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V. Estudio del Carisma IMC Imprimir E-mail
Escrito por P. Antonio Bellagamba, IMC   
07.08.2006
LA PEDAGOGÍA FORMATIVA DE ALLAMANO EN LAS CARTAS A LOS MISIONEROS
Y LAS MISIONERAS DE LA CONSOLATA


INTRODUCCIÓN

Cuando se presentó a nuestro Consejo General, y sucesivamente al de las Misioneras de la Consolata, la propuesta de un nuevo libro que recogiera exclusivamente las cartas escritas por el Beato José Allamano a sus misioneros y misioneras, me sentí muy perplejo. Sabía que el P. Candido Bona acababa de concluir su monumental trabajo de acumulación y publicación de toda la correspondencia del Fundador, por cuyo motivo la propuesta no me parecía más que un duplicado. Por otra parte, me daba cuenta de que reunir solamente las cartas dirigidas a los misioneros, dejando de hacer constar en nota todas las referencias de carácter crítico-histórico, podría facilitar su lectura y ser una ayuda espiritual para muchos de nosotros que nunca han leído esos escritos. Cuando seguidamente yo mismo propuse que el nuevo libro como un válido instrumento para la formación de base y permanente, porque todos podrían así percibir clara y directamente las dinámicas usadas por Allamano en sus relaciones con los misioneros y misioneras, mi aprobación a la propuesta fue plena y justificada.
Apenas recibí el libro impreso de las cartas decidí leerlas todas con atención. Tengo que confesar que comencé de inmediato a gustar toda la finura del estilo formativo del Fundador, su modo de ayudar a sus hijos e hijas en las dificultades que le manifestaban con sus peticiones de ayuda personal, con la apertura de su alma al Padre que les escuchaba con afecto y les prevenía contra los peligros de la vida y las insidias del tentador.
Leyendo esa correspondencia de Allamano se abrió camino en mí la idea de realizar un breve estudio sobre su pedagogía formativa a la luz de sus cartas. Hablé del tema con amigos muy enterados de todo lo relacionado con el Fundador, así como con mi hermana sor Lina Rosa, que había trabajado durante muchos años al lado del P. C. Bona y adquirió, aunque sólo fuera por ósmosis, un discreto conocimiento de la historia del Instituto y del Fundador. Todos me animaron a proseguir en aquella aventura.
Antes de incorporarme a mi destino en Kenya, tuve tiempo para pensar en un esquema de estudio y trabajo. Lo sometí a los mismos amigos, quienes lo criticaron, lo cambiarono y lo enriquecieron con sus ideas. Ya en Kenya, mientras esperaba mi destino de la nueva Dirección regional, conté con tiempo para releer las cartas y comenzar la investigación siguiendo el esquema que me había propuesto. Tengo que confesar que esta segunda lectura suscitó en mí intensas emociones y confirmó los juicios expresados por los misioneros que habían tenido al Fundador como único maestro y guía. Me parecía oírles hablar como cuando me encontraba en Mathari, Iringa o América del Norte: era un padre que amaba tiernamente, pero con un amor exigente, que entendía bien y profundamente a las personas pero que no permitía escapatorias fáciles; que perdonaba de corazón pero no admitía excesivas caídas; que indicaba el camino y los medios pero pretendía rapidez y energía en practicarlos. Los comentarios y los recuerdos de nuestros ancianos misioneros me acompañaron mientras prosegía en mi investigación y corroboraban mis conclusiones.
¿Por qué concentrarse en las cartas y no en todos los escritos del Fundador? La respuesta me la sugirió el P. Pavese en su crítica al esquema de investigación que yo me había preparado. Estas fueron sus palabras: “La pedagogía de las cartas del Allamano no es en sí misma diversa de su pedagogía general. Es el mismo educador cuando habla que cuando escribe. Por eso sus cartas y conferencias deben ser vistas conjuntamente. No obstante, las cartas, aunque no todas…, tienen su especificidad, que creo poder indicar así: las cartas, en relación con sus conferencias, muchas veces resultan a) más concretas, porque se refieren a situaciones determinadas, casos personales, momentos particulares, etc.; b) más personalizadas, porque el Fundador tiene en cuenta a las personas individualmente, o al máximo a un grupo determinado; no dice cosas que van bien para todos, sino solamente cosas útiles para el destinatario; no obstante, en las cartas se entrevé siempre su pensamiento de fondo, el mismo que contienen sus conferencias; Allamano es único y no cambia: c) más cordiales, porque en ellas está garantizada la discreción, casi la intimidad; es decir, el Fundador es en cierto sentido más libre para expresar sentimientos delicados (véanse, por ejemplo, las cartas a Fr. Benedetto y a sor Giuseppina Battaglia); d) más claras, en el sentido de que expresan mejor la identidad del Fundador como educador; en las cartas emerge mejor su capacidad para comprender las necesidades particulares, su realismo para saber hacer excepciones, su acercamiento sereno a las situaciones, su capacidad para animar, etc.”
Ahora me siento feliz de presentar este breve estudio de manera especial a los hermanos misioneros y misioneras comprometidos en el campo de la formación de base y que se esfuerzan en continuar el método pedagógico de Allamano en su servicio educativo en contacto directo con los jóvenes o por medio del acompañamiento espiritual por correspondencia.
Ojalá este estudio confirme a los formadores en su cometido de preparar misioneros y misioneras según el estilo del Allamano y sirva para recordarles que todos los aspectos presentes en su proyecto pedagógico deben continuar en el actual proceso formativo. Los jóvenes y los misioneros deben estar abiertos a una formación que, aun siendo siempre un proceso muy complejo, no puede descuidar los elementos adoptados por el Fundador, aunque a veces puedan dar lugar a confrontaciones y exigir esfuerzos no indiferentes. Llamados a continuar nuestro camino espiritual en la formación permanente que Allamano pedía con sus cartas, confío que todos los misioneros aprendamos a escuchar la voz de sus representantes cuando nos invitan a crecer, incluso amonestándonos y corrigiendo nuestro estilo de vida y de misión, como el Fundador esperaba de nosotros.
Estoy convencido que él infundía en su acción formativa con los jóvenes y los misioneros un alma y un espíritu que le eran propios y caracterizaban todo lo que hacía. Un alma y un espíritu que se traducían en cualidades, virtudes y actitudes de vida, casi tangibles en las cartas que escribió a los misioneros y que, si se ponían en práctica, le tranquilizaban sobre el deber de no dejar faltar a sus hijos e hijas los consejos necesarios y las orientaciones espirituales para que en todos se mantuviera vivo el camino formativo según su espíritu. Estos son los tres puntos de mi estudio. Es un comienzo de reflexión que deben hacer juntos los jóvenes y los misioneros para poder continuar haciendo presente su ejemplo.

ALMA DE LA PEDAGOGÍA FORMATIVA DEL FUNDADOR

El alma de la actividad formativa de Allamano está constituida por cuatro elementos: la convicción de que las cartas son una prolongación insustituible de su pedagogía; esta actividad tiene un carácter fundamentalmente religioso o espiritual más que social; él es solamente el representante de Dios y de Cristo en la formación de los misioneros y, por consiguiente, su primer responsable; los que cooperan en la formación deben referirse solamente a él y tienen la tarea de ser ejecutores de su propuesta formativa.

Tratemos pues de desarrollar brevemente estos cuatro puntos, tan fundamentales para Allamano y para nosotros, a partir de sus cartas.

La correspondencia como continuación de su función de padre, fundador y formador

Allamano es consciente de que no tiene a disposición el tiempo necesario ni las ocasiones para estar siempre presente durante la formación de los jóvenes y menos de los misioneros. Sus múltiples responsabilidades le exigen tiempo y energías hasta el punto de no permitirle estar entre sus futuros misioneros tanto tiempo como desearía. Y aún menos puede formarles de cerca una vez que éstos parten hacia las misione. En este segundo caso, es consciente además de que le falta la experiencia directa de la misión y, por consiguiente, su deber de formador es aún más limitada y depende mucho de los escritos que los misioneros le envían, pues le permiten conocer las situaciones verdaderas, las dificultades reales, para poder así formular respuestas personalizadas y directrices para todos.
Se siente especialmente padre, fundador y formador de todos ellos, lo que hace que aumente intensamente la necesidad de hacer todo lo posible para poder proseguir la tarea de acompañar de la mejor manera posible la preparación y el crecimiento espiritual de sus misioneros.
Estas son las dos convicciones que orientan la obra pedagógica de Allamano y las que le dan la fuerza para buscar las vías posibles, especialmente con la correspondencia, para llevarla a cabo en las personas y en el contexto de la misión. ¿Cómo podrá llamarse fundador si no tiene la posibilidad, aunque sea limitada por otras incumbencias, de proponer claramente su proyecto de espiritualidad, de vida religiosa y misionera? ¿Cómo podrá ser padre sin acompañar del mejor modo posible a sus hijos dispersos por tantos lugares y resolver sus dificultades? ¿Cómo pretender ser su formador si no vive en estrecho contacto con sus estudiantes, si no ilumina a sus colaboradores y a los misioneros sobre los principios y los criterios fundamentales de su propuesta formativa?
Padre, fundador y formador: tres títulos que ponen de relieve el ascendiente y la función especial de una persona y que, al mismo tiempo, exigen un gran sentido de responsabilidad para poder ejercerlos del mejor modo posible. Allamano asume al máximo posible esta responsabilidad. Y es la razón de que una de las actividades a las que se dedica con constancia y perseverancia durante toda su vida esté constituida justamente por la correspondencia escrita con los misioneros y las misioneras de la Consolata.
Todo esto aparece claramente en sus cartas.

Se siente realmente padre y ejercita su formación con tono de padre. Llama al hermano Benedetto Falda “hijo mío en N.S.J.C.” (19) . Hace advertencias serias clérigo Giacomo Cattaneo “como superior y padre” (39). Cuando escribe a todos los misioneros de Kenya o de otras partes los llama “queridísimos hijos” (59, 66, 76, 100, 112, 353, 524, 563), a los misioneros soldados en general los llama “amadísimos hijos en el Señor” (327, 330, 363). En algunas cartas a los misioneros y las misioneras escribe: “queridísimos hijos e hijas” (562, 562). Con las misioneras usa más raramente el nombre de hijas: “mis queridas hijas” (141) o bien “queridísimas hijas” (147, 523). A veces usa la palabra “hijas” en el texto “Mis queridas hijas” (408). Pero su paternidad se expresa especialmente con el término, en singular y en plural, “querida” y “queridísima”, que repite muchas veces, como veremos más adelante.
Una de las expresiones más conmovedoras de esta paternidad la encontramos en la carta que escribe a sus misioneros después de las celebraciones centenarias de la Consolata: “Si los clérigos, hermanos vuestros, se sintieron justamente orgullosos de asumir en esos días vuestra representación a los pies de la Consolata, yo lo sentí como un deber muy especial. Dejé en cierto modo aparte las demás atribuciones para recordar solamente mi condición de padre de esta nueva Familia, y como tal os presenté a todos juntos y a cada uno a esta Buena Madre...” (5).
Además de padre, Allamano se sentía fundador, la persona que Dios había llamado a fundar el Instituto y al que el Espíritu Santo había obsequiado con el carisma de la fundación. Él, y solamente él, tiene esta vocación, este mandato. Los demás pueden completar su función, pueden ayudarle a llevarlo a cabo y a extenderlo en todos los aspectos de la vida y de la misión, pero solamente si se mantienen fieles a él. Si no se mantienen unidos al Fundador, sus acciones serán más un daño que una ayuda para el Instituto y para sus miembros. En virtud de esta vocación y misión que la Providencia de Dios le asigna, Allamano siente el deber de cualificar el carisma, de dar normas a todos y sobre todo para su realización, así como para corregir, a veces resueltamente, cuando constata que el carisma no se vive como él lo piensa. Este aspecto resultará más claro con el desarrollo del presente artículo, pero por ahora bastan algunas observaciones generales y algunas frases de Allamano que recuerdan este punto con claridad y fuerza.
El número más abundante de cartas fue enviado al P. Umberto Costa, director de la Casa Madre y de la formación de las primeras vocaciones (42 cartas), al P. Tommaso Gays, primer superior de los misioneros en Kenya (41 cartas) y a monseñor Filippo Perlo, obispo en Kenya y sucesor de Allamano en la guía del Instituto (30 cartas). De las escritas a las hermanas misioneras de la Consolata, 23 fueron para sor Margherita Demaria y 24 para sor Maria degli Angeli Vassallo di Castiglione, cuando desempeñaban responsabilidades equivalentes entre las misioneras. Esto demuestra la intención de Allamano de continuar en su función de Fundador, asistiendo con la correspondencia escrita a los que pone como encargados de la formación de las nuevas vocaciones y de los misioneros ya activos.
La meticulosidad con que escribe a estas personas constituye otra prueba del convencimiento que tiene de ser el responsable del Instituto y guía de la formación de base y permanente con sus orientaciones (cfr. las dirigidas al P. Costa: 121,125, 128,145; al P. Gays: 10, 27, 33; a monseñor Perlo: 35, 44, 48, 49, 50, 295, 368, 464). Una frase memorable en una carta a monseñor F. Perlo expresa toda el ansia de Allamano por su función de Fundador: “Es bien conocido por V.E. mi vivo deseo de dar una última mano al Instituto mientras todavía estoy vivo” (493).
Quiero terminar este punto aludiendo a un aspecto que refuerza esta idea de Allamano como Fundador del Instituto. Si no me equivoco, en sus cartas no menciona nunca al canónigo Giacomo Camisassa con el título de co-fundador, ni le reconoce esta función. Los títulos más comunes con los que cita al Canónigo son: el “querido V. Rector” (8, 15, 509), el “Sr. V. Rector” (4, 368, 374, 385, 386, 388,), el “Venerando V. Rector (507) o solamente “el V. Rector” (8, 11, 20, 27, 29). Estas expresiones están tomadas de las cartas escritas al comienzo de la fundación, durante los 22 años de trabajo en unión por el Instituto y al final de la vida de Camisassa. Más aún, el título de Venerando V. Rector se lo atribuye el Fundador el día de su muerte, cuando anuncia la triste noticia a los misioneros. Lejos de mí querer intervenir en el debate histórico. El fin de esta digresión pretende solamente evidenciar la voluntad de Allamano de ser el Fundador del Instituto, basándome únicamente en la evidencia de las cartas. Considero significativo el hecho de que Allamano, en los momentos más íntimos con los misioneros y las misioneras de la Consolata, como son sus cartas, nunca se refiere a Camisassa con otro título que no sea el de Vice-Rector.

