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Roma, 23 de octubre de 2005 Domund
Queridos Misioneros:
La Beata Madre Teresa de Calcuta será la protectora del Instituto para el año 2006. Estoy seguro de que esta elección será bien recibida, porque la Madre Teresa es una persona a la que todos hemos conocido bien y admirado. Muchos de nosotros han tenido incluso la suerte de encontrarse con ella personalmente. ¿Cómo no recordar aquel maravilloso 24 de mayo de 1987, cuando, aceptando nuestra invitación, vino a visitarnos a nuestra Casa General? En aquella ocasión nos habló del amor tierno de Dios hacia los más pobres, del misionero que es enviado para ser el amor compasivo de Dios con la gente. Nos animó a caminar, sin más pretensión, por el camino de la santidad misionera que nos dejó trazado el Fundador. Sentimos realmente que la santidad de la Madre Teresa es una santidad contemporánea, que nos ayuda a vivir bien nuestro ser de consagrados al servicio de todos aquellos que el Señor nos confía hoy
El motivo que nos ha llevado a elegir a la Madre Teresa como protectora se encuentra especialmente en el hecho de que su espíritu parece estar en sintonía con el de nuestra familia misionera en muchos aspectos. En esta carta me propongo justamente señalar algunos, valorando el pensamiento de la Madre Teresa y especialmente las palabras que pronunció en diferentes momentos y que son de una gran sencillez y al mismo tiempo de un fuerza incomparables.
1. Una ojeada a su biografía
Es la propia Madre Teresa la que se nos presenta con estas palabras: «Por sangre y origen, soy albanesa. Tengo la nacionalidad india. Soy una religiosa católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo entero, pero mi corazón pertenece por completo al Corazón de Jesús». Y más sencillamente: «Yo no soy más que un pequeño lápiz en las manos de Dios. Él es quien escribe. Él es quien piensa. Él es quien decide. Lo repito: no soy más que un pequeño lápiz en sus manos».
Nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, Albania, la última de los cinco hijos de una familia católica. Fue bautizada con el nombre de Gonxha Agnes. Huérfana de padre a los ocho años, fue educada con firmeza y amor por su madre, Drone, que influyó decisivamente en su mente, en su carácter y en su misma vocación. Ya desde niña, como ella misma afirma, arraigó en su corazón el amor a la Virgen María y, desde el momento de su primera comunión, el amor a las almas. Su formación religiosa se desarrolló posteriormente en el ámbito de la parroquia del Sagrado Corazón, dirigida por los Jesuitas, en la que se comprometió muy activamente. Precisamente en aquel tiempo leía con gran entusiasmo las cartas de los misioneros yugoslavos que trabajaban en Calcuta, lo que hizo que creciera en ella el interés por los demás y se abriera a la misión universal de la Iglesia.
Así, en 1928, a sus dieciocho años, llevada por el deseo de hacerse misionera, Gonxha Agnes entró en el Instituto de la Virgen María o “Hermanas de Nuestra Señora de Loreto”, en Dublín, cuya regla refleja la espiritualidad de san Ignacio. Aquí madura su deseo de «ayudar a todos los hombres» a encontrar el camino del Cielo. Elige el nombre María Teresa en honor de santa Teresa de Lisieux. El motivo de esta elección lo explicará ella misma con palabras que vienen a ser la síntesis de su espiritualidad: «Ha habido muchos santos que nos han precedido para señalarnos el camino, pero a mí me gustan los sencillos como santa Teresa di Lisieux, la Pequeña Flor de Jesús. Elegí su nombre porque hizo cosas ordinarias con un amor extraordinario». ¿Cómo no sentir en esta frase el ánimo de nuestro Padre Fundador y su «vivir lo ordinario de manera extraordinaria»?
Dada su pasión misionera, en 1929 fue destinada a India, a Darjeeling, para hacer allí el noviciado. Después de la profesión temporal, en mayo de 1931, fue destinada a Entally, donde comenzó a enseñar en la escuela para muchachas “St. Mary”. Finalmente, el 24 de mayo de 1937 sor Teresa emitió la profesión perpetua, definiéndose «esposa de Jesús para toda la eternidad». Desde aquel día se la llamó siempre “Madre Teresa”.
La fecha clave de su vida fue el 10 de septiembre de 1946 cuando, durante un viaje en tren desde Calcuta a Darjeeling para hacer los ejercicios espirituales anuales, la Madre Teresa recibió una especial “inspiración” o, como ella la definía, una “llamada en la llamada”. Aquel día, y de un modo que ella nunca contó, el deseo ardiente de saciar la sed de Jesús por las almas se adueñó de su corazón y se convirtió en el eje de su existencia. Fue como si Jesús le hubiera revelado su dolor por la indiferencia hacia los pobres, así como su ardiente deseo de ser conocido y amado por ellos. La Madre Teresa sintió el impulso interior de fundar una comunidad religiosa, las Misioneras de la Caridad, entregadas al servicio de los «más pobres entre los pobres». El 17 de agosto de 1948 vistió por vez primera el sari blanco bordado en azul, típico vestido de las mujeres pobres, y atravesó la verja de su amado convento de “Loreto” para entrar así en el mundo de los pobres. El 7 de octubre de 1950 la nueva Congregación de las Misioneras de la Caridad era reconocida oficialmente por el arzobispo de Calcuta y en 1965 recibía la aprobación pontificia.
