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Reflexiones sobre el XI Capítulo General Imprimir E-mail
Escrito por P. Antonio Bellagamba, imc   
11.08.2006
INTRODUCCIÓN

El undécmo Capítulo General es ya historia. Corresponderá a los historiadores, con su método de estudio basado principalmente en la confrontación de las fuentes escritas, hacer una valoración más objetiva de él y sacar conclusiones. Por su parte, los que participaron en él, y aún más los que lo prepararon, pueden encontrar más dificultades para ser objetivos como los historiadores para hacer una lectura o expresar un juicio de nuestra asamblea capitular en la ciudad San Pablo. Por otra parte, no se les puede negar el derecho a manifestar opiniones personales basadas no solamente en los documentos escritos, sino formuladas refiriéndose a su experiencia de plena participación y compromiso en el Capítulo. Si sus reflexiones y conclusiones corren el peligro de ser parciales y no siempre desapasionadas, tienen en cambio la ventaja de servirse tanto de las fuentes escritas como de la experiencia personal, fruto de su presencia física en el Capítulo y la participación en todos sus trabajos. Se trata de un elemento añadido que las fuentes escritas no pueden evidenciar.

En lo que me concierne, puedo decir que, de todos los capítulos generales en los que he participado y de los llevados a cabo en los últimos 57 años de mi vida en el Instituto, el presente ha sido el mejor preparado, con la más alta participación de parte de los misioneros, con la más intensa aportación de ellos y con un estilo de conducción más eficaz y a la altura de los tiempos.

Este artículo presenta, aunque de modo resumido, los motivos de estas afirmaciones y trata de hacerlo del modo más objetivo posible, recurriendo a mi experiencia, compartida con otros capitulares cuyas circunstancias están muy próximas a las mías. Sin embargo, este artículo es mío y solamente mío, presenta mi personal punto de vista, mi valoración global de todo el arco de los acontecimientos que acompañaron al Capítulo. No pretendo ser exhaustivo, tampoco ser correcto en todo, y menos aún presentar esta experiencia personal como la mejor, la única del Capítulo. La comparto con la esperanza de que otros la puedan asumir, completar o rechazar, de tal modo que se pueda llevar confeccionar un volumen más consistente en valoraciones y experiencias y ofrecer la posibilidad a los historiadores de un análisis y una valoración lo más completos posible.

LAS ACTAS DEL XI CAPÍTULO GENERAL

Las Actas del último Capítulo General se dividen en tres partes: la primera es la tomada del Instrumentum Laboris, en su momento preparado por la Comisión precapitular, aprobado por la anterior Dirección General y enviado a todos los misioneros para que lo estudiaran y aportaran sus críticas, sugerencias o cambios. La segunda parte de las Actas está compuesta de dieciséis orientaciones para la misión, sugeridas por la discusión capitular por los propios misioneros y por los delegados al Capítulo. La tercera parte está compuesta de once decisiones sobre algunos aspectos presentados por la Dirección General, por las Circunscripciones o por los Delegados al discernimiento capitular.

1. La primera parte de las Actas,
la que substituye al Instrumentum Laboris, se había encontrado con reacciones negativas tanto entre los misioneros como entre algunos delegados, dado que se preguntaban si era útil para el Instituto discutir un texto como tema principal del Capítulo. Las razones de estas reacciones se pueden resumir así: no hay nada nuevo en el Instrumentum Laboris, pues es simplemente una repetición de las Constituciones o del Directorio General, por lo que no parece que se tenga que perder el tiempo en discutirlo. Estas razones estaban ya previstas y discutidas por la anterior Dirección General y por los miembros de la Comisión precapitular y, finalmente, repetidas en la discusión de la asamblea capitular. Muchos delegados reconocieron la validez parcial de estas críticas, pero al final concluyeron que, hechas las modificaciones debidas, el texto era digno de la consideración y del estudio del Capítulo por las razones siguientes:

a) No es verdad que esta primera parte de las Actas no contenga nada nuevo. Es cierto que buena parte de su contenido se encuentra ya en las Constituciones y en el Directorio General, pero han sido añadidos nuevos elementos a la luz de los Capítulos generales precedentes, de la mayor reflexión dentro del Instituto y de las nuevas intuiciones de sus miembros.
b) Esta parte de las Actas parece ser el desarrollo lógico de los temas de los dos últimos Capítulos generales: “Qué misión, qué misionero, qué espíritu” y “Nuestra misión ad gentes”. Lógicamente, el nuevo título debería haber unido los dos precedentes y ofrecernos un sumario actualizado del estilo de los Misioneros de la Consolata en su vida y misión. En el fondo se trata de un cuadro actualizado de lo que es esencial en la vida y en la misión de los Misioneros de la Consolata y que los distingue de los demás evangelizadores.
c) Se ha percibido la necesidad de este compendio de los elementos del IMC para poder también ofrecérselo a nuestros estudiantes con el fin de que puedan retomarlos periódicamente y confrontarse con ellos. Nuestros jóvenes en periodo de formación, en efecto, se dedican a un estudio intenso y completo de las Constituciones y del Directorio General durante el noviciado, pero también en las demás etapas de su formación necesitan un texto más ágil y sintético al que recurrir para una revisión de vida durante los ejercicios espirituales, las jornadas de retiro mensual y los momentos de oración personal, así como durante los tiempos de la liturgia. El Capítulo ha considerado que la primera parte de las Actas puede responder adecuadamente a esta necesidad.
d) Los propios misioneros que trabajan en la pastoral, en la formación de base, en la AMV o en otros campos pueden beneficiarse de esta “sinopsis” no solamente para perfeccionar su vida y su método de trabajo, sino también para garantizar la necesaria continuidad en las actividades realizadas por el Instituto. Hay una petición, tanto por parte de los misioneros como de los superiores regionales y de los obispos, que el Capítulo ha recibido y confirmado (n. 19), de una mayor continuidad en todos nuestros ministerios, de tal modo que la formación y las actividades que proponemos a los jóvenes, a los seminaristas y a las comunidades cristianas no sean inconsistentes, incoherentes o desordenadas cada vez que un misionero entra en un nuevo servicio. El IMC debe tener su propio estilo de vida y de ministerio, evitando que un misionero determinado actúe como gran “figura”, imponiendo su estilo, su espiritualidad o la del movimiento o asociación de la que él depende. Nosotros, misioneros de la Consolata, deberíamos en primer lugar aceptar y proponer lo que es esencial en la vida y en el trabajo del IMC, en sintonía con los programas de la Iglesia local. Subordinado a estos y en segundo lugar, viene lo que complace al individuo y sus peculiaridades. Así pues, la revisión frecuente a la luz de esta primera parte de las Actas capitulares ayudará a evitar el terremoto que a veces tiene lugar en nuestros seminarios, en los centros de AMV y en los demás servicios del Instituto cuando se produce un cambio de personal.

