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Protector anual 2007 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Aquiléo Fiorentini, imc   
08.11.2006

BEATO CHARLES DE FOUCAULD

PROTECTOR ANUAL

Roma, 20 de octubre de 2006


Queridos Misioneros:

El Beato Charles de Foucauld será el protector especial del Instituto durante el año 2007. Contemporáneo de nuestro Fundador, atrajo y siegue atrayendo en nuestros días la atención de muchos hombres y mujeres que, movidos por su ejemplo, quieren imitar a Cristo de manera radical.

Vivimos en una época en que la Iglesia se está reduciendo a una minoría en numerosos países tradicionalmente considerados cristianos. Se difunde al mismo tiempo en su ámbito la convicción y la necesidad de un testimonio evangélico de numerosas personas que con humildad, sin arrogancia y en el escondimiento, saben vivir y anunciar el Evangelio entre gente que vive en situaciones aparentemente extremas y paradójicas. El Beato Charles de Foucauld fue sin duda un cristiano que supo interpretar y proclamar el Evangelio mediante la elocuencia del silencio, la fuerza de la debilidad y la sabiduría de la locura de la cruz.

Charles de Foucauld no fue siempre un hombre “perfecto”, e incluso vivió durante muchos años alejado de los tradicionales cánones cristianos. Era un hombre de su tiempo, bastante débil y frágil. Un día, sin embargo, el encuentro con Dios revolucionó de tal manera su vida que le llevó a emprender un decidido camino de santidad, original y definitivo, sin posible vuelta a atrás. Todavía hoy sigue planteándonos muchos interrogantes a nosotros y nos invita a salir de nuestra rigidez, de las fronteras seguras y de las pequeñas comodidades espirituales para tratar de responder a los numerosos retos que él afrontó, aunque no siempre lograra salir airoso de ellos. Su testimonio nos invita a revisar quizá no pocos aspectos de nuestra vida de misión y a poner en marcha un más decidido empeño en el logro de la santidad, en este primer año del bienio que nos ve afanados en orientar nuestro esfuerzo hacia esa meta.

En esta reflexión dejo hablar en la medida de lo posible al Beato Charles di Foucauld para que nos desvele su vida, su relación con Jesús, su camino de discernimiento y de consagración al Señor como misionero entre los Tuareg del Sáhara. Nosotros solamente debemos dejarnos contagiar con su testimonio de vida y de santidad.


  1. Breves líneas histórico-biográficas del “Hermano universal”


El Beato Charles de Foucauld (Hermano Carlos de Jesús) nació en Estrasburgo, Francia, el 15 de septiembre de 1858, en el seno de una familia noble. Su primera infancia estuvo marcada por la profunda religiosidad de su madre. La señora de Foucauld sabía indicar adecuadamente a sus dos hijos, Charles y Marie, el camino de la misericordia con los gestos más que con las palabras. Su recuerdo quedó impreso de forma indeleble en su mente. Murió el 13 de marzo de 1864, a los treinta cuatro años de edad, y el 9 de agosto del mismo año falleció también su marido. Los hijos huérfanos fueron acogidos por el abuelo paterno, un coronel jubilado, que tenía entonces setenta años. Charles sólo tenía seis años.

Charles contaba dieciséis años cuando perdió la fe. Durante doce vivió en un estado de indiferencia religiosa. Conocido por todos como amante del placer y la vida fácil, demostraba, no obstante, una fuerte y constante voluntad en los momentos difíciles.

En 1878 ingresó en el ejército como subteniente y partió rumbo a África, en tiempos en que Francia colonizaba Argelia. No mucho después abandonó la vida militar y se dedicó a explorar Marruecos (1883-1884), participando en una expedición peligrosa y recorriendo tres mil kilómetros disfrazado de rabino hebreo. Descubrió, tanto entre los musulmanes como entre los hebreos, la sagrada ley de la hospitalidad. Para él fue desconcertante descubrir amigos entre personas desconocidas. Fruto de aquel viaje fue un importante estudio geográfico del país, que le valió una medalla de oro de la Sociedad Geográfica.

