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1944 - 2005
Hijo de Francesco y Maria Barbieri, nació el 12 de junio de 1944 en Darfo (BS); entró en el Instituto en 1960 en la casa de Alpignano y se consagró a Dios con la profesión de los consejos evangélicos en 1962. Enfermo casi siempre, pasó su vida en las casas del norte de Italia: Alpignano, Darfo-Boario, Bevera, Bedizzole y especialmente en Turín, donde vivió y trabajó a lo largo de los últimos veinte años de su existencia. El 24 de febrero de 2005 se le encontró muerto en su habitación. Tenía 60 años de edad y 45 de profesión religiosa. El funeral tuvo lugar el sábado 25 de febrero en la iglesia del Fundador. Los presidió el P. Paolo Fedrigoni, acompañado por el P. Franco Gioda, superior regional, y el P. Francesco Cialini, superior de la casa. Concelebraron unos cuarenta sacerdotes. Estaban presentes algunos familiares provenientes de Brescia. El hermano Jimmy -como popularmente se le llamaba-, era una persona mansa y humilde, buena y sensible, atenta a las necesidades de los demás. Una persona de compañía que te acogía con una sonrisa cordial bajo el pórtico de la Casa Madre haciendo así recordar el espíritu de familia del que hablaba nuestro Fundador. Preparar el refectorio, limpiar los locales, distribuir la ropa, cuidar las flores, vaciar los cajones llenos, visitar a los enfermos de la enfermería, llevar los análisis al hospital…, estos y muchos otros servicios, llevados a cabo con gran amabilidad, fueron el signo característico de su vida. Cosas pequeñas que no saben ver los ojos distraídos, pero sí el Señor que prometió la bienaventuranza a los pequeños y los humildes. Al final de la misa de difuntos, el P. François Amboko nos ofreció un testimonio que ilustraba con simpatía y calor humano la vida y la figura del H. Gimmy. Después del funeral, sus restos mortales fueron depositados en el cementerio de Alpignano. La Redacción de Da Casa Madre
Homilía del P. Paolo Fedrigoni
Las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura (Is 25,6-9) expresan un sueño, una visión que el Señor hará que se convierta en realidad: un banquete en el que participarán todos los pueblos. En el salmo responsorial se nos ha presentado una escena paradisíaca: “Pastos de hierba abundante”, a los que el Señor, nuestro pastor, nos guiará. Todos tenemos sueños en la vida, y el H. Gian Maria quizá más que nadie. ¡Hasta puede haberse dormido en el Señor con ese sueño que la Escritura describe! Se nos ha proclamado el evangelio de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). En ellas Jesús esculpe los rasgos de los que viven según su espíritu, las características que distinguen a sus predilectos: “Felices los pobres de espíritu, los manos, los misericordiosos; felices vosotros cuando os persigan y hablen mal…”. Pues bien, las palabras de las bienaventuranzas me parecen particularmente verdaderas hoy al celebrar el funeral del H. Gian Maria. Verdaderas especialmente porque no esconden los sufrimientos que los discípulos de Jesús encontrarán. Sufrimientos, dificultades e incomprensiones que no obstante no son capaces de arrebatarles su paz y alegría. Recordando al H. Gian Maria, no podemos dejar de aludir a sus problemas de salud, que le acompañaron a lo largo de muchos años con altos y bajos. Las comunidades donde vivió, sus familiares y los que le ayudaron lo saben muy bien. Esas dolencias, además del malestar que comportaron para él, fueron su cruz, pero una cruz que él trató de llevar con dignidad, cargando con ella sobre sus robustas espaldas y sin permitir que pesara sobre las de ningún otro. Fue mucho el sufrimiento que, probablemente sin que casi nadie se diera cuenta, acompañó al H. Gian Maria a lo largo de su vida. El Señor sí lo sabía, y Él, que proclama bienaventurados a los que sufren y son perseguidos, le habrá dirigido estas palabras: “Alegraos y estad contentos, porque grande es vuestra recompensa en el cielo”. Las bienaventuranzas, por otra parte, no presentan solo situaciones de dolor; hablan también de humildad, de mansedumbre, de misericordia, de paz y de felicidad. Recordando el H. Gian Maria, nadie entre nosotros piensa en una persona que sufriera, sino especialmente en un hombre jovial, bueno, sensible y atento a las necesidades de los demás. En suma, una persona de compañía. Nadie se sentía juzgado por él o mirado de arriba abajo; todos se sentían a gusto en su compañía. Le echaremos en falta. Su presencia nos llenaba. Se le encontraba siempre bajo el pórtico de la Casa Madre y siempre se mostraba feliz al encontrarte e intercambiar algunas palabras. Participaba complacidamente en todas las celebraciones festivas o de luto de la comunidad y de los misioneros. El beato José Allamano quería que nuestras comunidades estuvieran animadas de un espíritu de familia, algo que el H. Gian Maria entendió desde el princpio e hizo suyo, ya que siempre vivió como verdadero hermano de cada uno de los misioneros de la Consolata. No había misionero enfermo, aquí en Turín, al que él no fuera a visitar, ni huésped en la Casa Madre a quien no diera la bienvenida. Le echaremos en falta nosotros y le echarán en falta muchos otros que no están aquí. Digo esto porque, fuera donde fuera, hacía indefectiblemente amigos, sabiendo además conservar vivos los lazos de amistad y simpatía, que se traducían en sus gestos humildes de ayuda y servicio. Porque siempre sabía estar disponible a todo y a todos. Ahora el Señor se lo ha llevado consigo para ofrecerle la plenitud de la bienaventuranza prometida a los humildes, a los pobres, a los misericordiosos, a los pacíficos y a los que sufren. Nosotros seguimos sintiéndole presente y cercano, seguros de que en el cielo no decrecerá su espíritu de familia y de misionero. Seguirá acompañándonos y tratando de que nuestra comunidad, sus familiares, sus amigos y todas nuestras misiones, con la materna intercesión de la Virgen Consolata, vivan en fraternidad y gocen del gozo evangélico.
