado un vuelco a su conducta. El 2 de junio de 1939, en Turín, el P. Aldo Bona era ordenado sacerdote por el cardenal Maurilio Fossati y un mes después celebraba la primera Misa solemne en su pueblo natal. El P. Aldo había cambiado hasta el punto de que su desbordante dinamismo presagiaba lo mejor en su futura actividad pastoral y en la misión. Formador de los jóvenes en Italia El P. Aldo comienza su actividad sacerdotal y misionera en Italia. He aquí algunas etapas: - 1940-41: profesor en el seminario de Varallo Sesia; - 1942-45: cuatro años como vicedirector en ese mismo seminario; - 1945-48: tres años como director en el seminario de Vittorio Veneto (Treviso); - 1948-54: vuelve a Varallo Sesia y durante seis años es director del Liceo. Profundo conocedor de la pedagogía y la psicología, en los catorce años al servicio de de la formación de los jóvenes candidatos misioneros el P. Aldo no se limita a la simple enseñanza o a mantener la disciplina, sino que, en perfecta armonía con los superiores, reorganiza la vida de seminario, siempre a la vanguardia en todo para preparar cada vez mejor a los alumnos para su misión futura. Su personalidad de verdadero apóstol y de maestro, conocedor del alma juvenil, deja una profunda huella en la formación de los seminaristas IMC de Italia. En 1949 tiene lugar el Capítulo General del Instituto. El P. Aldo es elegido representante capitular y el Capítulo lo nombra consejero de la Región Italia. A pesar de estos reconocimientos y de la estima de que goza entre los hermanos de Italia, el P. Aldo sueña siempre en una misión más universal y fuera de su país. Misionero en Colombia Destinado a la nueva circunscripción de Colombia, el P. Bona zarpa en 1954 de Génova rumbo a América Latina, donde le espera un nuevo y dilatado campo de trabajo. Los primeros nueve años en Colombia los dedicará a los jóvenes seminaristas de San Félix y de Bogotá. Su trabajo, además de atender a la educación, tiene que atender a la construcción de su seminario. En 1963, al fin, se le asigna por vez primera el cometido de párroco de una gran parroquia en Bogotá. Su dinamismo y entusiasmo, su bondad y tacto con la gente, su apertura y amplia visión para afrontar los problemas le atraen la estima y el afecto de todos. La crónica que el párroco de S. Donato di Mango escribe en el “Boletín Parroquiel” pone de relieve los sentimientos y los méritos del P. Aldo en sus diez años de misión. «Sus cristianos ven en el P. Aldo no solamente al apóstol y al ministro de Dios, sino a un verdadero padre de corazón generoso, comprensivo y bueno, abierto a todos los problemas y a todas las necesidades, un padre que se ha hecho “todo para todos para salvar a todos”. El P. Aldo se siente contento y continúa entregándose con entusiasmo a todos, porque siente y sabe que solamente así, en el amor, el hombre crece, pero en el verdadero amor, el amor cristiano, que hermana a todos y une en una sola y gran familia, hijos todos de un mismo y único Padre». Su correspondencia con la Dirección General no ofrece muchos detalles sobre su actividad en Colombia. En dos casos puntualiza su dificultad para aceptar tareas de responsabilidad que los hermanos o los superiores de la Delegación siguen encomendándole. Confiesa que su único deseo es trabajar en medio de la gente y en su bien, o dedicarse completamente, sin condicionamiento alguno, a los jóvenes del Seminario. Escribe el 1° de abril de 1959 al Superior General: «Quiero ahora, con toda la fuerza de que soy capaz, pedirle un favor: que me liberen del cargo de consejero de la querida Delegación Colombiana... Concédame algún descanso en esta tarea de tener que solucionar asuntos de los demás para poder centrarme en mi trabajo del Seminario y dedicarme un poco más a renovar mi vida espiritual. […] No piense, reverendísimo Padre, que esta petición sea efecto de una humildad sincera o falsa, de desánimo o pesimismo o de cualquiera otra cosa…». El P. D. Fiorina, en una nota al margen de esa carta, escribe: “Aconsejado que permanezca en su cargo”. Diez años más tarde, terminado el Capítulo General especial de 1969, el P. Aldo es destinado al Seminario Juan XXIII de la Moraleja-Madrid. Su tarea sería apoyar el trabajo de los formadores y promover la animación misionera en la ciudad. El P. Aldo, aunque obedeciendo con “temor y temblor”, no deja de manifestar a los superiores mayores sus dudas y su perplejidad. Pocos meses después, en efecto, en una carta de doce páginas al P. Cavallin, secretario general, tras exponer los detalles de su experiencia, concluye que no se siente apto para ningún trabajo en aquel contexto, al tiempo que constata que su salud se va deteriorando. La intercesión del P. Cavallin ante la Dirección General fue tenida en cuenta, ya que poco tiempo después, en enero de 1971, el P. Aldo vuelve nuevamente a Colombia. La ficha anagráfica recuerda las últimas etapas colombianas del P. Bona: Guaduas: 1971-73; Bogotá: 1973-76; Medellín: 1976-77; Bogotá, casi sin interrupción hasta su vuelta definitiva a Italia en el 2006. Su muerte El P. Aldo Bona falleció el 18 de octubre del 2006 en la enfermería de Alpignano, asistido por el P. Giovanni Genta. La misa de exequias fue presidida por el vicesuperior regional, P. Saverio Garello, asistido por los padres Bosello y Carminati. Sus restos mortales descansan en el cementerio de Alpignano. El P. Garello, en la homilía, lee con emoción el testamento espiritual del P. Aldo, dirigido a sus hermanos, familiares y amigos, del que reproducimos algunos párrafos: «Dios, que es amor, me creó por amor, me cuidó con amor 91 años, me llamó constantemente a manifestar su amor y me está esperando en la felicidad y en la plenitud de su amor infinito y eterno. Esta es mi vocación y misión: la llamada al amor. Mientras concluye mi misión en este magnífico y maravilloso mundo, atravieso el puente que me une al otro mundo, que es aún más misterioso y fabuloso: allí me está esperando Dios. Al tiempo que os doy las gracias, os invito a glorificar a Dios conmigo por el regalo de la vida y el tesoro inmenso de mi vocación a Dios y al prójimo, y por haberme conservado, minuto a minuto, en su amor infinito. No debemos hablar de muerte, de luto ni de lágrimas. Estos son momentos de fiesta por mi vuelta a la casa del Padre; como el hijo pródigo, yo también acogido, esperado y abrazado, estaré participando de esta fiesta solemne. Queridos amigos, no os digo adiós, sino hasta la vista; os aseguro que os amo y os amaré siempre y que me siento feliz; seguiré amándoos desde allá arriba. P. Aldo». ¡Que descanse en la paz eterna! P. Pietro Trabucco, IMC
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| Ultima modificación ( 16.05.2007 ) |
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