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P. Adriano Severin PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Francisco Lerma   
14.02.2006

1915 - 2005

Hijo de Luigi y Adelaide Severin, nació el 30.05.1915 en Paese (TV); ingresó en el Instituto en 1933, emitió la profesión religiosa el 02.10.1936 y fue ordenado sacerdote el 23.06.1940. Pasó los años de la guerra en Italia trabajando como ayudante ecónomo en la Cartuja de Pesio y en Varallo Sesia y a continuación como asistente en Turín. En 1946 partió rumbo a Mozambique y durante 40 años trabajó en la región del Niassa.
La misión no fue fácil. Al principio se le pidió que sustituyera a este o aquel misionero enfermo o ausente por vacaciones y el P. Adriano dejaba un trabajo emprendido en una misión para volver a empezar en otra. Luego se estabiliza y encuentra un destino más remansado. El 14.12.1953, escribiendo al P. Domenico Fiorina, superior general, le dice: «Ahora, en Maúa somos solamente dos… por lo que el trabajo ha aumentado. Pero esto no nos asusta, pues gracias a Dios tenemos buena voluntad para el trabajo. No tenemos tanta experiencia y práctica, pero eso no nos impide poner manos a la obra. Hemos aprendido a conducir la camioneta y hemos recorrido unos dos mis kilómetros visitando las escuelas-capilla y hecho otros viajes necesarios para facilitar provisiones… Es un auténtico placer el que se siente a la llegada a una escuela y ver 80 o más muchachos y muchachas que nos reciben. El ambiente, en casi todas las escuelas, es decididamente musulmán, lo que quiere decir que se trabaja con esperanzas en el futuro. Mi salud, gracias a Dios, es buena, pero comienzo ya a darme cuenta que no es tanta como para hacer algunas veces lo que debería. Paciencia, que un poco de sacrificio sirve para nuestro bien y el de aquellos por quienes trabajamos».
El P. Adriano trabaja y se apasiona por su obra. Y con el ánimo de un sembrador sueña en el fruto futuro que de esta labor se derivará. Lo hace, por ejemplo, dirigiendo los trabajos de la construcción de la capilla de Curea, una aldea de la misión de Mitúcue. El mismo va contando los cristianos y las escuelas-capilla de la región y trata de ver las posibilidades de crear una nueva misión: «Reverendísimo Padre Superior. He querido facilitarle estos datos de Curea porque aquí se habla mucho de una futurible “Misión Curea”… Creo que no le he facilitado este informe por fines secundarios y excesivamente humanos, sino que lo he hecho únicamente para tener informado a Vuestra Paternidad; entrando en el ambiente y viendo la necesidad, lo he sentido como un deber» (carta al P. Fiorina, 10.12.1954).
En sus carta al Padre General deja traslucir todo un fermento de actividades que llenan su vida y la enriquecen hasta una total disponibilidad y un sacrificio pleno, pero sin dejar que le falte la alegría íntima que brota de constatar los buenos resultados que de ello se puedan derivar: «Después del retiro reemprenderé el trabajo más intenso: los muchachos y las muchachas de los internados, que llenan de nuevo la misión, la reanudación y la intensificación de las visitas a las escuelas-capilla, la organización de las matriculaciones de los alumnos… El año pasado el aumento de los muchachos en las diversas escuelas-capilla de los poblados fue de más de 800; para el próximo año escolar confío que supere con mucho el millar» (carta al P. Fiorina, 5.9.1956).
El trabajo no le inquieta, sino todo lo contrario. La obligada ausencia de los misioneros hace que “todo el trabajo de la misión y parte de los trabajos manuales recaigan sobre uno. A pesar de ello doy gracias a Dios por la buena salud que hasta ahora me ha concedido y por la buena voluntad y la ocasión de poder trabajar. El trabajo no me asusta, me sentiría mal si no tuviera lo suficiente como para estar ocupado todo el santo día”, escribe al P. Fiorina el 27.3.1957.
El P. Severin seguirá trabajando todavía muchos años y, más que las fatigas apostólicas, lo que hará peligrar su salud y sus energías de forma alarmante será la revolución marxista-leninista, que tendrá para él consecuencias graves. En 1986, marcado en el cuerpo y en el espíritu, vuelve a Italia a causa de una enfermedad y se le destina a Vittorio Veneto. En 1997 se retira a Alpignano, donde se le encuentra muerto en su cama por la mañana del día 26 de enero.
El 27 de enero se celebra la misa de exequias. El P. Franco Gioda, superior regional, recorre en la homilía las etapas de su vida africana: Mitúcue, Maúa, Correia y Mepanhira. Evidencia tres dimensiones en su quehacer misionero: su apostolado, la formación de pequeñas comunidades cristianas y la asidua visita a los poblados, con la formación de los catequistas, el profundo conocimiento de las lenguas y de la cultura local y finalmente el martirio. Durante la revolución marxista sufrió en sus carnes la persecución con multitud de controles, insultos y humillaciones físicas, de todo género. No solamente no huyó, sino que en los momentos más difíciles de las críticas, de los insultos y los castigos morales y físicos, como tener que atravesar el poblado descalzo y cubierto de ceniza, dio a todos, especialmente a los misioneros más jóvenes, un gran ejemplo de fidelidad al evangelio y a la Iglesia.
Tantos sufrimientos deben de haber sido los que le causaron un ictus que le obligó a volver a Italia. El P. Gioda invitaba a mirar al P. Adriano come al silencioso de Dios y al contemplativo que se sentía unido a la pasión de Cristo, con África en su corazón.
El 28 de enero sus restos mortales, acompañados por el P. Antonio Merigo, superior, parten hacia Paese (TV), donde después de la misa de exequias son inhumados.
P. Giuseppe Villa
y Redacción del Da casa Madre