Finalmente, Allamano sigue siendo el formador no solamente del Instituto en general, sino también de cada uno de los miembros que recurren a él, los de Turín como los de las misiones. Su influencia en los miembros permanece inalterable a lo largo de su vida. Veremos este punto con más atención en la segunda parte del artículo, cuando consideremos las cualidades que Allamano usa en su servicio de formador. Aquí solamente quiero poner de relieve que él es el formador también de los formadores, es decir, de las personas a las que él mismo había confiado la tarea de ayudarle a realizar su plan formativo. De estas personas espera mucho más, es muy exigente con ellas y ni se ahorra manifestar críticas o insatisfacciones sobre la labor realizada. Solamente algunas expresiones que confirman lo que acabamos de decir. El P. Gays pide que le libere de su función de superior de los primeros misioneros en Kenya. Allamano trata de dialogar con él, pero ya antes de llegar a una conclusión el P. Gays comunica a los misioneros de del Kenya su dimisión. El Fundador se irrita por las consecuencias formativas de este gesto y le escribe: “Su carta del 19 del pasado septiembre me sorprende grandemente […]. Usted me escribe que procede a comunicar mi consentimiento favorable a todos y cada uno de los misioneros. Ciertamente V. S. no consideró toda la gravedad del acto que estaba a punto de realizar en relación con el pacto hecho, ni la posición difícil en que ponía a toda la misión dejándola hasta la llegada de mis cartas sin responsable. Con ese comportamiento me puso a mí en una situación de verdadero embarazo y comprometió mi libertad para deliberar sobre asunto de tanta importancia, obligándome en cierto modo a aceptar sin más su renuncia” (34). Con el P. Borio, “primer prefecto” de la Casa Madre, surgen dificultades que se decantan en las cartas. Quizá es un tipo que tiende a dominar sobre los demás. Allamano le escribe: “Haga todo de modo suave para que los jóvenes amen cada vez más la sublime vocación y no se sientan como con asustados y miedosos a ser despedidos” (29). A la propuesta de organizar representaciones, el Fundador le responde: “He reflexionado sobre la idea del teatro y me parece que por ahora debemos esperar…” (41). Probablemente las cosas no iban bien en la Casa Madre, por lo que escribe: “Procure que haya paz y no nos preocupemos del pasado” (54). En conclusión, el P. Borio es desposeído del cargo de “primer prefecto” porque “daba a los misioneros una falsa formación” (211). El Fundador se lamenta con monseñor F. Perlo porque le ha pedido que le dé “de vez en cuando un juicio de todos y de todas, especialmente antes de la profesión. No me basta con su silencio. Es este un deber de V. E.” (348). Las críticas hechas a este obispo en la famosa carta del 21 de noviembre de 1921 sobre la formación nos hiela la sangre: “Un lamento general es que en África se tiene poco en cuenta el punto fundamental de las Constituciones, que consiste en procurar en primer lugar la santificación del personal […] y que V. E. trata casi únicamente de que dicho personal esté sobrecargado de trabajo, dejando que se las arregle cada cual en cuanto al interés en la marcha de los tiempos […]. Que V. E. no es un padre sino un general, y que no se interesa lo suficiente de su estado espiritual, como también que no se provee en tiempo y lugar a sus necesidades…” (464).

La correspondencia como actividad puramente espiritual

La correspondencia con los misioneros y las misioneras nace de la oración, de su reflexión durante los momentos de oración, especialmente en el pequeño coro de la Consolata, y la escribe en una atmósfera impregnada enteramente de espiritualidad. Sus misioneros le abren en las cartas su ánimo, manifestando sus esperanzas y angustias, sus gozos y dificultades, su ascesis espiritual, por lo que tienen un carácter puramente religioso. Él les responde con la misma apertura de ánimo para ayudarles a crecer, exhortándoles a evitar la mediocridad y a vivir la consagración religiosa y la misión de modo radical. Este sentido religioso de sus cartas se hace evidente desde la jaculatoria inicial, seguida de un saludo afectuoso y del cuerpo de la carta, impregnado de advertencias, consejos y ayudas espirituales, que terminan con otra expresión religiosa.
Las jaculatorias iniciales más usadas son: W.G.M.G. (3, 18, 162, 298, 46, 432, 501), J.M.J. (6, 20, 21, 29, 33, 42, 44, 292, 366, 444, 512), Ad Mojorem Dei Gloriam (40, 414), G. M. G. (46), Por la sola gloria de Dios (367).
El saludo expresa todo el afecto a sus misioneros. Los saludos más comunes son: “Querida” o “Queridas” (142, 145. 174, 285, 344, 399, 310, 326, 426); a veces comienza con “Mis queridas Hijas en J. C.” (141, 259, 259), “Queridísimo” o “Queridísima”, y también en plural (120, 121, 122, 133, 137, 204, 207, 238, 259, 288, 291, 297, 317). “Queridísimos todos y todas” (320), “Mis queridos novicios y novicias” (557).
El texto de las cartas desborda en religiosidad. Cuando las cosas no van bien, repite: “Fiat voluntas Dei” (83). En cambio, cuando en cambio van bien, “Deo Gratias” (84). A quien tiene dificultades le pide que “esté alegre en el Señor […] considérate feliz por sufrir alguna cosa…” (83). Cuando emergen las miserias de nuestra naturaleza humana dice: “Infirma elegit Deus a realizar grandes cosas” (95). A quienes están ansiosos por el pasado les repite con frecuencia: “que esté tranquila sobre el pasado y viva in Domino día tras día” (74). A quien le confía que cede en sus propósitos le dice: “haciendo todo coram Domino, nada malo te sucederá. Esto fortis in propositis” (229). A quien se siente perdido, abatido porque tiene que vivir fuera de la comunidad, le recomienda: “Ánimo en este tiempo, y vive en el mundo solamente con el cuerpo, mientras el alma está donde te levó tu vocación” (325). A quien no está seguro de su vocación le dice: “¿Tenemos todavía que probar? […]. La Consolata me inspira hacer una prueba más…” (393), o bien: “quédate tranquilo […] ruega al Señor que te ilumine a ti y a los superiores para conocer bien y seguir la S. voluntad de Dios” (401). Cuando alguna cosa contraria azota al Instituto, afirma: “El Señor permitió que se renovara la tentación sobre el querido Instituto” (228). Al maestro de los novicios, preocupado por su comportamiento y su futuro, le dice: “Dejemos el futuro a Dios, cuyo santos deseos haremos” (421); al P. Gaudenzio Barlassina, que demuestra su desorientación en las primeras dificultades de la nueva misión de Etiopía, le sugiere: “El Señor ha dicho que protegerá a quien confía en Él y refiere a Él todo buen resultado: Protegam eum quondam cognovit nomen meum” (206). Cuando no tiene tiempo para responder a las cartas, no se desanima, sino que dice: “ruego al Santo Ángel que inspire a cada una la respuesta; escuchadle” (155). Se trata de un pequeño florilegio que demuestra claramente cómo su correspondencia está impregnada de religiosidad y de espiritualidad y trata de verlo todo en una óptica sobrenatural.
La conclusión y los saludos finales están en sintonía con la naturaleza religiosa de su correspondencia. Los saludos más usados son éstos: “En nuestro Señor Jesucristo”, o en N.S.J.C. (3, 6, 42, 291, 391, 397, 410, 557), “En J. M. J.” (385), “En J. C.” (387, 389, 400, 401, 419, 549, 554, 562). Las conclusiones más comunes son: “Aff.mo en N.S.J.C.” o “En Jesucristo” (194, 261, 281, 321, 326, 408), “Vuestro aff.mo padre y superior” (260), “Te bendigo” (218, 269, ), “Te bendigo en especial” (323), “Te-Os bendigo de todo corazón” (271, 275, 335,), “Te bendigo a los pies de la SS. Consolata” (381, 391), “Reza por mí que mucho te quiero” (12).
Termino esta parte con la famosa expresión, “ánimo”, que el Fundador usaba de muchos modos: “Ánimo”(84), “Ánimo in Domino” (69), “Ánimo en Él” (243), “Ánimo y paciencia in Domino” (250), “Ánimo y bendición/te bendigo” (409, 437), “Anímate y no te desanimes en los defectos” (146), “Ánimo en el completo holocausto de los S. Votos” (149), “Ánimo, pues, sin pensar en el pasado y para el futuro” (440), “Por lo demás, animaos en las dificultades” (534).

Allamano, representante de Cristo en la formación de sus misioneros

Es clarísimo en él el sentido de la prioridad absoluta de Cristo en la formación de sus misioneros, así como la función de su representante en la formación y la dirección del Instituto. Él debe actuar del mismo modo y con los mismos sentimientos de Cristo, cooperando con todas sus fuerzas para este fin y sin oponerse lo más mínimo a su acción formativa con los misioneros de la Consolata.
Esa responsabilidad se percibe en su correspondencia, porque también escribiendo a sus hijos busca todos los medios y ocasiones para llevar a cabo del mejor modo posible su misión de representante del Señor.
Desde el principio de la fundación adopta esta línea. En la primera carta a los miembros del Instituto no duda en expresar esta convicción: “Jesús, nuestro dueño, formará a sus apóstoles” (3). En la tercera carta al P. Gays, superior de los primeros cuatro misioneros del Kenya, después de haberle pedido que haga ciertas cosas por el bien de los hermanos, concluye: “Jesús Sacramentado lo hará” (7). En una de sus cartas no publicadas repite: “Deja que Jesús obre y te trabaje: vivit in me Christus” (p.502). Anunciando a los misioneros la muerte del P. Costa dice: “El Instituto es totalmente obra de Dios y el Señor la distinguió con numerosas gracias, especiales también” (319).

