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XII. La misión como laicado misionero Imprimir E-mail
Escrito por P. Francisco Lerma, imc   
15.02.2007
Todos los bautizados forman el único pueblo de Dios. Como bautizados, los laicos están comprometidos en la misión evangelizadora de la Iglesia y están llamados a hacerla presente y operante en lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza.

1. Un largo letargo
Lenta pero progresivamente, se están superando los tiempos en que los laicos eran considerados como cristianos de segunda y tratados con mucho paternalismo. Ellos mismos sentían que el ocuparse de la familia, el trabajo, la política, el sindicato, el ocio, les distraía del compromiso con el Evangelio y el Reino. Incluso algunos religiosos les decían que eso no era para ellos. Ahora podemos afirmar que los laicos van asumiendo sus responsabilidades en la misión.

2. Vientos nuevos
El Concilio Vaticano II ha abierto una era de renovación profunda, que afecta a todos los sectores de la Iglesia, desde la teología, la moral, y el derecho, hasta la pastoral y la propia organización. Como un nuevo Pentecostés, el Espíritu Santo sopla por toda la Iglesia un viento arrebatador que todo lo transforma. Él conduce a la Iglesia por caminos nuevos. Una de las características de la renovación conciliar es el reconocimiento del lugar y misión de los laicos y la respuestas que ellos mismos están dando a su vocación. No hay cristianos de primera ni de ninguna clase. Todos los bautizados forman el único pueblo de Dios con la misma dignidad, igualdad y libertad de hijos del
mismo Padre, y todos reciben fundamentalmente la misma misión.

3. Ser laico
El ser laico es una opción positiva por Cristo, su persona y su mensaje; es ser discípulo y comprometerse en el anuncio y en la construcción del Reino en los ámbitos y circunstancias propios: la familia, el trabajo, la vida sindical y política, la economía, las amistades, el tiempo libre. Los laicos cristianos no son miembros de una asociación o ONG, que dedican parte de su tiempo a actividades asistenciales o de promoción, sin querer negar con esta afirmación el valor e importancia de estas organizaciones. Su compromiso es la propia vida, que un cristiano gasta en el seguimiento de Jesús, en testimoniarlo y anunciarlo a los otros. El laico cristiano siente la propia vida como respuesta a una vocación específica de Dios. Se descubre como discípulo seguidor de Jesús, actualizando constantemente la llamada a la evangelización, desde su bautismo. ¿Acaso la necesidad de evangelizar no va con los laicos? Si nos olvidamos de la misión, olvidamos el ser mismo de la Iglesia.

4. El primer paso
El primer paso en el anuncio del Evangelio es el testimonio de la propia vida. Este testimonio exige un estilo de vida nuevo, diferente, evangélico; y se expresa en la vida familiar, en la transmisión de valores a los hijos, en las responsabilidades sociales y políticas, en el tenor de vida, en la generosidad con los que sufren. Es esta fundamentalmente la espiritualidad laical, la espiritualidad de la vida, es decir, el Evangelio con sus exigencias vivido en la cotidianidad.

En realidad, los laicos ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico. Su laboriosidad en este aspecto debe ser un claro testimonio de Cristo y servir para la salvación de los hombres. Pero, siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.

5. Id, también vosotros

Como bautizado, el laico está comprometido en la misión de la Iglesia. La pasión por la misión, que sentía Pablo después de su encuentro con Cristo y que sigue entusiasmando a millares de misioneros y misioneras todavía hoy, también tiene que hacer mella en el corazón de los laicos cristianos. La misión no es un coto cerrado exclusivo de los religiosos y religiosas. Jesús también envía a los laicos a anunciar su Reino: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,3-4). Estas palabras no se dirigen sólo a los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, sino que se extienden a todos los cristianos.

También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión a favor de la Iglesia y del mundo. Ahí nace la responsabilidad de todos los bautizados en el anuncio universal: “La voz del Señor resuena ciertamente en lo más íntimo del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la iniciación cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido injertado como miembro vivo en la Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación” (Christifideles Laici 3e).