La exploración de Marruecos le cambió profundamente. Se encontró con musulmanes «que viven continuamente en presencia de Dios» y se sintió «intensamente turbado», hasta el punto de confiar por carta la siguiente reflexión: «Al ver a estas almas que viven en presencia continua de Dios he intuido algo más grande y verdadero que los afanes mundanos». La pregunta sobre Dios se impuso en él como una consecuencia inmediata: “Dios mío, si existes, concédeme que te conozca”.

Vuelto a Francia, fue acogido con afecto y discreción por la familia de su hermana, profundamente cristiana. Se entregó de inmediato a la búsqueda de Dios y quiso contactar con un sacerdote que lo instruyera. Guiado por el Abbé Henri Huvelin, encontró a Dios en octubre de 1886. Tenía 28 años. “Al comprender que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él”.

Una peregrinación a Tierra Santa le llevó más tarde a descubrir su vocación: seguir e imitar a Jesús en la vida de Nazaret. Vivió siete años en la Trapa, primeramente en Nuestra Señora de las Nieves y más tarde en Akbès, Siria. Luego fue a vivir entre las Clarisas de Nazaret, donde pasó su tiempo en la oración, la soledad y la pobreza. Ordenado sacerdote a sus 43 años (1901), en la diócesis de Viviers, quiso vivir en el desierto argelino del Sáhara, primeramente en Beni Abbés, pobre entre los más pobres, y luego más al Sur, en Tamanrasset, con los Tuareg del Hoggar.

Su sueño era siempre compartir la vida con los demás. Escribió diversas Reglas pensando que “la vida de Nazaret” pudiera ser vivida por todos en cualquier sitio.

La noche del 1º de diciembre de 1916, durante el saqueo de su eremitorio, un joven le asesinó de un disparo en la cabeza. Contra la voluntad del Beato Charles, que quería ser sepultado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto su corazón, que se guardó en una urna en Tamanrasset, fueron trasladados a El-Golea, mil kilómetros más al Norte y a 950 de Argelia. El lugar que guarda ahora al Tuareg universal es austero y se encuentra próximo a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sáhara. Allí yacen los restos mortales del hombre que quiso expresar la fraternidad universal por encima de toda pertenencia religiosa y nacional.


  1. Un camino sobre las olas


Para entender al Beato Charles debe tenerse en cuenta que fue un hombre totalmente cautivado por Dios. Confiesa él mismo: «Apenas creí que Dios existía, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir por Él: mi vocación religiosa nació con mi fe. ¡Así de grande es Dios! ¡Y qué diferencia tan grande hay entre Dios y todo lo que no es Dios»! Renueva luego su opción radical al “seguimiento” de Cristo, en etapas muy diferentes: a través del encuentro con los santos lugares, en la austeridad de la Trapa, en el servicio humilde en Nazaret. Lo único que desea para él es oración, pobreza y penitencia, ofreciendo a los demás el tesoro de amor que arde en su corazón. Después de la ordenación sacerdotal (1901) y la experiencia de Beni-Abbés, se establece definitivamente en Tamanrasset (1905), en pleno desierto, para dedicar su vida a los Tuareg.

Elige un “modo nuevo” de vivir su vocación, que podríamos definir “paradójica”. Es monje pero sin monasterio, maestro sin discípulos, eremita que vive entre la gente para llevarles a Jesús, fundador que escribe varias Reglas aunque solamente después de su muerte darán vida a nuevas familias religiosas.

La mayor paradoja, sin embargo, es haber emprendido el camino poniendo sus pies exactamente sobre las huellas de Jesús. El testimonio de santidad que ofrece a la Iglesia y al mundo se caracteriza por un singular estilo de “seguimiento” que podríamos denominar “coincidencia de opuestos”: contemplación y acción, permanencia solitaria con Dios y entrega sin condiciones a los hermanos, anonadamiento de la cruz y amistad fraterna, heroísmo en la vida y casualidad en la muerte. Es un convertido que testimonia la irrupción de Dios en la propia vida y la necesidad incontenible de anunciarlo a los demás. Enamorado de Jesús, quiere seguirle, imitarle y anunciarle hasta los más remotos confines del mundo y hasta el final de los siglos.