He aludido anteriormente a que “ciertos cambios” eran necesarios para el estudio y la aceptación por parte de los capitulares de los contenidos de esta primera parte. Cambios ha habido y son evidentes si se consulta la edición presentada a la Dirección General al Capítulo con la aprobada. Me detengo brevemente a poner de relieve los criterios seguidos para estos cambios:
a) La primera parte de las Actas debe ser solamente una “sinopsis” del espíritu que anima la IMC en su vida y misión, y no una descripción detallada como lo era originalmente. Esa descripción puede ser leída en las Constituciones, en el Directorio General y en algunas añadiduras provenientes de los últimos Capítulos generales.
b) Si esto es verdad, quiere decir que esta parte debía estar asociada tanto a su descripción como especialmente a sus propuestas prácticas.
c) Como consecuencia de esto, los capitulares la han simplificado, mientras que las propuestas formuladas han sido eliminadas o insertadas en la segunda parte de las Actas. Las pocas que han quedado son de naturaleza general, válidas en todas partes, más que propuestas concretas y circunstanciales.

2. La segunda parte de las Actas
contiene nuevas orientaciones para la misión. Es muy directa y práctica y describe detalladamente la naturaleza de cada orientación, las razones de su importancia para la misión y ofrece muchas propuestas prácticas para su realización. El Instrumentum Laboris contenía algunas orientaciones, la mayor parte exigidas directa o indirectamente por los misioneros, que la Comisión precapitular desarrolló en su momento; discutidas después con los miembros del Consejo General y aprobadas, fueron presentadas para el discernimiento capitular. Los delegados, a su vez, añadieron otras por propia iniciativa y finalmente el número total de las orientaciones discutidas en el Capítulo llegó a dieciséis. Cada una de ellas fue examinada primeramente en los grupos de estudio. Todas las observaciones presentadas por cada uno de los capitulares y aceptadas por la asamblea fueron registradas por el Comité de redacción, que iba renovando el texto siguiendo los cambios exigidos por la mayoría. La nueva redacción de cada orientación se sometía de nuevo a la asamblea y presentada a la votación para su aprobación. Come ve, se siguió un proceso muy largo y minucioso, pero esto posibilitó una metodología seria para el discernimiento de todas las orientaciones, dando posibilidad a una discusión profunda y exhaustiva y permitiendo la redacción de orientaciones para la misión que se espera puedan dar una respuesta clara a los que las habían sometido a la atención del Capítulo. Puesto que tales orientaciones han tocado aspectos y áreas que los misioneros consideran de mucho interés, los capitulares las hicieron suyas y las trataron como prioridades, dedicándoles todo el tiempo necesario para su discusión, revisión, profundización y aprobación. Los delegados esperan que estas orientaciones para la misión, fruto de su estudio y aprobación, sean de gran ayuda para el servicio común misionero en el sexenio venidero, hagan que nuestras actividades estén más en sintonía con las expectativas y el camino de la sociedad y de la Iglesia y produzcan los mejores frutos en nuestro ministerio.

LAS NOVEDADES DEL XI CAPÍTULO GENERAL

Todo Capítulo produce algo nuevo en la vida y en las iniciativas del Instituto. También el undécimo Capítulo ha aportado su parte. Quiero recordar e ilustrar brevemente las áreas que considero pertenecientes a esta categoría de la novedad, resaltando las razones por las que las llamo novedad, y lo que el Capítulo espera conseguir con su realización.