Todos los bautizados están llamados a integrarse en una misión común, la que señala el Evangelio y que la misma Iglesia asume como mandato del Señor: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todos los pueblos” (Mc 16,15). La vocación única y común marca a su vez la vocación común a la santidad, descrita siempre como perfección en el amor. De hecho, el Concilio, después de haber afirmado que: “(...) todos en la Iglesia están llamados a la santidad” (Lumen Gentium 39), añade: “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (Ídem 40).

6. Variedad y comunión en el compromiso
Todos los cristianos participamos de la misión profética de Cristo y cada uno de nosotros ha de empeñarse en realizarla, según la misión propia recibida. Algunos, en particular, la expresan en forma significativa: “El Espíritu Santo, concede también dones peculiares a los fieles (Cf. 1 Cor., 12,7) ’distribuyéndolos a cada uno según quiere’ (1 Cor., 12,11), para que ’cada uno, según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros’, sean también ellos ’administradores de la multiforme gracia de Dios’(1 Pe., 4,10). De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia” (Christifideles Laici 3).

Los retos urgentes y complejos del momento presente, sólo pueden encontrar respuesta eficaz, si la misión es asumida solidaria y responsablemente por todos los miembros de la Iglesia (CL 33-35). Los Sacramentos de la iniciación (bautismo, confirmación y eucaristía), nos capacitan y comprometen para esta misión.

7. No se trata de una moda
Así pues, todos los miembros de la Iglesia en virtud del mandato del Señor y en nombre de la Iglesia, realizarán la pastoral misionera, según las diferentes tareas evangelizadoras. Son precisos todos los ministerios… El Concilio invita a todos los bautizados a una profunda renovación, para que cada uno asuma su papel en la obra misionera (Ad Gentes 35). Los laicos son verdaderos agentes de misión, por vocación y no sólo técnicos al servicio de ella. Reconocer y acoger la vocación misionera laical no es una moda del momento sino una visión más completa del Evangelio y de la reflexión teológica actual. Su incorporación se realiza en función de una tarea evangelizadora propia que hay que promover entre todos.

Para reflexionar y compartir
1. ¿Qué significa ser laico? Explica su vocación específica según los documentos de la Iglesia, Cfr. Compendio del CEC, n. 177-178 (¿Quiénes son los fieles?); y 188-191 (¿Cuál es la vocación de los laicos?).
2. ¿Por qué el laico debe ser misionero?
3. ¿En qué se distingue el laico de un colaborador social de una ONG?
4. ¿Qué relación debe existir entre los laicos, los religiosos y los sacerdotes en la Iglesia?
5. Indica de qué tratan los documentos más recientes de la Iglesia sobre los laicos: el decreto conciliar Apostolicam actuositatem y la exhortación post-sinodal de Juan Pablo II, Christifidelis laici.
Programar el estudio de las partes principales de estos documentos.

Desde el testimonio

Los mártires de Guiúa (Mozambique): El 22 de marzo de 1992, en un contexto de desorden generalizado, violencia, odio y muerte, en el Centro Catequético de Inhambane (Mozambique), 23 personas civiles son bárbaramente masacradas, como inocentes víctimas llevadas al matadero. Formaban parte de un grupo de catequistas, que estaban comenzando un curso de formación para animadores de las comunidades cristianas de la diócesis. Antes
de morir, los catequistas fueron interrogados prolongadamente y en ningún momento negaron su identidad cristiana ni su condición de catequistas. En el momento de la muerte los catequistas se pusieron a rezar.

Desde la oración
¡Señor, Dios y amigo nuestro! Sabemos -sí, lo sabemos-, que combates a nuestro lado, porque –a pesar de todo-, a pesar de nuestros males y pecados, de nuestras infidelidades, de nuestra pereza, de nuestras pobres acciones, Tú estás con nosotros. Por todo esto, Señor, Dios y amigo nuestro, te damos gracias infinitas.
Porque queremos amarte más; porque tenemos corazones solidarios con otros pobres que son también poca cosa; porque otros ojos oprimidos nos ven cercanos; porque sabemos -¡sí!-, que nuestra ayuda está en tu nombre, Señor, que hiciste el cielo y la tierra.

Ultima modificación ( 15.02.2007 )