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| Padre Pietro Davoli (1911-2006) |
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| Escrito por Vs | |
| 08.11.2006 | |
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Hijo de Remo y Servidei Serafina, nació en Turín el 17.3.1911 e ingresó en el Instituto en el 1925, teniendo entonces la suerte de poder conocer al Fundador. En 1931 emitió la profesión religiosa y en 1935 recibió la ordenación sacerdotal.
En 1936 parte rumbo a Kenya, donde trabajaría a lo largo de 68 años seguidos con la paciencia, la tenacidad y la humildad de un campesino. Y como campesino trabajó largo tiempo, en cuanto encargado de las granjas de Tinderet (1936-40), de Nyeri Hill Farm (1945-48) y nuevamente de Tinderet (1948-50). Gracias también a su trabajo pudieron los misioneros levantar hospitales, escuelas e iglesias. Durante la guerra conoció la deportación a Kabete, en Suráfrica (1940-45). Escribiendo al P. Sandrone, vicesuperior general, desde el campo de prisión de Koffiefontein (Suráfrica), expresa su sufrimiento por las misiones de Kenya abandonadas y dice: «Aquí ahora la vida discurre con cierta regularidad y poco a poco me voy adaptando a esta vida de prisionero, siempre cerrado entre cuatro alambradas. Pero cuando uno piensa en las misiones abandonadas, en nuestras tareas suspendidas, estas alambradas parecen oprimirnos aún más y la dura prisión resulta más áspera, sin las satisfacciones que se sentían en el ejercicio del ministerio» (7.12.1941). Y añade con expresión paradójica: «Claro que cuando en mi tiempo de clérigo recogía caramelos para los presos, nunca hubiera pensado que un día habría estado yo como ellos estaban». En 1956 celebra el 25° de profesión. Respondiendo a las felicitaciones que le había enviado el P. Sandrone escribía: «Nunca me he arrepentido de haberme hecho misionero de la Consolata, siempre se lo he agradecido al Señor. He intentado siempre hacer cuanto podía para ser útil al Instituto y a las almas. No me lamento de que mis hermanos estén en contacto directo con las almas y yo no. Las almas que tengo que salvar ahora son las “plantes de café” y las cuido como cuidaría a las almas de los cristianos si estuviera destinado a trabajar entre ellas» (28.10.1956). En los años ’60 sigue a mons. Carlo Cavallera, que abandona la ya desarrollada Nyeri para iniciar la nueva diócesis de Marsabit, en las tierras semidesiertas del norte habitadas por los Samburu, Turkana, Borana, Gabbra, Ol molo y Rendille. Aquí el P. Davoli trabaja en la pastoral como vicepárroco en Wamba, Baragoi, Mararal y South Horr, y como párroco en Sololo y en Archer's Post. «Finalmente -escribe al P. Sandrone-, casi después de 31 años, trabajo en las ‘farms’, cambiando de sitio. Ahora me encuentro como misionero entre los Samburu y los Turkana. He deseado ardientemente este día durante varios años. Finalmente la Divina Providencia ha dispuesto las cosas de este modo» (20.2.1967). Para el P. Davoli se trata de un trabajo completamente nuevo. Con un poco de buena voluntad está seguro de que se adaptará bien pronto. Por eso pide la ayuda de la oración de muchas buenas almas, para así poder con su ayuda «hacer algún bien a estas poblaciones verdaderamente pobres». Se trata realmente de tierras difíciles donde «...los hombres y las mujeres llevan sus rebaños en busca de pastos y agua que sacien el hambre y la sed, algo que en estos lugares regula cada instante de la vida. Sequía significa muerte para todo y para todos. Y allí, alrededor de los pozos donde se detienen las caravanas, estallan los litigios, se desatan los odios, se buscan víctimas para pagar la sangre derramada. Sin contar a los bandidos, de los que son víctimas dos misioneros: el P. Michele Stallone, asesinado en Baragoi en 1965 y el P. Luigi Graiff en Parkati en 1981. Aún hoy la situación de esos pueblos seminómadas es incandescente y precaria, de los que son cómplices el descuido del Estado central, la corrupción política y el tribalismo. En medio de todo ello se encuentra el P. Pietro Davoli, con callos en sus manos y un corazón generoso y hasta apasionado. Es testigo de los últimos, siempre en silencio. No es un personaje de periodistas ni teleobjetivos televisivos. Es solamente un trabajador que sabe sonreír además de orar» (Missioni Consolata, 2.1998, p. 65). Ostenta un primado muy singular: ha escalado nada menos que 33 veces el monte Kenya, celebrando siempre misa en la cima. En una entrevista en Missioni Consolata, publicada en febrero de 1998 (pp. 64-65) bajo la rúbrica “Provocazioni Missionarie”, declara: «Hablar del monte Kenya me encanta siempre. Subir sus 5.200 metros deja en mí una satisfacción muy profunda. Caminar sobre la nieve en el ecuador tratando se escalar muros de hielo de 10-12 metros, admirar el panorama desde la cumbre hace que me sienta otra persona. Doy gracias al Señor por este don y le suplico que su misericordia sea anunciada a todas las gentes». Pero la subida al monte Kenya no fue solo un pasatiempo deportivo. Fue también un reto, una “estrategia de