Todos los colaboradores en la formación deben responder de su trabajo ante él y, mediante él, ante Cristo mismo

Allamano es consciente de que su función de fundador y formador exige mucho tiempo y presencia física, pero lamentablemente él tiene muchos otros compromisos y ninguna posibilidad de vivir con sus misioneros en misión. Por eso se rodea desde el principio de colaboradores en este proceso de formación. Los estima mucho, los valora, los anima con tacto y firmeza cuando es necesario. Pero ellos deben a su vez tener presente que son ayudantes suyos y que de él dependen en todo. Si Cristo es el verdadero formador y él es sus representantes, todos los demás se convierten a su vez en representantes suyos. La formación la da él, los demás deben seguirla sin querer sustituirle. Y cuando sucede que alguno de sus representantes se aleja de su línea o interpreta erróneamente sus directrices, él se hace oír inmediatamente, y a veces con fuerza.
En su primera carta a los misioneros de la Casa Madre les dice con claridad: “Por razón de orden y virtud dependéis del querido P. Scassa, el cual, primus inter pares, es responsable delante de Dios y de mí en todas las cosas del Instituto” (3). Cuando el P. Gays presenta su dimisión de superior, Allamano elige como sustituto al teólogo F. Perlo y le comunica que “tu atención principal será ordenar todo tiempo estableciendo normas adecuadas en lo espiritual como en lo material, que provisionalmente yo apruebo desde ahora […]. Deseo que por ahora no elija a ningún procurador…” (35). Anuncia esta decisión a los misioneros con estas palabras: “he elegido para sucederle al querido teólogo Perlo, a quien constituyo Superior de las misiones para lo espiritual como para lo material […]. Estoy totalmente persuadido de que todos vosotros […] prestaréis al mismo, como representante mío, obediencia total y cordial…” (36). Al teólogo Perlo le hace la petición siguiente: “V.S. como superior general explíquese mejor sobre tantas cosas que son para mí necesarias o útiles, especialmente sobre el éxito de los hermanos” (38). Apenas recibe la carta de aceptación de Perlo, le escribe: “Su carta desde Limuru […] me ha consolado, asegurándome de la ejecución de mi orden […]. Con usted estoy de acuerdo que es necesario llevar a su total ejecución el reglamento […]. Del mismo modo, ponga en cada casa a un verdadero jefe, teniendo solamente en cuenta la mayor capacidad para dirigirla, sin respeto a la ancianidad, si así lo exige el mayor bien […] le exhorto antes a ordenar, mandar y hacer las cosas tanquam potestatem habens, seguro que yo lo aprobaré todo […]. Una sola cosa le ruego: que no sea tan reservado para escribirme acerca de todo […] a partir de ahora debe saber pensar mal, juzgar mal y escribirme como piensa con todo detalle” (47). En una segunda carta a Perlo, el Fundador repite: “V. S. actúe tamquam potestatem habens, y realmente la tiene” (51). Pero el hecho es que la potestad es cumplir las órdenes y disposiciones de Allamano. A sor Cecilia Pachner le recomienda “someterte estrechamente a la obediencia y a la regla común en todo, cumpliendo la voluntad y los deseos de la Superiora, que hace mis veces y por consiguiente las de Dios” (210). Esta es la escala de representación en la visión formativa del Fundador: Dios/Cristo es el verdadero formador, Allamano forma, pero respondiendo a Dios; sus colaboradores le ayudan y deben rendirle cuentas a él, y por medio de él, a Dios.

Con esto concluyo la exposición de la que considero alma de la formación del Fundador, es decir, el elemento que la impregna y la caracteriza, pero también requiere un estilo y unas actitudes por parte de quien forma y de quien es formado. Sobre esto quiero centrar mi atención en el siguiente artículo.

ESTILO Y ACTITUDES DE LA PEDAGOGÍA DEL FUNDADOR

He afirmado que Allamano concibe la formación como una expresión de su paternidad, de su responsabilidad de fundador y de formador. Él mantiene normalmente un discreto equilibrio entre estas tres funciones en el acompañamiento de los misioneros, aunque a veces acentúe una u otra en función de las situaciones que debe afrontar. Teniendo en cuenta las cartas, espejo de su alma, consideremos ahora su modo de formar a los misioneros.

Amor e interés paterno con todos y con cada misionero

Deseo afirmar que es esta la actitud fundamental de su pedagogía, que me dispongo a desarrollar ahora de manera especial y en todos sus aspectos, partiendo siempre de sus cartas.

a) Gratitud por los dones y progreso general/ personal
El Fundador no esconde nunca la manifestación de expresiones de gozo por el progreso de sus hijos, lo que probablemente le atrae el agradecimiento de ellos y su deseo de perseverar y mejorar.
Transcribimos algunas de esas expresiones. “Repensando en los beneficios que el Señor ha hecho a nuestro Instituto en tres años desde su fundación y en poco más de un año desde el comienzo de las misiones, me siento movido desde lo profundo del corazón a exclamar con el Apóstol ‘Benedictus Deus et Pater D. N. J. C. qui benedixit nos in omni benedictione’…” (40); “Doy gracias al Señor por el éxito extraordinario de vuestra reunión en Moranga. Espero mucho de las disposiciones adoptadas y del modo como fueron conducidas las discusiones, y me alegro por la sabiduría práctica de las conclusiones […]. Apruebo todas las conclusiones sin excepción y deseo que se cumplan en cada una de sus partes” (52); “Por mi parte, en la larga convivencia con Monseñor, por las alabanzas que siempre tributa a cada uno de vosotros, […] aumentó, si todavía era posible, mi afecto por vosotros, y alguna vez lloré de consuelo al saber el buen espíritu que reina entre vosotros” (103). Al P. L. Perlo le pide que diga “a los sacerdotes, clérigos, coadjutores y jóvenes que en mi breve estancia con ellos he sido consolado por el buen espíritu que observé. Que sigan empeñándose en la piedad y en la perfecta obediencia. Esta es la recompensa que los superiores esperan por tantos sacrificios como hacen” (131). A las misioneras les confiesa: “Me consuela la noticia del buen espíritu que reina en esa santa Casa y cómo aprovecháis todo para adornaros con las virtudes propias de vuestro estado, especialmente por intentar cumplir perfectamente la carta de S. Ignacio” (141) .
Con los miembros o a uno es aún más personal y conmovedor. Basta leer las catorce cartas escritas al P. L. Sales para advertir toda su atención, paciencia e interés por su vocación y por sus pequeños progresos . A Fr. Marchina le escribe: “He recibido tus diversas cartas y en todas, viendo tu buen espíritu y también cierta alegría y contento de tu estado, me alegré mucho y di las gracias a nuestra SS. Consolata” (427). A sor E. Quaglio le asegura: “Me alegré con las buenas noticias que me dio la Superiora sobre tu buen espíritu, sobre el constante deseo de atender a la perfección y a los deberes de tu estado” (435). A sor E. Tempo le confiesa con alegría: “es una gracia conocerte; prosigue el camino; no te desanimes nunca, sino renueva los propósitos y lograrás tú también con la bendición divina hacerte santa” (488). Pero la carta que manifiesta de manera superlativa este amor e interés paterno del Fundador es la escrita a Fr. B. Falda el 2-09-1908. La lectura entera de la misma sirve de ejemplo y estímulo para todos los que tienen alguna responsabilidad en la formación de los miembros de nuestros dos Institutos.

b) Inspira y suscita confianza en sus misioneros
Esta forma de reconocer abiertamente el bien y el progreso realizado despierta en sus hijos e hijas una gran confianza, les ayuda a describir al Padre todo su camino formativo, incluidas las penas íntimas, y permite a Allamano ser abierto y confiado en su colaboración. Veamos algunas de las citas más significativas, en referencia al resto en la nota. Escribe al P. A. Borda-Bossana: “Las mismas cosas que le he escrito ya al P. Gays, en esta ocasión se las repito a usted, que sé es ardiente en deseos de hacer el bien. Escúcheme a mí, que le conozco desde hace mucho y tengo más experiencia” (23); al P. Gays le reprocha haber notificado a los demás misioneros su decisión de dimitir como superior, pero al final le confiesa: “le repito mi contrariedad por esta decisión suya, pero tampoco debe dudar usted de que haya ido a menos mi afecto y estima, como estoy seguro de las suyas por mí y por la Obra emprendida” (34). Alamano inspira confianza incluso en situaciones humillantes: “Mi primera palabra es de perdón […]. Silencio absoluto de la confianza y verdadero olvido perpetuo. Ánimo: surgam….; ecce dixi nunc coepi. Demos gracias al Señor de que no haya caído aún más […]. Escríbeme pronto para consolarme” (199). A sus hijos militares entristecidos y desconsolados les confía: “Está próxima la fiesta de la Inmaculada, y ¡cuánto desearía pasarla como en los pasados años con los queridos hijos! […]. Somos muchos menos, y como perros apaleados; no nos queda otro modo de provocar alguna risa y alegría. Paciencia para vosotros y nosotros, expectantes beatam spem [..]. Ánimo in Domino, que puede consolarnos y llenarnos de gozo el corazón” (207).