a) La continentalidad

Considero que la novedad consiste en haber usado esta palabra por primera vez y con tal frecuencia como para hacer avanzar el proceso de su concreción en el cuadro de la organización del Instituto, acercándonos un poco más a su reconocimiento jurídico. Actualmente reconocemos en el IMC un nivel local, otro de circunscripción y en tercer lugar el general. A cada uno de estos niveles corresponde una autoridad, un poder de decisión y de planificación. Están también los Consejeros continentales, quienes con la autorización de los superiores de circunscripción y el aval de la Dirección General, pueden organizar encuentros de sector, someter a la aprobación planes de actividad y programaciones continentales, pero no mucho más. Este Capítulo no solamente ha confirmado la existencia de estos consejeros y de los encuentros continentales, sino que especialmente se ha referido a la idea de la continuidad y la necesidad de promover asambleas continentales con el fin de formular una verdadera planificación que implique a las circunscripciones interesadas. Para este Capítulo la continuidad es “una realidad importante de nuestra organización” (n. 100), que debería “favorecer una visión y una praxis continentales” (ibid). Por eso el Capítulo se ha concentrado mucho en la dimensión continental, para planificar un trayecto conjunto en el mismo continente. Como consecuencia de esto, el Capítulo pide que el “Consejero continental, de acuerdo con la Dirección general, organice un encuentro con los superiores de circunscripción y dos encuentros entre los responsables de los sectores (AMV, JPIC, formación, pastoral…) para una programación común, en base a las conclusiones del Capítulo y a las necesidades del continente” (n. 100.1)). Esto debe hacerse “dentro del primer año después del Capítulo y antes de las Conferencias regionales” (ibid). Pero el Capítulo va más allá y pide que haya, a nivel continental, un plan para la promoción de la AMV (n. 73.1), para JGPIC (n. 76.1), y para el diálogo interreligioso (n. 79.1), y que se propongan respuestas a los desafíos de los nuevos areópagos (n. 82.1). ¿Es un sueño pensar que el próximo Capítulo establecerá un cuarto nivel en nuestra organización, el continental, con su propia y legítima autonomía de decisión, manteniendo firmes la unión con la Dirección General y su anuencia para la planificación, el intercambio de personal, la responsabilidad de la formación de base y permanente?

b) La interculturalidad

La interculturalidad es el nivel sucesivo a la internacionalidad. Esta última es una realidad más estática, se refiere a personas provenientes de naciones diversas que viven en la misma comunidad pero que no saben cómo o no quieren asumir positivamente las riquezas y las diferencias culturales. Es una coexistencia sin interacción o con muy poca.

La interculturalidad, por el contrario, evidencia las dinámicas que circulan entre estas personas de diversa nacionalidad, acentuando los aspectos culturales más que los países de proveniencia. El Capítulo dice que “en este momento se advierte la necesidad de ir más allá de la internacionalidad para afrontar los desafíos de la interculturalidad” (n. 56). Y para llegar a esto deberemos cada vez más “comunidades abiertas y acogedoras” (n. 57.2), capaces de “relativizar la propia cultura” (n. 57.4), “de ver los aspectos negativos de la misma” (n. 57.11), “identificarse con la propia cultura, pero con espíritu crítico” (n. 58.4) y usar medios apropiados para practicar la interculturalidad (n. 17, 56-58).

c) Las lenguas

Somos, y en el futuro lo seremos aún más, una comunidad internacional e intercultural. Cada vez más frecuentemente tendrán lugar encuentros a nivel internacional, continental y general del Instituto, y cada seis años está previsto un Capítulo general. ¿Cómo nos comunicaremos entre nosotros en estos encuentros? ¿Alquilaremos las instalaciones y el personal para la traducción simultánea, con su coste prohibitivo y las dificultades inherentes a este modo de proceder? ¿Continuaremos la praxis actual de usar el italiano y aceptar que algunos participantes no comprendan casi nada o muy poco de lo que se está diciendo? ¿Buscaremos otras soluciones? Una alternativa es necesaria. ¿Cuál? El Capítulo ha discutido ampliamente este punto. Ha revisado la experiencia de otros Institutos internacionales, ha considerado los pros y los contras de cada solución y al final se ha expresado en estos términos: “Además de aprender el idioma del lugar y el italiano, que en el Instituto se conozca el inglés” (58.5).

Si la memoria no me traiciona, la discusión había llegado a proponer otra decisión: Las lenguas oficiales del Instituto son el italiano y el inglés. Todos los misioneros deben comprender y hablar bien una de las dos y comprender bien la otra. Una afirmación como ésta habría dado una respuesta clara a la cuestión planteada arriba. Pero en todo Capítulo el arte del compromiso exige a veces una solución intermedia, que pueda ser aceptada por la mayoría. A pesar de que la decisión fundamental del Capítulo es que el Instituto, poco a poco pero de manera decidida, lleve a cabo la resolución tomada, de manera que, en un periodo razonable de tiempo, sean estas las dos lenguas usadas en los encuentros internacionales, continentales y generales. También las publicaciones IMC se redactarán en las dos lenguas y no en cuatro o cinco como en el presente. Este es el camino ya recorrido por muchos otros Institutos y parece dar una respuesta adecuada al problema de la comunicación interna de las congregaciones internacionales.

d) Un año de servicio antes de la profesión perpetua

También este fue un tema muy debatido durante el Capítulo y al que considero que se le dio una solución correcta y positiva. ¿Por ser un tema muy candente? Por una parte los capitulares tomaron conciencia del largo currículo que nuestros estudiantes deben hacer: un año de propedéutico para todos; dos o tres años de filosofía para los clérigos (o de estudios profesionales para los Hermanos); un año de noviciado para todos; cuatro o cinco años de teología para los clérigos (o al menos tres años de estudios religiosos para los Hermanos). Durante todo este tiempo hay muy poca experiencia misionera: alguna hora durante los fines de semana, algo más durante las vacaciones, pero nunca un tiempo prolongado y consistente de trabajo misionero durante el cual el joven tenga la posibilidad de sumergirse en la misión y de exponerse a sus exigencias, preguntándose sobre sus motivaciones vocacionales y verificando su estilo de vida y su modo de comportarse en comunidad y con la gente.

