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INTRODUCCIÓN
El tema que me dispongo a tratar ha suscitado siempre entre los misioneros fuertes discusiones y debates, en los que no han faltado intercambios de opiniones muy vivas. Las preguntas que al respecto se hacen siempre los misioneros suelen ser las siguientes: ¿Son compatibles estas dos realidades, misión y comunidad, o la una elimina a la otra? ¿Queda espacio para la comunidad en la misión, o para la misión en la comunidad? ¿Qué es más importante, la misión o la comunidad? En caso de conflicto, ¿cuál de las dos debería ceder el sitio a la otra? Antes del Concilio Vaticano II la tendencia normal parecía ser la que daba la precedencia a la comunidad sobre la misión. El Fundador de los Misioneros de la Consolata escribía a los primeros misioneros en 1903 que toda comunidad debía contar por lo menos con tres miembros. En caso de que no se pudiera cumplir esta norma, era preferible cerrar algunas misiones con el fin de observarla . Palabras duras, indudablemente, pero ¿fueron tenidas en cuenta, incluso cuando el Fundador vivía? Las Actas del último Capítulo General de los Misioneros de la Consolata comentan: “Esta norma tuvo desde el principio muchas excepciones y todavía hoy se considera utópica e imposible de realizar” . De hecho, la mayor parte de las misiones dirigidas por Institutos misioneros cuentan con comunidades formadas por dos misioneros, y no es raro encontrarse con misioneros solos. Los Misioneros javerianos, por ejemplo, han incorporado este principio de comunidades formadas por tres personas en su “Ratio Missionis”, pero admiten que encuentran muchas dificultades en su realización . A lo largo de los veinte años posteriores al Concilio, prevaleció la tendencia de dar la prioridad a la misión sobre la comunidad. Se insistía en la misión y no se daba demasiada importancia al número de miembros de las comunidades, a los encuentros para mejorar la vida de comunidad o a la planificación comunitaria de las actividades. Mientras los misioneros estuvieran comprometidos en su misión y produjeran frutos de conversión, de desarrollo, de defensa de los derechos humanos y de la justicia social, serían estimados por todos, por sus propios Institutos y por la Iglesia. Se pensaba, o al menos se esperaba, que si la misión funcionaba bien, antes o después la comunidad discurriría por el mismo camino. Los propios frutos de la misión enriquecerían la vida de comunidad y la harían más eficaz y más santa. Insistir mucho en la comunidad habría parecido puro narcisismo, casi una traición al mandato misionero de ir, predicar, bautizar, perdonar los pecados, anunciar y construir el Reino. En el documento de síntesis de la Unión de los Superiores Generales como preparación al Sínodo sobre la vida consagrada se encuentra una fuerte llamada de atención contra el “protagonismo activo de los religiosos” . También las Actas del último Capítulo General de los Misioneros Combonianos llaman a todos los miembros a la renovación contra “el peligro de ser avasallados por el activismo creciente y por una mentalidad de la eficacia” . Algo comenzó a cambiar a mediados de los años 80. Se trató de un cambio dictado más por la experiencia de los misioneros mismos que por reflexiones teológicas. Los misioneros se dieron cuenta de que algunos de ellos habían terminado perdiendo la fe y el sentido de lo divino, llegando incluso a abandonar su vocación religiosa y sacerdotal. Otros se “quemaron”, se quedaron exhaustos, sin ninguna fuerza interior, hasta el punto de sentirse “sacos vacíos”, como uno de ellos me dijo. La vida misionera había llegado a ser tan compleja y difícil, tan exigente desde el punto de vista psicológico, cultural y religioso, que se experimentaba nueva e intesamente la exigencia de una vida de comunidad significativa, capaz de promover un mejor equilibrio y una misión más sana . La “Ratio Missionis Xavierana” habla muy claramente de esta armonización entre los dos componentes esenciales del carisma misionero-religioso: “Son necesarias interacciones y equilibrio entre comunidad y apostolado, convencidos de que la comunidad es depositaria de la misión, garantía de su verifiacción, de su continuidad y de sus realizaciones. Por otra parte, la comunidad debe ser auténticamente apostólica y organizarse teniendo en cuenta las exigencias del apostolado. El discernimiento comunitario (comunidad local, regional y eclesial) y la comunicación frecuente son los instrumentos de que disponemos para que las diversidades se transformen en riqueza para la misión” .
De este modo los propios misioneros descubrieron la necesidad de armonizar misión y comunidad, aunque refiriéndose diversamente a ellas. La misión fue asumiendo nuevos significados y muchos misioneros comenzaron a adoptar un nuevo estilo de “hacer misión” , y la comunidad fue ampliando su horizonte hasta llegar a incluir no solamente a las comunidades del Instituto al que todo misionero pertenecía, sino también a los demás grupos con los que se asociaba por razones y necesidades específicas .
LA EXPERIENCIA DE LOS MISIONEROS
Si misión y comunidad son requisitos esenciales de nuestra vida religiosa y misionera, debemos también preguntarnos: ¿Cómo son estas dos realidades vividas por los misioneros en la vida de cada día? ¿Se las conjuga armoniosamente o existen tensiones entre ellas? La experiencia común parece afirmar que los misioneros experimentan serias dificultades a la hora de conjuntar estos dos polos de su vida, especialmente cuando se considera a la comunida sólo como un grupito de personas que –canónicamente viven bajo el mismo techo. Algunas dificultades proceden de las diferente personalidad de cada misionero, otras de la naturaleza misma de la vida misionera, algunas más del desarrollo moderno del estilo de vida religiosa y, por último, hay otras que se deben a la propia naturaleza de la comunidad.
