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| XIII La misión como: consolación |
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| Escrito por P. Francisco Lerma, imc | |
| 23.02.2007 | |
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Hemos recibido el ministerio de la consolación, como recuerda San Pablo a las primeras comunidades en sus viajes apostólicos. De hecho su misión se identifica con la consolación de Dios a su pueblo, sintiéndose portador de un consuelo profundo que él proyecta en su ministerio. A imitación de María cada uno de nosotros debe mostrarse como el lugar de la consolación de Dios.
1. Consolación humana
El consuelo siempre parte de una situación de sufrimiento, aflicción, esclavitud, que puede ser física, moral, individual o comunitaria. Delante de situaciones aflictivas sin respuestas humanas, el pueblo de Israel siempre ha buscado una salida divina. Esta primera constatación nos obliga a hacer una lectura diferente de las muchas situaciones dolorosas de nuestro mundo y de nuestros hermanos y hermanas y concretamente donde vivimos y trabajamos. Se trata de los gritos de nuestra gente, de las nuevas esclavitudes, de los sufrimientos de hoy, del odio entre pueblos, culturas y religiones, del dominio económico, de sufrimientos morales, del alejamiento de Dios, de las injusticias de personas e instituciones, del pecado personal y estructural.
Hay una consolación humana, que cada pueblo ha construido con su propia sabiduría. Todos en sus culturas cuidan de consolar al triste. Quien pierde un ser querido o atraviesa por otras situaciones de sufrimiento es digno de recibir consuelo. Cada persona siente la obligación moral de consolar al que sufre. Cada uno puede recordar ejemplos de su propio pueblo o de los pueblos en los que trabaja. Todas las culturas, religiones, escuelas de pensamiento, movimientos humanitarios, de la antigüedad hasta nuestros días, han tenido y tienen prácticas propias para consolar a los afligidos, para cuidar a los enfermos, para ayudar a los que sufren. Recordemos, por ejemplo, las enseñanzas de los filósofos de la antigüedad y del patrimonio cultural de cada pueblo que encontramos en proverbios, enigmas y mitos. 2. El Dios de toda consolación
Toda la acción de Dios, desde la creación hasta el cumplimiento de la consolación definitiva en Cristo, Mesías Consolador, y en el Espíritu Consolador, se presenta bajo la óptica de la consolación. La Sagrada Escritura vas más allá de un consuelo humano. Sin negar el consuelo humano, la Biblia ofrece un consuelo que está en otra dimensión. Es de otra índole. Los profetas anuncian un consuelo divino, que tiene como protagonista al propio Dios, el Dios de toda consolación, que habla al corazón del hombre. Esta consolación no es algo material, es una persona; y no queda en la periferia, en la superficie del individuo, entra dentro de la propia persona, habla al corazón, centro de los sentimientos y de las decisiones.
El poema del regreso del destierro (Is 40,1-10) nos habla del segundo Éxodo, más glorioso que el primero. Recoge lo antiguo, lo actualiza históricamente. Así podemos entender el sentido profundo de la consolación en la Biblia, es éste: la salvación de Dios que, personalmente, penetra en la historia para realizarse en ella plenamente. El escenario es el pueblo sumergido en la aflicción. Un pueblo desterrado está sumergido en la desolación, sin espacio para su historia, cultura y religión. Es un pueblo desgraciado. Entre esta oscura realidad, el profeta se siente llamado por Dios para gritar el anuncio de la consolación que viene de las manos de Dios. Jerusalén devastada, dolor grande sin consuelo (Cfr. Lm 1,12 y 2,13). Israel ha vivido la experiencia del abandono total (Is 49,14); y como Jerusalén, mucha gente y muchos pueblos han pasado y pasan por esta misma experiencia.