Pero el dinamismo de la Madre Teresa no terminó aquí. Fue sorprendente su habilidad para reunir a su alrededor colaboradores en nombre de la caridad. Para responder mejor a las necesidades físicas y espirituales de los pobres, en 1963 fundó a los Hermanos Misioneros de la Caridad; en 1976 la rama contemplativa de las hermanas; en 1979 a los Hermanos contemplativos y en 1984 a los Padres Misioneros de la Caridad. El horizonte de la Madre Teresa no se ciñó a las vocaciones religiosas, pues a lo largo de aquel tiempo instituyó a los Colaboradores de la Madre Teresa y a los Colaboradores Enfermos y Dolientes, personas de diversas confesiones de fe y nacionalidad, con los que compartió su espíritu y empeño en obras humildes de amor. Sucesivamente fundó a los Misioneros de la Caridad Laicos y, como respuesta a la llamada de muchos sacerdotes que deseaban compartir su espíritu, en 1991 dio vida al Movimiento Corpus Christi para Sacerdotes, entendido como un “pequeño camino para la santidad”.
Finalmente, cansada y enferma, en marzo de 1997 bendijo a la nueva Superiora General de las Misioneras de la Caridad. Después de visitar al Papa Juan Pablo II por última vez, volvió a Calcuta y pasó las últimas semanas de su vida recibiendo a visitadores e instruyendo a sus hermanas religiosas. El 5 de septiembre de 1997 la vida terrena de la Madre Teresa concluía en este mundo. Jesús se la llevó al Cielo. Su cuerpo fue sepultado en la capilla de la Casa Madre, en Calcuta. Su tumba, una sencilla losa blanca, se convirtió en seguida en un lugar de peregrinación y de oración para gente de todos los credos, pobres y ricos, sin distinción de ningún tipo.
En la Madre Teresa, siempre muy dinámica y siempre feliz, hay un aspecto heroico que solamente se conoció después de su muerte. Su vida interior se caracterizó por la experiencia de una profunda, dolorosa y permanente sensación de haber sido separada por Dios, rechazada incluso, al mismo tiempo que sentía un deseo ardiente de Él. Esta prueba, que ella misma definió “la oscuridad”, comenzó en el periodo en que comenzó su apostolado con los pobres y duró toda su vida. A través de esa oscuridad, la Madre Teresa participó místicamente en la sed de Jesús, en su deseo doloroso y ardiente de amor, y compartió la desolación interior de los pobres.
2. La vocación: una llamada de amor
La vida del misionero se explica a partir de su conciencia de ser llamado por Cristo. Es como un acuerdo personal con Él. Esta es la riqueza del pensamiento de la Madre Teresa al respecto: «Para mí la vocación consiste en pertenecer a Jesús. Convencida firmemente de que nada me separará del amor de Cristo. No fui yo quien descubrió a Jesús. Fue Jesús quien me encontró y me eligió. En esto consiste una vocación fuerte: en pertenecerle a Él, en ser suyos para amarle con un amor y una castidad indivisibles, en la libertad que da la pobreza y en una entrega total en la obediencia. Él es la vida que yo quiero vivir. Él es la luz que quiero reflejar. Él es el camino hacia el Padre. Él es el Amor a quien quiero amar. Él es la alegría que quiero compartir. Él es la Paz que quiero hacer crecer alrededor de mí. Jesús es todo para mí. Sin Él, nada puedo hacer. Solamente para Él, en Él y con Él puedo vivir».
Como se ve, según la Madre Teresa la vocación se comprende y se realiza solamente a la luz de una comunión de amor intenso con la persona de Jesús, que perdura a lo largo de toda la vida. Sin ninguna duda, nuestro espíritu perfectamente sintoniza en esta longitud de onda. Siento espontánea la referencia a la explicación que daba nuestro Fundador para tranquilizar a sus jóvenes: «En cuanto a la vocación misionera, la cosa es muy sencilla. […]. Esta vocación es de los que aman mucho al Señor y ansían darle a conocer, dispuestos a cualquier sacrificio». También para el Beato Allamano la vocación consiste en una relación de amor total con la persona de Jesús.