  1. El discernimiento, garantía de fidelidad a la voluntad de Dios


Una vida acompasada de «opciones» decisivas


Cada etapa de la vida del Beato de Foucauld se traduce en un evidente cambio de ruta y en una progresiva realización de la vocación entrevista. Etapa tras etapa, el germen inicial llega a madurar gracias a un constante caminar y a continuos cambios, y su vocación, aunque se va desarrollando, permanece fiel al primer ideal.

En 1886 decide ofrecerse enteramente a Dios, vivir para Jesucristo. Abraza la vida trapense. Algunos años después abandona la Trapa y se va a vivir a la sombra del convento de las Clarisas de Nazaret. Se prepara para el sacerdocio con la intención de ir a las regiones más abandonadas y hacer presente a Cristo en ellas. Se adentra en el desierto, siempre avanzando al interior del Sáhara, hasta la inmolación suprema de sí mismo.


El discernimiento de la voluntad de Dios


La búsqueda de una forma de vida con la que imitar más perfectamente el estilo de Jesús en Nazaret no fue para él breve ni fácil. Aceptó el peso y el atractivo de una reflexión atenta, nunca realizada totalmente, guiada y presidida por su libertad personal. La voluntad de Dios se conoce, en efecto, concediendo más atención a las mociones del Espíritu Santo, cuya acción no fuerza ni quita la responsabilidad a la persona.

Su camino de discernimiento se caracteriza siempre por un amor radical al Señor, por el empeño en conformarse totalmente a Él, sin olvidar nunca el don recibido y el deber de restituirlo a través del ofrecimiento de sí mismo al Señor.


Escucha de la Palabra de Dios


La Palabra recrea en su corazón los sentimientos del Señor, le ayuda situarse en una actitud de atención y percepción de la voluntad del Padre, le da la luz y la fuerza del Espíritu, necesarias para actuar la misión salvífica del Verbo, según el estilo específico de su vocación. Gracias a un método que implica la inteligencia y la sensibilidad, el Beato Charles supo entrar en una relación viva con Jesús y aplicar a la existencia cotidiana el proyecto que brotaba de la Palabra misma.


Conocimiento de sí mismo


El Beato Charles demuestra que sabe adentrarse en el difícil camino de la exploración de sí mismo, del universo rico y misterioso de las propias capacidades y de los propios límites, consciente de que Dios no le hace vestirse un hábito que no tenga sus medidas. Sus escritos demuestran vigilancia en la delicada interpretación de los estados afectivos: registra con diligencia los sentimientos de alegría y paz, de cansancio y turbación experimentados en un determinado periodo. El análisis de los estados de ánimo –como todos sabemos– es un elemento importante que un serio discernimiento no puede eludir ni enfatizar.

«El amor no consiste en sentir que se ama, sino en querer amar: cuando se quiere amar, se ama... En cuanto al amor que Jesús nos tiene, nos lo demostró suficientemente como para que nosotros creamos sin sentirlo: sentir que le amamos y que Él nos ama sería el cielo, y aquí abajo el cielo no existe, excepto en raros momentos y en raras excepciones». Por eso es indispensable uniformar la propia sensibilidad al sentir de Cristo (cf. Fil 2,5) para aprender a leer la historia como la ve Él, a gozar de lo que le complace a Él, a disgustarnos de lo que le hiere (cf. Rm 12,2). Trata entonces de alimentar la imaginación con el Jesús de los evangelios, para afinar la propia mirada, para plasmar cristológicamente la interioridad y adquirir un auténtico gusto espiritual.