c) La certeza de conocer a sus miembros le ayuda en sus dinámicas formativas
Allamano toma decisiones sobre el futuro de los miembros, sobre la marcha de las comunidades, sobre la admisión a los votos o a las promesas, sobre particulares situaciones morales incluso a distancia que resultan sorprendentes. Él, a pesar de todo, se siente seguro y tranquiliza a los demás. A veces asume una actitud diversa de la de los superiores locales, aconsejando medios y soluciones diferentes, justamente por estar convencido de conocer a los individuos y poder actuar del modo que a él le parece mejor. Al P. F. Perlo le hace una descripción precisa de cinco nuevos misioneros enviados a Kenya, proyectándole sus posibilidades de trabajo (42). Al P. L. Sales le pide que siga sus enseñanzas sin ninguna inquietud: “Ten ánimo; es el demonio quien quiere inquietarte: in Corde Jesu y basta […]. Escúchame: continúa la comunión bajo mi palabra, como si te hubieras confesado, y no los pienses más. Que te baste con la obediencia” (104). El conocimiento que tiene de las misioneras parece incluso más profundo y preciso, sus juicios y actitudes sor más contundentes. En una de sus cartas a monseñor F. Perlo declara: “Me da pena oír de diversas partes que algunas no corresponden a mis expectativas […]. Temo que estas hermanas hayan tenido una falsa formación, como los misioneros bajo D. Borio […]. Por no hablar de otras por ahora, ni de sor Teresa ni de sor Cecilia mantienen una conducta de hermana misionera […]; es mi intención que sor Teresa sea enviada a otro lugar, no como antes, sino dependiendo de otras. Necesita esta humillación para enmendarse […] sor Margherita no tendrá todavía todas las cualidades de superiora, pero es la más idónea en el presente y quiero que sea respetada y obedecida por todas…” (211). Describe a sor M. Demaria a algunas hermanas y da órdenes precisas relacionadas con su conocimiento: “Ya conoces a todas o casi todas las hermanas que han llegado o llegan ahora a la misión. Tienen buena voluntad, aunque algunas son un poco niñas […] para norma tuya, nada he encargado a sor Luigia, así que no hagas caso de cuanto diga en nombre y según el espíritu y los deseos del Padre. Algo puede decirte sor Maria…” (407). Al P. L. Rosso, elegido consejero general, previendo sus reacciones para no aceptar el cargo, le escribe brevemente: “yo me alegro (de la elección) […] no me escribas palabras de humildad o cosas parecidas, sino solamente sentimientos de la voluntad de Dios” (516) .
Este conocimiento no es genérico, sino que se extiende a todos los aspectos de la vida de sus misioneros. Recomienda, por ejemplo, a sor M. Demaria: “Deseo que continúe teniéndome al corriente del estado general, y también particular, de cada hermana” (202).
Está claro que el primer aspecto que le preocupa es la vida espiritual, la santidad de sus misioneros (76, 296, 386, 402, 557), que con frecuencia designa “buen Espíritu”, “bonitas noticias”. Allamano repite muchas veces a los responsables de la formación: “Me alegro del buen Espíritu”, o bien “me alegro de las buenas noticias” de los alumnos o religiosos (128, 130, 139, 140, 141, 157, 158,299, 297, 291, 262, 222, 335, 385). Incita a Fr. L. Bezzone a renovar “todos los días tu voluntad de hacerte santo; y usa los medios, especialmente el ejercicio de la presencia de Dios: por Él está ahí” (136). Pienso que una frase escrita a las primeras misioneras resume perfectamente esta preocupación y estos deseos suyos para todos los misioneros: “Sea empeño de todas haceros santas, grandes santas y pronto santas” (141).
Está interesado por la vocación de sus hijos y de sus hijas. Sabiendo que tres novicios están solos en Limuru y temiendo por su vocación, escribe al P. Gays: “Están solos desde hace un mes […] Lamento que se les haya dejado solos a estos novicios”(33). A los misioneros de África les envía frecuentemente normas para conservar su vocación (76, 112, 147, 151,524). Está muy próximo a los misioneros militares con sus recomendaciones, para ayudarles a “conservar intancta vuestra sublime vocación entre los peligros del mundo” (214, 327, 359, 363, ). Al clérigo E. V. Baldi le confiesa: “Tus noticias me consuelan mucho. Temía, sí, temía por la natural inconstancia y vivacidad. Mantente firme en las prácticas de piedad, alejado de compañeros mundanos […]. Esto fortis in fide. Feliz si te mantienes fervoroso contra las ocasiones peligrosas…” (226). Y al mismo: “Tu última carta me ha consolado […] Cuántas oraciones he rezado, cuántas bendiciones te he enviado desde los pies de nuestra Consolata por la conservación de tu vocación. Me daba miedo, y en el largo año pasado muchas veces dudé de tu moralidad. O al menos de tu espíritu religioso y clerical: Me consuela […] que encuentres nuevamente dulce la soledad con Jesús Sacramentado” (223). Repite a las misioneras que tengan presente que “la mejor consolación que me dais es saber que estáis santamente alegres in Domino, obedientes y llenas de mutua caridad” (232):
Tiene una preocupación muy especial por la salud de sus misioneros. En la primera carta al P. Gays agradece las fotografías “en las que observé que estáis un tanto melancólicos, ¿será por cansancio? Estoy seguro de que moralmente estáis alegres […] pero no descuidéis lo corporal, teniendo con vosotros y con los queridos jóvenes las atenciones necesarias” (4). En la cuarta carta al P. F. Perlo escribe: “doy gracias al Señor por darle la fuerza y la gracia de trabajar para su mayor gloria. Pero debe usarla con los debidos cuidados y no haga esfuerzos ni sea demasiado lanzado” (20). Y recuerda en otra carta: “Supe por las Hermanas que V. S. hizo un viaje desde Tusu a Limuru en dos días de camino; por caridad, no haga esos esfuerzos para no arruinar su salud” (52). Con frecuencia pide a los formadores y las formadoras que estén atentos a la salud de los miembros: “Me alegro de las buenas noticias del clérigo Cagnolo y de la mejora de Garrone. Continúa con estos los cuidados necesarios…” (117). Se preocupa mucho por la ropa: “Habrás recibido el paquete de ropa para el frío” (199); la comida: “Considero que en cuanto al alimento tendréis todos los cuidados posibles […] si os falta dinero, escribidme” (222); la situación médica: “Espero que la Consolata […] haga de médica y te cure pronto sin operación” (224); incluso va al doctor para “tener un conocimiento seguro cuando te aconsejo”(244). Las 25 cartas escritas a sor Giuseppina Battaglia son un florilegio de interés paterno, de afecto y de proximidad a la enferma, que ciertamente se siente confortada, ayudada tanto en lo físico como en lo moral.
Otra área de atención para el Fundador son los estudios y la formación permanente de sus misioneros. Sugiere al P. Borio que “el diácono Barlassina podría retrasar los ejercicios a los comunes de septiembre; por ahora, que se ocupe de las lenguas francesa e inglesa y de la teología moral con Vignoli” (28). Incluso envía libros para la formación: “Te envié los dos libros deseados y con el tiempo llegará el armonium” (135). Al P. Gays le envía “un libro de los Santos […] un recuerdo de mi juventud. Con él incluyo las cartas de san Pablo con el comentario deseado” (89). A Fr. L. Bezzone le asegura: “Procuraré enviar, poco a poco, para no hacer excesivos gastos, varias vidas de los Santos para todos, y las que tú deseas. Por esta vez envié dos volúmenes de la vida de san Sebastián Valfrè, luego llegarán los demás”(136). A sor M. Demaria le anuncia: “Te enviamos varios de los libros pedidos; si se necesitan otros, escribe libremente” (202). A una pregunta del P. G. Balbo sobre si consideraba útil el estudio de la botánica, le responde: “A mí siempre me ha gustado que secundariamente te interesaras de botánica; por eso te envié aquel libro alemán y lo que me pediste” (119). Tanto le preocupa la formación permanente de los misioneros, que escribe en una ocasión: “Con el fin de ofreceros una provisión ordenada y completa de libros que podéis necesitar en vuestra vida de misioneros, necesitaría tener una lista general de todos los libros que ya tenéis ahí […]. Además me sería grato también tener de cada uno de vosotros la lista de los libros de su propiedad, porque esto me serviría de norma para dicha provisión” (79). El Fundador es contrario a la manía del estudio: “Has hecho bien con el clérigo Albertone, y mantente firme en frenar la pésima manía del estudio” (166). Pero es resuelto al proponer el estudio en función de la misión: “A mí no me parece que haya que quitar la hora de clase diaria sobre el Kikuyu. No se hace otro estudio y, como dices tú, no se estudia intensamente […] así que educamos a perezosos…” (166).
También el dinero es una preocupación presente en sus cartas. Quiere que los suyos tengan lo necesario y se sientan realmente libres para pedir ayudas cuando las necesitan. Al P. Borio le dice que con Turín “pensaremos en preparar la ropa para Bertrandi, y también para los otros dos si ellos mismos no lo logran. Es mi intención pagar los gastos del primero por ser pobre; en cuanto a los otros, como están bien situados, deberían hacerse cargo sus familiares. V. S. puede preguntarles delicadamente y luego ya veremos” (6). Es preciso y tempestivo para enviar las ayudas a los familiares: “El hermano de Andrea me dio 100 liras de oro para su hermano; déselas V. S. tomándolas de lo común y yo las haré constar en mi registro” (52); “He escrito a Monseñor que entregue quinientas liras traídas por usted de…”(137). En relación con un estudiante que ha abandonado el Instituto, ordena que le hagan “escribir […] pidiendo a su familia dinero para el viaje. Debería haberlo traído cuando vino, como le habían escrito” (142). Tiene una delicadeza exquisita en la petición de dinero para las religiosas. Escribe a sor M. Demaria: “Con este fin pide a Monseñor una suma de dinero […] que destinarás a sellos, a gastos íntimos para ti y las hermanas, cuya nota te reservarás tú y en su caso me entregarás a mí. Escribiré sobre ello a Monseñor: tú lo pides como asunto de las hermanas” (208). Escribiendo a monseñor F. Perlo confirma que “dé también, tras petición de ella, algo de dinero para que pueda hacer algunos gastillos necesarios a mujeres, de los que conservará nota privada sin apuntarlos en el registro común” (211). Pero Allamano es exigente cuando pide un balance: “Ten las medidas necesarias, especialmente en la comida: dirígete al P. Ferrero para que te dé el dinero necesario, y me darás cuenta a mí” (229); a los militares les pide que sean “parsimoniosos en los gastos, y del activo y pasivo darán cuenta de vez en cuando a la Caja, a la cual debe ir lo superfluo” (214).
La misión es ciertamente un área en la que insiste en su labor formativa. Sus misioneros deben distinguirse por santidad de vida y celo por la misión. Como sabe que un límite de su formación es justamente su falta de experiencia misionera, se preocupa aún más por el miedo a no poder estar a la altura de su función de formador “completo”. Trata de imprimir en la mente y en el corazón de todos la grandeza de la vocación misionera: “Esta vocación os eleva sobre los cristianos, los religiosos y los mismos sacerdotes de nuestros pueblos, a los que no se les concede dar a conocer a Dios a tantos…” (112). Desde el principio de la misión escribe al P. Gays que los alumnos de la Casa Madre “son mi consuelo en todo”, pero él espera y quiere “formaros ayudantes buenos e instruidos en toda ciencia y arte” (33). Al mismo padre, que podría estar un poco disgustado por un tironcito de orejas del Fundador, le pide como prueba de su lealtad “ayudar cordialmente con sus consejos y su cooperación al Teólogo para que, viribus unitis y siempre cor unum et anima una, promováis el incremento de las misiones” (34). Al P. G. B. Rolfo le escribe: “Espero que V. S. continúe con valentía su santa misión, sin dejarse abatir mucho por las pruebas físicas y morales ni por los fracasos” (150). En otra carta le comunica que “según mi deseo fue también V. S. cambiada de lugar por el bien de la misión” (192). Al P. L. Rosso le hace una advertencia que contiene una condena abierta de un hermano: “Te digo sin más que me dio pena tu escrito. Inspirado quizá por alguien que solamente quiere en esto, como en otras cosas, molestar al Instituto y a las Misiones. Pero la obra es de Dios y nada puede contra ella, tampoco un P. Balbo” (383).
El Fundador está convencido de hacer todo lo posible por una formación total. Aunque no siempre los resultados son visibles. ¿Por su culpa? El pensamiento le atormenta, por lo que apela a la ayuda de los demás para completar esa formación. Al P. Gays le pide que ayude a los hermanos, juntamente con monseñor F. Perlo, en la formación de líderes locales (137, 203); a monseñor Perlo y sor M. Demaria les pide que le tengan informado en general y de los detalles, que no le escondan nada porque él conoce las taras, porque todo puede servirle para preparar misioneros cada vez mejores (154, 202, 208, 212, 295). Sus recomendaciones a los misioneros en favor de una misión cada vez más provechosa son muchas e insistentes. Al P. G. B. Rolfo le asegura: “Dios le ayudará siempre, incluso cuando se siente con defectos. Prosiga, que yo rezo todos los días para que sea un misionero de espíritu entre sus muchas ocupaciones” (93). Al P. G. Balbo, que le dice que quiere abandonar los estudios del suelo, le recuerda: “Yo no me opongo a que tú, por el bien espiritual y material de la misión, dejes ad tempus esos estudios, pero no por los motivos que aduces. En cualquier caso […] esos estudios deben ser accesorios y limitados a las horas de recreo y libres de tareas misioneras” (98). Al P. G. Barlassina, que escribe pocas veces, y además cartas cortas y generales, le pide “que escriba más a menudo, largo y detalladamente, lo que haces, las ideas y propuestas: nosotros te responderemos y te aconsejaremos. Uno solo es el fin común, hacer el bien, el mayor bien para solamente la gloria de Dios” (206).
La muerte de cada misionera o misionera le causa mucho dolor. Pero el Fundador consigue siempre elevarse a una visión de fe y de aceptación amorosa. Transcribimos algunas expresiones: “Imagine V. R. y las queridas hermanas nuestra participación en el dolor por la muerte de la óptima sor Editta. En vuestras impresiones humanas no parecía que tan pronto nos la llevaría el Señor […] pero no era este el pensamiento de Dios, que quiso premiar en la querida compañera el sacrificio hecho […] al abandonarlo todo para salvar a las almas, y procurarnos pronto […] una protectora en el Cielo” (37); “Su última carta nos trajo la dolorosa noticia de la muerte de sor Giordana. El Señor nos prueba con estas muertes prematuras; será para bien de nuestras misiones. Necesitamos protectores en el Paraíso, el Señor elige a los mejores y tiene compasión del naciente Instituto, al que no quiere por ahora quitar ningún miembro” (44); “[…] cuando me llegó fulminante la dolorosa noticia de la pérdida del querido P. Enrico Manzon. Os dejo imaginar cuánto nos consternó el triste anuncio que significaba una verdadera y dura prueba para nuestro Instituto […]. Dios nos pagará esta privación con más copiosas bendiciones y gracias…” (123). En la muerte del Can. G. Camisassa escribe: “Me tiembla todavía la mano, el corazón se hincha y los ojos derraman amargas lágrimas al dirigiros esta carta. Nuestro querido Vicerrector […] no está ya entre nosotros […]. Veíamos necesaria su existencia y suplicábamos a nuestra SS. Consolata que le prolongara […] la vida […]. La SS. Consolata no tuvo a bien escuchar las oraciones de todos. Estaba maduro para el Cielo…” (510).
Los padres de los misioneros y de las misioneras representan otro aspecto que Allamano incluye en su estilo de formación. Es consciente del gran sacrificio que los misioneros han hecho al separarse de sus padres y el de éstos al dejar partir a sus hijos. Lo recueda a menudo en sus cartas. Hace todo lo posible para que los misioneros sepan que él se interesa de ellos, de su vida; les recuerda en sus cartas (4, 12, 21, 46, 67, 83, 84, 234, 236); está seguro de que Dios recompensará su sacrificio con el Paraíso (55); recomienda escribir con frecuencia y largas cartas a los padres (61); recomienda también no molestarles con consejos personales (119); participa en el dolor de los misioneros por las enfermedades o la muerte de los padres y de los familiares próximos, y los consuela con sus oraciones y recomendaciones (15, 23, 122, 213,215). Pero en lo que insiste mucho es en que ellos han encontrado en el Instituto al “padre” que piensa en todo y que les ama como un padre, si no más: “Esto es lo que os pido para poderos guiar desde lejos como padre” (18); “Tantas y tantas cosas a todos mis queridos misioneros, por los que ya solamente vivo en esta tierra” (44); “Que el Señor bendiga a todos mis queridos hijos en N.S.J.C.”(58, 100); “Recuerda que te quiero, también porque con los votos perpetuos eres hijo mío perpetuo”(120).