Preguntada sobre el hecho de que haya tan pocas vocaciones en el mundo, la Madre Teresa, en más de una ocasión, manifestó su pensamiento sobre los jóvenes de hoy, indicando cómo los soñaba ella y deseaba que fueran realmente: «Hay excesiva riqueza, excesiva comodidad, un nivel de vida muy alto, non solamente en las familias, sino también en la vida religiosa. […]. Considero que hemos perdido la sencillez del Evangelio. Hoy los jóvenes no quieren ya escuchar, sino solamente ver. Cuando una joven viene a decirme que quiere hacerse monja con nosotras, le digo: ven y mira cómo vivimos. […]. Los jóvenes quieren ver una propuesta concreta de vida, no solamente escuchar bonitas palabras. Quieren una cosa: todo o nada. […]. Especialmente los jóvenes tienen hambre y sed de infinito. Muchas veces no consiguen ver a Dios en nosotros. Y esto es lo que los jóvenes no logran aceptar. Nosotros decimos una cosa, pero somos algo diferentes. Si nosotros no tenemos a Jesús, no podemos darlo a los demás; si no vivimos únicamente de Jesús, no podemos hacer que los otros lo vivan».
Hablando a los jóvenes, la Madre Teresa los provocaba justamente en el plano de la vocación y les decía sin medias palabras: «La vocación es pertenecer a Jesús tan profundamente que nada nos pueda separar de su amor. Vosotros y yo no debemos hacer otra cosa que dar vida a nuestro amor por Cristo. El amor lo toma todo y todo lo da, como Dios se nos entregó totalmente a nosotros. Dios no preguntará cuántos libros ha leído o cuántos milagros ha hecho una Misionera de la Caridad; lo que sí le preguntará es si ha puesto lo mejor de sí por amor a Él».
Los Misioneros de la Consolata podemos encontrar el mismo sueño de la Madre Teresa en nuestro Fundador. También él imaginaba a todos sus jóvenes “de primera calidad” o, como a menudo decía, de la “tercera clase”. Siendo un hombre de experiencia y muy concreto, no se hacía ilusiones en relación con la calidad de sus jóvenes, pero no cesaba de proponerles lo máximo, y lo explicaba así: «La tercera clase es de los generosos, de los que no rechazan nada. Así debemos ser nosotros; debemos decir al Señor: no quiero retroceder ante nada, soy un holocausto». El Fundador, que no necesitaba tratar sobre la escasez de vocaciones, entonces numerosas, quería que se presentara a los jóvenes de forma realista la vida misionera con sus exigencias. Al P. L. Sales, cuando estaba en el seminario de Bolonia para participar en un encuentro de promoción vocacional, le escribía: «Cuidado con entusiasmarles poéticamente. Háblales de la verdadera naturaleza del Instituto, de la disciplina y del espíritu que le caracteriza».
3. Una propuesta fuerte: camino de santidad
Es indudable que la Madre Teresa creó a su alrededor un clima que apuntaba al blanco de la santidad de la vida. Y esto no solamente sin afectación, sino con sencillez y decisión. Para ella, el primer paso hacia la santidad debía ser muy realista, es decir, tener la voluntad de lograrla: «Con voluntad íntegra amamos a Dios, elegimos a Dios, corremos hacia Dios, le alcanzamos, le poseemos. Muchas veces, con pretexto de la humildad, de la confianza, del abandono, hemos podido olvidarnos de utilizar la energía de nuestra voluntad. Todo depende de estas palabras: “quiero” o “no quiero”. Y en la palabra “quiero” debo poner todas mis fuerzas. ¿Qué es un santo más que un alma resuelta, un alma que actúa con fuerza? ¿Non era esto lo que entendía san Pablo cuando dijo: “Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza”? “Quiero ser santa” significa: quiero despojarme de todo lo que no es Dios, quiero exprimir mi corazón y vaciarle de todas las cosas creadas, quiero vivir pobre y desprendida. Quiero renunciar a mi voluntad, a mis inclinaciones, a mis caprichos y a mis fantasías y hacer de mí una esclava fiel de la voluntad de Dios».
A las religiosas de otras congregaciones que deseaban entrar entre las Misioneras de la Caridad, la Madre Teresa les decía: «Vivid de veras según vuestra Regla. No debéis cambiar. Porque las Constituciones aprobadas por la Iglesia contienen la Palabra escrita de Dios. Así que pidamos la gracia de mantenernos fieles a nuestras Constituciones y pertenecer solamente a Jesús por medio de María. Non existe medio más seguro para una gran santidad». Y explicaba a sus Misioneras: «Todas nosotras queremos hacer algo hermoso por Dios... Tratemos de imaginar toda clase de sacrificios y de mortificaciones. Basta que os limitéis a tener presentes vuestras Reglas y a vivirlas con el amor más grande por Jesús y con Jesús».
La inteligencia de los santos consiste en no sentirse especiales o extraordinarios. «La santidad no es un lujo de pocos -decía la Madre Teresa-. Es simplemente un deber vuestro y mío. La santidad es aceptar lo que Jesús nos da y dar lo que Jesús nos pide con una sonrisa. En esto consiste hacer la voluntad de Dios. Para hacerse santos se debe sufrir mucho. El sufrimiento genera el amor... genera la vida en las almas». Cuando le preguntaron si no le molestaba ser considerada santa, todavía viva, respondió con sencillez, repitiendo sus convicciones: «Cada uno de nosotros es lo que es a los ojos de Dios. Todos estamos llamados a ser santos. La santidad no es un lujo reservado a pocos, sino un deber de todos. No hay nada extraordinario en esto. Hemos sido creados a imagen de Dios, parta amar y ser amados».