Atención a la historia

El Beato Charles está plenamente convencido de que la voluntad de Dios se revela especialmente allí donde la caridad es llamada a percibir y a responder a las necesidades siempre nuevas de la gente y a las urgencias vivas y palpitantes de la historia de su tiempo y del contexto en el que vive. «Es necesario ir no al lugar donde la tierra es más santa, sino donde las almas se encuentran en mayor necesidad». Y así, superando los límites estrechos del propio proyecto, se siente siempre disponible para responder a las necesidades que van viendo los que tienen la responsabilidad del servicio pastoral.


Dirección espiritual

Al comienzo de su búsqueda de Dios, Charles de Foucauld aspiraba a la fe como a una certeza racional: «Esta religión podría no ser una locura... quizá sea la verdad... Pongámonos a estudiar esta religión: busquemos un profesor de religión, un sacerdote instruido y veamos qué sale a la luz y si es el caso de creer a lo que diga». Se dispone en seguida a buscar un “maestro” y lo encuentra en el sacerdote Henri Huvelin. No desea confesarse, sino simplemente tener informaciones sobre la religión católica. Más tarde, en uno de sus retiros espirituales escribirá, hablando a Dios de su maestro de espíritu: «Me pusiste bajo las alas de este santo y bajo ellas he permanecido: me has llevado con sus manos desde entonces y solamente ha habido una gracia tras otra: pedía lecciones de religión, hizo que me pusiera de rodillas, que me confesara, y me invitó a comulgar aquella misma tarde. [...] Desde entonces se han ido sucediendo una gracia tras otra». Aquel anciano religioso le dirigió siempre con mano segura. Era un hombre de Dios, un hombre “hecho oración”, como más adelante dijo el propio de Foucauld.

La santidad ejerce el mayor poder de atracción sobre las personas. Charles considera la sumisión al director espiritual una garantía de seguridad en la difícil búsqueda de la voluntad divina. En todas sus cartas expone los propios sentimientos, abre cuanto puede su alma, trata de ponerse en un estado de indiferencia y promete renunciar a todo si el director se lo pide, para terminar siempre con la profesión de obediencia y con un acto de abandono al juicio de su director.


Disponibilidad a la conversión continua


Impresiona la radicalidad de la conversión de de Foucauld. Rompe con su pasado, decidido a ponerse radicalmente al servicio de Dios. No fue nunca un hombre de medias tintas. Quiso siempre llegar al fondo en todas las cosas. También en la conversión: «No tratemos de corregirnos a medias, de convertirnos a medias, es imposible; debemos tratar de convertirnos completamente, porque de lo contrario no nos convertiremos nunca». Se trata, en efecto, de pasar de un querer individualista a la adhesión total y libre al proyecto de Dios: «Todo me dice que me convierta, todo me canta la necesidad de santificarme, todo me repite y me grita que, si un bien que deseo no se verifica, solamente es por mi culpa, por mi grandísima culpa, así que debo darme prisa y convertirme. Su itinerario de conversión tiene un único modelo, Jesús. «Sígueme sencillamente... No vengas a Betania para verme a mí y ver también a Lázaro, ven para verme solamente a mí, solamente a mí... Trata de ver lo que hacía, ‘Excruta las Escrituras’ (Hechos,11), fíjate también en los santos, pero no para seguirles a ellos, sino para ver cómo me siguieron y tomar de cada uno lo que pienses que viene de mí, que es a imitación mía... y sígueme solamente a mí, a mí solo».

A partir de este momento Charles tiene un único deseo: responder a este amor de Dios, movido por una necesidad ilimitada de imitación: «Amo a nuestro Señor Jesucristo, le amo y no puedo vivir una vida diferente a la suya».


  1. Una espiritualidad radical y profética


El núcleo central de la espiritualidad del Beato Charles de Foucauld gira en torno a la “espiritualidad de Nazaret”. Nazaret es un lugar, una experiencia, un símbolo de su espiritualidad. El estudio, a menudo esmerado, de muchos agudos investigadores de su itinerario espiritual, parece unánime al afirmar que vivir como “pequeño hermano de Jesús en Nazaret” es probablemente la línea constante que ilumina su aventurada vocación religiosa y unifica el itinerario de su maduración eclesial. Ser un pequeño hermano de Jesús significará dar vida a una relación teologal que se expresa en una cohabitación fraterna con el Señor en favor de los demás.