d) El tono de su estilo de formación: fortiter et suaviter
El conocimiento de los candidatos y de los miembros del Instituto por Allamano, la gratitud por su empeño en el crecimiento en la perfección, inspira la comunicación y la confianza con él, quien a su vez se siente libre para decirles que deben esforzarse más y más por su santificación, corregirse con más decisión, confrontare con más sinceridad y aceptar también ciertas realidades penosas e incluso humillantes. Allamano hace todo esto con delicadeza y dulzura, pero también con fortaleza y a veces incluso frontalmente. Sus cartas acreditan claramente este estilo formativo. Transcribimos algunas citas que lo confirman, relacionadas con los formadores y con los formandos. Al P. F. Perlo, que duda en aceptar el cargo de superior del grupo del Kenya porque no se considera apto, el fundador, suaviter al principio de la carta y fortiter al final, le escribe: “Se llegó a esta decisión después de haber pensado y haber cribado toda posible dificultad. V. S. no dice en su carta nada nuevo. La idoneidad para el nuevo cargo la da el Señor cuando, ad majorem Sui gloriam, los superiores nos destinan, y V. S. debe considerar cierta esta gracia[…]. Entréguese animosamente a la tarea, no de manera provisional sino estable […] no se fatigue en trabajos y viajes fatigosos, sino obre por medio de todos: es de prudentes saber obrar por medio de otros, incluso temiendo algún defecto en el éxito de las obras” (42). Al P. L. Sales, que siempre se balancea en medio de sus escrúpulos, le envía palabras de aliento y una advertencia: “Debes ser humilde, pero no rebajarte. Dios perdona y olvida; compensa con tu fervor y tu virtud. Lo superiores te quieren mucho; no los evites ni tomes a mal sus palabras y deliberaciones” (105). Al P. U. Costa, que le pregunta cómo comportarse con el clérigo Benedetto y su pasión por la música, le ofrece una receta de corrección: “Llama al clérigo Benedetto en privado y amablemente, sin hablarle del armonium, corrígelo sobre su modo de comportarse” (111). Con el teólogo R. Bertagna, que parece reprender al Fundador por haber comentado algo sobre él, le responde con bastante sequedad y decisión: “Las dos primeras páginas de tu carta me resultan incomprensibles. No podía ni pasarme por mi cabeza hacerte tales preguntas. Si se lo has dicho a otros, me escribes que lo has hecho confidencialmente, por lo que nada me dijeron, si es que te comprendieron. Ahora, sin pedirme consejo, podría examinarte mejor para juzgarlo todo. Pero me escribes sin más que los votos perpetuos no los has hecho en regla, y que ahora ya no te sientes con fuerza para renovarlos. ¿Qué puedo responderte, sino plegarme a tu absoluta decisión? […]. No me siento con fuerza para escribirte más, pero suplico a nuestra Consolata que te bendiga” (113). A sor M. Demaria le recomienda su estilo de formación: “Tú sé para ellas madre, fuerte siempre, pero benigna” (202).
El fortiter se convierte en fortissime cuando se trata de los superiores que según él han faltado o e alguno que trata de enredarle. Entonces el Fundador se manifiesta inflexible y da órdenes rotundas. El P. G. Barlassina, tan estimado y amado por el Fundador (42), recibe algunas cartas muy críticas sobre su modo de pensar y actuar. Respondiéndole a una carta en la que se lamentaba de diversas cositas, Allamano afirma primero irónicamente y luego seriamente: “No alegramos en seguida de que no fuera esta vez una de tus raras y brevísimas cartas, sino que haya finalmente comenzado a escribir más ampliamente […]. Yendo al contenido […] te decimos que no tienes razón para dejar entrever cierto disgusto porque no te hemos […] informado minuciosamente de lo que se proyectaba”. El Fundador no acepta su desconfianza en Perlo y le sugiere: “debes considerarte afortunado de tener un guía y un remanso como ese […]. Debes pues rechazar esos dimes y diretes […] y apoyarte confiado en lo que te sugiera ahora y en el futuro […]. En lugar de esconderte para evitarle, deberías buscar todas las ocasiones para acercarte a él”. A los lamentos del P. G. Barlassina sobre la misión del P. L. Perlo en Mogadiscio y sobre su modo de hacer las cosas descontentando a muchos, Allamano le responde: “En cuanto al asunto del di P. Luigi, nos parece en primer lugar que no hiciste bien en oponerte a su ida a Mogadiscio […], las críticas referidas por ti sobre su cuenta en el Instituto, no son en modo alguno cosas nuevas: es regla general que quien hace alguna cosa sea criticado […]. No te hagas ilusiones de que conseguirás tú contentar a todos”. A la crítica de que los superiores no habían ofrecido directrices precisas para la apertura de la misión de Kaffa, Allamano responde un poco contrariado: “Ya te dijimos que normas taxativas y precisas sobre tu apostolado no te dimos porque no conocíamos lo suficiente aquel ambiente”. A la propuesta de gastos por el envío de 50.000 liras el Fundador replica: “Nos ha asustado […] reducir mucho dicha cifra, pues a este paso el Instituto se iría a la ruina […] haced todas las economías posibles […] porque si esa misión […] termina por exigir gastos tan elevados, nos veremos obligados a cerrar” (206). El P. G. Barlassina parece haber escrito al Fundador que él se siente inspirado en lo que hace. Y Allamano le responde con alguna angustia: “Me escribes que te sientes inspirado en lo que haces y casi apelas al tribunal de Dios. Amigo mío, el camino seguro de la voluntad de Dios es la obediencia y no el propio juicio o las propias inspiraciones” (329). Las relaciones con los misioneros de Kenya vuelven al escenario. El P. Barlassina se lamenta de que recibe correspondencia con retraso y Allamano le reprende con mucha amargura: “La noticia de la muerte […] nos llegó a nosotros también con retraso. Si cesara ahí la antipatía y la murmuración que existe en alguno contra Kenya, muchas cosas irían mejor y recibiríais muchas más noticias fraternas […]. Que terminen estas miserias y que os unáis como hermanos” (465). Un misionero ha llevado a casa a una mujer fingiendo estar casados -¿acaso por motivos de residencia?- y la noticia ha llegado a Turín a través de un padre. El Fundador siente indignación. “El P. Goletto no debía escribir aquella carta; a ningún misionero, y menos aún a un clérigo […]. Prohíbo pues nuevamente esta práctica […] es malo fingir lo que no es y no debe ser, aparentar estar casados. ¿Qué efecto tendrá en el futuro? […] perderíais toda la estima” (465). Las dificultades con otro superior, el P. Gays, comienzan pronto (en 1903) y se prolongan durante mucho tiempo, tanto en África como en Italia. Ya vimos las dificultades que le causó a Allamano por haber notificado a los misioneros su decisión de abandonar el cargo de superior antes de que el Fundador le autorizara (34). El misionero se ha esforzado quizá mucho en clarificar las cosas, pero el Fundador le escribe una carta de dos líneas bastante fuertes: “No ofendido, pero sí con pena –Velo sobre todo y con igual afecto–, ayude al teólogo y a todos” (43). El misionero responde con el silencio. Y el Fundador le reprende con angustia y franqueza: “Hace mucho tiempo que no recibo cartas de V. S. y más tiempo aún que no me llega ningún diario suyo. No puedo creer que haya habido algún descarrío […]. ¿Cómo explicar este su silencio en algo tan importante y prescrito por el reglamento? V. S. sabe lo mucho que le amo; quíteme sin más dilación esta espina que tengo clavada y que estoy seguro que no merezco” (60). La situación penosa desaparece (77). Pero posteriormente el P. Gays pide a monseñor F. Perlo que lo exonere también de su trabajo con los catequistas. El Fundador, avisado de ello, responde con un no tajante: “Dado el puesto ocupado por usted, que es uno de los más importantes de las misiones, no puedo ceder a su petición” (137). Allamano le manifiesta más aprecio cada vez (203) y el misionero continúa pidiéndole perdón, lo que lleva al Fundador a tranquilizarle con un punto de sorpresa: “Me sorprende el contenido […] pasa a pedir excusas y perdón […]. Sepa que nada tenemos que perdonarle, sino más bien mucho que agradecerle” (345). Y le propone la dirección de la Casa Madre (374). Ya en la Casa Madre, vuelve a sus incertidumbres y melancolías: “Me escribe: ‘no me siento en mi sitio, tendría muchas cosas que decirle, pero sé que no le gusta oírlas y esto es una amargura para mí’. No comprendo estas palabras enigmáticas […]. Me parece que hasta ahora le he ofrecido toda la confianza de superior y de confidente, obré según sus deseos, incluso sacrificando mis puntos de vista […]. ¿Cómo dice que no me gusta escucharle? […]. Vamos, escriba todo claramente” (451). El Fundador distingue a monseñor F. Perlo durante mucho tiempo con su estima sincera y profunda. Los adjetivos que usa son elocuentes: “Vuestro Excelentísimo y Amadísimo Vicario” (152), “El digno Vicario Apostólico” (112), “Yo estoy contentísimo de usted […]. Sus cartas son deseadas por todos…” (11), “Todos le quieren y estiman, y está adornado de tales cualidades que puede, con la gracia de Dios, cumplir sus deberes” (47), “Sé que la misma (sor Margherita) tiene confianza con V. E.” (211). Le defiende incluso contra las acusaciones de los misioneros de Kaffa (206). Pero luego comienza a tener dificultades con él, especialmente en relación con criterios diferentes en la buena marcha de las comunidades y del Instituto y sobre el juicio negativo que expresa directamente sobre misioneros y misioneras. El Fundador comienza a hacerle observaciones desde el segundo año de la presencia de los misioneros Kenya: “Es también idea mía de que V. S. no tome las cosas de frente, de que sepa ser paciente, compadecerse y excusar, pues a gente que hizo tantos sacrificios no es conveniente tacharla de tener mala disposición” (47). Estas advertencias se repiten periódicamente, hasta el momento en que le escribe esa carta tan sincera y tan fuerte que ha hecho historia en el Instituto (464). El Fundador reserva una actitud parecida con algunos padres y religiosas. Al P. G. Balbo le escribe: “Tu última carta me la escribiste sin duda en un mal momento. No me esperaba de ti ciertas expresiones, que espero se te hayan caído de la pluma. Relee mi carta y verás que no te da razón para responder de ese modo […] escribir rotundamente que has comenzado por obediencia y lo dejas por obediencia es muy duro” (98). A sor T. Grosso le escribe una carta que es una letanía de faltas: “Actitud mundana en el porte […] soberbia para dominar a las hermanas […] desobediencia e incluso insolencias a los superiores […] falta de caridad con todos y amistad particular […] saltarse a la superiora y recibir órdenes de monseñor […]. No hablo de las calumnias […]. Piénsalo bien […] así no se va adelante […] se termina perdiendo la vocación y me obligarías a mí a dar pasos duros, pero que daré” (209).

