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Padre Severino Bordignon (1940-2006) Imprimir E-mail
Escrito por Vs   
08.11.2006
Su padre se llamaba Luigi y su madre Anna Parolin. Nació el 5.8.1940 en Rosà (VC) e ingresó en el Instituto a los 18 años, en 1958, después de haber trabajado como tipógrafo. En 1964 emitió la profesión religiosa y en 1969 fue ordenado sacerdote. Destinado a trabajar a Mozambique, vivió un año en Portugal, donde aprendió la lengua y fue asistente en el seminario de Ermesinde.

Ya en Mozambique, trabajó allí hasta 1979 en la pastoral como vicario parroquial y párroco en Mepanhira (’71-’73), Nipepe (’73), Esperança (’73-’78) y Lichinga (’79).

Escribiendo al P. Mario Bianchi desde Lichinga, en noviembre de 1976, alude a la situación en que vivían los misioneros bajo el régimen de la Frelimo y habla de dificultades y sacrificio, «dos constantes que acompañan cada día nuestra vida, elementos importantes que nos maduran y nos hacen conscientes de la vocación a la que hemos sido llamados. Pensamientos, miedos, meditaciones y coraje se siguen unos a otros en jornadas cargadas de trabajo que comienzan por la mañana en la oración y la recomendación confiada a Dios».

El asesinato de un misionero capuchino le lleva a confiarse a Dios. Inicia la construcción de una capilla en Nova Beira con la ayuda de los cristianos. Siente enardecido su espíritu de entusiasmo: «Para nosotros son estos hermosos momentos de alegría: unidos en un ideal que supera el materialismo y la insensibilidad de moda actuales». Con previsión pastoral, trabaja con todos los misioneros por una Iglesia madura y autosuficiente que sepa afrontar la tempestad que se acerca: «Se han creado nuevos criterios de pastoral local concediendo varios ministerios a personas elegidas por la comunidad misma».

Al año siguiente, escribiendo al P. Tavares, vicesuperior general, le informa de haber ayudado a escondidas a 30 estudiantes, porque no basta con ofrecer «ayudas a los poliomielíticos, a los ciegos, a los leprosos... sin pensar que la lepra peor es la ignorancia». Para anunciar la buena nueva a los pobres -añade- «es necesario tener en nuestras filas a alguien con cultura» (20.06.1977).

En el mes de noviembre de 1978 es arrestado por los agentes de la Frelimo y pasa dos meses en la cárcel acusado de “subversivo” por haber predicado el Evangelio en las comunidades de su parroquia, Esperança.

En una carta que envió a escondidas desde la cárcel el 12.11.1978 escribe: «Hoy es domingo, el primero de mi sacerdocio que no he podido celebrar. Es muy doloroso para mí. En mis oraciones y en la recitación del Breviario os he recordado a todos. ¡Dios es grande! Que nadie de vosotros esté triste por mí. Yo estoy bien, alegre, contento. ¿Quién sabe? Quizá todos tengan que pasar por esta experiencia. Os ruego que no os preocupéis ni tengáis miedo. Es una experiencia que nos hace bien a nosotros y que a veces se la predicamos a los demás sin haberla experimentado».

Algunos días después escribe estas palabras: «Hoy se cumplen tres semanas de prisión, lo que no deja de ser una escuela, una experiencia, útil y maravillosa para un sacerdote... Investigaciones, sondeos, humillaciones, un vaivén de citas que infunden miedo y a veces palabras con las que tratan de burlarse: “Dice usted que Dios es Padre, ¿por qué entonces no le pide que le saque de la prisión, sufriendo lo que sufre?”. Y mi respuesta: “No he pedido y no pienso pedir eso a Dos. Él sabe lo que tiene que hacer”... No sé qué harán conmigo... Estoy tranquilo y con esperanza, no tengo rencor a nadie (27.11.1978).

Una experiencia que señaló profundamente su vida y que dejó impresa en unas llamativas páginas de su diario. Entre ellas, la narración de la misa celebrada en la celda de la prisión: «Un vaso, un pañuelo blanco, un poco de vino y una hostia: la cama era el altar; allí encima, “Dios” con todos mis porqués. Mientras los colegas tomaban el aire, yo me encerraba en la celda, con una cuerda cerraba la puerta y allí celebraba mi única Fuerza, el inolvidable Sacrificio. Hablaba a Dios de todo lo que había acontecido y le pedía si no podría decirme algo sobre aquel misterioso silencio. Le recordaba a mis compañeros y oraba para que los niños puedan crecer sin pasar nunca por la cárcel».

