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VI La misión como... inserción cultural y social PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Francisco Lerma Martínez, imc   
14.09.2006
Hay una relación importante entre cultura y misión. La inserción del misionero en un determinado país y, particularmente, en su cultura, es de capital importancia para la evangelización: él debe insertarse en el mundo sociocultural de aquellos a quienes es enviado, superando los condicionamientos del propio ambiente de origen. Hay actitudes imprescindibles que él debe asumir. El proceso es lento, pero muy necesario.

1. Cultura y misión
La Iglesia es por naturaleza universal, pues Cristo la ha mandado a todos los pueblos y en todos los pueblos tiene que dar testimonio de Él: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes (Mt 28,18). Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”(Hech 1,8). Por ello, la dimensión universal es un elemento constitutivo de la misión (Redemptoris Missio 23). De ahí se deduce claramente el lugar preponderante que la cultura ha tenido en la vida y misión de la Iglesia.
Los procesos culturales están íntimamente unidos al anuncio del Evangelio y a toda la acción pastoral de la Iglesia.
Hablar de diversidades culturales, multiculturalidad, interculturalidad, inculturación (usando términos de nuestro tiempo), es sencillamente entrar en una problemática familiar a la misión ad gentes. El Nuevo Testamento testimonia el pluralismo en que vivían las primeras comunidades, debido a las diversas condiciones culturales e históricas de cada uno de los pueblos donde surgían. Es fácil comprender el interés de la Iglesia por esta problemática.

2. Diversas actitudes históricas
Hubo épocas en que la comunidad eclesial fue más receptiva a la valorización de las culturas, siguiendo la línea evangélica y apostólica de la encarnación. Otras veces, en cambio, debido a influencias del poder temporal o a las ideologías reinantes y a interpretaciones erróneas de su doctrina, la Iglesia ignoró las diversidades culturales o incluso las negó, queriendo imponer una misma cultura a todos los que se convertían. Es la línea llamada etnocentrista, que consiste en considerar la propia cultura como superior a las demás, con las consecuencias negativas que todos conocemos. En otras épocas, prevaleció la línea de la adaptación exterior que, sin condenar a las culturas que encontraba, asumía algunos de sus elementos. Se trata de una actitud menos negativa que la anterior, intermedia entre la encarnación y el etnocentrismo.

3. El proceso de inserción
Dejando para un segundo momento el proceso de la inculturación de la fe, concentramos nuestra atención en el proceso de inserción en una determinada cultura, que todo misionero debe hacer. Es un proceso inicial e inmediato que el evangelizador hace al llegar al país o contexto humano al que es enviado. Es el momento del encuentro cultural del enviado con los destinatarios de la misión. Este encuentro es decisivo para el futuro de la misión. El misionero se encuentra con una cultura diversa y desconocida, ante la cual pueden surgir actitudes de apertura y acogida, o choques que lo lleven a la confrontación, a la imposición de los propios criterios y enfoques culturales, negando la diversidad y los valores ajenos. Ya en el siglo XVI, los misioneros que partían para Oriente recibían la siguiente orientación: “¿Hay algo más absurdo que llevar a China lo que es propio de Francia, España, Italia o de cualquier otra parte de Europa? No importan tanto estas cosas a la fe, a la cual no matan ni perjudican los ritos y costumbres de ningún pueblo, a no ser que se trate de costumbres y ritos insensatos” (Inst. S. C. de Propaganda Fide).

4. Importancia y necesidad
Es muy importante el momento de la inserción, pues por lo general, una gran parte de los agentes de pastoral no conocen de manera suficiente y en profundidad la realidad donde se desarrolla la misión. Poco saben del país, de la cultura del pueblo, de sus valores y expresiones; no hablan la lengua de la región y desconocen la historia, los factores psicológicos y sociológicos que lo condicionan, una realidad compleja difícil de analizar, comprender y asumir. Hay que tener en cuenta que el conocimiento del pueblo y de su realidad es necesario para comprometerse seria y responsablemente con él, compartir su vida y anunciarle la Buena Nueva de Jesús. Por eso es necesario que el enviado haga un proceso serio de inserción, en orden a la eficacia de la acción misionera. Sobre la necesaria inserción en el nuevo ambiente, el Concilio Vaticano II afirma que: “el misionero se adaptará a las costumbres ajenas y a las diferentes condiciones de los pueblos” (Ad Gentes 25). El mismo Concilio concreta más detalladamente, diciendo que: “los misioneros conozcan más ampliamente la historia, estructuras sociales y costumbres de los pueblos, se enteren bien del orden moral, de los preceptos religiosos y las ideas íntimas que éstos se han formado sobre el hombre y Dios, según sus sagradas tradiciones” (Ad Gentes 25).

