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P. Attilio Ravasi PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Gianfranco Graziola   
14.02.2006

1937 - 2005

Hijo de Nazzareno y Maria Stucchi, nació en Bellusco (MI), el 6 de febrero de 1937; entró en el Instituto en 1959; hizo la primera profesión el 2 de octubre de 1965 y fue ordenado sacerdote el 19 de diciembre de 1970. Después de un año como asistente de los jóvenes en Rovereto, parte hacia Kenya, a donde llega en 1972. De 1973 a 1980 realiza trabajos pastorales en la diócesis de Meru, en las misiones de Kanyakine, Amug’enti, Matiri y Gatunga.
En 1981 desempeña tareas de formación y ecónomo en el seminario de Langata. En 1985 vuelve a realizar este trabajo pastoral en Timau. En 1990 es llamado a trabajos de animación misionera en Italia, en la casa de Galatina. A continuación, en 1995, vuelve a Kenya y durante un año trabaja en Mikinduri. Desde 1996 risidía en Nanyuki y tenía cometidos de administrador de la diócesis de Marsabit.
El P. Attilio se nos fue de forma inesperada, improvisa. El martes 12 de abril comenzó a sentirse indispuesto. Fue a descansar a su habitación. Menos mal que estaba el P. Alex, de los Combonianos (el vicario de Marsabit). Esa misma tarde lo llevó al hospital, pero muy pronto se sintió muy grave. El miércoles 13 de abril fue llevado en avión a Nairobi. Eran las dos cuando llegaba y a las seis estaba ya en el cielo. Aunque no lo notó debido a la diabetes que padecía, un infarto mortal de necesidad se lo llevó por delante.
El miércoles por la tarde, en el santuario de la Consolata de Nairobi, se celebró el funeral, presidido por mons. Ambrogio Ravasi, hermano suyo, acompañado por mons. Virgilio Pante y mons. Peter Kihara. Fueron muchos los misioneros y misioneras presentes, así como otros sacerdotes y religiosos de diversas congregaciones.
Sus restos mortales fueron llevados a Italia, a Bellusco, su pueblo natal. El miércoles 20 de abril tuvo lugar el solemne funeral que presidió su hermano, mons. Ambrogio, al tiempo que mons. Silas, obispo emérito de Meru, pronunció la homilía.
La Redacción del Da Casa Madre

