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P. Madiya Liévin Ngondo Imprimir E-mail
Escrito por Alexis Kabwansongo   
14.02.2006

1968 - 2005

Hijo de Mawele Muanu Leon y Marie Jose Tshibebula, nació el 10 de octubre de 1968 en Kananga (Congo), y en 1993 ingresó en el Instituto, justamente en el seminario de Mont-Ngafula, donde hizo los estudios de filosofía. Comenzó y terminó el noviciado en Maputo (Mozambique) y se consagró al Señor con la profesión religiosa en 1997. En 2002 fue ordenado sacerdote.
Destinado a Venezuela, poco antes de partir fue víctima de una dolencia que le acompañaría siempre. Llevado a Turín, fue sometido a largas curas médicas en el hospital Koelliker, pero no consiguió recuperarse. Sus dolencias fueron de mal en peor de forma inexorable. Consciente de su situación, pidió que se le llevara a morir en su tierra africana. Acompañado al Congo por el H. Domenico Bugatti, pocos días más tarde, el 13 de marzo de 2005, emprendió el camino del cielo. Tenía 36 años de edad, siete de ellos vividos como religioso y casi cuatro como sacerdote.
Carácter dócil y risueño, comprometido y sereno, abierto al diálogo, constituía un punto de referencia para la comunidad. Durante el tiempo de su formación desempeñó actividades pastorales en varias parroquias, demostrando siempre sensibilidad social, capacidad para relacionarse con la gente y creatividad litúrgica. Este trabajo le llevó especialmente a conocer y compartir la realidad de los más pobres. Como él mismo escribió: «Aquí es donde he comprendido la necesidad de ser pobre, sencillo y humilde para poder acercarse a la gente».
Los formadores le consideraron bien identificado con el espíritu y el carisma del Instituto, con capacidad para adaptarse a las diferentes situaciones y con deseos de dedicar su vida al servicio de los demás. Todo esto hizo que se pudiera descubrir en él a un ejemplar Misionero de la Consolata. La enfermedad no le permitió realizar su sueño misionero, pero justamente en el ofrecimiento de su sufrimiento descubrió un modo diverso de serlo.
Al atardecer del día 13 se organizó un tiempo de oración. El lunes 14, a las 19.30, se celebró una misa de sufragio en la parroquia Mater Dei, al abierto y estando presente el cuerpo del P. Liévin. Presidió el P. Osório Citora, su compañero de clase. Siguió una vigila nocturna con asistencia de mucha gente.
El funeral tuvo lugar el martes 15, a las 15.30, en la iglesia Mater Dei. Fue presidido por el vicario general de la diócesis de Kisantu y concelebraron todos los sacerdotes IMC, así como muchos otros religiosos y diocesanos. Asistió también mons. Kisonga, obispo auxiliar de Kinshasa. La homilía corrió a cargo del Vicario; habló también el obispo Kisonga. El P. Stefano Camerlengo leyó los mensajes enviados desde Isiro por el P. Rinaldo Do, superior regional, y por el P. Matthieu Kasinzi desde Gibuti. Estaban presentes los padres de Liévin, muchos familiares y una gran multitud de gente. Sus restos mortales fueron sepultados en el cementerio de los PP. Sacramentinos, cerca de la parroquia Mater Dei.
La Redacción del Da casa Madre




TESTIMONIOS

Tenía un corazón misionero
Recibí con tristeza la noticia de la muerte del querido Liévin. Con él hemos perdido a un hermano lleno de entusiasmo y de celo apostólico. Tenía un corazón de misionero, pero lamentablemente no tuvo tiempo de realizar sus sueños. En el mes de agosto de 2004, una noche en que le cuidaba me hizo muchas preguntas sobre la realidad de nuestras misiones en Etiopía y sobre mi experiencia misionera en aquel país. Al final me dijo: «Matthieu, yo no he tenido la suerte de ir a Venezuela porque me lo ha impedido esta enfermedad. Lo siento mucho, pero desde hace algunos meses estoy viviendo una misión diferente. ¿Sabes cuál?». «No», dije yo. Y él continuó: «Estoy rezando para que todos los que estáis en tierras de misión seáis verdaderos misioneros y hagáis un gran bien a las muchas personas, como quería el beato José Allamano. Ánimo, pues, y estad seguros de mi oración cotidiana. Espero que el Señor me permita también un día a mí poder ir a la misión...». Estas palabras de Liévin son, además de otras lecciones, la verdadera “herencia misionera” que nos ha dejado.
Deseo dar las gracias al Instituto por todos los medios puestos a disposición de Liévin antes y durante su enfermedad.
Adiós, Liévin. Sé que desde el cielo, con los santos y los ángeles, con tu corazón misionero, oras y orarás siempre por nosotros que te recordamos como amigo y hermano.
P. Matthieu Kasinzi

Recuerdos de un amigo
“Conocí al P. Liévin cuando me encontraba en el seminario filosófico de Mont-Ngafula, en Kinshasa. En aquel tiempo también él comenzaba su formación teológica en el seminario José Allamano de la misma ciudad. Aunque no éramos de la misma comunidad, nos encontrábamos muchas veces con ocasión de celebraciones, retiros, fiestas, competiciones deportivas, etc.
Le habíamos apodado “Tatu Mukulu”, palabra que significa “persona despierta, muchacho bravo”. Entre nosotros nació una grata amistad que se intensificó a mi vuelta al del noviciado de Mozambique, cuando pasamos juntos cuatro meses en la casa de la Delegación en Kinshasa.
Se encontraba todavía bastante bien, aunque a veces la enfermedad le postraba en el lecho. El superior le había confiado el servicio pastoral de Mitendi, una comunidad de nuestra parroquia Mater Dei y alguna vez le acompañé yo mismo en coche. Se entregó “en cuerpo y alma a esta tarea, dedicándose especialmente a la animación y a la formación de la juventud, aunque fuera tan efímera su salud. Una noche estuvo tan enfermo que tuvimos que llevarle al hospital. Tenía proyectado al día siguiente salir de paseo fuera de la ciudad con los jóvenes y de ningún modo quiso renunciar a ello, por enfermo que estuviera.
Llevado a Italia para poder ser atendido con medios sanitarios apropiados, nos mantuvimos en contacto telefónico con él. Era optimista sobre su salud y esperaba poder trabajar un poco más en este país. Pero su salud declinaba de día en día. Fui a visitarle a Turín y le encontré decidido a volver .
Mientras le ayudábamos a preparar la maleta, el P. Liévin me aseguraba que, al volver al Congo, recobraría su salud y nos encontraríamos nuevamente en Kinshasa. Le dije que todas nuestras comunidades rezaban por su salud. Él se sentía optimista y esperanzado. La mañana de su partida, antes de subirse al avión, me quedé unos minutos con él en el coche. Me pidió que diera las gracias a la comunidad de Bravetta y a todas las personas que le habían acompañado con su oración. Me dijo dándome un abrazo: «Hasta la vista en Kinshasa, aplícate y sé bueno».
El P. Liévin non era solamente un compatriota mío; era especialmente un “hermano mayor”, un “Yaya”, como decimos entre los de mi tierra.
Que el Señor le conceda la paz eterna.
Alexis Kabwansongo