Este camino de santidad no tenía límites para la Madre Teresa. Debía llegar a la cima del amor, que es el martirio. Ante la posibilidad de trabajar en un país que la hubiera obligado a abandonar su fe, respondía: «Nadie puede arrebatarme la fe. Si para hacer irradiar el amor de Cristo sobre los infelices no hay más alternativa que quedarse en ese país, me quedaré, pero no renunciaré. Estaré dispuesta a sacrificar mi vida, pero no mi fe». Para ella «el verdadero misionero está atado a la cruz, donde Cristo manifestó su amor».
En este punto tengo la impresión de someter a vuestra consideración conceptos que ya todos hemos oído muchas veces. ¿No es verdad que los encontramos en nuestra espiritualidad? Nuestro Fundador, con palabras idénticas o parecidas, ¿no hacía las mismas afirmaciones? También él, al hablar de la perfección, sintetizaba así su pensamiento: «Es cuestión de una voluntad fuerte y decidida». También él recomendaba no buscar en otra parte los medios para la santidad, sino que nos hiciéramos «santos como Misioneros de la Consolata, según las reglas y el espíritu del Instituto». Explicaba además que la santidad no es un ideal reservado a algunos, pues el fin del Instituto es «la santificación de sus miembros, no de alguno sino de todos. […]. Todos son miembros y todos deben hacerse santos, deben ayudarse». Sabemos finalmente que el Fundador no se limitaba a medias tintas, sino que señalaba la cima de los ideales, «hasta el martirio», expresión de fe firmísima y de un amor total.
La Madre Teresa y Allamano coinciden asimismo y de modo exacto en un aspecto que me complace subrayar: tender a la santidad no significa hacer cosas extraordinarias, sino hacer bien, con gran amor, las cosas pequeñas y ordinarias de la vida. Oigámosles a los dos sin más comentarios. La Madre Teresa: «Hacer cosas ordinarias con un amor extraordinario: cosas pequeñas, como asistir a los enfermos y a los que no tienen casa, a quien está solo o no es deseado, lavar y limpiar para ellos. […]. Amemos…no en las grandes cosas, sino en las pequeñas cosas hechas con un gran amor». Allamano: «Nosotros debemos hacer muy bien tanto las cosas ordinarias como las extraordinarias. Nuestra santidad consiste en hacer bien las cosas desde que amanece hasta que anochece. Cafasso decía que el bien debe hacerse bien. Así debéis hacerlo vosotros: hacer las cosas solo por amor de Dios, enteramente, en todas las circunstancias».
4. Jesús en los pobres: misión de amor
Quizá es aquí donde nos acercamos a la identidad más profunda de la Madre Teresa, que consiguió fascinar los corazones de millones de personas en todo el mundo con la fuerza de su amor a Cristo y de su misión de amor a los más pobres entre los pobres. ¿Quiénes son, efectivamente, para ella esos pobres? La lista es muy larga, y aun queriendo hacerla completa corremos el riesgo de dejarla a medias. Sí podemos decir, no obstante, que los pobres de la Madre Teresa eran ciertamente los niños abandonados y discapacitados, carentes de comida y especialmente de amor; los muchachos y muchachas que bullían por las estaciones de los trenes y autobuses; las jóvenes madres que podían morir con sus niños debido a tantas carencias; las mujeres jóvenes raptadas y violentadas que necesitaban ayuda para evitar el aborto; los leprosos a los que la gente evitaba; los ancianos solos, sin recursos, sin amor; los refugiados; los que vivían en los tugurios de las ciudades o en los suburbios en medio de la inmundicia, las enfermedades y la miseria. Se encontraban también entre los más pobres las personas “heridas” en su dignidad por no ser deseadas, no ser amadas, verse abandonadas, rechazadas o ignoradas por la sociedad.
La Madre Teresa estaba convencida de que los pobres no necesitan solamente dinero, sino que muy especialmente necesitan nuestro respeto, nuestras manos que les atiendan, nuestros corazones que los amen. Estaba más que convencida de que «los pobres no tienen solamente hambre de comida, tienen también el deseo de que se les considere seres humanos. Tienen hambre de dignidad y desean ser tratados como nosotros somos tratados. Tienen hambre de nuestro amor». Para ella, lo que los pobres nos dan es más que lo que nosotros les damos a ellos, porque ellos nos dan su amor desbordante de gratitud. Más aún, para servir a los pobres hay que ser pobres como ellos. Decía con una sencillez que desarmaba: «¿Cómo puedes conocer de veras a los pobres si no vives como ellos?».