Los capitulares, además, pudieron darse también cuenta de que, en relación con otros institutos religiosos y misioneros y muchísimas diócesis, éramos los únicos que no establecíamos un prolongado servicio misionero en el Instituto durante la formación de base. Debíamos preguntarnos si éramos realmente los únicos y excepcionales en la posesión del mejor iter formativo o si, por el contrario, nos habíamos quedado rezagados en relación con los otros. El Capítulo comprendió bien la situación, la analizó con honradez y justicia, especialmente en relación con los estudiantes, y decidió lo siguiente: “Haya un año obligatorio para todos los profesos temporales, como parte del curriculum formativo, que se empleará en servicios al Instituto y tendrá lugar al término de la teología de base. Se cumplirá en la circunscripción del seminario teológico y será seguido por el propio formador. Las circunscripciones con seminarios teológicos identifiquen y preparen las comunidades locales, que estarán implicadas en ese año de servicio misionero de los profesos temporales” (91.1) Con esta decisión los capitulares trataron de evitar al máximo posible los inconvenientes que ese año de servicio misionero puede comportar, aprovechando al máximo los aspectos positivos y las posibilidades. El estudiante no cambia de Región, no debe aprender otro idioma, no cambia de formador ni la responsabilidad última de su admisión y la profesión perpetua recae en los mismos superiores y educadores que le han seguido en su formación después del noviciado. El joven tendrá la posibilidad de vivir en una comunidad apostólica, con una tarea específica que realizar, insertado en la vida religiosa y misionera real, acompañado por hermanos interesados por él y su futuro. De este modo su formación de base será completa, porque incluye también este año de servicio que le permitirá comprender mejor si es esta o no su vocación.

e) La declaración de responsabilidad

Durante la última Consulta (2002), los superiores de circunscripción discutieron una propuesta sugerida y formulada por expertos de otras congregaciones religiosas y misioneras. Esta propuesta, una declaración escrita y firmada, definía claramente la responsabilidad personal de los miembros en los casos de comportamiento moral incorrecto o de falta de prudencia en situaciones de peligro. En esa declaración se definía, en caso de muerte del misionero, el lugar de su sepultura y a quién se destinarían sus bienes muebles. El texto de esta declaración debía ser distribuido y dado a conocer en las circunscripciones por los superiores; una vez presentado y adecuadamente explicado, los misioneros eran libres de firmarlo o no. En algunos casos se hizo así y algunos misioneros firmaron el documento. Los delegados presentaron algunas dudas de los miembros de las respectivas circunscripciones y especialmente una pregunta candente: “El Instituto, con esta declaración, ¿quiere tal vez abandonar a sus miembros cuando se encuentren en dificultad?”. La discusión sobre estas dudas fue larga y a veces bastante caliente. Finalmente muchos capitulares comprendieron la verdadera razón de la declaración, que no es abandonar a los miembros, sino protegerles a ellos y al Instituto, clarificando algunas situaciones e incertidumbres que creaban insatisfacción. La asamblea capitular decidió entonces constituir una comisión ad hoc para estudiar todos los aspectos inherentes a la declaración y reformular propuestas para someterlas a la atención de todos para una posterior discusión. La comisión distinguió y separó claramente las situaciones verdaderas de responsabilidad personal (comportamiento moral incorrecto y falta de prudencia en situaciones peligrosas) de las que debían ser tratadas de modo diferente (lugar de la sepultura del misionero y la cuestión de sus bienes muebles). En este punto se pidió a los capitulares tiempo para pensar, comprender y luego legislar. Las deliberaciones son las siguientes. En cuanto a las cuestiones de la sepultura y de los bienes muebles: “Los bienes muebles y el dinero, que el misionero tenga en el momento de su muerte, independientemente de cómo le hayan llegado o cómo estén invertidos, pertenecen exclusivamente al Instituto” (n. 108.1), y “La sepultura del misionero se hará en el País donde muera” (n. 108.2). Estas dos decisiones aprobadas por el Capítulo serán incluidas en el Directorio general en los números 49.1, y 49.2. Constituyen parte del Directorio y por consiguiente son válidas y obligatorias para todos, sin necesidad alguna de firmar declaraciones particulares.

La decisión oficial del Instituto sobre los casos de comportamiento moral incorrecto y situaciones de peligro para la vida de los misioneros de la gente que el misionero, a pesar de las llamadas de atención del superior, decide afrontar (n. 94.9), fue aprobada con la siguiente cláusula: se redactará “una nueva declaración, que tendrá que ser mejorada siguiendo la guía de los expertos. La dirección general presentará el texto definitivo a los superiores de circunscripción, para que lo traduzcan y adapten a la legislación vigente en sus países, oyendo el parecer de los expertos. La traducción del texto la haga una persona competente del tribunal eclesiástico local” (n. 107).
En este momento la declaración oficial traducida a las diversas lenguas no está disponible todavía para su publicación. De todos modos, el deseo de proteger y de ayudar al misionero ha sido siempre tenido en cuenta y se ha considerado de suma importancia para formular las decisiones capitulases concernientes a la declaración de aceptación de de responsabilidades, como puede deducirse de las Actas cuando dicen: “El misionero pida ayuda profesional, y la acepte cuando los Superiores se la propongan para aclararse o en el caso de que algún aspecto de su vida lo requiera. Las circunscripciones localicen centros que desarrollen esta actividad con profesionalidad. En casos de particular dificultad se consulte a la Dirección general para individuar un centro cualificado o una residencia adecuada” (n. 94.9).

