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| Bienio de santidad |
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| Escrito por Dirección General | |
| 08.11.2006 | |
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Santidad de vida (XICG, 53-55): Bienio de estudio y profundización (7 de octubre de 2006 – 20 de junio de 2008) LOS MISIONEROS DE LA CONSOLATA EN MARCHA HACIA LA SANTIDAD Queridos Misioneros: «Os pido que caminéis de una manera digna de la vocación que habéis recibido...» (Ef 4, 1). Como se anunció en la Programación de la Dirección General, en cumplimiento de las orientaciones y de las propuestas hechas por el XI Capítulo General, el próximo bienio, del 7 de octubre del 2006 al 20 de junio del 2008, será dedicado a la profundización de los temas relacionados con “la santidad de vida” con la solicitud constante de centrar todos nuestros esfuerzos en el primado de la vida espiritual. Tras la encuesta realizada sobre los modos de llevarla a cabo, ponemos ahora en marcha este proyecto, recordando en primer lugar el día en que fue reconocida y propuesta a la autoridad de la Iglesia la santidad del Beato Padre Fundador. El Papa confirmó que José Allamano fue coherente con lo que desde joven seminarista se propuso: «Quiero dedicarme a un único asunto: hacerme santo, conseguirlo y no quedarme a la espera». Y asimismo: «Quiero a toda costa aceptar todo lo que me ayude a hacerme santo y rechazar todo lo que pueda alejarme de la santidad». Por eso lo intentó firmemente como condición necesaria para realizar plenamente su vocación sacerdotal y, como consecuencia, estableció las premisas para su misión de Fundador y Maestro del Instituto. El carisma es una experiencia del Espíritu que se transmite a la persona. La firme convicción expresada en nuestros documentos capitulares y en las Constituciones es que el carisma del Beato Allamano brotó y maduró de «intensa vida espiritual y ardiente celo apostólico» (cf. Const. n. 2). Su santidad es uno de los códigos para su interpretación histórica y para la realización de su carisma y su espíritu hoy. Santidad y misión El bienio sobre la santidad se propone redescubrir y avivar las características de la espiritualidad propuesta y querida por el Fundador para el Instituto: la búsqueda de Dios, la centralidad de la Eucaristía, la Palabra de Dios como nuestro “primer libro”, la presencia de María, la oración litúrgica y personal, el espíritu de familia y el amor a la Iglesia, todo orientado a la Misión y por ella inspirado y plasmado. La tensión hacia la santidad debe ponerse en primer lugar. La insistencia del Fundador con el lema “primero santos y luego misioneros” es tan frecuente en sus conversaciones que constituye indudablemente la dimensión del carisma. Todo para él se subordina a la santidad, todo brota de la santidad. Solamente quien tiende a la santidad es realmente Misionero de la Consolata. Solamente siendo santos nos hacemos misioneros: «Esta vocación -decía- es de los que aman mucho al Señor y están dispuestos a cualquier sacrificio para hacerlo conocer y amar. A la Misión se va únicamente por amor a Dios, que es inseparable del amor al prójimo». Algunas expresiones del Padre Fundador se han convertido para nosotros en lemas: lo importante es que no se transformen en costumbre. Debemos preguntarnos si puede aplicarse a nosotros lo que alguien ha dicho sobre la actividad de los misioneros, considerados “más como empresarios que como místicos”. Esto contrastaría con aquel decidido “quiero” de Allamano dirigido a sus misioneros: «Os quiero santos y como misioneros de forma superlativa» (cf. VS 127). «Quiero ver en vosotros la voluntad constante de vivir una vida perfecta al máximo posible, sin miedo a exagerar… Esa ha sido siempre mi idea», pues «tanto bien haréis cuanto santos seáis» (conf. III, 719; 711). El dinamismo de la misión, propuesto como modelo también para la pastoral llamada “ordinaria” procede de esto: «Se necesita fuego para ser apóstoles. Si no sois fríos ni calientes, sino tibios, solamente tenéis el nombre, no la realidad del hombre apostólico». Para los misioneros de la Consolata, redescubrir los caminos de la misión es recorrer los caminos de la santidad. Un mismo y único camino conduce a las dos. La relación entre santificación y misión pone de manifiesto que no toda la acción misionera es acción evangelizadora. Lo es solamente la que prolonga el ser, el obrar y el vivir de Cristo y es participación en su acción de salvación. Nos santificamos sólo y siempre viviendo nuestra misión, que es siempre misión de testimonio y anuncio del Evangelio a todas las gentes. Esta enseñanza, carismática para nosotros, se propone con urgencia e insistencia a todos los cristianos en los documentos oficiales de la Iglesia, especialmente en la Evangelii