Hay un aspecto fundamental y decisivo que explica desde sus raíces la personalidad y el mensaje de la Madre Teresa. Es su fe y su amor a Jesucristo. Aseguraba que no habría tocado a un leproso por mil esterlinas, pero que lo curaría gustosa únicamente por amor a Jesús. A la Madre Teresa le llamaban la atención especialmente dos pasajes del Evangelio. El primero es el grito de Jesús en la cruz que describe Juan: «Tengo sed» (Jn 19,28). Estas palabras figuran en el crucifijo de todas las capillas de las Misioneras de la Caridad. Y quiso que en sus Constituciones figuraran estas palabras: «Nuestro fin es saciar la sed infinita de amor por las almas de Jesucristo en la cruz. Sirvamos a Jesús en los pobres». El segundo paso evangélico que se grabó de forma decisiva en la mente de la Madre Teresa es la respuesta de Jesús a los bienaventurados en el juicio final: «Siempre que lo hicisteis a uno solo de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Partiendo de estas convicciones, que eran toda su vida, el programa que la Madre Teresa proponía a las Misioneras de la Caridad, así como a todos sus colaboradores, es éste: «No estamos aquí por el trabajo, estamos aquí por Jesús. Todo lo que hacemos es por Él. Somos por encima de todo religiosas, no somos asistentes sociales, ni maestras, ni enfermeras, ni médicos; somos hermanas religiosas. Nosotras servimos a Jesús en los pobres. Vamos en su busca. Lo consolamos en los pobres, en los huérfanos, en los moribundos. Pero todo lo que hacemos es por Jesús. Nuestra vida no tiene otras razones ni motivaciones».
La Madre Teresa habló a todos y se hizo entender de todos con el lenguaje más sencillo: el lenguaje de la caridad. En una ocasión le dijeron que cierta gente censuraba que hiciera tanto hincapié en la caridad y no en la justicia. Y ella dio esta respuesta: «Ya lo he dicho: nosotras nos ocupamos de una persona y luego, si podemos, de otra. No atendemos nunca a las multitudes. Nuestra vocación peculiar es amar a cada persona hoy. Les corresponde a otros la vocación de trabajar en una mayor dimensión. El amor, la ternura y la misericordia son la verdadera justicia. La justicia sin amor no es justicia. El amor sin justicia no es amor. A menudo oímos que nos dicen que mimamos excesivamente a los pobres. Nadie nos ha mimado como el Señor. Y es hermoso que haya al menos una congregación religiosa que mime a los pobres. Hay ya suficientes que miman a los ricos».
En relación con el compromiso de la misión en la caridad, los Misioneros de la Consolata nos sentimos en plena sintonía. El Fundador señaló ese camino a sus hijos, aunque fuera con expresiones diferentes. Baste con recordar las palabras que el inolvidable pontífice Juan Pablo II nos dirigió en el mensaje con motivo del centenario del Instituto: «Ya desde el principio vuestros misioneros unieron a la evangelización un esfuerzo concreto de promoción humana, dando la precedencia al servicio de los pobres y marginados. Es un estilo apostólico que podríamos llamar “integral”, porque en él se encuentran presentes todas las exigencias del ser humano. Vuestro Fundador, alentado por la fe y animado por un sano realismo, no dudaba de que los hombres amarían “una religión que, además de las promesas de la vida futura, los hace más felices en esta tierra”. Al anuncio explícito del Evangelio debe acompañarle el esfuerzo de liberación y promoción humanas».
5. La oración: apoyo de la misión de amor
Pues bien, esta misión de amor tan elevada no se sostiene por sí misma; tiene su fuerza y vigor en una vida de oración. Se comprende así por qué la Madre Teresa insistía tanto en la necesidad de orar. Basándose en su propia experiencia, enseñaba que el comienzo de la oración es un silencio en el que Dios nos habla y nosotros escuchamos; nosotros hablamos a Dios y él nos escucha. No puede existir el compromiso de dar amor a los demás sin oración.
La Madre Teresa es modelo y maestra de oración. Su oración era la de un alma mística y al mismo tiempo la de un apóstol comprometido todo el día en el servicio de los pobres. Comenzaba su jornada viendo a Cristo en el pan consagrado y proseguía a lo largo del día viéndole en los cuerpos rotos de los pobres. Oraba por medio de su trabajo realizándolo «con Jesús, por Jesús, en Jesús». En su vida había unidad y equilibrio entre el cielo y la tierra. No veía oposición entre oración y trabajo. Decía: «El trabajo no debe necesariamente impedir la oración ni la oración el trabajo. Recuerdo siempre a nuestras hermanas y hermanos que nuestra jornada consta de veinticuatro horas con Jesús. Si realizamos nuestro trabajo por Jesús, el trabajo se convierte en oración, porque así las veinticuatro horas lo tocamos, lo amamos y estamos en presencia suya. Y es esto lo que nos hace contemplativos en medio del mundo, porque es así como estamos en su presencia durante las veinticuatro horas del día en el enfermo, en el desnudo, en el que no tiene casa, en el no deseado, no amado, rechazado». La oración era realmente su alimento y su apoyo, porque como ella misma decía: «Sin oración no conseguiría trabajar ni siquiera media hora».