Acogedor para aceptar nuevos candidatos, pero también decidido en los despidos

El Fundador muestra en sus cartas el afecto, casi la veneración, por cada vocación que Dios le envía. Como vimos anteriormente, hace todo lo posible para hacer frente a las necesidades de todo candidato a la vida religiosa y misionera, pero tampoco ahorra advertencias o reprensiones a quienes no responden a sus expectativas. Allamano se muestra también decidido para despedir a los que no se empeñan, no parecen idóneos y especialmente no son resueltos en su tensión hacia la santidad y la preparación a la vida misionera. Abierto a todos, deseoso de ayudar mientras existe un hilo de esperanza, cierra las puertas a quienes no hacen fructificar su trabajo formativo. Da normas a sus ayudantes sobre el modo de comportarse en los casos dudosos, en los casos que no dejan lugar a la esperanza, aunque raramente desoye su opinión para hacer prevalecer la suya. Algunos criterios de base en esas situaciones, como se desprende de sus cartas, son los siguientes: pocos pero buenos; la determinación y la idoneidad del candidato, la ayuda del Señor, la salvaguardia de la comunidad. Escribe, en efecto: “Recordad siempre: mejor ser pocos, pero buenos” (245); “Una fuerte voluntad de usar los medios para conseguir ser santos misioneros basta, y el Señor con su gracia hará todo lo demás […]. El Señor ayuda siempre la voluntad contra la debilidad de la salud” (29). En cambio, cuando no se dan estas condiciones, dice: “Haga las pruebas debidas; cuando no se recuperen, y todo resulte nocivo, piense en la repatriación” (47); “Se usará con ellos caridad y paciencia; pero si no se recuperan bien, no les dejaré continuar” (208); “Aquí en el Instituto he despedido a los clérigos […] no reconocidos idóneos para el Instituto” (52); “Vino […] y me dijo que tenía intención de dejar el hábito. Le exhorté a irse a casa […] Si viene (a retirar sus cosas), no deje que le vean los jóvenes” (54); “Me da pena el pobre Cappello […]. ¡Desgraciado! Siendo cosas decisivas, todos vosotros […] dejadlo y tratadlo como a cualquier otro soldado” (222). ¿Y cómo comportarse en la duda? “[…] en la duda, después de pruebas serias, alejar a los no llamados o que no corresponden a la vocación” (245); “Yo suelo decir que en toda salida recito un Te Deum” (245). Quizá sea necesaria, pero resulta muy amarga esta conclusión, a la que todo formador debe llegar antes o después


Impaciente en recibir informaciones de los misioneros, tanto personales como de trabajo

El deseo de formar misioneras y misioneros santos y competentes le devora. El temor de no poder ofrecer una formación completa por falta de experiencia misionera le aterroriza, pero no le desanima. Sabe que puede suplir, al menos parcialmente, esta deficiencia con las informaciones enviadas por sus hijos ya en el campo de trabajo. De ahí su constante insistencia con todos y todas de que le envíen noticias sobre las situaciones en las que viven, informaciones sobre su vida personal, comunitaria, religiosa, descripciones de las dificultades externas o internas. En sus cartas recuerda este “deber”, que él ha introducido en el directorio y que quiere que todos cumplan, por lo menos cada tres meses. Cuando algunos no lo hacen, tardan en enviar noticias o escriben cartas demasiado breves, les reprende y les recuerda este deber que es para él una gracia porque le ofrece la posibilidad de desarrollar su función de padre, fundador y formador del mejor modo posible. Veamos algunas de estas invitaciones y correcciones que envía a los misioneros, pues encierran las ansias que arden en su interior y no le dejan tranquilo.
Primeramente, él mismo pide disculpas cuando no consigue responder en seguida, no puede escribir a todos individualmente o debe enviar respuestas que no son exhaustivas o satisfactorias ni para él mismo. Escribe a monseñor F. Perlo: “Después de haber escrito dos líneas a todos los queridos misioneros, no me queda tiempo para escribir a V. S. queridísima. Lo haré mejor en otras ocasiones” (45). Al P. A. Dal Canton: “Estaba persuadido de escribirte después de tu profesión; si no lo he hecho, no es porque te haya olvidado o esté algo malhumorado por tu conducta” (138). Al P. G. Mauro le recuerda: “Continúa escribiéndome aunque no pueda yo contestarte siempre; te recomiendo entonces más intensamente al Señor” (233).
Se muestra resuelto en la petición de informaciones. Al clérigo G. Cattaneo le hace una reprensión muy fuerte: “Desde tu llegada a África hasta hoy no he recibido ningún escrito tuyo. ¿Cómo este silencio, cuando el reglamento dice que se me debe escribir al menos cada tres meses?” (39). Informa de la respuesta del clérigo al obispo F. Perlo con un sentido de desorientación y humillación por el tono de aquella: “Hágame el favor de poder disponer de algunas plumas, tinta y papel para poder escribirle a menudo mis noticias […]. Eso es todo, ¡y con qué tono!” (51). También al P. Gays le hace una fuerte reprimenda: “Desde hace mucho tiempo no recibo de V. S. cartas y desde hace aún más tiempo no me llega ningún diario suyo […] ¿Cómo explicar este silencio suyo en cosa de tanta importancia y prescrita por el reglamento?” (60). Da las gracias a sor M. Demaria por la correspondencia, pero quiere algo más: “Deseo que siga teniéndome al corriente […] sin miedo a exagerar o perder la estima ante los superiores” (202). A sor Maria degli Angeli le añade nuevas razones para comunicarse: “Cuando se trata del bien de la comunidad no debe dar cabida a la indiferencia; es deber decirlo todo y con claridad, según los puntos de vista sobrenaturales” (354).
Pero su gran sed de conocer especialmente las cosas que le ayudan en su ministerio de formación se expresa de modo completo y claro en la carta dirigida a los misioneros de Kenya en que describe qué es el diario, qué no sirve que se escriba y qué interesa escribir y por qué (59. p. 73-74). A monseñor F. Perlo, confiándole el cargo de superior religioso, le recuerda: “es necesario organizar los envíos de los diarios y de las cartas según lo establecido por el reglamento. Haga que escriban todos y cosas útiles” (38). Cuando algunos piden que se les dispense de escribir el diario por falta de tiempo, él responde: “No puedo conceder esto porque es una regla utilísima” (48).

¿Desánimo y aprensión por el futuro de los misioneros del Instituto?

Se deduce claramente de las cartas que el Fundador pasa por momentos de amargura y de desánimo a causa de la falta de una generosa respuesta a sus propuestas formativas por parte de algunos misioneros. A sor M. Demaria, que le había escrito sobre situaciones dolorosas de algunas religiosas, le responde: “Gracias por tu larga carta y por las noticias, aunque dolorosas, que me das. Continúa contándome lo bueno y lo malo. Escribe en la presencia de Dios […]. Por lo demás, piensa ante Dios que habrá siempre miseria en este mundo… (208). A sor T. Grosso le hace notar graves faltas y concluye: “Siento amargura […] esperaba mucho de ti y todavía no quiero considerarme engañado” (209). Comparte con monseñor F. Perlo su frustración en relación con algunas religiosas: “Mientras procuro con todos los medios infundir el verdadero espíritu a nuestras misioneras en la Casa Madre, me da pena oír desde varias partes que algunas en África no corresponden a mis expectativas con monseñor Perlo […]. Reflexionando sobre la marcha de nuestras religiosas en la misión, no estoy satisfecho de la conducta de algunas […]. Me da pena la falta de espíritu religioso e incluso cristiano en alguna” (211). Al P. G. Balbo le abre su corazón amargado por su conducta: “Te acogí en el Instituto como clérigo, te traté siempre como hijo muy querido […]. Por eso me dio mucha pena tu conducta ahí y esa instigación tuya a los compañeros […]. Recuerdo bien lo que dijiste un día en la Consolatina […] Vendrá un tiempo en que mandaremos nosotros […]. ¿Por qué erigirte en juez y dar pasos irreflexivos y extraños?” (404). El comportamiento del P. G. Barlassina y otros misioneros de Kaffa le entristece mucho e implora casi desesperado: “Cesen estas miserias […] apretaos como hermanos” (465).
¿Miedo, aprensión por el futuro del Instituto? No parece. El periodo más crucial parece haber transcurrido durante la guerra de 1915-1918. En las cartas de aquel tiempo, especialmente a los misioneros militares, se percibe esta aprensión, pero nunca verdadera desánimo. La convicción del Fundador de que su obra es de Dios y de la Consolata parece muy profunda en sus cartas como para admitir la posibilidad de temer por su futuro: “Pongámonos en todo en las manos de nuestra querida Consolata para que prospere siempre su obra” (35). Pero la inquietud de que sus misioneros puedan arruinar o al menos deteriorar su obra está presente. En una de sus primeras cartas al P Gays le escribe: “Dios bendiga la Institución: sólo nos queda estar a la espera de ver si se verifica la frase: Multiplicasti gentem sed non magnificasti laetitiam. Os corresponde a vosotros construir los cimientos estables de las Misiones” (22). Después de la fiesta de la Inmaculada de 1915, comenta: “Somos muy pocos y como perros apaleados; nos falta alegría. Paciencia para vosotros y nosotros, expectantes beatam spem…” (207).
Lo que el Fundador escribe al P. Gays (33) sobre las relaciones del IMC con los demás Institutos refleja una mentalidad ligada a las circunstancias, a la eclesiología, la misionología y el cometido de los Institutos misioneros de su tiempo. En nuestros días ese modo de pensar no es ya admisible, tal como se expresa, y hasta sería totalmente contraproducente.
Hoy todos nuestros estudiantes de filosofía y de teología frecuentan centros de estudio y universidades junto con otros estudiantes religiosos o diocesanos. El conocimiento mutuo y el intercambio entre ellos es cotidiano, y a final de cuenta resulta positivo.
También nuestros misioneros participan en cursos de formación permanente en compañía de sacerdotes diocesanos, religiosos y laicos, y se demuestra que es enriquecedor y muy positivo. Incluso los superiores regionales y generales son miembros de conferencias nacionales o internacionales de religiosos y misioneros con el fin de ayudarse en la profundización y el desempeño de su servicio. La reflexión hecha en unión sobre temas que interesan a todos, la puesta en común de las diversas experiencias, las dificultades y los interrogantes experimentados por cada uno, estimulan la creatividad, generan nuevas ideas y cooperación, ofrecen sugerencias e iniciativas para renovar los diversos carismas, dentro del respeto de su originalidad y en fidelidad a las instituciones de los Fundadores.
También los formadores, en lo relacionado con su tarea, son protagonistas de fecundos encuentros intercongregacionales entre educadores y formandos. Pero es justamente en este punto donde se advierte la necesidad, especialmente a nivel local, de saber discernir -con sentido crítico y a la luz de nuestra vocación, con los jóvenes y los demás misioneros implicados en la formación de base- qué cosas conviene asumir y en qué cosas es necesario distanciarse.
El motivo de esta afirmación nace de una constatación: la de que, tras haber encontrado y conocido a miembros de otros Institutos, nuestros estudiantes vuelven al seminario trayendo solamente los mensajes y propuestas que parecen menos exigentes, más “apetecibles”, porque aparentemente proyectan mejores condiciones de vida material, e incluso ventajas económicas… Me parece que en estos casos la citada frase del Fundador escrita al P. Gays debe ser tomada a la letra.
Nosotros tenemos nuestro estilo, nuestras tradiciones, nuestro modus vivendi en el Instituto y durante la formación de base. Por consiguiente, si las peticiones de nuestros estudiantes van en la dirección de una auténtica mejora de nuestro estilo de vida, se pueden aceptar y adoptar, pero si tienden a una vida menos comprometida, más secularizada y más burguesa, entonces los formadores deben ser capaces de pronunciar un no resuelto y sin compromisos.
Aprender de los demás a hacer las cosas mejor es una regla sabia, pero copiar de lo demás para aburguesarse más puede constituir un lento suicidio de nuestro espíritu y de nuestro estilo de vida y por consiguiente de la formación de base.

EL ESPÍRITU YLAS ACTITUDES NECESARIOS A LOS MISIONEROS

El Fundador basa su método formativo en un alma y un espíritu que constituyen la osamenta de todo su obrar. Sabiendo que ni las cosas más hermosas y santas se pueden propagar espontánea y fácilmente, se enriquece con ciertas actitudes y sentimientos que le ayudan en su pedagogía y le dan la tranquilidad y la paz de alma, porque le garantizan que, en lo que a él le toca, ha hecho todo lo posible. Obviamente, la formación depende en gran medida de los que la reciben, por ser sujetos insustituibles del proceso mismo. Allamano es consciente de que sus misioneros deben participar, como parte activa, en sus esfuerzos para conseguir los objetivos de la formación. Por eso exige de ellos un espíritu y ciertas actitudes como condición sine qua non. Aunque más brevemente, por haber sido expuestas anteriormente ya, me detengo en estas actitudes y disposiciones de ánimo que tienen que ver de manera especial con el formador y con el joven en formación.