nuntiandi y en la Redemptoris missio. En ambos documentos se presenta la Misión como obra y manifestación de vida vivida, de alegría de creer, de fuerza magnética que se despliega por el amor ardiente al Señor. Es el anuncio de un “Dios conocido y familiar” del que se ha tenido experiencia, es testimonio visible “del invisible”. Por eso las dos llamadas, a la santidad y a la misión, van unidas inseparablemente. La carta apostólica Novo Millennio ineunte sitúa la santidad y la educación a la oración como «fundamento» y «punto determinante de toda programación pastoral», porque «a pesar de los grandes procesos de secularización» ve en el mundo de hoy «una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar» (33-34). Se confirma la necesidad de un impulso renovado y un compromiso misionero para poder responder a quienes, consciente o inconscientemente, piden también hoy “ver al Señor”: «Nosotros lo hemos visto y os lo anunciamos» (cf. NMI 59). Esta «renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos… Es necesario suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana» (RM 90). Todo esto demuestra que la propuesta del Capítulo General es una intuición profunda que compromete nuestra credibilidad de “verdaderos misioneros” y nos inserta en un proyecto propuesto por la Iglesia para nuestros días. Santidad y comunión con Cristo La santidad nace de la comunión profunda con Cristo. «No se puede comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo, en cuanto enviado a evangelizar» (RM 88), al tiempo que la vida debe estar totalmente tomada por él, «tocada por su mano, conducida por su voz y sostenida por su gracia» (VC 40). La vivacidad misionera depende de la fuerza de la fe en Cristo y toda debilidad de fe en él provoca una disminución de compromiso por la Misión. Por eso en los documentos eclesiales aparece la constante invitación a «contemplar el rostro de Cristo», a «caminar desde Cristo», «al que debemos conocer, amar, imitar» (cf. NMI 16). El dinamismo misionero brota precisamente de la experiencia personal de encontrarse con Cristo. Así fue al principio para quienes se encontraron con el Resucitado. Los primeros misioneros, los apóstoles, llevaban en su corazón y en sus ojos el rostro del Resucitado. La contemplación de su rostro lleva a asumir su forma de vida, la de un Dios que se nos acerca, elige caminos de debilidad, se hace esclavo y solidario hasta las últimas consecuencias con la humanidad. Este es el núcleo fundamental de la propuesta de santidad de Allamano. Desde niño quiso poner a Jesús como «objeto de mis pensamientos y de mis actos». Podía pues proponer con convicción este ideal: «Vivid de Jesús durante toda la vida». Esto le llevó a afirmar como Pablo: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí». Si alcanzamos esa meta podemos afirmar, según el Beato Allamano: «Tengo a Cristo impreso en mí». Es interesante la relación que establece entre esta hermosa expresión y la bien conocida por nosotros de tener a la Misión “en la cabeza, en la boca, en el corazón”. Nadie, en efecto, decide jugarse la vida por la Misión si no se siente impulsado por un gran amor a Cristo, por el convencimiento de que la suya es realmente una hermosa noticia que debe difundirse. Se deriva de ahí también la capacidad para «amar a los otros más que a la propia vida» y darla por ellos. Sin esta convicción se tendría «solamente el nombre y no la realidad misionera». Es motivo de reflexión, en este sentido, la preciosa afirmación de san Agustín sobre la búsqueda de Cristo: «Lo encuentras solamente para buscarlo más», por lo que si uno no siente la necesidad de esta búsqueda continua, da señales de que todavía no lo ha encontrado. Santidad y comunidad La santidad no es una tarea exclusivamente personal ni un camino en solitario, sino el empeño de una comunidad, un proyecto de comunión, un camino entre la gente. En esta visión emerge la necesidad y la importancia de construir santidad y misión en la comunidad y por consiguiente en la caridad. Las dos son, en efecto, testimonios de amor y exigen testimonios de amor. En la vida de comunión es donde nos jugamos la credibilidad de nuestras opciones y la autenticidad de nuestro camino hacia la santidad. La vida de comunión no elige a los propios compañeros de viaje, sino que se convierte en invitación a reconocer, también en el rostro de los hermanos que están junto a nosotros, la luz de Cristo. La vida de comunión da lugar a una dinámica en la que todos los miembros deben asumir la propia responsabilidad. Efectivamente, no se puede vivir la comunión ni contar con una auténtica tensión hacia la santidad si no somos creadores de comunión: «La Iglesia construirá la comunión de la humanidad entera en la medida que ella misma sea comunión» (RC). ¿Qué nos falta realmente