f) El AIDS

Este tema había sido solamente mencionado en las Actas capitulares de 1999 (XCG, p. 11, 41, 42), mientras que para este Capítulo se convirtió en una de las orientaciones más urgentes para nuestra misión, especialmente en África.(n. 86-87). La comisión formada para estudiar este tema tuvo que proponer un texto ex novo, dado que esa orientación no existía en el Instrumentum Laboris. La primera redacción presentada en la asamblea sobre este tema recibió muchas críticas: muy parcial o exclusivamente enfocada en África, hacía juicios muy severos sobre el modo con que los gobiernos están combatiendo esta pandemia, acusándoles en algunos casos de esconder la verdad o de no poner el debido empeño; también se aludía a la Iglesia, pero por su escasa y a veces insignificante acción en el campo de la prevención. El texto de la propuesta fue entonces reformulado por la comisión, teniendo en cuenta las observaciones hechas en la asamblea, nuevamente discutido por los delegados y finalmente aprobado por amplia mayoría. Si por una parte la redacción de la orientación sobre el AIDS fue cuantitativamente reducida, por otra adquirió valor el términos de cualidad. Especialmente en relación con el cometido asignado a los misioneros y a los medios que se debían activar no solamente para combatir la enfermedad, sino para prevenirla especialmente entre los jóvenes (n. 88.1-2a-g).

g) Nueva Dirección General

En el Capítulo se habló mucho de internacionalidad, interculturalidad, de la necesidad de ser cada vez más comunidades interculturales. Considero que cuando los capitulares fueron llamados a elegir a la nueva Dirección General se inspiraron en estos principios y quisieron ofrecer una demostración práctica al Instituto de los que todo esto comporta. Y nos dieron una nueva Dirección General cuyos miembros pertenecen a cinco nacionalidades diferentes (Brasil, Italia, España, Portugal y Kenya). Por primera vez fue elegido un Superior General no italiano y un consejero africano. Es un enriquecimiento que todos debemos admirar, al que debemos ofrecer nuestra más sincera y fraterna colaboración y que sin duda indica el futuro del Instituto.

AREAS EN LAS QUE EL CAPÍTULO INSISTIÓ MUCHO

Además de proponer los nuevos caminos de la misión, el Capítulo puso mucho énfasis en otras dimensiones más tradicionales que merece la pena mencionar.

a) Santidad y espiritualidad típicamente misioneras

Leemos en las Actas: “Cada misionero lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad (n. 2); “La tensión hacia la santidad, que nos señaló el Beato José Allamano, sigue siendo un compromiso real que pasa a través de la experiencia de Dios, de la centralidad de Cristo en su anuncio del Reino de Dios y de su misterio pascual, que desemboca en la misión vivida en el espíritu de la contemplación encarnada en el presente (ibid.); y en otro lugar: “Reafirmando la intuición del Fundador “primero santos y luego misioneros”, el Capítulo renueva con convicción la opción por la santidad de vida de los misioneros individualmente y de las comunidades… Es de gran ayuda vivir la espiritualidad trinitaria, pascual y del Reino de Dios. El misionero vive con entusiasmo la evangelización y la promoción humana para la consolación del mundo, en camino, como los discípulos de Emaús, a la escucha como María, en comunión con las Iglesias locales, en misión como Pablo” (n. 53). ¿Qué medios recomienda el Capítulo para llegar a esa santidad? Invita al Instituto a dedicar los dos años siguientes al Capítulo a un estudio profundo de los elementos esenciales de nuestra espiritualidad (n. 55.1a-c). El Instituto, además, “prepare en el próximo sexenio seminarios o encuentros prolongados que involucren a los misioneros a leer la historia personal, comunitaria y social a la luz del misterio pascual, y a infundir nuevo optimismo, entusiasmo, confianza y gozo por la propia vocación y apostolado” (n. 55.2). El Capítulo pide que “cada circunscripción indique una comunidad o centro apto para acoger a los misioneros para momentos de oración, dirección espiritual, estudio y profundización de nuestra espiritualidad en sus dimensiones y en su dinamismo de vida. Donde sea posible, tal centro sea punto de referencia para la elaboración de materiales” (n. 55.3). Además de estos medios un tanto extraordinarios, el Capítulo propone los ordinarios para el crecimiento espiritual (n. 55.5a-g), e insiste fuertemente en la necesidad del proyecto personal de vida (n. 2.7, 55.5e, e 55.6, 94.5). La llamada del Capítulo a la santidad de vida es realmente fuerte, el camino señalado es claro y los medios propuestos son tan nuevos como tradicionales. Todo esto debería hacer comprender al misionero que sin esta dimensión vertical su vida puede ser vacía, su ministerio estéril y su misión paralizante.

b) La animación misionera y vocacional (AMV)

