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| I. Asamblea Continental África - Abiertos al cambio actual |
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| Escrito por P. Stefano Camerlengo, imc | |
| 07.08.2006 | |
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El XI Capítulo General propuso la celebración de las Asambleas Continentales como un momento de reflexión, intercambio y programación para “introducir-encarnar” el proyecto capitular en los diversos continentes. Se trata para los Misioneros de la Consolata de una novedad, porque hace poco tiempo que hemos sido llamados a pensar en dimensión continental. “El Capítulo reconoce la continentalidad como una realidad importante de nuestra organización” (XI CG n. 100) y de nuestro servicio misionero.
Esta opción tiene un alcance enorme para nuestra familia misionera porque repercute en todos los aspectos fundamentales de nuestro modo de vivir la misión. Significa, en efecto, que estamos avanzando hacia la superación del centralismo y nos estamos abriendo con confianza a profundos cambios en el modo de pensar y de vivir la misión. Las Asambleas Continentales de Europa, África y América nos han señalado caminos nuevos, senderos inexplorados, temas apenas balbuceados, incertidumbres e interrogantes propios de nuestro tiempo. Estos son algunos: 1. Mirar hacia el Sur.
2. El diálogo como camino de la misión. 3. Un estilo nuevo de servicio misionero. 4. La convivencia de las diferencias. 1. Mirar hacia el Sur La realidad de la misión está pasando por un momento de gran transformación en todo el mundo. En los últimos cinco siglos, la historia del cristianismo se ha plasmado de forma inextricable con la de Europa y los pueblos allende el océano de derivación europea, especialmente los de América del Norte. Hasta hace poco tiempo, la mayor parte de los cristianos se encontraba en naciones de población blanca, lo que permitía a los teóricos de turno hablar con complacencia y suficiencia de una civilización “cristiano-europea”. En esta perspectiva, diversos escritores de extracción radical consideraban al cristianismo como el brazo secular del imperialismo occidental. Aún hoy son muchos los que comparten el estereotipo del cristianismo como religión “de Occidente” o del “Norte del mundo”. Se trata de consideraciones que tienden a identificar, más o menos abiertamente, el cristianismo con el mundo de los ricos y de los poderosos que oprimen y hacen pasar hambre al resto del planeta. En el pasado siglo, no obstante, el centro de gravedad del mundo cristiano se ha ido deslizando gradualmente hacia el Sur: África, Asia y América Latina. Y hoy, las más grandes comunidades cristianas del planeta se encuentran en África y en América Latina. Según algunos expertos (cfr., por ejemplo, “La tercera Iglesia”, de Philip Jenkins, o “Una tierra y muchas religiones”, de Paul F. Knittter) esta tendencia continuará y será aún más evidente en los próximos años. Muchos de los países de mayor crecimiento demográfico del mundo son mayoritariamente cristianos o cuentan con minorías cristianas muy consistentes. Es este el motivo de que el cristianismo pueda confiar en el presente siglo con una explosión mundial. Sin embargo, la gran mayoría de los creyentes no es blanca, ni europea, ni euro-americana. Según la acreditada World Christian Encyclopedie, los cristianos son hoy en el mundo unos dos mil millones y representan una tercera parte de la población del planeta. El grupo mayor, que cuenta con unos 560 millones de personas, se encuentra todavía en Europa, pero América Latina tiene ya 480 millones, África 360 millones y Asia 313 millones de cristianos. Si extrapolamos estas cifras y compilamos una proyección para el año 2050, podemos decir que para entonces habrá 2.600 millones de cristianos, de los que 633 millones vivirán en África, 640 millones en América Latina y 460 millones en Asia. Europa, con sus 555 millones, estará en tercer lugar. Si eso sucede, serán África y América Latina las que se disputarán el título de continente más cristiano. Estamos pues asistiendo al final de una época, la del ocaso del cristianismo occidental, mientras se perfila en el horizonte el alba del cristianismo el Sur del mundo. La