1. Dificultades debidas a las diversas personalidades
Toda comunidad está formada por personas de carácter diferente, cuyos trazos son muchas veces opuestos y contradictorios . Esto es causa de tensiones cotidianas, que pesan sobre la vida de comunidad y sobre la actividad misionera, corroe la confianza entre las personas y a veces influye negativamente incluso el respeto que nos debemos unos a otros. El carácter lleva a las personas a actuar de una manera que ellas consideran natural y en la que raramente reconocen una posible fuente de contrastes en la vida de comunidad. Si añadimos a estas diferencias de carácter la diversa formación espiritual e intelectual recibida por los miembros de la comunidad, vemos que aumentan los motivos de contraste. Lo que para uno es casi “materia de fe”, para otro es “simple opinión”; lo que para éste es “una seria cuestión moral”, para aquél no es más que una “afirmación de la Curia Romana”; lo que alguien considera “obediencia ciega a la autoridad”, otro lo considera “incapacidad de pensar con su propia cabeza”; lo que para uno constituye un “abuso en las celebraciones litúrgicas”, para otro es “expresión de creatividad”. Fácilmente podemos imaginar los candentes debates, las profundas sospechas y la desconfinza recíproca a que pueden dar lugar estas situaciones, que inevitablemente repercuten en la vida de comunidad y en la propia actividad misionera . Si comunidad y misión son esenciales para nuestra santidad, y si uno entiende por comunidad solamente nuestro tipo de comunidad, tan sobrecargado de tensión y contrastes, como hemos visto, ¿podrá esa comunidad desarrollar las funciones que debería y que veremos a lo largo de las siguientes líneas de este artículo?
2. Dificultades surgidas de la naturaleza misma de la vida misionera
La comprensión y los elementos de la misión están cambiando tan rápidamente que hasta un misionero equilibrado, con sólidas bases para un ministerio intercultural, puede encontrarse dificultades al tratar de seguir esos cambios, al discernir qué es verdadero fruto del Espíritu y qué es espurio, y al tratar de asumirlos y ponerlos en práctica. El péndulo de la teología de la misión ha oscilado desde interés exclusivo por la salvación de las almas hasta un concepto global de salvación; desde construir la iglesia como institución hasta la formación de comunidades cristianas; desde una misión reservada exclusivamente a los religiosos y sacerdotes hasta una misión ejercitada con otras instituciones, incluidos los laicos; desde la búsqueda de un camino exclusivamente “católico” hasta compartir el camino con otros cristianos y otras religiones; desde el aislamiento hasta el diálogo; desde sólo dar hasta saber intercambiar; desde el desarrollo de las poblaciones hasta el compromiso por la justicia y la paz; desde una Iglesia occidental hasta una Iglesia globalizada, inculturada en los diversos pueblos . Estos y otros cambios parecidos, al dar lugar a divisiones entre los misioneros, han creado división en las propias comunidades locales, en las regionales e incluso en las propias Conferencias o Capítulos Regionales. Los efectos de estos cambios en los misioneros están bien descritos en las Actas del X Capítulo General de los Misioneros de la Consolata: “Muchos misioneros, con inalterable amor a la misión, perciben el valor de lo ‘nuevo’ y quisieran conjugarlo con la tradición, pero no saben cómo hacerlo y oscilan entre una actitud y otra. Algunos recurren instintivamente a la tradición y consideran inoportuno todo discurso de adaptación y renovación apelando a una lectura literal o a una interpretación superada del Evangelio y del Fundador. Otros se encuentran entre los que buscan solamente las novedades y acogen cualquier cambio, sin preguntarse nada sobre su correspondencia con nuestra identidad. Y hay incluso quien no consigue encontrarse, sufre en silencio, se retira del escenario y crea bolsas de aislamiento, indiferencia o mediocridad que influyen negativamente en la comunidad” . Es evidente que todo esto tiene un influjo en nuestras comunidades, hace más difícil su vida y complica las relaciones. ¿Puede un único tipo de comunidad satisfacer todas las necesidades de los misioneros y ser una ayuda para su crecimiento y su ministerio? A mi parecer, de ningún modo.
3. Dificultades derivadas de la internacionalidad
En los últimos treinta años, la mayor parte de las Regiones y comunidades misioneras se han internacionalizado . Y esto es aún más evidente en las Regiones con pocos misioneros. Los catorce misioneros de la Consolata de Venezuela, por ejemplo, pertenecen a siete nacionalidades diferentes; los diez de Costa de Marfil a cuatro, y los diez de Corea a seis. Es evidente que tal situación repercute en el ámbito local, donde podemos encontrar comunidades de tres misioneros pertenecientes a tres nacionalidades diferentes. La internacionalidad puede sin duda enriquecer a una comunidad, como nos recuerda el propio Capítulo General de los Misioneros de la Consolata: “La internacionalidad de nuestras comunidades expresa la catolicidad de la Iglesia y la hace visible..., anticipa la realización del Reino futuro..., testimonia que es posible vivir en fraternidad, superando toda barrera racial, cultural, social..., cumple más perfectamente la tarea de promover y realizar la comunión como valor del Evangelio” . Raramente, sin embargo, llega a ser todo esto una realidad. La internacionalidad suele más bien provocar frecuentemente malhumor en los misioneros, hace que uno tenga una percepción distorsionada del otro y crea conflictos. Los valores culturales son diferentes y muchas veces no se comprenden; las diversas actitudes culturales se juzgan mal y se condenan; los esfuerzos de inculturación se toman como extravagancias de alguno. En estos casos se oye decir alguna vez sobre los misioneros: “Son hiperactivos”, o “Son perezosos”, “Esos quieren cambiar el Instituto”, “Aquellos, ni se mueven”, “No quieren dejar el poder”, “Son todavía muy jóvenes como para guiar el Instituto”... El Capítulo de los Misioneros de la Consolata analiza más a fondo este fenómeno y afirma: “Dada nuestra internacionalidad, el esfuerzo de la inculturación no se limita a las culturas tradicionales, indígenas o distantes de la original de cada uno. Está implicado en ella también el mundo occidental y cuestiona a los nacidos en éste como a los que se insertan en él por la razón que sea... Especialmente cuando nos comunicamos con los jóvenes, nos damos cuenta de que con nuestros conceptos, nuestras palabras e incluso nuestros testimonios no conseguimos comunicar, de que hablamos lenguajes diferentes...” . El Capítulo General del PIME se refiere al enriquecimiento que la internacionalidad puede llevar a una comunidad, pero también a las enormes dificultades que los miembros de esas comunidades tienen, cuando escribe: “La evangelización, hecha como servicio de comunión, en iglesias encarnadas en diverso contexto social y por personas de diferentes naciones, culturas y situaciones eclesiales, sitúa a cada uno frente profundas exigencias de kenosis y apertura ante la comunidad eclesial de llegada y ante los hermanos. La formación a la internacionalidad consigue sus efectos cuando desciende a la profundidad de la persona y la hace capaz de un despojamiento radical de sí mismo en favor de una apertura real y serena para acoger a todos” .