trabajo”. Para los Kikuyu tradicionales el monte Kenya era la casa terrena de Ngai (Dios), que no podía ser violada, bajo pena de muerte. Haber llegado a la cima fue la demostración de que ningún espíritu malo habitaba en la montaña y suscitó una pregunta: «¿Son ahora nuestros montes propiedad del Dios de los blancos?...». Los años pasan, pero el P. Davoli no se oxida y con más de 90 primaveras sigue tirando del carro en la misión. En 2001, estando de vacaciones en Italia, escribe al P. Viotto, superior regional de Kenya: «Entre tantas cabezas blancas, de hermanos cargados de achaques, tengo que dar gracias al Señor por la buena salud que siempre me ha dado. Tal vez el único inconveniente son los noventa años, pues todos me tratan de héroe mientras que deberían compadecerme» (16.7.2001). Al dar las gracias al P. Trabucco, Superior General, por las felicitaiones con ocasión de su 70° de profesión, escribe: «Doy gracias al Señor por haberme llamado a servirle entre los Misioneros de la Consolata y le suplico que me conceda la gracia de perseverar hasta el final. El 19 de marzo vuelvo nuevamente a South Horr (Kenya): déme su bendición pues para que pueda hacer todavía algún bien a aquella gente. Parto contento como estaba contento cuando partí por vez primera en 1936» (12.9.2001). En 2004 se retira a Alpignano donde, el 28 de febrero de 2006, asistido por el P. Genta, retorna a la Casa del Padre. Tenía 95 años de edad, 75 de vida religiosa y 71 de sacerdocio. Era el decano del Instituto. La misa de exequias tuvo lugar el jueves 2 de marzo de 2006, a las 14.00 horas. Presidió el rito mons. Aldo Mongiano. El padre Achille Da Ros pronunció la homilía, seguida de unas palabras del P. Pietro Ronchi, ambos compañeros de misión en el Norte. También la señorita Mirella, una colaboradora, dio a conocer su testimonio. Todos pusieron de relieve la grandeza física y espiritual del P. Davoli, su espíritu de oración y su devoción al rosario, su desvelo con los hermanos, su capacidad para acoger a todos sin distinción de raza y su capacidad para el trabajo. Participaron en la Eucaristía numerosos hermanos y hermanas de las casas más cercanas y varios agentes sanitarios, colaboradores del P. Davoli. La sepultura se hizo en el cementerio de Alpignano. La Redacción del Da Casa Madre
FIEL HASTA EL FINAL Á nadie sorprendió la noticia de la muerte del P. Davoli. Naturalmente, se la esperaba. Y sin embargo le echamos en falta, como le echábamos en falta en los últimos dos años, desde cuando le fallaban de tal modo las piernas que se vio obligado a retirarse a Alpignano. Escribiendo desde allí, el 20 de agosto de 2004, decía: “He partido con la esperanza de un retorno feliz, pero el Señor tiene planes diversos y estoy seguro de que es para mi bien. Que se haga su voluntad”. Nos habíamos acostumbrado a él tras 95 años (menos 17 días) de vida, 68 de los cuales los pasó en África: estábamos acostumbrados a su vida serena, estable y pacífica, al su entusiasmo, que nadie podía apagar, a su humor con la gente, a su muy sabroso `pimientito rojo y a otros frutos exquisitos de su huerto floreciente en South Horr. No puedo presumir de haberle conocido joven, por más que le hubiera visto varias veces allí en Turín cuando todavía era yo estudiante de teología y más tardes en los años pasados en los trabajos de las revistas. Obviamente, su fama de montañés era ya entonces muy conocida. Pero es inolvidable el primer encuentro que tuve con él en South Horr: sombrero, chaleco, sonrisa cordial, físico robusto, sandalias llenas de polvo y su viejo Land Rover, compañero fiel en los caminos rocosos y polvorientos del Norte. La edad de la jubilación hacía tiempo que había sido superada, pero era un pensamiento que no tenía sitio en su cabeza. No fue nunca persona que figurara en primer plano desde el punto de vista ideológico, tampoco se hizo publicidad alguna, aunque sí presumiera de sus 33 subidas al monte Kenya, pero siempre trabajó con la paciencia, la tenacidad y la humildad de un campesino. Y es que apenas se le divisaba daba justamente la impresión de ser un campesino. Me recordaba mucho a mi padre: el mismo corpachón, el mismo modo de caminar, el mismo modo de vestir y de llevar el pelo, la misma pasión por la tierra, el mismo orgullo por su huerto... Y como campesino tenía aquella tranquila contemplación, disciplina interior, gustos sencillos, profundo contento y maneras respetuosas, cosas todas que le acompañaron hasta el último minuto, cuando sus tibias le traicionaron y no pudo ya caminar o ser independiente como lo había sido hasta entonces. En ese mismo año de 2004 concluía una carta al superior regional de Kenya: “El cuerpo está lejos, pero la mente y el espíritu están y estarán siempre en África”. Akuya (abuelo, como le llamaban en South Horr), tú sigues realmente con nosotros, porque ahora estás realmente en el “Monte Kenya”, la Casa de Dios. P. Gigi Anataloni |
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| Ultima modificación ( 08.11.2006 ) |
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