Despedida a un amigo
La dolorosa noticia de la muerte improvisa del P. Attilio Ravasi nos entristeció a todos, de manera especial a sus hermanos los misioneros de comunidad y región. Es muy importante en momentos como éstos apelar a nuestra fe en el misterio pascual y renovarla para poder pensar que, puesto que el P. Attilio dio su vida a Jesús, su destino ha sido el mismo Jesús, que es la resurrección y la vida.
Reconocemos que no somos afortunados y que nuestra fe es débil. Esto debe llevarnos a orar: «Seños, aumenta nuestra fe». Estamos seguros de que el Señor, que es bueno y misericordioso, ha llamado al P. Attilio con estas palabras: «Ven, siervo bueno y fiel, entra en el Reino de los cielos».
Siento que tengo el deber de testimoniar la bondad y la fidelidad que caracterizaron el servicio misionero del P. Attilio. Es deber mío, como hermano de la misma familia de la Consolata y como amigo, y los es además porque con él damos gracias a Dios por haberle elegido para la vida misionera, enriqueciendo de este modo a nuestro Instituto y especialmente a nuestra región de Kenya.
No quiero aquí ofrecer una relación detallada de la historia de la vida de nuestro hermano, sino solamente lo que sé porque lo he experimentado a su lado. Comenzó el apostolado misionero en el Meru. No tuvo un primer destino confortable: Gatonga, un destino siempre difícil.
No le fue fácil aprender la lengua local, pero sabía comunicarse con la gente con su apertura y espontaneidad, de modo que nadie tenía dificultades para acercarse a él, ni siquiera los más humildes. Su entusiasmo, su infatigable actividad, su ayuda a los pobres le granjearon inmediatamente un amor espontáneo. Su celo pastoral le llevaba hasta los rincones más remotos de Tharaka. Era realmente un buen pastor en su generosa entrega y en la realización de nuestro carisma de consolación.
Langata, nuestra casa de formación, fue para él un nuevo desafío. En aquellos tiempos la actividad de formación estaba todavía en los albores en la región; era casi un trabajo de pionieros. Su entrega fue total... Recuerdo los centenares de cartas que escribió a los bienhechores pidiéndoles ayudas para el seminario. Luego llegó para él un paréntesis de animación misionera en Italia. Me han dicho que estaba siempre listo y disponible para aceptar cualquier compromiso y que se podía contar con él en cualquier circunstancia.
A su vuelta de Italia fue enviado nuevamente al Meru: Timau y Mikinduri. En Mikinduri fui su sucesor como párroco y os puedo asegurar que no fue una tarea fácil la mía. El hecho de que hubiera sido él tan activo, celoso y popular me obligaba a un trabajo intenso para poder mantener su ritmo de trabajo. Iglesias, escuelas, acueductos: ninguna de estas obras constituía un obstáculo en su trabajo pastoral o en su modo de estar cercano a la gente, especialmente a los más pobres, tanto de los que guardaban fila ante su despacho como de los que encontraba en los poblados.
Era un constructor de paz con su sabiduría y su paciencia, en un ambiente deteriorado por la política y los intereses de clan. Era humilde, no le gustaba figurar, hasta el punto de que los demás misioneros podían condecorarse tranquilamente con lo que él había hecho.
Más tarde fue enviado a Nanyuki como administrador de la diócesis de Marsabit, un trabajo nada fácil. Las necesidades de una diócesis tan vasta, viajar sobre aquellas interminables carreteras tan poco cuidadas, los problemas de las diversas misiones, la batalla cotidiana para conseguir fondos, tener que recibir a tantos visitantes y voluntarios, el seguimiento de los proyectos, la responsabilidad de los hospitales... La lista podría ser infinita, pero él estaba siempre listo para toda clase de servicios.
A veces se confiaba con algunos amigos sobre las dificultades, la falta de gratitud o de estima por parte de algunos, pero sin amargura. Infundía un sentido de seguridad y estaba siempre dispuesto a ofrecer su amistad. Los misioneros que trabajaron con él pueden testimoniarlo mejor que yo. En algunas ocasiones experimenté yo mismo lo dispuesto que estaba a sacrificarse en bien de los demás misioneros y de la región. Son hechos estrictamente confidenciales, pero por los que puedo poner la mano en el fuego.
No hace mucho tiempo que me manifestaba su deseo de volver a realizar un trabajo de pastoral en el Meru. Era algo que deseaba profundamente. Pero Jesús tenía otros planes y todos nosotros sabemos que sus planes son los mejores para nosotros.
Attilio, sabemos que sigues estando a nuestro lado. Ruega por los que lloramos tu ausencia y ruega por nuestra región.
P. Luigi Brambilla

Padre y amigo
Me quedé atónito al recibir la noticia de la muerte de P. Attilio Ravasi, hombre decidido y al mismo tiempo muy comprensivo. Le conocí en los años ’70, en Rovereto, cuando era responsable de nuestro grupo de segunda media. A continuación partió rumbo a Kenya y solamente tuve la satisfacción de volver a verlo en octubre de 1981, con ocasión de la ordenación episcopal de su hermano Ambrogio, obispo de Marsabit.
Al recibir la noticia de su muerte acudieron a mi mente los recuerdos de los años en que fue para nosotros un verdadero padre y amigo. Me parece verle todavía hoy, hablando con alguno de nosotros cuando, dada nuestra edad juvenil, se había armado alguna de las nuestras. Le costaba muchísimo reprender, estar malhumorado, aplicar algún castigo.
Su índole bondadosa no iba muy de acuerdo con las reglas, muchas veces austeras, del seminario y, justamente por eso, alguna vez nosotros lo aprovechábamos para crearle problemas ante el resto del equipo formativo del seminario.
Ahora que nos ha dejado, permanece entre nosotros el recuerdo de su profunda espiritualidad y humanidad. Se trata de recuerdos de quien ha tenido la suerte de conocerlo y lo lleva en su corazón como valioso tesoro.
P. Gianfranco Graziola