Concluyendo esta sección, hagámonos una vez más la misma pregunta, a escala más amplia: “Si todas las comunidades religiosas y misioneras experimentan las mismas tensiones y dificultades, ¿podrán ellas solas realizar con los misioneros todo lo que se considera que una comunidad debe hacer?”. En otras palabras: “¿Pueden encontrar los misioneros en esas comunidades, y sólo en ellas, todos los medios necesarios para su crecimiento humano, psicológico, espiritual, religioso y ministerial? ¿Podrán expresar en ellas libremente sus problemas y necesidades y comunicarse entre ellos con total apertura y profundidad? ¿Pueden esperar encontrar comprensión y aceptación en su búsqueda de identidad en comunidades llenas de tensiones, incomprensiones, prejuicios nacionalistas e incluso de raza? ¿O deberían los misioneros tratar de dar los mejor de sí mismos, lealmente, a su comunidad canónica de pertenencia , pudiendo al mismo tiempo buscar en otros sitios otras comunidades que realicen para ellos otras funciones que no consiguen en su comunidad de pertenencia?”. Antes de responder a estas preguntas quiero repasar brevemente conceptos como la naturaleza de la comunidad y volver al ejemplo de Jesús para conseguir inspiración y justificaciones a la tesis que presentaré en la parte final de este artículo.
NATURALEZA DE LA COMUNIDAD
Mucho se ha escrito sobre la vida de comunidad. Hay libros muy conocidos, como los de Amedeo Cencini o los de Fabio Ciardi . O trabajos preparados por las Asambleas de la Unión de los Superiores Generales . Son textos en los que se presenta de manera ideal la vida de comunidad, y sobre todo que no toman en consideración el tema que estamos discutiendo aquí. Tales trabajos promueven la comunidad “canónica”, pero no dicen ni una palabra sobre qué hacer cuando una comunidad no consigue desarrollar las funciones de la vida de comunidad. Un libro más realista sobre este tema es el de Jean Vanier . De todos modos, es útil tratar de sintetizar, aunque sea brevemente, las características de la vida de comunidad, a fin de tenerlas presentes cuando preguntamos: ¿Puede una comunidad sola ofrecer posibilidades reales de crecimiento personal, ministerial, profesional y religioso en tierras de misión? Hay tres modelos constitutivos de comunidad religiosa: el modelo antropológico, el modelo teológico y el modelo eclesial . Cada uno de ellos propone elevados criterios de vida. El modelo antropológico exige que un religioso, como cualquier otro ser humano, esté abierto a la relación interpersonal. “El Dios creador que se reveló como Autor, Trinidad y comunión ha llamado al hombre a entrar en relación íntima con él y a la comunión interpersonal, es decir, a la fraternidad universal” . El modelo teológico lleva la vida de comunidad al seno mismo de la Trinidad: “La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la historia los dones de la comunión que son propios de las tres Personas divinas” . El modelo eclesial trata de “integrar tendencias opuestas, como el estímulo ad intra y ad extra (comunión y misión), la realización tanto del individuo como de la comunidad, la libertad personal y la construcción de la fraternidad, oración y misión...” . Veamos pues lo elevado de los ideales de la vida de comunidad y lo difícil que resulta sólo el acercarse a una realización práctica de los mismos. Por otra parte, podemos ver la vida de comunidad desde un punto de vista muy pragmático, consiguiendo de este modo llegar a las mismas conclusiones. La vida de comunidad es un espacio en el que algunas personas viven juntas, comparten con otras lo que poseen, rezan juntas, preparan el Proyecto comunitario de vida y el Proyecto de misión que pretenden realizar. Su vida está orientada por las Constituciones y el Directorio General, los superiores ejercen en ellas algunas funciones de animación, coordinación y control, y la visita canónica hace una revisión de la situación y sugiere correcciones. Pero la vida de comunidad es especialmente un estilo de vida, un modo de vivir donde Dios es el Absoluto, único objeto del amor y de la atención de los miembros; donde Jesús es el Hermano y todos se sienten hermanos con Él; donde cada aspecto de la persona encuentra un ambiente apto para crecer; donde la corrección fraterna y la ayuda mutua se ofrecen y acogen normalmente; donde habitualmente reina la alegría y la felicidad; donde la comunicación de bienes materiales, psicológicos y espirituales enriquece a los miembros; donde la misión compartida se convierte en fuerza que guía a la comunidad; donde la hospitalidad se practica con elegancia y amabilidad; donde el diálogo es el camino normal para resolver discrepancias y diversidades; donde el corazón humano puede sentirse libre y amado y donde todas sus necesidades son colmadas . “Hoy más que nunca, la comunidad religiosa está