Frecuente correspondencia y detallada información

Ya pusimos de relieve en el capítulo precedente el vivo deseo y la constante insistencia de Allamano, padre y fundador, para que los misioneros y misioneras le escriban y envíen sus cartas y diarios. Esta petición se convierte para ellos en un deber que hay que deben cumplir con puntualidad y abundancia de informaciones. Cuando no lo hacen, sienten la necesidad de excusarse y de pedir perdón a Allamano por ello. Escribe a monseñor F. Perlo: “Lo teólogos Bertagna y Benedetto me piden alguna dispensa del deber de escribir el diario porque no tienen tiempo. No puedo concederla porque es una regla utilísima […]. V. S. sepa mi intención para todos” (48). Anima al P. M. Ferrero cuando éste le pide que le permita escribirle con menos frecuencia: “En lugar del mal propósito de escribir un poco menos […] renueve en seguida el antiguo uso de escribirme a menudo y, pudiéndolo, largas cartas […]. Aunque yo no pueda siempre responderte, disfrutaré con tus noticias y tomaré parte en las pocas alegrías y los muchos dolores” (212). Al P. G. Mauro le recomienda: “Continúa escribiéndome aunque yo no pueda responderte: te recomiendo entonces más intensamente al Señor” (233). Y en otra carta encontramos una expresión que revela toda su impaciencia y el deseo de recibir las confidencias de los suyos: “Me resultan gratísimas tus cartas; y estoy sediento de alguna del P. Garrone y del clérigo Sciolla” (324). Al P. L. Sales le anima a escribirle de este modo: “Si antes te bendecía colectiva y particularmente, desde que recibí tu carta comencé a bendecirte aún más frecuentemente; mira si ganaste” (245). Al P. G. Maletto, que en nada correspondía, le escribe: “¡Finalmente!, exclamé yo y el señor Prefecto al recibir tu primera carta. No te reprendo, ¡pero una tarjeta!” (247). Continúa dando razones nuevas por las que deberían escribir: “Estoy dubitativo sobre si tengo que insistir nuevamente en la obligación que os impone el Reglamento de redactar el diario […] la mayor parte lo descuida […]. Solamente os digo que de este modo va gradualmente faltando la materia para el periódico, y por consiguiente se agota la fuente principal de las ofertas” (76). Otro motivo para escribir: “También tus diarios están bien hechos y alegran a los hermanos del Instituto” (76). A los que escriben los anima a continuar: “V. S. continúe […] escribiéndome también a mí que tanto deseo estar a su lado con la comunicación” (81). Quiere despertar a los que no escriben, incluso severamente: “Nos alegramos de pronto de que tú hayas finalmente comenzado a escribir más abundantemente, como deberás hacer más a menudo a partir de ahora […]. Te repito que escribas a menudo, largo y detalladamente…” (206). Corrió la voz en Kenya de que quien escribía a menudo “era un espía”, que esto “impedía escribir a menudo” y que el Fundador revelaba situaciones confidenciales leídas en la correspondencia. Y Allamano admite que lee “alguna vez vuestras cartas a los hermanos del Instituto, pero no todas, con frecuencia solamente en parte y directamente, es decir, en las cosas que edifican a los hermanos. Pero las cosas confidenciales, os lo repito, nunca las leí, más aún, aparté todas las de conciencia” (86). Vuelve sobre este tema en una carta a Fr. B. Falda: “Me complacieron tus diarios […]. Continúa siempre así, pensando que hablas a un padre que te quiere […] y que no los lee a otros, a no ser las cosas que no son confidenciales” (46). Lo mismo recuerda al P. A. Borda-Bossana: “Estad tranquilos, que antes los (cuadernos) leo yo solo, y solamente después leo o hago leer lo que es edificante y no confidencial” (18). Recuerda a menudo a los superiores o al superior este deber. Al P. F. Perlo le escribe: “Es además necesario ordenar el envío de los diarios y de las cartas según lo establecido por el reglamento. Haga que escriban todos y cosas útiles…” (38).

Apertura de mente, de corazón y de ánimo en las cosas más íntimas y personales

Redactar los diarios y describir las situaciones de la misión es responsabilidad del misionero, exigida por el reglamento, y por eso el Fundador insiste y recuerda a todos este deber. Escribir cosas personales, íntimas y de conciencia es una necesidad más que un deber que no se debe exigir o insistir en él excesivamente. Por eso Allamano sigue en sus cartas otra estrategia para obtener el efecto deseado. Sus respuestas comienzan normalmente con frases de estima, de alegría, de satisfacción por las noticias positivas en general y por las más personales en particular, aunque tampoco faltan las expresiones de dolor por situaciones penosas, por debilidades morales e incluso por situaciones de pecado. Esta destreza resulta más fecunda que las llamadas directas y las recomendaciones enérgicas. Sus misioneros se sentían así espoleados a continuar escribiendo, a abrirse a su fiel padre y formador, incluso en las cosas más íntimas. Estos son algunos ejemplos. Al P. G. Balbo, que le pedía su “juicio sobre su conducta”, le responde honestamente y le dice al final: “Me parece haberte respondido como deseabas” (119). A la apertura del misionero corresponde la apertura del padre y formador. El comienzo de muchas de sus cartas al P. U. Costa tienen el mismo estribillo: “Me alegran la buenas noticias sobre el querido Instituto” (121); “gozo con las buenas noticias de la Casa” (124); “He leído tus cartas y disfruto mucho por la alegría y el buen espíritu de los queridos alumnos” (28) . A sor M. Demaria: “Te agradezco la larga y detallada carta. Me alegro por el buen espíritu que reina en la Casa” (140). A las Misioneras de Turín les escribe: “He recibido vuestras deseadas noticias […]. Y me alegré en el Señor […]. Me consuela además la noticia del buen espíritu que reina en esa casa y cómo aprovecháis todo para adornaros con las virtudes de vuestro estado” (141). Al diácono D. Ferrero le confía: “Es para un superior una consolación íntima ver abrirse el corazón de sus hijos, por quienes lo da todo. Es también el camino real de la perfección religiosa. Me alegra pues lo que me dices” (144). Con el clérigo E. Balde expresa así: “Me alegra que seas constante en las prácticas de piedad a toda costa…” (229). Asegura al P. U. Costa, que le ha revelado sus sentimientos más íntimos: “Me alegro de tus óptimos sentimientos, que son conformes con los designios de Dios para tu santificación y la de otros” (246).
El Fundador es un pedagogo nato. Sabe que sus hijos e hijas quieren hablar, quieren manifestarse y abrirse porque le reconocen como padre, fundador y formador suyo. Le sienten muy cercano y amable. Allamano, además de incluir en su reglamento la obligación de escribir el diario y describir las situaciones de misión (cosas externas a la persona del misionero), promueve la libre apertura de los misioneros a confiarle detalles íntimos, espirituales y objeto también de confesión con una finura que no impone, que no limita, sino que abre las puertas del alma. Con total confianza, los misioneros y las misioneras se confían, se liberan de pesos enormes y se sienten felices de compartirlos con su padre, ofreciéndole la posibilidad de un conocimiento cada vez más profundo, lo que permite dirigirles mejor y con más eficacia en la ascesis espiritual y apostólica. Este intercambio de conocimiento interpersonal es para muchos un momento auténtico de gozo y comunicación libre, mientras que para algunos constituye una dificultad. El Fundador responde a los primeros con solicitud paterna y a los segundos con firmeza, pero sin cerrar la puerta a un posible cambio de actitud que les lleve a comprender la importancia de este ejercicio y a practicarlo por el bien propio y el de la misión.

Exige el máximo de cada uno, pero en las situaciones personales y de vida en las que se encuentra

El Fundador no es un psicólogo de profesión, sino un profundo conocedor de las personas y de los itinerarios formativos personalizados. No espera todo de todos, pero quiere lo mejor de todos, pero de cada cual quiere lo mejor, según su realidad personal. Es una exigencia que propone con insistencia, no permite fórmulas intermedias, lo quiere todo, teniendo presente a la persona y no a la masa. Así se lo expresa claramente a sor M. Demaria: “Procura que cada una aproveche toda su capacidad en las mansiones establecidas: así se verá la formación en el futuro” (202). Es este un principio fondamental de su metodología. Y este principio se adecua a los individuos y a sus cualidades, así como a las diversas situaciones. Así se lo recuerda al P. Gays: “Con la dilatación de los campos de apostolado, y la correspondiente lejanía, hay peligro de que merme la unión de mente y de corazón que constituye un bien del Instituto. Podría introducirse un poco de egoísmo y debilitarse el amor y el interés del campo común” (203). A sor C. Strapazzon le escribe: “Pero con el mayor vigor de las fuerzas físicas estaréis también vivas en el espíritu de fe, de amor mutuo y de perfecta sinceridad” (452). Conociendo la enfermedad, pero también temperamento fuerte de sor G. Battaglia, se siente obligado a dar este comprometido consejo: “Apruebo la lectura de las obras de santa Teresa; sirven óptimamente para formarte en la fortaleza y en el espíritu de sacrificio, virtudes tan necesarias para hacerte una auténtica misionera […]. Ánimo y vive en el mundo solamente en el cuerpo, mientras el alma está en el lugar de donde te vino la gracia de tu vocación” (325). Cuando percibe que el empeño no es el deseado, reprende a los misioneros e incluso a sí mismo: “Me parece que desde hace un año entra en casa un espíritu de ligereza y de curiosidad morbosa, de disipación, de gusto por las novedades […]. Tengo la culpa de haber sido excesivamente materno a sus deseos; volveré al camino anterior” (499). Advierte a sor T. Grosso por sus muchas faltas y la invita a cambiar: “Desde hace algún tiempo me llegan de diversas partes noticias de tu conducta en la misión. ¿Cómo es que con los deseos demostrados en la Casa Madre de enmendarte de tus defectos y de hacerte santa, después de tan poco tiempo has olvidado los propósitos hechos y tantas advertencias que di a cada uno en particular? Quiero esperar que este cambio tuyo haya sido resultado del clima diverso y de la clase de ocupaciones que te encomendaron” (209). Este máximo empeño que quiere de sus misioneros avanza a veces tiene con dificultad, por lo que Allamano los anima con pensamientos sobrenaturales: “Aun suponiendo que el fruto no se corresponda con los esfuerzos, ¿acaso por eso habríais de desanimaros? Recordad siempre que cada uno recibirá su salario secundum propriam laborem y no según el resultado conseguido” (59).

Transparencia, honestidad y sinceridad

Allamano es la persona del Evangelio in quo non est dolus, de los “sí” y los “no” claros y diáfanos, sin condiciones. Y él lo reconoce: “Te envío la carta adjunta para que se la leas a las hermanas. Te puede parecer un poco severa; no obstante, léesela entera a todas. La he pensado y meditado a los pies de la SS. Consolata” (171); “He recibido tu carta y te agradezco que me hayas escrito mucho y minuciosamente. Créeme: es una falsa compasión no decir todo para no inquietarme. La verdad entera y siempre es el mejor consuelo para quien desea el bien porque así conoce las cosas como son” (155, 208); “Como padre os diré libre y claramente lo que pienso y deseo” (153). Con el P. U. Costa se expresa sintetizando esta disposición en la formación: “Como tú sabes todo”. Y esta virtud de la transparencia la incluía en su metodología formativa y la exigía de los suyos. Tal vez la palabra “transparencia” no ha penetrado todavía en el vocabulario pedagógico de sus tiempos, por lo que Allamano la llama “sinceridad” (78), “confianza”, “apertura del corazón de los hijos” (153), “di abiertamente lo que piensas” (92), “en los escritos se ve todo tu corazón (67)…, pero la sustancia sigue siendo la misma”. Es una virtud que exige también a sus ayudantes en la formación: “He recibido tus dos cartas, que están escritas justamente como yo deseo: minuciosas y conformes con la plena verdad de la cosas” (108); “He recibido tu bonita carta y te doy las gracias, disfruto especialmente de tu plena sinceridad y del modo minucioso con que me escribes. Se trata del bien y no se debe tener miedo ni de que me causen pena. Sería muy doloroso si por no disgustarme me escondieras algo” (154). A su querido P. L. Sales le confiesa: “Te doy las gracias por las noticias que me has enviado; continúa así, porque bien sabes lo mucho que me interesa cada cosa por pequeña, buena o mala que sea del querido Instituto” (165). Pide transparencia con confianza también a los demás hijos: “Para un superior es una consolación íntima ver que le abren el corazón sus hijos, por los que todo se da. Es también el camino real de la perfección religiosa. Me alegro pues de todo lo que me expresaste y lo que me digas de viva voz o por escrito” (144). Respondiendo a dos misioneros, se declara “contento por vuestra confidencia, y debéis mantenerla como buenos hijos” (153). Y a su amadísimo hijo Fr. B. Falda le dice: “Créeme que en tus escritos se ve todo tu corazón, y eso me satisface grandemente” (67); “Me gustaron tus diarios, especialmente por el candor y la espontaneidad con que escribes” (46).