Es otra área que el Capítulo ha señalado con energía, volviendo a proponerla como una prioridad para el futuro del Instituto. El Capítulo se detiene con frecuencia en la AMV. Comienza con un breve análisis de la situación en general (n. 72.1-5), luego analiza la situación en los diversos continentes: África (n. 72.8), Asia (n. 72.13), Europa (n. 72.10, 12, 103), América del Sur (n. 72.9) y América del Norte (n.72.11). La AMV sigue siendo la prioridad por excelencia del Instituto (n. 71) y todos los misioneros deben ser animadores (n. 26.1, 72.4). La AMV está orientada al crecimiento misionero de las Iglesias locales (n. 20.8, 26, 72.1) y de la sociedad civil (n. 36.1-2). Debe ser realizada con todas las demás fuerzas que trabajan en este sector (n. 26.4, 73.8) y especialmente con las Misioneras y los Laicos de la Consolata (n. 73.3, 73.5). Los medios recomendados son diversos y al alcance de todos (n. 73. 1-10). Los encuentros continentales de la AMV con las MC se consideran muy positivos y deberán continuarse (n. 72.2-3). El Capítulo recomienda enérgicamente a los superiores que la alternancia del personal, aunque necesaria, no debe dañar nunca al sector de la AMV (n. 104.6). Estas citas son suficientes para hacer comprender que la AMV es de importancia vital para el Instituto y para la misión, en todos los lugares donde estemos presentes.

c) Comunión y colaboración con las Misioneras de la Consolata (MC)

El Capítulo de 1999 dio un salto cualitativo cuando declaró que las relaciones con las MC forman parte de nuestra identidad (cf. Actas, p.24, n.4). Este Capítulo ha retomado el tema, pero de un modo completamente nuevo: ha elaborado un texto común, discutido, cambiado y aprobado por los dos Capítulos, presentes en la misma ciudad de San Pablo. El proceso fue laro. Los dos Consejos generales formaron una comisión mixta precapitular que preparó un texto sobre las relaciones entre nuestros dos Institutos. El texto fue examinado por los dos Consejos generales, modificado y finalmente sometido al discernimiento de los delegados a los dos Capítulos. Un sábado por la mañana todos los delegados IMC y MC se reunieron en la casa de las misioneras y, en grupos mixtos, lo discutieron. Las observaciones y los cambios pedidos por los grupos fueron cribados por la misma comisión que había preparado el texto original, y se hizo con ellos una nueva redacción, en sedes separadas, que fue aprobada con las modificaciones consideradas oportunas por las asambleas capitulares. El texto que figura en nuestras Actas es sin duda largo, muy detallado y realista (n. 14, 62-64). Nuestros delegados quisieron trazar una especie de línea de conducta que debería iluminar nuestras relaciones con las MC. El Capítulo, confirmada la comunión con las MC en cuanto parte de nuestra identidad (n. 14), incluye una declaración conjunta de intenciones entre los IMC y las MC, en la que se describe el espíritu y las dinámicas fundamentales que deberían animar nuestras mutuas relaciones (n.62). Sigue una lista de elementos positivos, que existen ya entre los dos Institutos y que son signos de esperanza para el futuro de esta comunión, y otros más bien negativos que podrían amenazarla (n. 63.1-9). La última parte de la declaración de intenciones contiene propuestas para desarrollar una comunión más profunda y eficaz. Son propuestas que tocan aspectos psicológicos y culturales (n. 64.1-2), carismáticos (n. 64. 3-5) y pastorales (n. 64. 6-9). El texto aprobado por los delegados capitulares constituye, a mi modo de ver, un acontecimiento histórico que debería ser una piedra angular para las futuras relaciones de los dos Institutos, basadas en la comunión y la colaboración lo más fraterna posible.

d) La comunión y colaboración con los Laicos Misioneros de la Consolata

Otro acontecimiento histórico fue la intervención de Silvio Testa, laico misionero, en los trabajos capitulares durante una mañana entera. Su presentación ayudó de manera muy estimable a la redacción y aprobación del texto capitular, así como a clarificar ciertos puntos sobre la naturaleza y el desarrollo de esta realidad que llamamos “Laicos misioneros de la Consolata”. La metodología usada para el estudio de este tema permitió una mejor comprensión y una solución equilibrada. El texto aprobado por la comisión precapitular fue tomado en examen por los delegados antes de la intervención del laico. Era evidente que entre los delegados había prejuicios, mala información e incluso alguna experiencia negativa con algunos laicos (n. 66.3). La discusión ayudó a encuadrar bien el tema, a eliminar algunas, si no todas, las impresiones o informaciones inexactas y a formular preguntas precisas para presentárselas al laico misionero. Este, conforme a los tiempos establecidos, presentó de manera clara y honesta la experiencia de los LMC, sin esconder nada y respondiendo con sinceridad y de forma comprensible a las preguntas de los delegados. Los capitulares reconocieron que el LMC es un laico/a con una vocación específica, basada en la bautismal y en el carisma de Allamano, por el que los laicos se sienten muy atraídos y en cuyas enseñanzas se inspiran para vivir su camino de santidad misionera (n. 65). Los LMC son un “signo de vitalidad y fecundidad del carisma del Fundador” (n. 66.1) y no una especie de remedio dada la disminución de sacerdotes y de hermanos. Tienen una identidad y una vocación propias y deberían estar presentes en el Instituto incluso cuando hubiera muchos sacerdotes y hermanos. Su identidad, presencia y cometido en la misión están bien descritos en el Estatuto preparado por el Secretariado General para la Misión en colaboración con muchos misioneros y los propios laicos. Dado que algunos elementos de su organización no son plenamente compartidos por los laicos mismos, el Capítulo pide que sean posteriormente clarificados (n. 67.1) para completarlos más claramente en el próximo sexenio. Además, como los dos Institutos IMC y MC han desarrollado este movimiento laical independientemente uno de otro, debería haber un diálogo entre los dos Institutos y con los laicos “sobre los respectivos caminos y decisiones” (n. 67.2). Una vez reconocida la importancia de los LMC, el Capítulo propone a las Regiones que todavía no tienen comunidades de LMC que traten de establecerla apenas sea posible (n. 67.4).