Los elementos fundamentales de la espiritualidad de Nazaret pueden ser sintetizados del modo siguiente:


Imitación de “nuestro amadísimo Señor Jesús”


«Quien desee vivir según la espiritualidad de Nazaret tendrá que preguntarse como regla en toda ocasión lo que pensaría, diría, haría Jesús en su lugar, y hacerlo. Se esforzará constantemente en tratar de ser lo más parecido posible a nuestro Señor Jesús, tomando como modelo su vida de Nazaret, que es un ejemplo en toda circunstancia». El Beato Charles, desde el momento de su conversión, recibió la gracia de una amistad profunda con Cristo, hasta el punto de no tener más que un solo deseo: ser como Él. Lo afirma él mismo en una meditación cinco meses antes de morir: «Siempre en el último lugar: “Cuando os inviten a un banquete, poneos siempre en el último sitio”. Es lo mismo que Él hizo al participar en el banquete de la vida, y lo hizo hasta la muerte».


Adoración eucarística


La Eucaristía, que le marcó desde el comienzo de su conversión, es siempre el centro de su oración. Pasa largas horas en adoración, delante de la Presencia eucarística, en compañía de su “bienamado Hermano y Señor Jesús”. Paulatinamente, ante la Eucaristía, madura la vocación sacerdotal, para ofrecer este “divino banquete… a los cojos, los ciegos y los pobres, es decir, a las almas que carecen de sacerdotes”. En Beni-Abbés construye la capilla y la decora él mismo, pintando en una tela a Cristo abriendo los brazos para acoger, apretar, llamar a todos los hombres y entregarse a ellos. En aquel lugar pasa largas horas, día y noche, en adoración o meditación. En su habitación vive con Él y con Él mantiene un diálogo continuo de amigo a amigo, diálogo que prosigue a lo largo de la noche o en los viajes a través del desierto.


Opción preferencial por los pobres

«La opción por los más pobres será la tarea de nuestra vida. Dirigiremos todos nuestros esfuerzos especialmente a la conversión de quienes son espiritualmente más pobres, están aislados o ciegos, a las almas más abandonadas, a las más enfermas, a las oveja más desesperadas».

En Beni-Abbés, a pocos días de su llegada, dándose cuenta de las miserias materiales y morales de aquel lugar, decide que lo primero que hará será “ayudar a los esclavos”, tratados muy duramente por la población. La segunda tarea consistirá en acoger a los transeúntes pobres. Por último, ofrecerá una instrucción escolar a los niños que están todo el día abandonados a sí mismos.

Optar por los pobres no es lo mismo que amar a los pobres. Optar por ellos es vivir en su mundo y expresarles un amor crítico, solidario y comprometido. El Beato Charles está convencido de que es preciso tener no solamente un gran amor a los pobres, sino un amor que parte de los pobres y establece con ellos una alianza estable. Hace el voto, delante de su confesor, de poseer para uso personal solamente lo que posea un pobre obrero. Abriga en su corazón el proyecto de fundar una nueva Congregación con el fin de «vivir lo más exactamente posible la vida de nuestro Señor, contando únicamente con el trabajo de sus manos [...], sin poseer nada [...]. Formar solamente pequeños grupos [...], extenderse especialmente en los países no cristianos».


Amor a la Iglesia


«Sometimiento inalterable a la Iglesia, que es la Esposa de Jesús, en la que él vive. Él es su alma, la ama como esposa suya […] Sumisión a todo lo que proviene de ella, de sus instituciones, de sus ritos, de sus ministros […] Sumisión al Santo Padre, su cabeza y representante. Rezaré muchísimo por el Santo Padre, por sus intenciones […] Cuanto más se ama a la Iglesia más se posee al Espíritu Santo que la anima. Cuanto más se ama a la Iglesia, más se ama a quien es su cuerpo, nuestro Señor Jesús».