llamada a ser ‘signo de fraternidad’... Por eso la fraternidad religiosa debe ser vivida de forma plena y radical, pero también visible y atractiva. La comunidad debe saber decir que es posible vivir unidos en la diversidad, crecer y santificarse juntos; debe testimoniar que no sólo es posible, sino que es hermoso compartir trabajo y habitación, alegrías y preocupaciones, afectos y amistades, oraciones y Palabra, dones de naturaleza y del Espíritu” . No podían escribirse palabras más hermosas. ¿Pero corresponde nuestra experiencia de comunidad realmente a estas descripciones? ¿Hemos experimentado de veras alguna vez en nuestra vida misionera este tipo de comunidad? En mis cincuenta años de vida de comunidad, treinta de ellos transcurridos en contacto con misioneros de todos los Institutos y nacionalidades, muchas veces hice esta pregunta. La respuesta fue que sería muy hermoso tener esa experiencia, pero que es enormemente difícil, o bien prácticamente imposible, especialmente en la vida misionera, por las razones que señalábamos anteriormente. ¡Cuántas veces he oído decir a alguno de nuestros misioneros: No llevéis aspirantes a esta o aquella comunidad porque se escandalizarían! Y también: No traigáis laicos a nuestra comunidad, porque se desilusionarían ante lo que podrían ver. Esto no quiere decir que los misioneros sean malos o que no se interesen de la comunidad religiosa, sino que simplemente las condiciones de las comunidades religiosas en tierras de misión son tan precarias, tan difíciles, que la existencia de comunidades ideales, como las descritas anteriormente, es prácticamente imposible. Las palabras que dice Cencini sobre las dificultades que las comunidades religiosas encuentran son aún más aplicables a las comunidades misioneras. “Quizá la comunidad es el lugar donde realmente ciertos límites son aún más solicitados y provocados y donde la vulnerabilidad se hace aún más visible y a veces amenazadora. La vida de comunidad es una revelación penosísima, muchas veces inesperada, de las debilidades y de las tinieblas personales, de los ‘monstruos’ escondidos en nosotros, es el lugar donde se descubre la profunda herida del propio ser y donde se aprende a aceptarla” .
LA EXPERIENCIA DE COMUNIDAD DE JESÚS
Una lectura, aunque sea superficial, del Evangelio nos revela que Jesús era una persona muy sociable. Pertenecía a diversos grupos, en los que conseguía fuerza, apoyo e intimidad, que luego le servían en el ministerio con las necesidades de la gente, a la que Él acogía siempre con la mayor cordialidad, incluso cuando sentía dificultades.
1. Jesús era muy sociable y amable
Jesús fue amigo de todos y no excluyó nunca a nadie de su amistad (Mt 12,48-50). Se sentía a gusto con los niños, que instintivamente acudían en tropel hacia Él (Mt 18,2; 19,13-15; Lc 18,16-17); sentía compasión de los pobres, de los abandonados y de los marginados (Mc 1,29-39) y de todos los que sufrían (Lc 7,11-17); sabía estar en compañía de hombres y mujeres (Lc 8,1-3; Jn 4); visitaba a los que eran vistos como pecadores y comía con ellos y hasta les invitó a ser discípulos suyos (Mt 8, 9-13). La gente le consideraba un hombre extraordinario, pero no tenía miedo de estar junto a Él, de tocarle, de acercarse (Lc 6,19). Jesús era una persona sociable y encontró en la gente algo de la alegría, de la fuerza y la madurez humana que le caracterizaban (Jn 2,1-12). Este camino, que comenzó en el seno de su familia (Lc 2,39-40.51), le llevó a estar rodeado de la gente durante su vida pública. La amistad normal era un momento de gracia y todas las personas que le seguían eran para Él instrumentos del amor de Dios, del mismo modo que Él lo era para ellas (Jn 2,11-13).
2. Jesús era miembro de una comunidad evangelizadora
Jesús escogió entre sus seguidores a setenta y dos discípulos a quines mantuvo más próximos a Él, les envió en misiones de evangelización después de haberles instruido, escuchó su relato cuando volvieron, corrigió algún detalle de su comportamiento y compartió con ellos de manera más profunda algunos de sus principios fundamentales de acción (Lc 10, 1-21). Jesús es más abierto, más directo y más cercano con este grupo que con el resto de la gente. Era un grupo numeroso, pero no como para impedirle algún que otro vínculo de intimidad, una comunicación más profunda, un modo de considerarles cercanos a la misión que había recibido del Padre. En términos modernos, podríamos llamarlos afiliados, agregados, voluntarios a tiempo parcial, personas que no han recibido la llamada a ser plenamente miembros de los Institutos misioneros, o no pueden comprometerse de por vida porque tienen otros compromisos, pero sí están influidos por el carisma de todo Instituto, por su espiritualidad, y desean participar en la medida de lo posible en ciertas actividades de estos Institutos.