Ejemplo de vida y maestro de misioneros
Conocí al P. Adriano Severin en Mozambique en 1971, y con él estuve hasta su vuelta a Italia en 1986, como consecuencia de una grave enfermedad que le obligó al silencio hasta el día de su muerte.
El P. Adriano fue para mí un maestro de misión de quien aprendí muchísimo. Formaba parte del gran ejército de misioneros de Mozambique. Sencillo, taciturno, estudioso, cercano a la gente, respetuoso, hombre de oración, gran constructor. Vivía pobremente y totalmente dedicado a la misión. Era parco en palabras y muy activo. Conocía profundamente la lengua Emakhwa, que hablaba correctamente y usaba siempre en sus relaciones con la gente, en la catequesis y en la liturgia. En 1971 tradujo a esta lengua el leccionario litúrgico en sus tres ciclos (A-B-C) y más tarde, siendo yo director del Secretariado Diocesano de Pastoral, revisó la 2ª edición del devocionario diocesano “Mavekelo”, del P. Mario Casanova. Además de la lengua, conocía aquella cultura, sus valores y sus expresiones, por lo que fácilmente entraba en sintonía con la gente, la entendía y le entendían. De esta auténtica encarnación suya provenía sin duda su amor y entrega a la Congregación de la Inmaculada Concepción, fundada por nuestro P. Oberto Abondio.
En las actividades pastorales se podía comprobar el celo apostólico que le animaba, visitando periódicamente los poblados, organizando las pequeñas comunidades y siguiendo la formación de los maestros catequistas a través de encuentros mensuales de formación. Cuando iniciamos el Centro Catequístico Diocesano en la misión de Etatara, fundada por él y de la que era párroco, fue para mí de gran ayuda como hermano y como miembro del equipo de formación. Era nuestro brazo derecho en todos los trabajos de organización: desde la construcción del edificio para los catequistas hasta la administración y el economato. No dejaba que nos faltara nada. También colaboraba en las lecciones de formación de los catequistas.
Tuvo un corazón muy grande con los enfermos. Construyó un pequeño hospital en la misión que en los años 60 se convirtió en la primera escuela para enfermeras de las Hermanas de la Inmaculada Concepción. El P. Severin estaba siempre disponible para los enfermos. De día y de noche, a todas horas, la hermana enfermera podía contar con él para la asistencia y el traslado de los enfermos.
Su amor al pueblo Makua se tradujo también en formas concretas de promoción humana y desarrollo. La escuela en primer lugar. A él se deben la gran escuela en la sede de la misión para el último grado de elemental y pequeñas escuelas diseminadas en los poblados para cursar los primeros cursos de elemental.
Cuidó también la animación vocacional. En la misión de Etatara nacieron diversas vocaciones para el seminario diocesano y para la vida religiosa, fruto del entusiasmo y la entrega del P. Severin. Uno de los misioneros actuales de la Consolata de Mozambique, el P. Manuel Mussirica, es originario de esta misión, así como varias religiosas de la congregación local de la Inmaculada Concepción.
El P. Severin nos enseñó también a no abandonar el rebaño en sus dificultades. Estuvo presente en Mozambique en tiempos de paz y en tiempos de guerra, antes y después de la revolución marxista-leninista. Sufrió en propias carnes la persecución que tantos hombres y mujeres de buena voluntad tuvieron que soportar por el simple hecho de ser creyentes.
En la misión de Mecanhelas, su último campo de trabajo, tuvo que sufrir controles, insultos y humillaciones físicas de todo tipo. No huyó, sino que se mantuvo fiel al cuidado del rebaño que Dios le había confiado. En los momentos más difíciles de las críticas, de los insultos y de los castigos de todo tipo propinados por los revolucionarios, lo dio todo por todos, especialmente por los misioneros más jóvenes, lo que constituyó un gran ejemplo de fidelidad al evangelio y a la Iglesia. Sufría en silencio, sin críticas, perdonando a los responsables, orando y amando cada vez más al pueblo por el que había ofrecido su vida. Verdadero mártir en la vida, ahora habrá recibido sin duda la corona del apóstol bueno y fiel.
Por estos motivos y muchos otros, el P. Adriano Severin permanece entre nosotros como ejemplo de vida y maestro de misioneros.
P. Francisco Lerma