5. Coordenadas del proceso
Juan Pablo II, escribiendo sobre este proceso, afirma: “Los misioneros que provienen de otras iglesias y países se han de inserir en el mundo sociocultural del pueblo al que son enviados” (Redemptoris Missio 53). El Papa señala las coordenadas del proceso, mostrando, antes de nada, la parte negativa del mismo, es decir el despojamiento que el misionero debe hacer, a ejemplo de su Maestro: la necesidad de superar los condicionamientos de la propia cultura de origen. Al mismo tiempo, Juan Pablo II especifica los aspectos más importantes del camino que hay que hacer: “Los misioneros deben aprender la lengua de la región en que trabajan, conocer las expresiones más significativas de aquella cultura, descubriendo los valores allí presentes por medio de la experiencia directa” (RM, ídem). En síntesis, estas son las palabras claves de la inserción misionera: comprender, apreciar, promover, evangelizar. Sólo con un proceso de inserción así entendido y realizado, se podrá llevar a los pueblos el conocimiento de la Buena Nueva. Así lo entendió Pablo, haciéndose judío con los judíos, griego con los griegos, romano con los romanos, sin dejar de ser él mismo judío. Pablo interpretó bien el ejemplo del Maestro, que para salvarnos se hizo uno de nosotros: “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,4). Es el camino de la inserción de ayer, de hoy y de siempre. Por eso, este proceso bien entendido no obliga al misionero a renegar de la propia cultura, sino a apreciar debidamente las culturas de los pueblos a los que es enviado, promoviéndolas y enriqueciéndolas dinámicamente con el Evangelio.

6. Contextos multiculturales

  • Sociedad multicultural
La inserción misionera se da en un contexto multicultural, es decir, en una sociedad formada hoy por diversos grupos étnicos y culturales. Hay, pues, que tener una actitud o conciencia que va más allá de la cohabitación con la diversidad cultural e ir hacia la interculturalidad, es decir, hacia la acogida de los valores presentes en las culturas con las que entramos en contacto, relativizando críticamente tanto las otras culturas como la propia. Para conseguir tal objetivo hay que educarse. Se trata de un movimiento de reciprocidad, que supera el predominio de una cultura sobre otra, o la imposición de los propios criterios culturales. Se da interculturalidad cuando se va al encuentro del otro, se reconoce y se respeta su diversidad y se abre a la acogida de sus valores.
  • Complejidad de la situación
En nuestra sociedad el proceso se hace cada vez más necesario ante la complejidad de los fenómenos culturales y sociales, complejidad difícil de analizar, comprender y asumir: “Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza” (Novo Millennio Ineunte 40).
El proceso implica al mismo tiempo una carga afectiva, es decir, sentir como siente el otro. Hay que comunicarse realmente entre las personas, asumiendo estilos de vida que sean al mismo tiempo de respeto y aceptación cultural, solidaridad humana y testimonio evangélico: “La evangelización pierde fuerza y eficacia si no se tiene en cuenta al pueblo concreto a quien se dirige, si no se habla su lengua, si no usa sus signos y símbolos, si no responde a sus problemas, si no interesa a su vida real” (Evangelii Nuntiandi 63).

Para reflexionar y compartir
1. Analiza las diversas actitudes que podemos asumir ante una cultura diferente a la nuestra.
2. Sin abandonar nuestra propia cultura, ¿cómo nos debemos comportar ante una cultura diversa a la nuestra?
3. La diversidad cultural ya es una realidad en nuestro propio ambiente: ¿Qué se hace en tu parroquia, en tu barrio...etc., ante la diversidad de culturas presentes?
4. Analiza el concepto de cultura en la Constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo Gaudium et Spes, nº 53.
Desde el testimonio
Carlos de Foucauld: “Su elección de vivir en medio de los musulmanes remite a la espiritualidad de Nazaret: inmolado por amor, se hizo hombre entre los hombres. Resuelto a hacerse llamar `’hermano’ antes que ’padre’, quería vivir con los más pobres y los más perdidos. Carlos escogió vivir como musulmán entre los musulmanes, establecer relaciones de persona a persona, realizar intercambios cotidianos de servicio y caridad, aprender a vivir en la amistad. Se dedicó al estudio del Islam, de la cultura y lengua árabes” (Hugues Didier, Vida de Carlos de Foucauld, 122-124).
Desde la oración
¡Señor! A ti te va la vida, el trabajo, la fiesta, el sufrimiento y las manos callosas de los que construyen el mundo. A ti te va todo lo que sea crecer, avanzar, curar, consolar, ir más lejos, hacer más humanidad, perdonar, vivir más y mejor, amar. ¡El mundo! Allí es donde tenemos que buscarte, meternos en la refriega y combatir a tu lado, luchando con los pobres y como pobre. Y luego cantar contigo y hacer fiesta. Y gozar en el hogar, en el trabajo, con los amigos de cerca y de lejos, con quien no te conoce, siempre con ellos y contigo. Yo soy débil, pero Tú, Señor, cuidas de mí.

Ultima modificación ( 14.12.2006 )