realidad del cambio es innegable. Se trata de una realidad que ya ha comenzado y seguirá avanzando. Pero solamente ahora nos damos cuenta y apenas se habla de ello. Considero necesario conceder la debida atención a esta tendencia de la formación de un “nuevo cristianismo”, porque, se quiera o no, tendrá una repercusión crucial en las cuestiones mundiales del futuro. Las variaciones de las cantidades numéricas en el mundo cristiano suscitan estupor, pero no es suficiente. Además de la simple variación demográfica, constatamos que son también innumerables los cambios relacionados con la teología y la práctica religiosa. Si hacemos una comparación histórica, comprobaremos que el cristianismo -movimiento fundado en un contexto hebreo y helenista- cambió profundamente cuando se difundió en los territorios germánicos de Europa occidental a comienzos de la Edad Media. Entonces los cristianos europeos interpretaron la fe a través de sus categorías relacionales y sociales, hasta llegar a convencerse de que su específica síntesis cultural era la única versión correcta de la verdad. De hecho, era solamente una interpretación inculturada. Esto quiere decir que, cuando la cristiandad se mueve hacia el Sur, también la expresión religiosa, como resultado de la inmersión en las culturas que la acogen, cambia de forma correspondiente. De ahí la pregunta: ¿Cómo se presentará esta nueva síntesis cristiana? Y, consiguientemente, ¿cómo cambiará la misión? Conocer la evolución actual nos ayuda a afrontar más preparados el futuro sin temer la novedad. África, por ejemplo, expresa valores y mentalidades “diferentes” que podrían realizar un servicio positivo en un mundo al borde del abismo. La batalla por la diversidad cultural supone, en efecto, una batalla por la supervivencia de toda la humanidad. Nuestra relación con África pone en juego la visión misma del mundo: solamente el respeto y la promoción de un verdadero pluralismo del planeta pueden prevenir al hombre de sí mismo y realizar la aspiración universal a la justicia y a la paz. La puesta en juego reside, por consiguiente, en la necesidad de universalizar realmente al planeta. 2. El diálogo interreligioso “El diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (RM 55). La necesidad del diálogo en la evangelización es un imperativo del que no se puede prescindir y que se lleva a cabo de diversas formas: diálogo de vida, de colaboración entre los representantes de las diversas religiones, de doctrina entre especialistas, como intercambio de experiencias espirituales, etc. En relación con todo esto no hay que olvidar que el diálogo interreligioso, para ser creíble, no puede prescindir del contexto humano, social y político donde se desarrolla. Debe pues ser verdadero, no puede quedar relegado a un ámbito intelectual o espiritual separado de la realidad de indigencia o de injusticia en que se encuentran los hermanos donde se actúa. El diálogo interreligioso debe entenderse como “diálogo de acción” y “diálogo de vida” que se desarrolla en lugares concretos, afrontando realidades concretas y para gente muy concreta. Se llama “diálogo interreligioso”, pero en primer lugar es un camino de “ética global” y de “responsabilidad global”. El mundo puede conseguir más paz solamente si las diversas comunidades consiguen ponerse de acuerdo para reconocer una base mínima de valores, normas, principios fundamentales e ideales compartidos. En esta perspectiva, “diálogo” es también trabajar para que las religiones del mundo, en lugar de establecer líneas divisorias entre ellas, afirmen su compromiso en la línea de una justicia más completa, una paz más profunda y una relación más sostenible del ecosistema 3. Un nuevo estilo de servicio misionero Y si cambia el mundo y la sociedad, también la Iglesia cambia. La hegemonía monolítica de Occidente comienza a agrietarse. El camino de la Iglesia posconciliar ha favorecido un cierto pluralismo eclesial: las iglesias particulares de América, África, Asia y Oceanía han adquirido progresivamente mayor peso en la determinación de las líneas de la fe, del magisterio y del gobierno de la Iglesia. Ésta percibe la llamada a lo mundial, al pluralismo cultural, a la diversificación de sus expresiones