Y llega Navidad: «Sí, porque también yo quería celebrar mi Navidad justamente allí, en la cárcel. La víspera de la fiesta se veían por aquí y por allá grupitos bien intencionados y dispuestos a preparar una hermosa Navidad. Una de las monjas de Santa Dorotea me había enviado en la maleta un pequeñísimo Niño Jesús encerrado en una cajita, tan bien disimulado que despertó inmediatamente la atención de los que entraban en la celda. “Si le queréis, venid por él mañana por la mañana, después de la misa que celebraré hacia las diez”, les dije.

Aquella noche de vigilia nadie realmente durmió, pues hasta quien no era cristiano quiso vivir su Navidad. Yo comencé a prepararme muy de mañana para la misa y estaba cerrando la puerta para que no me descubrieran cuando, inesperadamente, entraron cinco o seis colegas. “Padre, me dijo sonriendo uno de ellos, hemos venido a por el Niño”. “No es posible, les respondí, os dije que después de la misa”. “No, no es ese el que queremos nosotros; ayer vimos que tú celebrarías hoy la misa y todos nosotros somos cristianos, por eso estamos aquí”. Fue una eucaristía inolvidable. Pienso que habría bastado llamar y el Señor, como en otro tiempo, sin duda habría respondido: “Aquí me tenéis con vosotros”. Y fue una hermosa Navidad, a pesar de todo».

Dos meses fueron los que el P. Severino Bordignon pasó en la cárcel, una experiencia que no doblegó su ánimo de misionero y que fue para él una ocasión para templar su esperanza y para ayudar a sus desventurados compañeros de cárcel, así como un ejemplo para algunos cristianos de la misión que con sus acusaciones habían conseguido que fuera llevado a la cárcel, donde ellos mismos terminaron como ladrones y corrompidos.

Liberado el 5 de enero de 1979, se vio obligado a permanecer encerrado en una casa de la diócesis. De aquí, el 21.01.1979, escribe a los hermanos en Italia hablando de “una grande experiencia..., consecuencia a la que puede llevar el Evangelio”, conclusión lógica por haberse comportado simplemente como sacerdote. A pesar de todo no se siente un héroe y profesa su fe en Jesús, cuya palabra fue para él y sus amigos una verdadera fuerza de liberación.

El 15 de mayo fue totalmente liberado y poco después volvió a Italia.

En 1981 es destinado a Brasil, donde trabaja en el seminario y en la pastoral parroquial de Três de Maio. De 1985 a 1992 trabaja en la parroquia de São Manuel ocupándose especialmente de pastoral juvenil. En los años siguientes continúa dedicándose a la pastoral parroquial, en Rio do Oeste, hasta 1997 y luego en la parroquia de São Marcos en la ciudad de São Paulo.

Víctima de un tumor en el hígado, se traslada a la Casa Regional para someterse a tratamiento médico. Sometido a varias intervenciones quirúrgicas, queda en lista de espera para un trasplante de hígado. Mientras tanto continúa realizando su labor pastoral en la diócesis. Ayuda especialmente en la enfermería y asume responsabilidades de asistencia material y religiosa de la Casa Betania para enfermos de sida.

En el mes de marzo su estado de salud empeora improvisamente. Hospitalizado en el São Camilo, el 5 de abril de 2006 se nos va a la Casa del Padre.

Su cuerpo es acompañado en la iglesia de São Marcos con gran participación de fieles. Al día siguiente tienen lugar los funerales presididos por el P. Lírio Girardi, superior regional. Concelebra una quincena de misioneros de la Consolata y varios sacerdotes diocesanos. Al final de la celebración se suceden numerosas expresiones de gratitud de todos por el testimonio de alegría y jovialidad que el P. Severino dejó en las comunidades en las que trabajó.

Como escribe Dario Paterno: «El padre Severino fue encumbrado y recordado con cantos, sufragado con oraciones y llorado... Fue una fiesta de adiós, llena de intensas emociones. Se fue con la conciencia del deber cumplido, triste por los muchos amigos que había hecho a lo largo de su vida y que ahora dejaba, pero al mismo tiempo lleno de alegría porque su nombre “estaba escrito en el cielo”. Se no fue para habitar en la casa donde se le esperaba (¡y qué hermosa debe de ser la cada que Cristo le tenía preparada!). Así celebró él su Pasqua.

Ahora el P. Severino Bordignon descansa en la tumba de los Misioneros de la Consolata del cementerio Chora Menino de São Paulo.

La redacción del Da Casa Madre

Ultima modificación ( 08.11.2006 )