3. Jesús era miembro de la comunidad de los Doce, su comunidad de pertenencia
Entre todos sus discípulos, Jesús eligió a doce hombres a los que llamó apóstoles (Mc 3,13-19) y que se convirtieron en la comunidad normal de su vida y de su ministerio (Lc 6,12-18). Vivió con ellos constantemente, les instruyó en todos los secretos de su vida y su misión (Mt 10,5-15), compartió con ellos todas sus actividades (Hechos 1,21-22). Les dio sus mismos poderes (Mt 10,1; 28,18-20) y compartió con ellos su vida de manera mucho más profunda que con cualquier otro (Mc 4,33-34). Los constituyó amigos y colaboradores suyos (Lc 9,16) y viajaba constantemente con ellos. Eran la “familia ensanchada” de Jesús, su comunidad de pertenencia, los testigos de todo lo que Él hizo, de las luchas, éxitos y derrotas, de los momentos hermosos y duros (Lc 10,23-24). Eran parte de Él, como Él era parte de ellos. El lazo de amistad entre Jesús y los apóstoles fue profundo y la confianza mutua tan fuerte que Jesús pudo tranquilamente reprenderles (Mt 16,5-11), del mismo modo que ellos podían dirigirle preguntas difíciles y Él podía darles respuestas duras (Mt 16,22-23). Jesús tenía incluso entre los propios apóstoles a tres con los que trataba de forma aún más profunda y a los que les hizo el don de ser testigos de algunas experiencias-límite de su vida, como la transfiguración (Lc 9,28-36) y la oración en el huerto de los olivos (Mc 14,32-41).
4. Jesús era miembro de una comunidad mixta
También las mujeres forman parte de la vida y del ministerio de Jesús. Con frecuencia las cura (Lc 13,10-13; Mt 8,14-15; 9,18-26), las alaba en público por sus buenas obras (Lc 21,1-4), se siente a gusto con ellas y no tiene ninguna dificultad para tratar con ellas, incluso en ámbito privado, a pesar de la sorpresa de los apóstoles (Jn 4,1-27). Pero Jesús es algo más que un amigo de las mujeres. En las comunidades de las que Jesús forma parte no solamente hay hombres, sino también muejeres (Lc 8,1.3). Las mujeres son miembros activos en ellas, excepcionales por su fidelidad, fuertes en los momentos de sufrimiento (Lc 23,54; Jn 19,25), generosas con sus bienes (Lc 8,3). Las mujeres siguen a Jesús como los apóstoles, fueron instruidas por Él como ellos y en general se convirtieron en una presencia importante. Quizá estuvieran inspiradas a seguir a Jesús y a entrar en relación con Él por su Madre. María está constantemente presente en medio de las mujeres y su nombre se menciona expresamente casi siempre que el Evangelio habla de las mujeres, probablemente como modelo e inspiración de ellas. Esta comunidad mixta añadió indudablemente algo especial a la vida de Jesús y a su comprensión de las relaciones y los comportamientos humanos. No cabe duda de que su personalidad tiene las características de un individuo que ha conseguido unificar armoniosamente lo masculino y lo femenino: es fuerte y gentil, afable y exigente, extrovertido e introvertido, activo y contemplativo, un soñador y un realista, totalmente comprometido en el presente pero al mismo tiempo capaz de trascenderlo, reflexivo y amable, amigo de todos y simultáneamente capaz de amistades particulares, sin excluir a nadie en sus preferencias notables, hasta el punto de provocar alguna reacción a su alrededor (Mc 10,41).
5. Jesús era miembro de una comunidad íntima
Jesús era realmente un ser humano y por eso tenía necesidad de alguien diera satisfacción a sus necesidades emocionales. Encontró respuesta en los miembros de la familia de Lázaro. María, Marta y Lázaro se convirtieron en su familia íntima, un espacio donde relajarse, descansar, amar y ser amado. Con estas tres personas Jesús podía sentirse libre para descargar todas sus preocupaciones, problemas y dificultades, seguro de encontrar en ellas una respuesta solidaria. Estas personas podían acercarse libremente, tratarle como si fuera uno de ellos, tocarle y reír con Él. Jesús se sentía libre incluso para reprenderles dulcemente, como ellos hacían con él (Lc 10, 38-42; Jn 12, 1-3). Es una maravillosa historia humana de personas que están unidas porque se aman unas a otras de verdad y a travées de ese amor encuentran consuelo, fuerza y alegría para sus vidas. Son capaces de llorar de amor, de pedir cosas que sólo el amor puede sugerir, de acoger respuestas que sólo el amor puede dar, de creer por encima de los límites humanos (Jn 11, 1-44). No me sorprende que una de las últimas películas de la TV sobre Jesús haya subrayado tan intensamente este aspecto de su vida. Aunque luego se haya exagerado al presentar la relación de Jesús con María hasta el punto de convertirla en un amor romántico, que es tema que cabe discutir. Pero no cabe duda de que los evangelios han puesto algunas bases para este tipo de interpretación por la forma como describen la relación de Jesús con esta familia y con esta mujer.
Concluyendo esta parte del artículo podemos deducir, en base a los textos del Evangelio, algunas conclusiones de gran importancia para nuestra tesis. En la vida de Jrsús, comunidad y misión se incluyen mutuamente, y en modo alguno se excluyen. Jesús hace de la misión y de la comunidad dos elementos constitutivos del discípulo, del mismo modo que son ellos constitutivos de su propia vida. Jesús es llamado y enviado; construye la vida comunitaria y ejercita la misión al mismo tiempo; está con los miembros de la comunidad, ora con ellos, discute los problemas con ellos, planifica y trabaja con ellos; juntos evangelizan, curan, ayudan. Es Él quien pide a sus discípulos que vigilen en oración en la “habitación superior” cuando esperaa al Espíritu Santo para poder comenzar bien la misión. Los discípulos siguieron reuniéndose para partir el pan y salir nuevamente a evangelizar y hacer misión. Y las mujeres también estaban presentes. Si la comunidad tiene para Jesús y sus discípulos un carácter constitutivo, nos podemos preguntar: ¿Qué tipo de comunidad? ¿Es solamente una comunidad o son varias? La respuesta del Evangelio me parece clara: Jesús eligió formar parte de varias comunidades. ¿No podría ser esa también la elección de sus discípulos a lo largo de los siglos? Jesús resuelve la cuestión comunidad-misión no con una solución de “o esto... o aquello”, sino de “esto... y aquello”.