e) La comunión de bienes

Todo Capítulo ha tenido que interesarse del voto de pobreza y del modo de compartir los bienes, para que sean vividos honestamente y según las normas. El último Capítulo no ha hecho una excepción sobre esto y preparó dos largos textos sobre estos temas: el de la pobreza está contenido en la primera parte de las Actas (n. 40-43), mientras que el segundo es una de las orientaciones de la segunda parte (n. 95-97). El Capítulo comienza su presentación remitiendo a la importancia que el Fundador concedía a estos aspectos de nuestra vida: “Del Fundador hemos recibido tres elementos importantes: austeridad de vida, “estima y amor por el trabajo, también manual” (Const. 16) y el compartir los bienes” (n. 40.4).
Sigue existiendo preocupación sobre el uso del dinero: “Surge una inquietud respecto al uso y abuso del dinero, que no es solamente una falta contra el voto de pobreza, sino más aún una injusticia respecto a los pobres”(n. 96.4). Los delegados pensaron que compartir los bienes no es solamente una tradición religiosa, sino que en el contexto de la sociedad moderna se está convirtiendo en una necesidad para la supervivencia (cf. n. 95). El Instituto está llamado a dar un testimonio claro al respecto, respetando ciertas condiciones: “Una ‘economía de comunión’ puede desarrollarse si los miembros del Instituto tienen clara la opción por la santidad, la fraternidad, la unidad de intentos, la sensibilidad por los pobre y las situaciones de injusticia” (ibid.). Hay muchos medios para conseguir esta comunión de bienes y que las Actas capitulares ponen de relieve: la austeridad de vida (n. 41.1-3, ), la aceptación práctica de que todos los bienes del Instituto están al servicio de la misión y no para proyectos personales (n. 42.1), el desarrollo del sentido de corresponsabilidad en todo lo que hacemos, superando actitudes individualistas y la tendencia a abrir cuentas bancarias personales (n. 42.3). Por encima de estos medios sigue siendo lo más importante la caja común. El Capítulo insiste mucho en este estilo de vivir el compartir lo que tenemos, porque nos puede ayudar a practicar la verdadera pobreza y a conseguir la comunión de bienes.

El Capítulo se detiene en delinear la finalidad de la caja común: “El fin de la caja común, además de contemplar las exigencias del Instituto y de sus miembros, es el de compartir con quienes tienen menos que nosotros, sobre todo en situaciones de emergencia”(43.3). Los capitulares expresaron su alegría por el hecho de que “la praxis de la caja común se ha consolidado en el Instituto” (96.2), aunque no por todos sus miembros. Por eso la insistencia para que todos la practiquen: “Los misioneros están invitados a poner los propios bienes en la caja común, a ejemplo del Fundador que usó los suyos a favor del Instituto”(n. 97.3). El Capítulo, con énfasis apasionado, concluye: “Es preciso adoptar un estilo de vida sobrio, tener una conciencia clara de que el dinero no es propiedad nuestra, educarnos al valor y al uso del dinero, al sentido del ahorro y a la apreciación del trabajo manual como escuela de solidaridad con los pobres. Con tal fin se subraya la necesidad de revisar: los viajes y las vacaciones, los muebles de nuestras casas, el uso de los automóviles, el uso de los medios de comunicación, los teléfonos móviles, los teléfonos satelitales, los ordenadores…, el vestuario” (n. 97.6).

OTRAS DECISIONES CAPITULARES

Durante la última fase del Capítulo se tomaron en consideración otros diez temas que piden soluciones y propuestas por parte de la asamblea. Los menciono brevemente en esta parte conclusiva del artículo.

1) Nuevas aperturas (n. 102)

El Instituto es claramente consciente de que en el mundo existen todavía muchas Iglesias locales con vocaciones a la vida religiosa y misionera. Por las peticiones llegadas de algunos obispos o porque el Instituto mismo ha tomado la iniciativa, se ha constatado la posibilidad de nuevas aperturas por parte del IMC, a fin de ofrecer y ejercitar nuestro apostolado misionero, animando a las Iglesias la evangelización de los pueblos y suscitando vocaciones misioneras. El Capítulo, animado por estas oportuniades, ha concluido que:
a) En Europa: esta apertura será realizada, a lo largo de los próximos tres años, por la Dirección General de acuerdo con los superiores de circunscripción del continente y en diálogo con las MC, en una nación del Este europeo, con dos fines: la AMV y la cooperación en la reevangelización (102.1).
b) América: la decisión de ir a fundar México; la nueva apertura había sido estudiada por los superiores de circunscripción y, posiblemente, serán enviados misioneros presentes en el continente en los próximos dos años; la nueva apertura tendrá dos fines: la AMV y la colaboración pastoral ad gentes con la Iglesia local (102.2).
c) Asia y África: se hará en los próximos seis años un estudio para una posible apertura en ambos continentes. En África, la elegida podría ser Guinea Bissau, donde las MC están ya trabajando. La realización de estas eventuales aperturas solo será posible después del próximo Capítulo general (102.3).