pueden y tienen que preparar los caminos a Dios, pero es el propio Dios quien traza los caminos en la soledad del desierto y en la soledad del corazón del hombre. El consuelo aparece en este contexto como liberación y vuelta a la patria, por lo que el ministerio profético es un ministerio de consolación. Quien habla al corazón es el propio Dios; los profetas (hoy, nosotros), tienen sólo que crear el ambiente favorable para el encuentro del hombre con el Dios de toda consolación. 3. El Mesías consolador Cristo comienza su misión presentado por Juan como redentor y consolador de los siglos. Se presenta en la sinagoga proclamando el texto de Isaías que manifiesta el consuelo divino: enseñar y hacer el bien a los pobres, a los prisioneros, a los ciegos, oprimidos, esclavos (Lc 4, 21); recorre Galilea como el predicador-consolador anunciado por la Escritura. Con su actividad evangelizadora, es la luz y la consolación de Israel. Jesús afirma categóricamente la consolación total que Él mismo entrega al mundo: “Venid a mí todos los que andáis cansados y atribulados…yo soy manso y humilde de corazón y en mí encontraréis descanso para vuestra vida” (Mt 11,28-29). Jesús y los pobres resuenan en el Evangelio como la consolación definitiva de Dios para la humanidad. Aquí encontramos la raíz de la consolación: en el amor misericordioso de Jesús para con los pobres, los afligidos, los ciegos, los oprimidos; en la gratuidad, compasión y donación absoluta de sí mismo por su salvación y liberación. La salvación se realiza en el encuentro personal con Cristo en la fe. Jesús es consolación de Dios: Dios que viene al encuentro del hombre para consolarlo. El consuelo no es algo, es Alguien, es Él, el propio Dios, con su rostro paterno y materno. 4. María, madre de la consolación de Dios María, profundamente insertada en el misterio de Cristo, objeto esencial de la misión, nos muestra cómo por su misión materna y ejemplar ha anticipado en sí misma la misión de la Iglesia: acoger y anunciar la Palabra; ser cauce e instrumento activo y responsable de la consolación de Dios. María es instrumento de misericordia y consolación. A la luz de su vocación captamos e interpretamos nuestra propia vocación misionera. Necesitamos profundizar constantemente en su condición humana de mujer, comprometida en la historia de la salvación, para llevar a cabo nuestro servicio de consolación. A imitación de María cada uno de nosotros debe mostrarse como el lugar de la consolación de Dios. La Iglesia invoca a María como consuelo de los afligidos. 5. La Iglesia primitiva La Iglesia primitiva siempre ha visto la mano consoladora de Dios. Dios consuela, anulando definitivamente toda aflicción, esclavitud y lágrimas: “Él secará las lágrimas de sus ojos, pues ya no habrá más muerte, ni luto, ni grito, ni dolor. Todo lo antiguo desaparece” (Ap. 21,3-5). Pablo, escribiendo a las primeras comunidades, se siente portador de un consuelo profundo que él proyecta en su ministerio (2 Cor 1,3-11; 7,4). El apóstol subraya los fundamentos, la largura, la fecundidad y toda la dimensión de la consolación: Cristo en su misterio pascual. El sufrimiento humano puede llegar a los límites que superan las mismas fuerzas, entonces Pablo dirá que la única esperanza de consuelo-liberación-salvación es Dios que resucita de entre los muertos. También puede llegar la desolación hasta la muerte, pero nadie nos podrá privar de la consolación porque no está en nosotros como algo superficial, sino en el propio Dios, el Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo. Pablo también nos indica el camino que debemos seguir: él consuela como un padre (“Sabéis muy bien que tratamos a cada uno como un padre trata a sus hijos”, 1Ts 2,11-12); y como una madre (“Hijos míos, sufro nuevamente con dolores de parto hasta que Cristo se forme en vosotros”, Gal 4,19); como un hermano (“Hermanos, por la misericordia de Dios”, Rom 12,1); con los sentimientos de mansedumbre, bondad y amor de Cristo (“Soy yo mismo Pablo que os suplico con la mansedumbre y la bondad de Cristo”, 2Cor 10,1). 6. Dios se vale de colaboradores Ahora nos toca a nosotros seguir estas enseñanzas en nuestra evangelización contextualizada, liberadora e inculturada. Los profetas son enviados para consolar: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor”. Pablo se siente colaborador de Dios en el ministerio de la consolación. Hoy Él sigue llamando a otras personas, a otros profetas, a otros apóstoles, para manifestar y comunicar su consuelo a los que sufren. Los colaboradores llamados son también consolados. Los colaboradores de ayer y de hoy tienen que experimentar en primer lugar la acción consoladora de Dios en ellos mismos. No son instrumentos materiales. Transmitimos lo que hemos experimentado, lo que hemos vivido de la consolación de Dios. Solamente así seremos consoladores, como lo fue Pablo, como lo fueron los profetas de ayer y de hoy: en el anuncio, en la formación y en la denuncia. Efectivamente, la Justicia y la Paz son la expresión de nuestro carisma de consolación en la misión. ¿Qué consolación? Consolar al estilo divino. Consuelo a todos los niveles, individual, comunitario, global, integral. Consuelo sin igual. Para reflexionar y compartir 1. Indica el tipo de consolación que ante las situaciones de sufrimiento debemos dar como prueba de solidaridad humana. 2. ¿Hasta dónde puede llegar nuestro compromiso cristiano en las situaciones de sufrimiento de nuestros hermanos? 3. Describe la enseñanza de San Pablo sobre el ministerio de la consolación y el ejemplo de las primeras comunidades cristianas. 4. ¿Qué nombre le podríamos dar hoy al ministerio de la consolación? Desde el testimonio Santa María Rosa Molas (1815- 1876), fundadora de las Hermanas de la Consolación: ella quiere que sus hijas – como María- acojan también en su regazo el dolor de los hombres, dolor asumido por Jesús. Y, desde la hondura fecunda y esperanzadora de su cruz, le lleven su consolación. Y quiere que sus hijas –como María- con entrañas de misericordia, que es ternura, compasión, cercanía, acogida, bondad, lleven a Cristo al corazón de los hombres. (M. Esperanza Casaus, Misericordia y consolación, 416). Desde la oración ¡Señor! Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza. Donde haya tinieblas, que yo ponga luz. Donde haya tristeza, que yo ponga alegría. Haz que yo no busque tanto ser consolado, como consolar, ser comprendido, como comprender, ser amado, como amar yo mismo. Porque es dando como se recibe. Olvidándose de sí mismo es como se encuentra uno a sí mismo. Perdonando es como somos perdonados. Muriendo es como se resucita para la vida eterna. |
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| Ultima modificación ( 23.02.2007 ) |
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