CÓMO APLICAR ESTOS MODELOS A NUESTRAS SITUACIONES
Dada la necesidad de preservar tanto la comunión como la misión, vistas las dificultades de combinarlas juntas cuando se insiste en la pertenencia a una única comunidad y considerando el ejemplo de Jesús, que perteneció a varias comunidades y con todas ellas practicó la misión, recibiendo su ayuda para todas sus necesidades, nos preguntamos ahora si este ejemplo puede servir de inspiración, de tal modo que, siguiéndolo, podamos llegar tmbién nosotros a su misma altura de vida de comunidad y de actividad misionera. Tratemos de repasar brevemente los tipos de comunidad que están abiertos ante nosotros y que podrían llevarnos a crear en nuestra vida la misma armonía entre comunidad y misión que hubo en la vida de Jesús.
1. Nuestra comunidad religiosa
Los misioneros somos miembros de una comunidad “canónica”. Es el primer tipo de comunidad que debe concernirnos, y con ella estamos llamados a hacer el mayor esfuerzo para que se convierta en la mejor posible. Nuestra primera lealtad se la debemos a los hermanos y hermanas que tienen la misma vocación, en la misma familia y con el mismo espíritu del Fundador/Fundadora. La falta de interés activo hacia esta comunidad o la falta de un compromiso serio en su favor haría inútil cualquier otro esfuerzo para ser miembros de otras comunidades. Todo intento de sustituir esta comunidad canónica con otros grupos sería una traición al compromiso asumido, sellado con nuestra profesión religiosa o con el juramento de vida de comunidad. Si esta comunidad satisface nuestras necesidades y es capaz de sostener nuestros mejores esfuerzos en el trabajo misionero, debemos mantenernos totalmente fieles a ella y hacer que sea la única, o al menos la más querida para nosotros, nuestra comunidad de pertenencia. Aun cuando consideremos que esta comunidad canónica no pueda expresar todos los cometidos descritos anteriormente, debemos no obstante poner en práctica todo lo que las Constituciones nos piden, con alegría y fidelidad, como es orar juntos, elaborar el PCV, mantener relaciones cordiales con los demás hermanos/hermanas, hacer las eventuales revisiones de nuestra vida de comunidad... Y una vez hecho todo esto podremos sentirnos libres para formar parte de otras comunidades que completen las tareas o la influencia de nuestra comunidad, aunque no la sustituyan.
2. Otras comunidades
• Basadas en necesidades espirituales
Todos los misioneros tienen una espiritualidad que el respectivo Fundador vivió y desarrolló para cada Instituto desde su experiencia y la de los primeros miembros. Desgraciadamente, por una u otra razón, algunos elementos de aquella espiritualidad no están bien desarrollados en determinadas comunidades, a pesar de esfuerzos como la devoción mariana, la vida de oración, el espíritu de familia, etc. Los miembros de las comunidades donde éstos u otros elementos espirituales están debidamente desarrollados, se pueden sentir llamados a la realización más profunda de algún aspecto particular de la respectiva espiritualidad, y por tanto deberían sentirse libres para incorporarse a grupos o movimientos que desarrollen ese aspecto particular. Todos los hermanos/hermanas tienen derecho a contar con los medios mejores para desarrollar/practicar los aspectos de la espiritualidad propia del Instituto. Si estos medios son escasos en una comunidad determinada, un miembro tiene la responsabilidad de buscarlos en otro sitio. Sabemos que algunos misioneros nutren su espíritu de familia en la fuente del Movimiento de los Focolari o la devoción mariana en las fuentes de de los Monfortianos, o la libertad y el gozo del Espíritu en los Movimientos Carismáticos. A veces se hacen comentarios negativos sobre ellos y se les ve como desertores del espíritu del Instituto. Por el contrario, ¿no deberíamos apoyar sus esfuerzos para ser mejores misioneros del propio Instituto mediante una profundización de elementos constitutivos de su espiritualidad que no consiguen encontrar suficientemente en sus comunidades?