Comentando el cuarto voto de las Misioneras de la Caridad, al que definía como “voto de amor”, es decir, el de “ofrecer todo, con todo el corazón, un servicio gratuito a los más pobres”, decía: «Para poder vivir una vida así, la Misionera de la Caridad debe tener una vida impregnada de Eucaristía. En la Eucaristía vemos a Cristo bajo la especie del pan, mientras que en los pobres lo vemos bajo el aspecto doliente de la pobreza. La Eucaristía y el pobre son el mismo amor».
Cuando pensamos en lo que puede significar vivir la experiencia de Cristo en un mundo tan complejo y contradictorio como el de hoy, creo que aparece de inmediato a nuestros ojos la imagen de la Madre Teresa con su participación en todas las necesidades y dolores del hombre. En sus tareas no había diferencia alguna entre fe e inteligencia, entre fe y acción. El creer se formuló y justificó en ella en el interior de la vida cotidiana. Se puede decir que la Madre Teresa tradujo para la Iglesia de nuestro tiempo e hizo visible al mundo entero el himno cristológico de Pablo a los Filipenses: el Hijo de Dios que no reserva para sí celosamente la naturaleza divina, sino que se desprende de ella hasta encarnarse y morir en la cruz.
Notemos asimismo su libertad interior en relación con la oración, hasta el punto de saber darle una impronta ecuménica inigualable. Ella, enamorada tan profundamente de Cristo, único Salvador, tuvo la valentía de decir: «Sea cual sea nuestra religión, debemos orar juntos». Y hasta sugirió el contenido de esta oración: «Puedes decir: Señor, te amo. Señor, creo en ti. Ayúdanos a amarnos unos a otros como tú nos amas».
En relación con la oración como apoyo imprescindible del misionero, hay en nuestro Instituto una riqueza desbordante de enseñanzas y propuestas que provienen directamente del Fundador. Él, hombre de Dios, modelo y maestro de oración, no admitía ni por hipótesis que sus misioneros trabajaran todo el día en detrimento de la oración. Decía claramente: «Un sacerdote que no haga mucha oración no es un verdadero sacerdote. ¿Y un misionero? ¿Qué puede hacer alguien que ni siquiera conozca el medio que le ayude a mantenerse unido a Dios?». El primer consejo que recordaba a los que partían rumbo a la misión era éste: «Sed hombres de oración […]. Si no es así, si no sois hombres de oración, seréis unos instrumentos inertes de la gracia de Dios… Haremos el bien únicamente en la medida que nos mantengamos unidos a Nuestro Señor». Y concluía: «Necesitamos orar mucho, también y justamente porque somos misioneros».
6. La misión: amor en acción
Es conveniente que profundicemos más en el espíritu propiamente misionero de la Madre Teresa. Intento seguir su pensamiento partiendo de un principio básico, el que explica su persona y toda la obra que llevó a cabo, que no es otra cosa que su amor a Jesús convertido necesariamente en misión.
Fijémonos en primer lugar en la creatividad apostólica de la Madre Teresa, que no es solamente fruto de una atención inteligente sobre la realidad, sino que lo es sobre todo de su celo ardiente. La percepción aguda de los sufrimientos del mundo, casi hasta la obsesión, la espoleaba a una actividad, además de creativa, muy intensa. Era de una creatividad admirable en la búsqueda de soluciones nuevas y diversas, de las que no todos, por lo menos al principio, lograban comprender el significado apostólico. Como alguien ha dicho, parecía un “bulldozer” de Cristo.
Percibimos los motivos de esta creatividad de la Madre Teresa en estas palabras suyas: «El celo por las almas es el efecto y la prueba del verdadero amor de Dios: no podemos dejar de consumirnos en el deseo de salvar a las almas. El celo es el test del amor y el test de celo es la devoción a su causa, la vida y las energías desplegadas en el trabajo de las almas...»; «Considero que Dios nos pide entregarnos sin reservas. No veo la diferencia entre nosotras que trabajamos en las chobolas y las religiosas que trabajan con los ricos. Nosotras debemos dar a Cristo a la gente, a las almas, no a sus propiedades o a su pobreza. Jesús quiere ser dado a los estudiantes universitarios y a la gente rica del mismo modo que a los moribundos, a los leprosos o a la gente más pobre. Los misioneros como tales no se interesan en primer lugar en elegir un sitio para su trabajo, sino que su interés son las almas, llevar las almas a Dios y Dios a las almas. Ese es el verdadero misionero, del mismo modo que Cristo fue enviado al mundo para predicar su palabra, para pasar por él haciendo el bien, sin atender a que fueran ricos o pobres. Por consiguiente, ser misioneros no consiste en lo que hacemos o en cuánto hacemos, sino con qué amor, en qué medida compartimos a Cristo y cuánto espacio hacemos para que se Él dé a la gente. Es esto lo que le importa». No en vano la Madre Teresa daba a sus misioneras este consejo: «Deja que Jesús te use sin consultarte».
