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| XI. La misión como formación de comunidades |
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| Escrito por p. Francisco Lerma, imc | |
| 08.02.2007 | |
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“Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente”. Con la alianza, Israel se convierte en el pueblo de Dios, del Dios único; y Dios en su Señor. Jesús, renovando la alianza de un modo definitivo, forma el nuevo pueblo de Dios, mostrando los elementos característicos de la nueva comunidad.
1. Necesidad de la relación Las ciencias humanas nos dicen que las personas somos por naturaleza seres sociales. De hecho lo experimentamos diariamente. No existimos sin relacionarnos entre nosotros, sin construir un tejido social en el que se desarrolle nuestra personalidad y la propia sociedad. Es una exigencia muy honda del ser humano. Sucede igualmente con la experiencia religiosa en general y, por consiguiente, con la propia vida cristiana. Sentimos, de hecho, la necesidad de compartir con los otros lo que vivimos en lo más hondo de nuestro ser. De ahí que se pueda afirmar que no hay religión sin pueblo propio, sin comunidad; y que no hay cristianos sin Iglesia. No se puede vivir la fe sin comunidad. 2. La formación de un pueblo Se puede considerar la historia de Israel como el camino de formación de un pueblo. Los israelitas estaban dispersos. Eran nómadas, errantes, tribus divididas y enemigas, que experimentaron la acción de Dios, que los congregó para formar un pueblo unido. El viaje de Egipto hacia la tierra prometida es el itinerario de un pueblo en busca de identidad. La historia comienza con la experiencia de Dios como libertador de la esclavitud en que se encontraban. Durante la marcha, Dios es el guía seguro, que les acompaña (Gen 33,14) y, progresivamente, les va dando los elementos constitutivos del pueblo: la ley (Ex 20,1-21), la palabra iluminadora, la dignidad, las exigencias pertinentes y el aliento para caminar. Con ellos establece una alianza (Ex 24,8). De este modo Israel se convierte en el pueblo de Dios, del Dios único; y Dios en su Señor. Esta historia es el modelo ejemplar de las intervenciones de Dios en la humanidad, y, en definitiva, de la misión de Cristo, enviado del Padre. El pueblo, en su toma de conciencia, recuerda la promesa hecha a Abrahán: “Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre que será una bendición” (Gen 12,2). 3. El nuevo pueblo de Dios Jesús viene a cumplir todo lo que en el Antiguo Testamento era promesa y figura de lo que había de venir. Él dedica toda su vida a anunciar que el Reino de Dios ya está presente, cumpliéndose ahora las promesas de los profetas: “Comenzó, pues, a decirles: ’esta Palabra, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (Lc 4,21). La intención de Jesús fue formar un nuevo pueblo de Dios, una nueva familia de creyentes, que demostrase con su conducta lo que significa dejarse conducir por su palabra y guiar por su Espíritu (1 Ped 2,9-10). Este pueblo, con el estilo de su vida, debería atraer a su seno a otros pueblos. Jesús muestra los elementos característicos de la nueva comunidad: la abolición de las relaciones de dominio (Mc 10,42-45) favoreciendo las de servicio; la renuncia a la violencia (Mt 5,38-39), en favor de la paz; la supresión de las diferencias sociales (Gal 3,26-29) en beneficio de la universalidad; y la práctica de la solidaridad (Gal 6,2), contra el egoísmo y la indiferencia. Este nuevo pueblo de Dios tiene por cabeza a Cristo (Ef 1,22), recibe una nueva ley (Jn 13,34), y un camino nuevo (Mt 5,1-12); y tiene la dignidad de los hijos de Dios (Jn 1,12). Lo resume así el Concilio: “Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente” (Lumen Gentium 9). 4. Del anuncio nacen las primeras comunidades El Espíritu impulsa a hacer comunidad. Así lo entendieron los primeros cristianos. Inmediatamente después de la resurrección de Jesús y al anuncio de Pedro, los que se convertían comenzaron a formar las primeras comunidades (Hech 2,41). Es el Espíritu el que conduce los primeros pasos de la Iglesia naciente, moviendo los corazones de las personas para constituir comunidades de vida y de acción, de fe y de misión. Nos lo recuerda Juan Pablo II: “El Espíritu mueve al grupo de los creyentes a ‘hacer comunidad’, a ser Iglesia. Tras el primer anuncio de Pedro, el día de Pentecostés, y las conversiones que se dieron a continuación, se forma la primera comunidad” (Redemptoris Missio 26ab). 5. Un estilo propio Escucha de la Palabra
Los creyentes se reunían como nuevo pueblo de Dios en la escucha de la Palabra, pues es ella quien convoca, a ejemplo del pueblo de Israel que se congregaba por medio de la Palabra: “¡Escucha, Israel! El Señor es nuestro Dios, Él es el Señor”. La Palabra constituía la comunidad, ésta se dejaba orientar por ella y de ella se alimentaba. El pueblo unido vivía en fraternidad, pues todos se sentían con la misma dignidad y libertad de hijos de Dios, y, en consecuencia, hermanos entre sí. Asiduas en la oración
Eran, también, comunidades asiduas en la oración, para la que se reunían diariamente, alabando y dando gracias al Señor e intercediendo por todos los hombres (1 Tim 2,1). La fracción del pan