Obediencia al director espiritual


«La elección del director espiritual es de una importancia decisiva, porque tal como es el maestro es el discípulo. Deberá ser una persona devota, prudente, instruida y experta. Una vez hecha la elección después de haber orado ardientemente a Dios, debemos confiarnos, pedir consejo y ser obedientes».

El Beato de Foucauld tuvo siempre con su director espiritual, el Abbé Henri Huvelin, una relación profunda y fiel, como de un hijo con su padre. Cuando murió, escribiendo a un amigo, Charles pudo afirmar que su padre espiritual había sido una persona injertada en el amor de Jesús desde lo profundo de su ser.


Oración y fecundidad contemplativa


«Quien desee vivir según la espiritualidad de Nazaret se insertará en el proyecto pastoral de la Iglesia local, tratando de hacerse útil según su vocación, además de ser solidario especialmente con los que se encuentran en los lugares más difíciles de misión y de colaboración fraterna».

Charles estaba convencido de que existe una fecundidad que no depende de la acción: es la fecundidad que procede de un estilo contemplativo, que trata de vivir el espíritu de Nazaret, la realidad concreta hasta el fondo, en el momento actual, que da importancia debida a las relaciones fraternas y de amistad y a la gratuidad del don.

Él mismo hace esa continua experiencia viviendo la “vida de Nazaret” con los nómadas más aislados y entre los más pobres de Beni-Abbés. En 1911 se establece en el Asekrem porque ser un lugar de paso de las caravanas que le permite mantener relaciones con los Tuareg y establecer con ellos una amistad profunda.


Evangelización liberadora


«Quien desea vivir según la espiritualidad de Nazaret tendrá que ser consciente de que esa es la base de su existencia, tanto si está en el desierto como en la misión apostólica. Es decir, no puede haber apostolado sin Nazaret, ni desierto sin Nazaret, ni Nazaret sin desierto y apostolado».

Para que haya una verdadera inserción en cualquier lugar de la tierra, de Foucauld cree que el cristiano tendrá que partir siempre del modo de hacer de Dios, como aparece en los evangelios, y acoger y estimar todo lo que de bueno y peculiar está presente en cada pueblo y cultura.


  1. Un santo a nuestro alcance


Jesús, Jesús solo, Jesús en todo, Jesús siempre”.

El Beato de Foucauld estaba profundamente convencido de que Jesucristo debía estar en el centro de nuestra vida para poder sentir el gusto de conocerle, de dejarnos seducir por Él, de seguirle e imitarle, de cargar con nuestra cruz detrás de Él, y de este modo permitirle que nos diga la verdad sobre nuestra vida, sobre nuestros deseos, sobre nuestros proyectos, sobre nuestra historia. Esto debe ser así aunque nos cueste el martirio, que el Beato Charles no descartaba: «Piensa que debes morir mártir, despojado de todo, echado en tierra, desnudo, irreconocible, cubierto de sangre y heridas, violenta y dolorosamente asesinado... y desea que sea hoy». Así fue para él, que murió “violenta y dolorosamente asesinado”, como siempre había deseado, para parecerse a Jesús incluso en la muerte.


Ser caritativos, mansos y humildes con todos: esto es lo que nosotros hemos aprendido de Jesús”


A ejemplo del Beato de Foucauld, también nosotros estamos llamados a vivir un nuevo modo de ser en la Iglesia, sacramento de salvación para la humanidad. En la fraternidad evangélica especialmente, que no es solamente una fraternidad reunida en el amor en torno a Jesús y con Jesús, sino una fraternidad que hace de la caridad, tanto en su interior como en el exterior, el mandamiento supremo hasta “hacer de la salvación del prójimo, como de la propia, la gran tarea de la vida”.