Justamente porque vivió tan fuertemente arraigada en Cristo se sintió la Madre Teresa libre para recorrer todos los caminos de la caridad, atenta a la voz interior del Espíritu. Así consiguió que su corazón inventara y realizara expresiones caritativas de todo tipo. Y solo así se explica su “genio” apostólico.
La misión de la Madre Teresa estaba sin duda apoyada en una espiritualidad fuerte e iluminada. Su camino espiritual demuestra lo importante que es equilibrar la vida contemplativa y de oración con la práctica de acción amorosa. Se nos presenta como una espiritualidad sencilla, pero detrás de la sencillez de la Madre Teresa hay años de experiencia que maduraron en ella una fe, una fuerza de voluntad, una capacidad de sacrificio, una visión de la realidad, una aceptación de las personas y una sabiduría que nos parecen realmente insuperables.
Sabido es que solía recurrir a estas palabras de Jesús: «Tuve hambre, estuve desnudo, sin casa y tú me ayudaste en todo esto». En la aceptación incondicional de estas palabras estaba fundada toda su espiritualidad, al igual que su obra. La Madre Teresa expresaba su espiritualidad con una lógica que aún hoy sigue embelesando. Fe y amor para ella van juntos y se completan mutuamente. Cristo transmite al mundo entero su luz y su vida por medio de nosotros. Los que sufren se sienten atraídos hacia Cristo viéndonos a nosotras. Nosotras vemos a Cristo en los pobres y los pobres ven a Cristo en nuestras obras de caridad. El servicio hecho a los hombres se hace a Dios.
Citando a la Madre Teresa, Juan Pablo Paolo II afirmaba en un discurso pronunciado en Calcuta: «Esta forma de servicio evangélico a los más pobres realiza de forma concreta el programa mesiánico de Jesús de anunciar a los pobres un gozoso mensaje».
7. La misión personal de la Madre Teresa
No cabe duda de que la Madre Teresa tuvo una misión muy peculiar y específica en el mundo actual. Creo que quien haya podido encontrarse con ella o escuchar sus palabras conserva como único recuerdo el de su personal e intensísimo amor a Jesús, el Señor. Parecía que únicamente supiera hablar del amor de Cristo a todos y especialmente a los más pobres.
Su misión personal, por consiguiente, consistía en llevar a Dios a los pobres, allá donde se encontraran, por medio del amor de Jesús. La Madre Teresa iba en busca de sus pobres y de lo más penoso de la miseria humana a los bajos fondos, las calles, los subterráneos, los setos, las cisternas, las estaciones ferroviarias, las paradas de autobuses. Estaba convencida de que una miseria grande va unida a un gran sufrimiento. Sabía por experiencia que hay mucho sufrimiento en todas partes, pero también mucha hambre de Dios y de amor de unos por otros. No solamente hay hambre de pan, sino también de amor, de bondad, de premura, y esta es la gran miseria que ocasiona tanta hambre a la gente.
La Madre Teresa sabía interpretar desde su punto de observación, es decir, desde la fe, esta situación, y por eso afirmaba que, cuando el sufrimiento se convierte en participación en la pasión y muerte de Cristo, es un don maravilloso y un signo de amor. En Cristo se demuestra que el amor es el regalo más grande, pues él mismo pagó la deuda de nuestra culpa con el sufrimiento aceptado por amor. En Cristo vemos que el sufrimiento puede llegar a ser un medio para un amor y una generosidad más grandes. En este contexto es donde vemos la diferencia entre una obra puramente social y una obra hecha por la Madre Teresa. Decía: «Sin sufrimiento y participación en la pasión de Cristo, nuestra obra solamente sería una obra social, muy buena y útil en sí misma, pero no la obra redentora de Jesucristo. Jesucristo nos redime participando en nuestra vida, en nuestro sufrimiento y agonía, en nuestra muerte».
La visión sobrenatural de la realidad que caracteriza a la Madre Teresa la llevó a poner de relieve un aspecto no siempre fácil de comprender y aceptar, pero muy importante para ella: el de que el sufrimiento en sus diversos aspectos de dolor, de humillación, de enfermedad y fracaso es incluso un “beso” de Jesús. Consideraba a la gente más pobre como una gran bendición, porque su misma vida es una oración y, sin saberlo, interceden continuamente por nosotros. En esa gente Cristo vive realmente su pasión.
Hay otro aspecto que podemos descubrir en la misión personal de la Madre Teresa: la forma gozosa de darse a sí misma. Y trató de transmitir este espíritu de gozo a sus misioneras: «Nuestro espíritu es la entrega total a Dios, la confianza afectuosa en los demás y la alegría con todos. Debemos aceptar el sufrimiento con alegría, debemos vivir una vida de pobreza con gozosa confianza y asistir siempre con alegría a Jesús en los pobres más pobres. Dios ama a quien da con alegría. Quien da con una sonrisa da de forma inmejorable».