teológicas, litúrgica y caritativas. A nosotros, como misioneros, se nos pide que anunciemos el Evangelio según esta perspectiva. Por consiguiente, nuestro estilo de predicación debe adoptar el carácter del diálogo, de la inserción y de la inculturación de la Buena Noticia. Y el terreno donde expresamos nuestro servicio debe comprender la opción por los pobres, la lucha por la justicia y por la paz, la defensa de las culturas y el respeto a la integridad de la creación. Debemos renunciar a la cultura “del adversario” para abrirnos a la “cultura del otro”, del hermano al que debemos conocer, respetar, acoger y amar. Todos nosotros, como miembros vivos del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y especialmente como misioneros, vivimos intensamente la realidad del cambio actual. Misioneros de nuestro tiempo, compartimos las contradicciones de la transición de una época. ¿Qué espacio tendrá la Iglesia en una sociedad multicultural y plurirreligiosa, ahora que, terminados para siempre los tiempos de la “cristiandad”, se descubre pobre y desprovista de apoyos, cuando tampoco puede ya contar con privilegios y “partidos católicos” que garanticen sus derechos? Tras la lectura de los signos de los tiempos debemos concluir que la Iglesia se encuentra hoy en estado de purificación. La Iglesia está llamada a ser “levadura”, cuya fuerza no reside en la cantidad, ni en el dinero, ni en el favor de los poderosos, ni en los privilegios, ni en los concordatos. La fuerza del Evangelio son los pobres y la pobreza de la Iglesia, es decir, la Cruz, la Palabra de Dios, la santidad de sus hijos. En estos últimos años las expresiones religiosas del catolicismo se han multiplicado hasta el punto de que una Iglesia de comunión puede parecer irrealizable. El pluralismo incontrolado suscita reacciones de signo contrario, a menudo exageradas, que reclaman un nuevo centralismo romano. El reto consiste entonces en dar con el justo equilibrio entre las exigencias de comunión y de convivialidad por una parte y el pluralismo cultural por otra. También la espiritualidad evoluciona con el paso del tiempo. Resultan necesarios nuevos paradigmas que conduzcan la espiritualidad a superar las fuertes huellas de intimismo y alienación de la historia que la han caracterizado durante mucho tiempo. La nueva espiritualidad, arraigada en la vida de Jesús de Nazaret y en la Palabra de Dios, proclamada, narrada y celebrada en la Iglesia, impulsa al creyente a compartir la vida y la suerte de los pobres, de los marginados y de los oprimidos. Una espiritualidad que no siga este itinerario no es evangélica (cfr. VC 82). 4. La convivialidad de las diferencias Nuestro Instituto, con el impulso de su carisma misionero, extiende su obra a nuevas regiones del mundo. Recibimos el don de nuevos miembros pertenecientes a culturas, razas y pueblos diversos. En cada uno de ellos germina el carisma por obra del Espíritu Santo, un carisma que asume las características de las nuevas culturas. Nos encontramos así en un proceso de fundación permanente o refundación por obra del Espíritu Santo. El fenómeno genera a veces conflictos, tensiones y críticas causados, en algunos, por el miedo a perder la propia identidad y, en otros, por el miedo a intervenciones centralizadoras, basados en impresiones superficiales o informaciones parciales, en nombre de la comunión. Solamente el tiempo, la gradación y el respeto de lo que es fragmentario y provisional permitirán discernir con equilibrio. Solo entonces aparecerá “la gracia del Señor” con todo su encanto. Lo único importante es “perseverar con corazón decidido en el Señor” (He 11,24). Conclusión Ante la complejidad de las situaciones y las ambigüedades de los cambios surgen muchas preguntas, pero nuestras respuestas son pocas y frágiles. Se hace necesario pasar a través de la crisis de la imperfección, de la provisionalidad, de las incertidumbres y de las soluciones parciales. Lo importante es enfocar adecuadamente las cuestiones vitales: “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar”. ¡Feliz camino a todos! |
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| Ultima modificación ( 07.08.2006 ) |
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