Este ideal es alcanzable solamente si somos capaces de “ver en cada ser humano un hermano”. Si uno vive superficialmente, acoge al otro superficialmente; si vive con profundidad, habita, acoge al otro con profundidad, como hermano e hijo del mismo Padre.

Estamos llamados a vivir una vida comunitaria que sepa estimar y valorar la vida ordinaria, cotidiana, como lugar donde realizar la santidad. Una santidad que se expresa en la comunión profunda con Dios, en el trabajo y la proximidad a la gente para conseguir que nuestra vida se parezca más a la de Jesús a lo largo de los treinta años vivido en Nazaret. Él nos enseña a no rehuir el aspecto cotidiano y ordinario de nuestra existencia para buscar experiencias extraordinarias. Solo si sabemos vivir de manera extraordinaria y con amor nuestra “cotidianidad” lograremos que nuestras acciones sean cada vez más justas, verdaderas, fraternas y más ricas en humanidad y ternura en relación con lo demás.


Leer y releer incesantemente el santo Evangelio”


El Beato Charles se convirtió a Dios a través del Evangelio. La búsqueda vocacional y su entera vida espiritual estuvieron hasta el momento de su muerte bajo el signo del Evangelio meditado, rumiado, asimilado, vivido. Sentía un gran amor al Evangelio, considerado no como estudio de normas y leyes, sino como encuentro con “el esposo, el novio, el bienamado”, para así “complacerle, serle grato, servirle, glorificarle, consolarle, come desea que se hagan todas las cosas”. La vida de la comunidad y el camino de discípulo, con sus modalidades, sus criterios, sus juicios y sus valores, deben pasar por el cedazo de la Palabra. «Leer y releer incesantemente el santo Evangelio para tener siempre delante de nuestra mente los actos, las palabras y los pensamiento de Jesús a fin de pensar, hablar y obrar como Jesús, seguir los ejemplos y las enseñanza de Jesús y no los ejemplos y las formas de comportarse del mundo, en los que tan fácilmente recaemos apenas alejamos los ojos del divino Modelo».

En la vida de toda comunidad misionera, el primado del Evangelio debe asemejarse a la semilla que germina y fructifica en la oscuridad y el silencio para poder luego convertirse en alimento abundante para todos los que tienen hambre.


Hacerse todo a todos para dárselo todo a Jesús”

Esta es otra característica que debe caracterizar nuestra vida. Una vida que, como la de Jesucristo, se convierte en don en favor de todos los hombres, de manera especial de los pobres con los que se identificó Jesús (cf. Mt 25, 31-46). Estamos llamados, a la luz del testimonio y de la enseñanza del Beato Charles de Foucauld, a revalorizar nuestra presencia misionera en la debilidad y en la eficacia evangélica de los medios pobres. «Los medios de los que él [Jesús] se sirvió en el portal, en Nazaret, en la cruz, son: pobreza, desprecio, humillación, abandono, persecución, sufrimiento, cruz. Esas son nuestras armas, las de nuestro Esposo divino, el cual nos pide que dejemos que continúe en nosotros su vida, él es el único Amante, el único Esposo, el único Salvador, como también la única Sabiduría y la única Verdad...».


Ser una nueva María viviente y operante”


«Me propongo fomentar en mí la voluntad de trabajar para transformarme en María, a fin de legar a ser otra María viviente y operante».

También nuestro modo de vivir y obrar entre la gente debe encontrar en la experiencia mariana del Beato Charles un nuevo estímulo y encarnar el estilo de consolación “materna” y “misionera” que hemos aprendido de nuestro Beato Fundador.


Termino esta primera parte de mi reflexión sobre la rica enseñanza de vida y de doctrina que el Beato Charles de Foucauld nos dio confiando todo el Instituto y a cada uno de nosotros a su protección, a la de la Santísima Consolata y la del Beato Allamano. Os saludo cordialmente y ojalá que cada uno pueda avanzar por el camino de la santidad.


P. Aquiléo Fiorentini, imc

Padre General



Ultima modificación ( 08.11.2006 )