• Basadas en necesidades ministriales
Los misioneros están implicados en un cúmulo de actividades y realizan muchos servicios. Durante un período, no hace mucho tiempo, desplegaban todos los ministerios propios de una Iglesia. Gracias a Dios, ahora hay variedad y abundancia de ministros y ministerios, ordenados y no ordenados, religiosos y laicos, jóvenes y adultos, especializados y no especializados, a tiempo pleno o a tiempo parcial. Todos los Capítulos Generales recientes de los Institutos misioneros hacen alusión a este cambio radical de la base ministerial de la misión de nuestros días y todos apelan a los miembros para que hagan sitio en la comunidad ministerial a estos nuevos agentes de la misión . La misión es impulsada a través de estos ministerios y su respectivo carisma. Todos estos ministros necesitan planificar las actividades juntos, orar juntos, hacer una revisión de su trabajo y apoyarse mutuamente. En otras palabras, necesitan una comunidad construida alrededor de las necesidades de una vida y una actividad ministerial. La fragmentación de los ministerios lleva al caos, mientras que la cooperación en la complemenariedad genera confianza, energía y eficacia. Los misioneros pueden promover el establecimiento de comunidades formadas por los ministros y ser parte ellos de las mismas. Los misioneros, en efecto, alimentan la vida de los ministros, promueven su crecimiento en el servicio, se concentran en el común denominador de la actividad ministerial. El tiempo en que los ministerios se basaban especialmente, si no exclusivamente, en una preparación intelectual que daban prestigio y una posición de superioridad a los ministros, haciendo de ellos los únicos líderes de la comunidad, ha pasado. Ha llegado el tiempo de apoyar a los ministerios en los carismas, en la llamada del Espíritu a ofrecer un determinado servicio. De este modo, todos los ministros son iguales, pueden aprender los unos de los otros y estimular asimismo su crecimiento mutuo. El último Capítulo nos lo recordaba y nos pedía que formáramos estas “comunidades apostólicas”. “Para el Fundador, la misión se confía a una ‘comunidad apostólica, que incluye a todos los agentes de la pastoral. Su ‘proyecto misionero’ avanza por el camino real de la comunión entre quienes están comprometidos en las diversas actividades. De ahí la necesidad de discernir juntos la realidad, programar lo que debe hacerse y verificar su realización... Esta comunión se extiende a las Misioneras de la Consolata, a los laicos IMC, a los agregados, a los colaboradores, a los catequistas y a los miembros más sensibles y activos de las comunidades cristianas” . Las mismas Constituciones nos lo recomiendan: “Queremos distinguirnos por la capacidad de trabajar en el apostolado con espíritu de comunión y corresponsabilidad entre nosotros y con las demás fuerzas pastorales, teniendo como punto de referencia el plan y los criterios operativos de la Iglesia local. El compromiso pastoral debe ser objeto de discernimiento, programación y evaluación comunitaria” . Los misioneros, renunciando al propio complejo de superioridad y reconociendo el carisma, allí donde sea suscitado por el Espíritu, pueden ser miembros de estas comunidades, participar en su vida y programación como iguales, aprender de los demás y contribuir en beneficio de ellos en la misma medida. De este modo podrán mejorar continuamente su espiritualidad ministerial y el rendimiento en el servicio que se les pide, sí como encontrar en estas comunidades una ayuda adecuada para su ministerio. Debemos añadir una palabra sobre las comunidades formadas por miembros que comparten el mismo ministerio como profesores, directores espirituales, formadores, etc. Éstos no pueden benficiarse de la aportación de la variedad de los carismas, pero sí pueden profundizar en el carisma común encontrándose periódicamente, compartiendo las últimas novedades en el campo profesional y desarrollando un tipo de relación que los enriquece en su servicio.
• Basadas en la participación de hombres y mujeres
Las comunidades formadas sólo por hombres o sólo por mujeres son hoy en día casi exclusivamente las religiosas. La mayor parte de las demás comunidades incluyen a unos y otras. La presencia de los dos sexos ofrece una oportunidad única para el enriquecimiento mutuo. En la interacción de hombres y mujeres encotramos la mejor ocasión para convertirnos en el tipo de persona andrógena que la sociedad moderna necesita. Los hombres aprenderán a superar su machismo, su sentido de superioridad, la tendencia innata a situarse en puestos de mando y a crecer en la delicadeza de los sentimientos, en el deseo de compartir y en la necesidad de dependencia, para corregir así su personalidad y enriquecerla. Las mujeres aprenderán a superar su sentido de dependencia y subordinación, a ser más seguras de sí mismas en los encuentros y sesiones de planificación y más libres en la expresión de sí mismas. Cada uno necesita creer en el otro, fiarse del otro, escuchar con mente y corazón abiertos lo que el otro tiene que decir, unir armoniosamente lo masculino y lo femenino con el fin de desarrollar una personalidad que sea fuerte y gentil, activa y contemplativa, agresiva y receptiva, extrovertida e interior al mismo tiempo. Una comunidad mixta como ésta puede ser la mejor escuela para un ministerio y una vida integrados. Institutos masculinos y femeninos que tienen un mismo Fundador y un mismo espíritu y que además trabajan pastoralmente en las mismas parroquias/misiones o instituciones, deberían proveer a sus candidatos de programas conjuntos para integrar con ellos los mejores rasgos de ambos sexos y para ser capaces de vivir y cooperar armoniosamente en su futuro apostolado. También debería existir para los respectivos miembros ancianos la posibilidad, a través de adecuados medios de formación permanente, de conseguir los mismos resultados. Muchas situaciones trágicas podrían ser evitadas y se podría ofrecer un mejor testimonio de comunión y apostolado desde la unidad a sociedades divididas en tribus, clases, castas, etc., que tienen una necesidad extrema de contar con modelos de comunión entre personas de sexo diferente. Muchos misioneros que se han comprometido a recorrer este camino han experimentado una gran libertad en su apostolado, un gran crecimiento en su madurez psicológica y espiritual y especialmente el gozo profundo de redescubrir a unos y otras y convertirse en canales de la gracia los unos o las unas para los otros o las otras.