La unión de la comunidad se renovaba y se fortalecía en la fracción del pan eucarístico, donde se fundían las diversidades, formando todos un único cuerpo (1 Cor 12,12-13). A este respecto, Juan Pablo II dice: “Una de las finalidades más importantes de la misión es reunir al pueblo en la escucha del Evangelio, en la comunión fraterna, en la oración y en la eucaristía” (Redemptoris Missio 26c). El ideal de la unidad
Un solo corazón y una sola alma es el ideal de ayer y de hoy de las comunidades que nacen de la acción misionera de la Iglesia. Un ideal grande y extraordinario, fruto del esfuerzo y del compromiso de todos, pero expuesto también a la fragilidad. El peligro de la división ha acechado constantemente la vida de las comunidades y de la Iglesia. Jesús lo había previsto, rezando por la unidad de sus discípulos y de los que en el futuro creerían en su predicación: “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,10). Pablo no se cansa de advertir de este peligro a las comunidades, pues las divisiones en el seno de la comunidad cristiana aparecen muy temprano (1 Cor 1,10-12). Conforme va aumentando la Iglesia y se va expandiendo, paralelamente crecen las divisiones, cada vez más complejas por causas, muchas veces, ajenas a la fe, es decir, por la cultura y la política. Así se expresa Juan Pablo II: “Vivir ‘la comunión fraterna’ significa tener ‘un solo corazón y una sola alma’ (Hech 4, 32), instaurando una comunión bajo todos los aspectos: humano, espiritual y material” (Redemptoris Missio 26d). Compartir los bienes
Una comunidad cristiana auténtica está comprometida permanentemente en compartir sus bienes sin discriminación de personas, para que no haya, entre ellos, nadie que padezca necesidad. Es una exigencia radical del Evangelio, tan importante que los creyentes serán juzgados por su fidelidad a esta recomendación del Señor (Mt 25). Juan Pablo II escribe: “La verdadera comunidad cristiana se compromete también a distribuir los bienes terrenos para que no haya indigentes y todos puedan tener acceso a los bienes ‘según su necesidad” (Redemptoris Missio 26e). 6. Misión por irradiación Al principio del cristianismo, se hablaba de fascinación, de admiración y capacidad de atracción de los cristianos que vivían en comunidades muy diferentes a las de los grupos sociales de su tiempo. Efectivamente, en el mensaje de Jesús y en la experiencia de las comunidades primitivas, aparece el concepto de misión por irradiación, es decir, el anuncio realizado por medio de comunidades que son atrayentes por su estilo de vida (Hech 2,47): “Las primeras comunidades, en las que reinaba’la alegría y sencillez de corazón’ (Hech 2, 46) eran dinámicamente abiertas y misioneras, y ‘gozaban de la simpatía de todo el pueblo’(Hech 2, 47). Aun antes de ser acción, la misión es testimonio e irradiación” (RM 26f). No hay que olvidar que la misión por irradiación está íntimamente unida al envío misionero y al anuncio explícito de la Buena Nueva. El enviado sale de su comunidad y va a un pueblo, situación cultural o fenómeno social, entra en él, se solidariza, acompaña los diferentes proyectos de vida de la gente. Allí, desde dentro, anuncia la Buena Nueva. Los que acogen y responden al anuncio, comienzan un nueva comunidad cristiana (Hech 2,42-47; EN 13; 16). El estilo de estas comunidades es pauta y guía para la misión actual de la Iglesia. Son este tipo de comunidades las que hay que formar en las diversas situaciones culturales y fenómenos sociales de los países donde se anuncie la Buena Nueva. Para reflexionar y compartir 1. Piensa sobre el significado humano de esta afirmación: “Las personas no somos islas”. 2. ¿Por qué tenemos que vivir la fe en comunidad? ¿No es suficiente creer en lo íntimo de nuestra conciencia y vivir individualmente la fe? 3. ¿Qué características de la vida de las primeras comunidades te parecen más importantes para tener en cuenta hoy en día? 4. ¿Que significa la expresión misión por irradiación? Desde el testimonio A. Bonhoeffer, pastor y teólogo protestante, muerto en un campo de concentración nazi: “Comunidad cristiana significa comunión en Jesucristo y por Jesucristo. Ninguna comunidad cristiana podrá ser más ni menos que eso. Y esto es válido para todas las formas de comunidad que puedan formar los creyentes, desde la que nace de un breve encuentro hasta la que resulta de una larga convivencia diaria. Si podemos ser hermanos es únicamente por Jesucristo y en Jesucristo” (A. Bonhoeffer, Vida en comunidad). Desde la oración Señor, tu Iglesia se encarna de hecho en las iglesias particulares, en nuestras pequeñas comunidades, pues nos dijiste que donde dos o tres estén reunidos allí estás Tú, en medio de ellos. Haz que la Iglesia eche sus raíces en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, tomando en cada parte del mundo aspectos y expresiones diversas. Haz que nuestras comunidades respondan a las aspiraciones más profundas de los pueblos y de las comunidades humanas. Haz que nuestras comunidades sean también hoy misioneras y evangelizadoras. |
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| Ultima modificación ( 24.04.2007 ) |
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