para ser “eucarísticos”, “hijos de la Consolata”, para sentirnos en familia, para celebrar en plenitud la acción de gracias, para ser verdaderos consoladores en nuestro ad gentes? Las Constituciones nos recuerdan que «El fin que nos caracteriza en la Iglesia es la evangelización de los pueblos […] Este fin debe impregnar nuestras espiritualidad, guiar las opciones, cualificar la formación y las actividades apostólicas, orientar totalmente la existencia» (n. 5). ¿Cómo podremos desarrollar esta orientación para unificar nuestra vida y para animar a los “no creyentes”? Conclusión Con estas breves indicaciones queremos invitaros, queridos hermanos, a que hagáis una reflexión personal, comunitaria y de circunscripción para mejorar nuestra vida, estudiar y profundizar los elementos que caracterizan la santidad y confrontarnos con los testimonios de nuestra familia. Las aportaciones se pondrán en circulación por medio de Internet con el fin de suscitar nuevas profundizaciones y propuestas operativas. El material recogido en el primer año, completado mediante ejercicios espirituales, retiros, conferencias de expertos, etc., constituirá un dossier que se ofrecerá a todo el Instituto. El segundo año tendrá lugar una reunión continental sobre el tema de la santidad y se elaborará un documento que servirá de instrumento para ayudar a todos por el camino de la santidad en “unidad de intenciones”. Consideramos también importante señalar la importancia de celebrar algunas efemérides significativas para nuestra familia con el fin de recuperar la tensión a la santidad de vida. El 7 de octubre, el 16 de febrero, el 18 de agosto y el 20 de junio deben ser fiestas “especiales” de reflexión y oración para crecer y caminar juntos hacia un “más todavía” de nuestra vida y nuestra misión. En el momento de saludaros afectuosamente, os confiamos a nuestros santos y santas: el Beato Fundador y numerosos misioneros y misioneras cuyo ejemplo de vida y de entrega iluminan nuestros pasos en el camino de la conversión y de la santidad. El Proyecto para el Bienio: algunas propuestas 1ª. fase : 7 de octubre de 2006 – 7 de octubre de 2007 - 7 de octubre de 2006: comienzo del Bienio con una celebración “especial” de oración, - oración para pedir el don de la santidad, - compartir reflexiones e iniciativas, vía Internet, sobre el tema de la santidad de vida, - conocimiento de algunas figuras de Misioneros de la Consolata “santos”, - presentación y estudio sobre los santos misioneros Teresita de Lisieux, Francisco Javier, Charles De Foucauld... 2ª. fase : 7 de octubre de 2007 – 20 de junio de 2008 - elaboración de un documento de síntesis con la aportación de los misioneros y de otros expertos de los diversos continentes, - intercambio de reflexiones y profundizaciones sobre algunas figuras significativas, - realización de una reunión continental de reflexión y celebración, - celebración final en la fiesta de la Consolata. ORACIÓN:
EL DON DE LA SANTIDAD
Padre nuestro, fuente de todos los bienes, infunde en nosotros tu Espíritu para que avancemos en el camino de la santidad misionera según el carisma del beato José Allamano.
Ilumina nuestra mente para que sepamos discernir los caminos del Espíritu que conducen al hombre nuevo, atento a los signos de los tiempos y dispuesto a respuestas de amor.
Que arda en nosotros el fuego de la misión para llevar a todo el mundo, en comunión perfecta contigo y con los hermanos, el anuncio del evangelio y el pan de la caridad.
Haz que seamos pobres, humildes y castos, testimonios de esperanza y consolación, y siervos que se afanan por los hermanos que encontramos en nuestro camino. Por Cristo nuestro Señor. Amén
S. María Consolata, Madre nuestra T. Ayúdanos a ser misioneros santos. LOGO
El Beato Allamano indica el camino hacia la santidad, que contempla la dimensión de la cruz y lleva a la experiencia de Dios, que es luz, gozo, vida en plenitud. En el trasfondo, dos granes manos tendidas hacia arriba nos representan a todos nosotros, sus hijos espirituales, empeñados en el esfuerzo de recorrer el camino de la santidad que nos señaló el Padre Fundador con las palabras: “La Misión exige una gran santidad”. La diferencia cromática de las manos evidencia la forma de un cáliz, expresión del don de la vida que el misionero hace a Dios y a los hermanos, condición fundamental para recorrer el camino de la santidad. La catarata de luz, encima del cáliz, asume los contornos de la hostia santa: la eucaristía es alimento que da energía a nuestros pasos en la persecución de la santidad. Fraternamente, en nombre de la Consolata y de Allamano, P. Aquiléo Fiorentini, IMC P. Stefano Camerlengo, IMC P. Francisco López Vásquez, IMC P. António Fernandes, IMC P. Matthew Ouma Opiyo, IMC |
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