• Basadas en la necesidad de intimidad
Intimidad es la proximidad establecida entre dos miembros de un grupo que permite a cada uno de ellos sintonizar desde lo más profundo del corazón, llorar cuando la situación es dolorosa, reír cuando las cosas van bien, ser abiertos a las expresiones normales de amor y solidaridad, sentir ese vínculo de amor que une los corazones y los caldea. La intimidad es lo que convierte a una comunidad en familia, en hogar, en la propia casa. Intimidad es lo que ayuda a las personas a acogerse entre sí tal como son, estimulando el crecimiento de todos sin provocar el miedo a manifestarse tal como es cada cual, con sus defectos, límites y hasta pecados. La intimidad alivia el dolor, refresca del calor del camino, estimula a cada uno a ser mejor. Esta intimidad existe entre los miembros de un grupo y no debe confundirse con el tipo de intimidad que se desarrolla entre dos personas de sexo diverso y que no tomamos aquí en consideración. La intimidad de la que hablamos aquí se desarrolla por lo menos entre tres o más personas; se expresa dentro del propio grupo; es la manifestación del amor, de la confianza y de la confidencia que existe entre sus miembros. Una comunidad así puede convertirse en una necesidad en tierras de misión, donde la soledad es la norma, donde las comunidades cuentan con dos o tres mimebros del mismo Instituto y del mismo sexo y normalmente no dejan mucho espacio a la intimidad. En comunidades así, habitualmente la vida se mezcla con las actividades, surgen cada día fricciones y diferencias que tienden a dividir más que a unir, a herir a las personas más que a ayudarlas a curarse. ¿Cómo puede una persona realizar bien su misión si no consigue expresar los propios sentimientos libremente, si no puede confesar los propios miedos y sentir que las propias ansiedades son asumidas y llevadas conjuntamente por el resto de la comunidad? Una comunidad de intimidad sirve justamente para esto. Y sin una comunidad estructurada así las consecuenias podrían ser graves. Una persona podría concentrarse en sí misma hasta el punto de convertirse en un misántropo, o buscar el afecto en alguna otra persona, con las posibles consecuencias que todos conocemos, o sufrir algún tipo de agotamiento nervioso... Cuando fui a Kenya por segunda vez en 1985 me encontré con un amigo muy querido con quien había trabajado durante algunos años en Estados Unidos. Le había conocido como una persona brillante, responsable y esmerado en su trabajo, un organizador nato, un misionero entusiasta. Al verle ahora me di cuenta que no era el mismo. Abúlico, ausente, medroso, desilusionado de todo y de todos, amargado y cáustico. Alguna semana más tarde fue llevado al hospital a casua dse un grave agotamiento nervioso. Le visité y le pregunté qué había sucedido. Me respondió que no tenía a nadie con quien hablar, compartir, expresar sus sentimientos, hasta que terminó por explotar. Volvió a su país, pasó de uno a otro psiquiatra, de uno a otro hospital, pero ya no consiguió a ser el mismo. Esta experiencia sonó en mí como un aldabonazo. Hablé del tema con otros amigos, reflexionamos sobre este tipo de situaciónes y decidimos formar un grupo que se reunía una vez al mes, un domingo por la tarde. Orábamos juntos, ponímos en común nuestra experiencia de vida, nuestras preocupaciones y alegrías, nuestras luchas y las contrariedades que cada uno sufría dentro de su comunidad o en el ministerio. A veces abrazábamos a quien se echaba a llorar, bromeábamos con alguno que parecía excesivamente serio u orábamos por quien se encontraba en alguna necesidad especial. Por la noche compartíamnos alguna cosa para cenar y a continuación seguíamos reunidos y tratábamos de acompañar a quien pasaba por momentos especiales de dificultad, lo que a todos nos ayudaba. Los lazos de amistad creados en aquel grupo se mantienen todavía hoy, seguimos escribiéndonos, nos visitamos cuando podemos y nos ayudamos mutuamente. El grupo nos ha servido para seguir adelante, para ser felices, para comprometernos, para mantenernos íntegros y santos en nuestra vida.
CONCLUSIÓN
Esta reflexión sobre comunidad y misión nos ha llevado a la conclusión de que las dos realidades deben estar presentes en la vida del religioso-misionero, y no como alternativa una de otra, sino integradas ambas. Separarla sería ir contra la enseñanza y el ejemplo de Jesús y de los Fundadores de Institutos Misioneros, que han insistido siempre en la integración de las dos. La experiencia cotidiana de misioneros que intentan armonizar la vida de comunidad con la vida de la misión nos dice que es una tarea muy dídicl, e incluso imposible. Las comunidades de misión son generalmente muy pequeñas y diversos los caracteres de las personas. Por otra parte, los contrastes que se producen al vivir y trabajar juntos hacen difícil orar bien, ser abiertos y compartirlo todo debidamente. Las comunidades de misión no consiguen satisfacer todos las necesidades de las personas, por más que se les pida que lo hagan. Una comunidad es, en efecto, un grupo de personas que se reúnen apretadamente para alcanzar la santidad, para ofrecer servicios de la mejor manera posible y para satisfacer las necesidades de cada miembro. Esto, evidentemente, no lo puede conseguir una comunidad sola. Los misioneros tienen, por consiguiente, la necesidad de participar en comunidades diferentes, cada de las cuales ayudará a crecer en una de las diferentes áreas de su vida religiosa-espiritual y de su ministerio y en la satisfacción de las necesidades básicas de la persona. Ampliando el horizonte de la comunidad y aceptando formar parte de una multiplicidad de comunidades diversas, hay más posibilidades de que los misioneros armonicen los dos polos de su vida y sean fieles a cada uno de ellos. Los misioneros debemos ser creativos de alguna manera para afrontar esta cuestión y más valientes en su solución, permitiendo a los demás misioneros hacer estos tipos de experiencia y compartirlas luego para bien de todos. Por el contrario, es del todo inútil seguir escribiendo sobre la necesidad de la vida de comunidad sin afrontar las verdaderas dificultades que encontramos al querer vivirla. Incluso puede ser contraproducente cuando no ofrecemos una vía de salida a este dilema. Y mi opinión es que la vía de salida consiste justamente en la vida de comunidad a diversos “niveles”, cada uno de los cuales puede ofrecer al misionero la riqueza y la plenitud que hará que su misión se convierta en una hermosa aventura, en un reto maravilloso y en una actividad satisfactoria
P. Antonio Bellagamba
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