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1922 – 2004 Hijo de Basilio y Lucía Brunelli, nació el 24.12.1922 en Dorsino (TN). Ingresó en el Instituto, en la casa de Rovereto, en 1933. Era un muchacho muy devoto de la Santísima Virgen, algo que se refleja en la solicitud de admisión al postulantado el 29.11.1943, primer día de la novena de la Inmaculada, momento en que escribía: “He esperado este día porque debe ser siempre nuestra querida Madre la que nos guíe a todos en nuestros pasos hacia la meta que el Señor, en su bondad, nos asigne. Esto incluía también el delicado desvelo –ya evidente desde nuestro Venerado Fundador y de todos los superiores, herederos de su espíritu- de asociar al máximo posible las fiestas de María Santísima con la alegría de una etapa muy próxima, la del ideal que se acerca. Con nuestra Madre el gozo es más íntimo y, siendo ella la Reina de nuestro Instituto, más fácil de conseguirse todo” Hizo el noviciado en Varallo Sesia y emitió la profesión religiosa en 1945. En 1948 fue ordenado sacerdote en Rosignano. En 1949 partía rumbo a Tanzania, donde ejercitaría su apostolado misionero hasta el 2003. Después de unos meses transcurridos en Ujewa, fueron cuatro las etapas que señalaron su apostolado misionero en esta tierra: Tosamaganga, donde trabajó como vicario cooperador de 1950 a 1967. Luego, a lo largo de un decenio, fue párroco de Makalala. De 1978 a 1983 desarrolló su apostolado como párroco de Ikonda. Tras un año transcurrido en a Mgololo, de 1984 a 2003 realizó su labor misionera y trabajó pastoralmente en su calidad de vice-párroco en Kipengere. Persona sencilla y temperamento humilde, el P. Berghi escribe desde Tosamaganga, donde aprende el arte de la pastoral tal como la expone el experto P. Olivo: «Hago lo que puedo, día tras día, y suplico al Señor que me conceda al menos la necesaria fuerza moral y física para no ser motivo de tropiezo y no quite a los demás lo que me falta a mí» (12.11.1953, carta al Padre General). El tiempo discurre favorablemente y, cada día más seguro de sí mismo y de su capacidad, el 30.11.1956, escribiendo al Padre General para la felicitación anual, le habla del gran trabajo pastoral que se está haciendo en su parroquia: bautismos, confirmaciones, matrimonios, visitas a las escuelas, etc., y concluye con estas palabras: «Hacemos muchas cosas, algunas incluso podrían parecer disparatadas, todo para la mayor gloria del Señor y la realización de su Reino. Pero más que afanarnos tanto, nos damos cuenta de que debemos suplicarle para que sea Él quien realice lo que nosotros comenzamos en su nombre confiados en Él. Que el Señor haga todo lo que nosotros no somos capaces de hacer». Víctima de un tumor, en 2001, con ocasión de sus vacaciones, se pone en manos de los médicos con la idea de volver a la misión cuanto antes. Pero comprobando que muchos de sus compañeros de la primera hora “se han ido ya a recibir el premio de su apostolado”, escribe al P. Inverardi: «Resistimos aún dos en la brecha (el P. Ferraroni y yo). ¿Hasta cuándo? No pongamos límites a la Providencia. Lo importante es perseverar». Tiene serias dificultades con las cuerdas vocales, las atenciones médicas se prolongan y, viendo a los demás religiosos de Tanzania llegar y marchar, a veces se deja sorprender por el desánimo, pero no renuncia a la esperanza de volver a trabajar en la misión. No sabe qué podrá hacer sin voz, «pero -escribe al P. Inverardi (13.11.2001)- me consuelo pensando que alguna cosilla siempre seré capaz de hacer, por muy pequeña que sea». En el 2003 el P. Berghi es destinado a Italia y se retira a Alpignano, donde fallece el 28.12.2004, en silencio, en lo más profundo de la noche, sin molestar a nadie. Ese mismo día llega el Padre General para elevar al Señor alguna oración. La misa funeral se celebra el 29 de diciembre. La preside el P. Franco Gioda, superior regional. El P. Alessandro Di Martino, en la homilía, presenta la figura del P. Berghi como la del hombre del silencio que sabe dedicarse sabiamente a su ministerio y empeñarse en el trabajo manual. Al final se lee el mensaje del P. Giuseppe Inverardi, superior regional de Tanzania: «Se encontraba todavía en Tanzania. Y nosotros, con los mismos sentimientos, le considerábamos todavía nuestro. La enfermedad de estos últimos años es la corona a una vida generosa y fecunda. Todos recordamos su sencillez y bondad, su proximidad y entrega a la gente, su celo en el apostolado, la fraternidad que sabía tejer con los hermanos y la colaboración humilde y sincera que prestaba. Por esta forma suya de ser, todos le habríamos querido en nuestra compañía. Son características que él fomentaba con abundante oración. Era siempre una delicia conversar con él, estar en su compañía. Se interesaba de todo y todos con un fraterno y auténtico espíritu. Con estos breves rasgos, en nombre de los