Humilde trabajador Durante los ocho años que viví en la Casa Madre, siempre veía al hermano Jimmy dedicado a los trabajos más humildes de manutención de la casa, de los locales y al servicio de todos los hermanos. Se trataba de pequeños detalles, repetitivos si se quiere, pero muy estimados por los religiosos. Durante algunos años hizo de lanzadera entre la enfermería de la Casa Madre y el hospital Maria Vittoria, a donde llevaba y de donde traía los análisis clínicos. La fidelidad y la delicadeza con que desempeñaba estas tareas le hicieron granjearse la simpatía del hospital, donde le conocían y le querían por su bondad. Por la mañana le gustaba venir conmigo a S. Michele para seguir devotamente la celebración de la misa. Mientras yo atendía al confesionario, él recitaba laudes con las Hermanas de la Consolata. Luego participaba en la eucaristía y recibía la comunión con fervor. Era feliz comenzando el día de este modo. Desgraciadamente no pudo disfrutar mucho tiempo de la novedad de S. Michele, porque enfermó y tuvo que ser hospitalizado durante algunos meses. Al atardecer se acercaba a los soportales y, viendo pasar a los hermanos, se animaba y se unía a ellos, a veces para saborear un cigarrillo. Era el momento en que se le veía más relajado y sereno. En su mirada se traslucían su alegría y su satisfacción, incluso cuando no se sentía bien. Después de la cena le acompañaba a tomar un café y se reía cuando me oía hablar festivamente. A veces se retiraba a la capilla de la comunidad y allí, en el silencio y la penumbra, hablaba a su Dios, a quien había consagrado su vida de misionero de la Consolata. P. Antonio Giordano
Amigo y hermano Hasta pronto, H. Jimmy. Tu humanidad y tu fe fueron muy grandes y un ejemplo magnífico para nosotros. Tú sabías acoger a todos los religiosos, misioneros o estudiantes, que llegaban por vez primera a la Casa Madre. Lo hacías siempre con sencillez y amabilidad, con mucha delicadeza y sobre todo con aquella sonrisa que te caracterizaba. Los llevabas a conocer la casa para que no se sintieran perdidos o desorientados en ella. Por ejemplo, les señalabas dónde encontrar un vaso de aguda, un té; dónde estaba la capilla, el refectorio, la sala de los periódicos y la de la televisión, el lavadero y el laboratorio, dónde se podía comprar el billete para el autobús, etc. Así conseguías que se sintieran en su propia casa. Vinieran de donde vinieran, porque para ti todos eran indistintamente hermanos tuyos. Además estabas siempre disponible para acompañar a todos los huéspedes de paso al Santuario de la Consolata o a Castelnuovo Don Bosco para conocer la casa del Fundador, a Rivoli o a Alpignano. Tú eras siempre el que sabía prestar tu pequeña radio al recién llegado para que pudiera distraer la soledad de la habitación o de la enfermería. ¡Cuántos detalles! ¿Quién te sustituirá en esa labor tan entrañable? Nos faltará tu humanidad, tus gestos sencillos, cálidos, amistosos y fraternos. Pero tu recuerdo seguirá presente en nuestros corazones, porque con tu vida supiste infundir amor, serenidad, amistad, alegría, servicio y espíritu de familia. Del Padre Fundador aprendiste cómo hay que saber ser extraordinarios en las cosas ordinarias. El Señor, Jesucristo Salvador, la Consolata y el beato José Allamano te acojan con los brazos abiertos y con una gran sonrisa, como solías hacer tú aquí, en nuestra Casa Madre. Jimmy, hermano, doy gracias a Dios por tu vida. P. François Amboko N.
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