Disposición para aceptar el amor del Padre Formador también cuando corrige y reprende

Cualquier pedagogía incluye correcciones, llamadas de atención, reprensiones, a veces fuertes, para la mejora de la persona. Allamano no huye de esta ley inexorable de la formación y lo hace con la mayor delicadeza y fortaleza sugeridas por su espíritu paterno.
A Fr. B. Falda le escribe con la mayor honestidad: “Feliz tú que, siendo el primer hermano que tiene la fortuna de hacer los votos perpetuos, serás el primero de una gran hilera de santos hermanos en el cielo, desde donde me darás gracias por no haberte ahorrado las correcciones” (84). Al P. A. Dal Canton, que se ha ofendido por la falta de felicitaciones escritas con motivo de su profesión y considera el gesto como fruto del malhumor del padre, dadas sus pasadas faltas, le escribe: “Estaba convencido de que te había escrito después de tu profesión; si no lo he hecho no es porque te haya olvidado o esté malhumorado por tu conducta […]. Fuera pues toda nube y no recuerdes más la pequeña dilación que el Señor permitió no como pena, sino como mayor prueba antes de unirte para siempre” (138). Al P. Gays, que tanto le cuesta aceptar algunas correcciones suyas y cree que esté ofendido, le escribe brevemente. “No ofensa, sino pena – Vigilo sobre todo, y con igual afecto” (43). Exhorta a sor T. Grosso haciéndole notar sus gruesas faltas: modales mundanos, soberbia, desobediencia, falta de caridad, insubordinación a la superiora, siembra de calumnias: “vuelve sobre ti misma y piensa seriamente en tu presente estado delante de Jesús Sacramentado; no causar el mal a nadie, sino a ti misma […]. Me siento contrariado y solamente tu pronta y estable enmienda me consolará. Te bendigo” (209). Ya hemos considerado casos parecidos anteriormente, en la parte del artículo que trata de su firmeza contra quien no obedecía o no era totalmente honesto con él. Como se ve, sus recetas en los casos de llamadas al orden son fuertes y se basan en el amor y el bien de las personas. ¿Cómo se puede resistir? ¿Y qué modo mejor de hacerlo?

Libertad absoluta de sus hijos e hijas también cuando escriben sin la censura de los superiores

Allamano, acompañando de cerca en Italia a los misioneros y las misioneras, incluso en las cosas de conciencia, se da cuenta de que, una vez llegados a la misión y encontrándose con nuevos superiores, pueden verse ante dificultades serias y morales. Por eso les concede plena libertad de conciencia para escribirle con la mayor confianza, aunque tenga que abrogar la regla de entregar y recibir las cartas abiertas, que él mismo les dirigía. A los superiores o formadores les pide que no abran ciertas cartas por él expedidas o que dejen plena libertad a los miembros de cerrar las cartas que los interesados consideran confidenciales y reservadas al Fundador. Transcribimos algunas de sus recomendaciones al respecto dirigidas a los superiores. Escribe al P. Gays: “En cuanto los jóvenes […] déjeles escribir libremente y cierre en su presencia sus cartas para que se sientan libres de decirme todo […]. Necesitan confianza para abrir su corazón, especialmente por los peligros de la castidad…”(7). Repite a sor M. Demaria la regla para las cartas de conciencia: “Quiero esperar que volverán en sí después de mis cartas, que antes leerás y luego se las entregarás cerradas…” (208). Y repite de nuevo: “Las cartas se entregarán abiertas a la V. Superiora, que las leerá y consignará a Monseñor, que las podrá leer. Solamente a mí, al V. Rectore, a Monseñor y a la Superiora podrán escribir cuando quieran en sobre cerrado” (148). Recuerda al P. F. Perlo: “Aparte las pequeñas cartas personales, las otras a los individuos se las enviaré abiertas a usted, que las leerá, y solamente las entregará si son convenientes y oportunas, no en caso contrario” (47). Y se lamenta con él de un hecho que no acepta: “Sé que alguno ha escrito cartas sin pasar por mis manos. Esto es malo y lo prohíbo, no creo merecerme tanta desconfianza” (50).
Repite a los misioneros las mismas recomendaciones. “Tendréis vuestros cuadernos, en los que expresaréis todos lo sentimientos de vuestro corazón. Estad tranquilos que primero los leo yo solo […]. Os pido esto para poderos guiar desde lejos como un padre…” (18). Al P. G. B. Rolfo, que le había escrito cosas de conciencia, le recomienda: “Refiriéndome a sus confidencias de conciencia, después de haber invocado a nuestra Consolata […] le recomiendo que esté tranquilo sobre el pasado, que viva in Domino día tras día” (74). Con los misioneros de Kenya se lamenta de que se envían “quizá cartas clandestinas” y ordena “someter todas a la lectura del superior, el P. Perlo” (86).

Relaciones con miembros de otros Institutos

El Fundador tiene una frase sobre este punto que me parece importante citar, porque mutatis mutandis puede ayudar a la formación en un contexto de pluralismo o bien dañarla. Escribe al P. Gays: “V. S. desde Limuru estará más en contacto con los Padres del Espíritu Santo y con el Gobierno; con los primeros deseo que trate correctamente, pero como su espíritu no es el nuestro, deseo que los nuestros no vivan con ellos ni en Nairobi ni en Limuru; es mejor que estén entre nosotros y que no nos dejemos conocer mucho por ellos en nuestras miserias; ellos además tendrán costumbres muy buenas para ellos, pero no les convienen a los nuestros, que deben acostumbrarse a comodidades y usos no convenientes para nosotros” (33). Se trata de una frase larga, retorcida y mal construida, que demuestra la dificultad del Fundador al escribir sobre este tema. Una dificultad que volveré a abordar en los comentarios de la última parte de este artículo.

REFLEXIONES SOBRE ALGUNOS ASPECTOS DE LA FORMACIÓN ACTUAL

La metodología pedagógica del Fundador, a la luz de sus cartas a los misioneros, contiene aspectos universales para todo tiempo, cultura y situación, pero revela también otros relacionados con su tiempo y con la mentalidad en que creció. Estos últimos deben ser comprendidos y adoptados con correcciones oportunas o modificaciones necesarias para ser aplicados en nuestros días, especialmente en las realidades sociales y culturales en que vive nuestro Instituto.

Preparación al ministerio de la formación

Es evidente que el acompañamiento formativo, tanto en los seminarios como en la formación permanente, es al mismo tiempo un arte y una ciencia, confirmados por un testimonio de vida coherente y convincente. En cuanto a la ciencia, necesita una base sólida en el campo de los conocimientos psicológicos, teológicos y pedagógicos, que se adquieren en el ámbito académico durante la formación de base, participando posteriormente en cursos apropiados en el ejercicio del propio servicio en este campo, y eventualmente también mediante estudios especializados, al menos por algunos, con el fin de ayudar a otros en este servicio. En cuanto al arte, la actitud formativa debe nacer de dentro del formador, por lo que cada uno tiene su estilo, su talante peculiar y su modo de proceder peculiar. Ciencia y arte formativo deben ser luego corroborados y transmitidos con una conducta ejemplar que habla más elocuentemente que toda enseñanza, convence más que muchas nociones conceptuales y supera en profundidad las demás dinámicas formativas, porque está alimentada por la santidad de la vida.
El Fundador tiene una sólida formación teológica, un amplio conocimiento de la vida cristiana y religiosa, una experiencia de dirección espiritual muy rica que le hacen creíble en su trabajo formativo. Posee un arte personal en la formación que yo he llamado “alma” y que penetra los ámbitos más recónditos e íntimos de las psique y del alma humana para desbloquear las situaciones de dificultad, disipar los temores, sanar las heridas que se han producido a lo largo del camino formativo e infundir confianza y esperanza en casi todos los que le escriben o se le acercan. Su arte formativo está iluminado por un testimonio de vida que no deja lugar a dudas sobre su modo de vivir y sus convicciones. Las pocas veces que Allamano es sospechoso de un comportamiento no ético (como divulgar noticias confidenciales contenidas en las cartas de los misioneros) no le resulta difícil defenderse y convencer de lo contrario, como vimos anteriormente.
¿Cómo es hoy la formación en el Instituto? Podemos decir que la preparación de nuestros formadores y de los encargados de la formación permanente es satisfactoria. La formación, filosófica o teológica, se adquiere en centros de estudio o universidades intercongregacionales fácilmente accesibles desde la sedes de nuestros seminarios. En dos de estos centros existe la posibilidad de conseguir la licencia en teología, mientras que en otras dos facultades se están organizando para poder ofrecer el mismo grado académico. Nuestros dos últimos Capítulos han exigido que donde existe esta oportunidad hay que dar a todos nuestros estudiantes la posibilidad de conseguir una licencia.
La mayor parte de nuestros formadores, desde la filosofía hasta la teología, y de nuestro personal dedicado a la formación permanente en el ámbito del Instituto, continental y regional, se han beneficiado de un periodo más o menos largo de preparación ad hoc. En la mayor parte de los lugares donde nuestros seminarios están situados o donde se realizan actividades de formación permanente, se organizan cursos y encuentros especializados para los responsables de la formación. Dos consejeros del anterior Consejo general estaban especializados en este campo y uno de ellos es ahora el Superior General. Nuestros formadores se encuentran con frecuencia en el ámbito nacional, por lo menos dos veces en el continental durante el sexenio y una vez en el general del Instituto. También los encuentros intercongregacionales entre formadores cuyos estudiantes frecuentan el mismo centro de estudios son frecuentes y muy útiles.
¿Existe un alma formativa en nuestros formadores? Debería existir claramente, porque está bien descrita en la Ratio Formationis de nuestro Instituto. Debemos decir, no obstante, que esa alma formativa generalmente no se expresa siempre con mucho entusiasmo porque hoy la formación, ya difícil en sí misma, es cada vez más un sector duro de nuestra vida. Parece haberse convertido en el campo de batalla de cada Capítulo, de las conferencias regionales, de los encuentros continentales, de las valoraciones periódicas… Por eso, quien acepta servir al Instituto en este sector, lo hace con frecuencia más como deber que con gusto, e intenta abandonarlo cuanto antes para dedicarse al apostolado misionero, más atractivo y menos pesado.
En cuanto al testimonio de vida, alma de la formación, debemos reconocer que en los últimos años no se han registrado casos de escándalo o abandonos llamativos entre los responsables de la formación, y que normalmente los estudiantes y los misioneros en periodo de formación permanente mantienen un recuerdo vivo de los educadores, estiman mucho su actividad y, aunque su testimonio no alcanza la misma intensidad que con el Fundador, sí es apreciada y sigue siendo uno de los recuerdos más gratos de los años de del seminario.

¿Es posible y aconsejable el diálogo formativo con el formador?

En nuestra tradición, como en la de muchos seminarios, había una distinción clara entre el cometido del director/formador y el del padre espiritual. El primero se ocupaba solamente de la vida de la comunidad, de las actividades externas, de la disciplina, mientras que el segundo era responsable de la vida espiritual. El primero estaba condicionado por algunos criterios a menudo subjetivos al presentar a los seminaristas a los colegas, y por una estricta confidencialidad que no permitía ninguna revelación de aquello de que se hablaba en el ámbito de la dirección espiritual. Nuestra Ratio Formationis ha cambiado todo eso. El formador debe interesarse de todos los aspectos de la persona, incluso de los más íntimos y espirituales, y en la medida que considere oportuno e informando de ello a los interesados, revelar con una cierta libertad el contenido del diálogo formativo mantenido con los jóvenes en las relaciones escritas y en los diálogos con los Superiores mayores. De ahí la gran aprensión de muchos misioneros de que el formando no sea abierto, no diga todo y no se sienta libre para hablar por miedo a que sus revelaciones puedan afectar a su futuro en el Instituto. Es una objeción que se advierte especialmente en los países del Sur del mundo. De todo eso se deriva la petición de muchos hermanos de que se vuelva al sistema anterior. El ejemplo del Fundador nos puede ayudar, aun teniendo en cuenta su posición única en la tarea formativa y la gracia de estado con la que el Espíritu Santo le había adornado.
El Fundador se revela en sus cartas como el corazón, la mente, el estratega del proyecto educativo del Instituto. Todo dependía de él. Admitía a los candidatos en el Instituto, los invitaba a emprender otro camino cuando consideraba que era lo mejor, quería que le pusieran al corriente de todo y, sin forzar las conciencias, llegaba a saber todo sobre los candidatos, tanto sobre los padres, como sobre los hermanos y las religiosas. Vimos anteriormente con claridad su modo de administrar sus relaciones con los formandos, los misioneros, los superiores y los asistentes, y cómo se interesaba de todos los aspectos de la vida de cada uno, hasta tomar decisiones sobre su futuro. Algunos misioneros no aceptaron a gusto esta forma de proceder y no escribían, o lo hacían muy raramente y con desgana. Pero la mayor parte se abría a él, le confiaban todo, sabiendo que usaría aquellas informaciones “como un padre” y para su bien.
La experiencia me dice que los dos elementos que hacen que este diálogo formativo funcione bien son la honradez del formando y la paternidad del formador. Quien tiene buena voluntad, quien no quiere esconder nada, quien trata realmente de buscar el propio bien, no se deja influir por el hecho de tener que hablar con el formador, de cuyas valoraciones y relaciones escritas depende luego su futuro, aunque esto pueda suponer una rémora o un freno. El candidato, durante su formación de base, o el misionero, se abren, lo comunican todo, son sinceros y abiertos porque saben que es por su propio bien. Quienes saben que tienen, como suele decirse, esqueletos en el armario o serias lagunas por las que se