misioneros en Tanzania -todos le querían- deseo estar presente en este momento de luto que nos afecta tanto a vosotros como a nosotros, ya que en medio de todos trabajó el P. Berghi. En Kipengere, de donde partió, nunca se perdió la esperanza de volver a tenerlo con todos nosotros, al menos para un breve periodo, para poder darle las gracias y saludarle. Nuestros deseos no pudieron ya realizarse. Vaya para él con nuestro grato recuerdo el agradecimiento por sus virtudes y forma de ser con que vivió en medio de nosotros. Para él nuestro recuerdo y nuestro sufragio, para que el Señor le conceda el descanso, la paz y el premio merecido». El P. Olivo, su gran maestro y compañero de trabajo durante muchos años, había dejado escrito de él: «Estuvimos juntos durante 17 años y nunca nos separamos para descansar disgustados por alguna querella o discusión. Éramos como dos “hermanos siameses”. Discutíamos, programábamos juntos, nada hacíamos sin que el otro lo supiera. Aun hoy conservamos los bonitos recuerdos de los años vividos en compañía». Un testimonio precioso de fraternidad y de colaboración, justamente según las enseñanzas del beato Allamano. El P. Berghi descansa ahora en el cementerio de Dorsino, su pueblo natal. La redacción del Da Casa Madre
TESTIMONIO
Del P. Giovanni Berghi se podía ver siempre su rostro, su fachada, la portada de su vida. Nunca se exhibía, nunca se las daba de protagonista, y sin embargo estaba siempre activo en la comunidad con una acción viva. Si para medir la estatura misionera de un hermano basta con poder referirnos a su interioridad, a su optimismo y sus realizaciones, no tendría hoy mucho que decir del P. Berghi. Pero no es esta una forma correcta de medir, porque hacer eso, por ejemplo con santa Teresa de Lisieux, sería un error mayúsculo, pues todos sabemos que esa carmelita, que vivió en un convento, es la patrona de las misiones. Con el P. Berghi se debería hacer una analogía concreta. En Iringa trabajó en no pocas misiones: Ujewa, Tosamaganga, Watalala, Kipengere. En todas ellas intensamente activo en una única línea de apostolado: pastoral individual y de grupo. No abandonaba el lugar de su trabajo. Si se quería dar con él, era necesario ir a buscarle a su misión. Si no se había ausentado para visitar a algún enfermo o para instruir a los catecúmenos de la aldea, se le encontraba infaliblemente en su despacho dialogando con alguien, o bien, en los momentos establecidos, en la iglesia. No era un taciturno o alguien que se encerrara en sí mismo. Se mostraba feliz de encontrar a un hermano, departía muy gustosamente con todos, le encantaba recibir noticias o enterarse de algo. Y si el discurso se adentraba por senderos de crítica, miraba hacia otra parte. Disfrutaba de las experiencias pastorales de otras misiones y no le disgustaba hablar de la suya. Resultaba evidente su aspiración a la emulación de los carismas de los demás, pero al final lo reconducía todo a la actividad personal de una pastoral que dejaba traslucir su verdadera dirección espiritual. Su plena disponibilidad a la acogida y su capacidad para escuchar a las personas era un paso decisivo para poder entrar en el ánimo de los que acudían a él. En relación con él, tengo la impresión hoy de violar y abrir la tapadera de un cofre lleno de interioridades maravillosas. No rehuía tener que ingeniárselas para hacer algo. Lo vi con los pinceles en las manos, esbozar el plan de diversas construcciones y seguir atentamente su ejecución, como en el caso de la iglesia de Wasu. Irradiaba su riqueza espiritual especialmente en su despacho parroquial, en el confesionario y en el altar. Aunque no estuviera dotado de voz robusta, sus sermones, en un kiswahili correcto y fluido, con aquel tono persuasivo suyo tan característico, cautivaban la atención de los que le escuchaban. No salían de su boca las expresiones espectaculares que prefieren algunos oradores, como tampoco reprimendas o correcciones duras; la suya era la expresión sencilla y clara de la Palabra de Dios y la orientación adecuada para seguir el camino de la práctica del bien. El secreto de este apostolado? San Agustín dice que “zelus charitas est”: quien ama es celoso, comenta nuestro Beato Fundador, y quien no es celoso no ama. El P. Berghi amó a su gente sin caer en el paternalismo; demostró que había ido a la misión para entregarse a los africanos. Con sencillez, con sinceridad, con constancia y con la paciencia del sembrador, seguro de la futura maduración, sin pretender imponer fechas ni pretender cosechar de inmediato. El crecimiento y la maduración están en las manos de Dios. Esta espera confiada debe alimentar también nuestra fe de maduros sembradores en el campo del Señor. Que la misionalidad celosa y tranquila del P. Berghi nos ayude a nosotros. P. Alessandro Di Martino
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