La misión personal de la Madre Teresa encuentra una síntesis brillante en sus famosas “tarjetas de visita”, como ella las llamaba, en las que estaba escrito el proceso ascendente de toda su pasión interior: «El fruto del silencio es la oración – El fruto de la oración es la fe – El fruto de la fe es el amor – El fruto del amor es el servicio – El fruto del servicio es la paz».
Para concluir estas reflexiones sobre la misión personal de la Madre Teresa, escuchemos la anécdota que ella misma narró durante el primer retiro mundial de los sacerdotes: «Un día nos llevaron a un hombre con la mitad de su cuerpo devorado por los gusanos. Me dispuse a limpiarle y, mientras lo hacía, aquel hombre mi miró y me preguntó: “¿Por qué eres capaz de tratarme así? No he visto a nadie que no trate de alejarse de mí”. “Te amo”, le respondí: “Te amo porque Jesús comparte contigo la pasión. Tú eres para mí Jesús vistiendo estos dolorosos despojos”. Él preguntó: “¿Tú también participas de su pasión?”. “No”, respondí, “participo solo en el gozo de amarte a ti y a Jesús en ti”. Este distinguido hindú me dijo: “Gloria a Jesucristo”. Había comprobado que era amado».
La Madre Teresa, como gran misionera, nos hace volver espontáneamente a la inspiración original que tuvo nuestro Fundador y al núcleo de nuestro carisma misionero. Allamano tuvo una profunda espiritualidad cristocéntrica y supo percibir, como dato eminente en Jesús, su “ser enviado por el Padre”. Para él la vocación misionera es la más elevada porque imita de cerca la identidad de Jesús: «el estado que es más imitación de nuestro Señor, que se acerca más a Él, es el más perfecto». Y en virtud de esta convicción nos señala a nosotros esta perspectiva: «También vosotros, por tanto, no solamente debéis tener el espíritu de Nuestro Señor, sino sus pensamientos, sus palabras, su acción. Debéis ser misioneros en vuestra mente, en vuestra boca y en vuestro corazón. Reflexionad sobre esto».
Para el Fundador, ser misioneros significa ser “colaboradores” de la Redención que Jesús sigue realizando. Atención: “colaboradores”, no actores en primera persona, y “colaboradores de Jesús”, implicados en una obra que se realiza actualmente. El Fundador, hablando de la “vocación apostólica” del misionero, se expresaba así: «El misionero está llamado a cooperar con Dios en la salvación de las almas que todavía no le conocen: a participar activamente con la consagración de su persona a la gran obra de la conversión del mundo. Esta es, por consiguiente, una obra esencialmente divina» (Conf. IMC, I, 650). Y concluía con san Pablo: «Somos colaboradores de Dios» (1Cor 3,9).
Conclusión
Quedarían aún por hacer muchas reflexiones. No dudo de que a lo largo de año 2006, tanto dentro de la comunidad como personalmente, tendremos ocasión de acercarnos al pensamiento de la Madre Teresa. Confío que lo que os he expuesto con sencillez se convierta en un estímulo y una ayuda para todos.
Me agrada concluir con una referencia explícita a la Virgen María. La Madre Teresa amaba tiernamente a la Virgen Santísima y se sintió implicada en su misión de Madre del Redentor. Un pensamiento suyo: «El momento en que Cristo entró en su vida fue su primera comunión. Y ella corrió inmediatamente a ofrecer a Jesús a los demás. María fue, en cierto sentido, la primera Misionera de la Caridad, la primera mensajera del amor de Dios. Desde entonces hasta hoy, vosotras y yo seguimos recibiendo al mismo Jesús. También nosotras, como María, tenemos el privilegio de llevarlo a los demás».
De ahí que la Madre Teresa suplicara así a la Virgen: «María, Madre de Jesús, dame tu corazón, tan hermoso, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que yo pueda recibir a Jesús en el Pan de Vida, amarlo como tú le amaste y servirle en los harapos del más Pobre de los Pobres».
¿Y cómo podríamos terminar estas páginas sin aludir a una última palabra del corazón de nuestro Padre? Él, que maduró la fundación de nuestro Instituto a los pies de la Consolata, hasta el punto de considerarla la “verdadera fundadora”, sigue hoy diciéndonos que somos “hijos predilectos” de la Consolata y que el nombre que nos gloriamos de llevar debe espolearnos a ser lo que debemos ser. Para nuestro Fundador no hay alternativas: «Nadie se hace santo si no es devoto de la Virgen María […]. Ese es el carácter distintivo de todos los santos».
Acojamos la invitación, siempre actual, que el Papa Juan Pablo II nos dirigió en el mensaje del centenario: «Con la ayuda de la Consolata, queridos hermanos, difundid la verdadera “consolación”, la salvación que es Jesucristo, Salvador del hombre».
Confiando a todo el Instituto y a cada uno de vosotros a la protección de la SS. Consolata, del Beato Fundador y de la Beata Madre Teresa, os saludo cordialmente y os deseo a cada uno todos los bienes en el Señor.
P. Aquiléo Fiorentini, imc Padre General
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