2) Europa (n. 103)

Las Regiones de Europa, aunque no tienen muchas vocaciones, continúan una intensa actividad de AMV. Los misioneros más jóvenes comprometidos en este sector son casi todos de fuera de Europa. Las actas piden la intervención de la Dirección General para que sean destinados a las otras tres Regiones otros misioneros europeos para la AMV. En el origen de esta propuesta está también la exigencia expresada por los animadores mismos, quienes, encontrándose muchas veces solos en contextos nuevos y poco conocidos, quisieran poder cooperar con misioneros europeos en el campo de la AMV. Las Regiones de Europa -comprometidas también en sectores ad gentes como la pastoral de los inmigrantes o en ambientes socialmente difíciles- continúan prestando muchos servicios a la misión y a la vida del Instituto. Dichas prestaciones y responsabilidades deberían ser reconocidas y apoyadas con personal adecuado.

3) Revisión (n. 104)

Este tema fue muy debatido y se propuso al Instituto ya en el Capítulo de 1999. Lamentablemente, en los pasados seis años, no ha habido una revisión efectiva, dado que el número de nuestras comunidades no solamente no ha disminuido, sino que ha aumentado en una unidad. El undécimo Capítulo tomó en consideración las causas de este fenómeno: dificultades para dejar nuestras antiguas presencias, falta de acuerdos con los obispos, dificultades para constituir comunidades con al menos tres miembros. Teniendo en cuenta estos obstáculos y confirmando lo que el anterior Capítulo había decidido, las Actas capitulares señalan algunos criterios que deben seguirse: la revisión debe ser fruto de una programación concertada por las Direcciones General y de Circunscripción y por las asambleas continentales; debe exigirse antes de cualquier nueva apertura, incluidas las continentales; debe hacerse posible con acuerdos precisos con las diócesis, también con acuerdos “unilaterales” en el caso de que los obispos rechazaran firmarlas. La revisión implica especialmente a las Regiones con un “número significativo de comunidades”, pero no en detrimento de la formación de base y de la AMV. ¿Podrá esta recomendación tan fuerte dar algún fruto? ¿Continuarán las circunscripciones con el viejo estilo de revisión, es decir, cerrarán una comunidad solo si pueden abrir otras? Si fuera así, sería una burla, no un trabajo serio.

4) Los bienes culturales del Instituto (n. 111)

El Capítulo reconoce que el IMC posee una riqueza inestimable de bienes culturales. Agradece cordialmente la labor de todos los misioneros que han recogido con esmero este patrimonio, para conservarlo y exponerlo en museos, especialmente en Turín. La invitación que se hace a todos los misioneros es que continúen acumulando ese material y lo envíen a los museos. La preservación, catalogación y exposición de estas riquezas culturales en lugares y modos adecuados, exigen un trabajo técnico y profesional, y por eso este Capítulo solicita la constitución de comisiones locales de expertos para que nuestros museos se desarrollen según criterios científicos y sean siempre un medio de animación misionera.

5) Da Casa Madre (112)

Ya en el Capítulo de 1999 se discutió sobre esto. Todos estaban de acuerdo en reconocer que esta publicación ha mejorado mucho tanto gráficamente como en su contenido. Muchos misioneros y capitulares coincidían al afirmar que esta publicación es la más popular entre nuestros misioneros ancianos y los que saben italiano. El boletín se envía también a los familiares y amigos italianos que contribuyen financieramente a las misiones. No obstante, hay se surgen objeciones y preguntas que ponen en discusión la publicación “Da Casa Madre”. El número de misioneros que hablan italiano está disminuyendo rápidamente y aumentan quienes no lo conocen. Estos últimos se quejan de que no se les informa sobre la vida del Instituto, sobre sus miembros y sus actividades. El coste del envío postal del boletín es muy alto y tenderá a crecer en el futuro. Otros Institutos han comenzado a enviar hace tiempo por internet informativos, boletines y noticias relacionados con la congregación. A la luz de estos elementos, el Capítulo pide a la Dirección General que valore la oportunidad de: “mantener una edición similar a la actual o ligeramente reducida, destinada sobre todo a familiares, amigos, bienhechores italianos, y enviar una copia a cada comunidad del Instituto; confiar su redacción a la Región Italia; crear un nuevo noticiario para enviarlo a todos los misioneros vía Internet, en dos o más idiomas, con una periodicidad superior a la actual, con noticias actualizadas y en un formato ágil, bajo la responsabilidad de la Dirección general”.

CONCLUSIÓN

El Capítulo ha terminado y es ahora cuando comienza su cumplimiento. Este proceso contempla un comienzo que tenga la posibilidad de la aportación de todos, alcanza su expresión más plena y jurídica en los trabajos capitulares y adquiere su vitalidad en la vida de todos. Los Delegados han realizado su cometido de un modo encomiable en la segunda fase, y ahora nos corresponde a todos nosotros seguir su ejemplo en esta tercera fase del cumplimiento. Se puede discutir sobre la oportunidad o no de ciertas deliberaciones, pero no podemos evadirnos de la responsabilidad de su ejecución. Las Actas capitulares serán letra muerta para cada uno de nosotros mientras no sean introducidas en nuestra vida como una fuerza directiva; serán un documento más o menos estimable para el Instituto mientras las Conferencias de Circunscripción no se inspiren en ellas y sus decisiones no se tomen con ellas.
Con corazón dócil, con la mente iluminada por las Actas, con la voluntad firme reclamada por Allamano a sus Misioneros, comenzamos este período de realización de las Actas capitulares, convencidos de que el Instituto ha adquirido nueva conciencia de su carisma perenne e histórico, de una estructuras que debemos mantener y también renovar, de un estilo de vida y de misión que deben purificarse para presentarlo en el altar de nuestras celebraciones como el don más estimable para la salud del mundo.