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| IV. La Misión como... "enviados" |
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| Escrito por P. Francisco Lerma Martínez, imc | |
| 01.09.2006 | |
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Por el bautismo hay una vocación a la santidad y a la misión común a todos los miembros del pueblo de Dios. Todos estamos llamados a la misión. Todos tenemos una misión que cumplir: edificar la Iglesia, realizar la misión que Jesús nos ha encomendado.
1. El derecho y el deber de evangelizar La Iglesia existe para la misión. Es una disponibilidad que brota espontáneamente de su propia identidad. No es algo contingente y externo, sino que alcanza el corazón mismo de la Iglesia. En el libro del Apocalipsis, hay un símbolo bastante expresivo de la misión a la que todos los miembros del pueblo de Dios estamos llamados: “Y la voz de cielo que yo había oído me habló otra vez y me dijo: ’Vete, toma el librito que está abierto en la mano del Ángel, el que está de pie sobre el mar y sobre la tierra’. Fui donde el Ángel y le dije que me diera el librito. Y me dice: ‘Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel’. Tomé el librito de la mano del Ángel y lo devoré; y fue mi boca dulce como la miel; pero, cuando lo comí, se me amargaron las entrañas. Entonces me dicen: ’Tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (Ap 10,8-11). El libro que el apóstol come se convierte en el mensaje que tiene que llegar a todos los pueblos. Es una palabra que cuestiona sobre nuestra responsabilidad de oyentes y testigos de la misma. A nadie le está permitido desatenderla o ignorarla. El bautismo fundamenta en cada cristiano el derecho y el deber de evangelizar. Para el discípulo de Jesús, la misión no es algo que se pueda o no hacer, sino la expresión más genuina de su ser. Sin misión no se puede ser discípulo de Cristo. La palabra es un don que recibe para compartir con los otros que no la conocen, como la mujer del Evangelio que encuentra la moneda de oro e inmediatamente se lo comunica a sus vecinas. Quien experimenta a Dios en su vida no puede dejar de sentir la urgencia de la misión: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16). 2. Siguiendo las huellas de profetas y apóstoles
3. Disponibilidad radical
4. Ser y vivir misionero Nuestra salida misionera es un estado de vida, una manera de ser y de estar en el mundo. Por ello viviremos siempre en estado de misión dondequiera que estemos, en el seno de nuestras familias, en nuestras parroquias y movimientos eclesiales, en nuestras actividades profesionales y ocupaciones civiles. Si un día se reúnen las condiciones, hay que estar disponibles para salir más en profundidad, fuera de nuestros propios contextos culturales y nacionales y entrar en los fenómenos de nuestro tiempo. Hoy hay que ir al mundo de la pobreza, de la injusticia, de la exclusión, de la violencia, de la migración, de la comunicación, del mundo juvenil, de la defensa de la naturaleza. Estos fenómenos socioculturales forman hoy los nuevos territorios a los que los cristianos tenemos que ir en misión. Sin olvidar los ámbitos geográficos, donde todavía no se conoce a Cristo, los fenómenos referidos nos indican los nuevos ámbitos de la misión. Allí tiene que estar el misionero de hoy. 5. Perfil del misionero
Para reflexionar y compartir 1. Nuestro compromiso con la misión es ineludible y constante: ¿Qué significa para ti concretamente la afirmación de que todos los discípulos de Jesús tenemos el derecho y deber de evangelizar? 2. ¿Qué características debe tener quien es enviado a la misión? 3. No pudiendo ir a tierras lejanas, ¿cómo podrías realizar tu salida a la misión? 4. ¿Qué sentido tiene la oración y qué lugar debe ocupar en la vida de un enviado? 5. Estudia el Compendio del Catecismo, CEC , nn. 144, 150 y 173 (misión de la Iglesia); 175 (misión de los apóstoles). Desde el testimonio San Francisco Javier: “Quiso Dios, por su acostumbrada misericordia, acordarse de mí; y con mucha consolación interior sentí y conocí que era su voluntad que fuera yo a aquellas partes de Malaca”. “Estoy tan determinado de cumplir lo que Dios me dio a sentir en mi alma, que, al hacerlo, me parece que iría contra la voluntad de Dios; y que ni en esta vida ni en la otra me haría merced”. “Yo no dejaría de ir a Japón, por lo mucho que tengo sentido dentro de mi ánima, aunque tuviese por cierto que había de verme en los mayores peligros que nunca me vi, por cuanto tengo muy grande esperanza en Dios nuestro Señor que en aquellas partes se ha de acrecentar mucho nuestra santa fe”. Madre Teresa de Calcuta: “Un misionero es un enviado. Dios envió a su Hijo. Hoy Dios nos envía a nosotras. Cada una de nosotras es enviada por Dios.¿Por qué somos enviadas? Somos enviadas a ser su amor entre los hombres, a llevar su amor y comprensión a los más pobres de los pobres. No debemos tener miedo a amar. La Misionera de la Caridad tiene que ser una misionera del amor”. Desde la oración ¡Señor, Dios nuestro! ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies de los mensajeros que anuncian la paz, que traen la Buena Nueva, que pregonan la victoria! Fortalece en nosotros la fe que nos legó la predicación de los apóstoles; y haz que la proclamemos en todas partes de palabra y de obra. Por Jesucristo nuestro Señor. |
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| Ultima modificación ( 19.09.2006 ) |
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