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EL ROSARIO
“Vuestra oración cotidiana de toda la vida” (Conf. MC, III, 461)
Con la Carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae” del 16 de octubre del 2002 (a partir de aquí citada con la sigla RVM), el papa Juan Pablo II ha convocado el Año del Rosario, desde octubre del 2002 a octubre del 2003. Este nuevo documento pontificio se propone dar un nuevo impulso a la línea de renovación pastoral trazada por la precedente carta apostólica “Novo millennio ineunte” (6-1-2001). Es una iniciativa de la que el Papa espera frutos maduros para toda la cristiandad. “Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana” (n. 43). Por esta razón el Papa se dirige a los obispos, a los sacerdotes, a los teólogos, a los consagrados, a los agentes pastorales en los diversos ministerios y exhorta a hacer experiencia personal de la belleza del rosario, pidiendo a todos que sean sus “diligentes promotores” (n. 43). Especialmente importante es la llamada dirigida a los laicos: “Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en aromnía con la liturgia y en el contexto de la vida cotidiana” (ibid.). Y concluye: “¡Que este llamamiento mío no sea en balde!” (ibid.).
Puede ser útil reflexionar a lo largo de este año sobre el modo como nuestro Fundador proponía esta oración a sus hijos e hijas. A decir verdad, se puede hacer perfectamente una confrontación o encontrar puntos de convergencia entre la citada carta apostólica de Juan Pablo II sobre el rosario y la doctrina de nuestro Fundador. Recordaré algunos textos como ejemplo para que cada uno pueda posteriormente y de manera personal profundizar en ellos.
I. El. P. Allamano y el rosario
1. El rosario en el marco de la piedad mariana del P. Allamano
La estima y la devosión del Fundador al rosario y sus numerosas intervenciones en las conferencias para explicarlo y recomendarlo deben, para ser bien comprendidas, situarse en el marco general de su piedad mariana. La mariología del P. Allamano es sencilla y personalizada. No cabe duda de que contaba con un buen conocimiento de la doctrina teológica sobre la Virgen María. Lo demuestran los contenidos de todas sus intervenciones educativas. No es fácil contar el número de veces que el P. Allamano habló de la Santísima Virgen en sus conferencias. Y siempre de manera teológicamente puntual, aunque con un estilo y forma propios de su tiempo y de los autores a los que se refería. Pero hay un elemento que resalta con claridad: su discurso sobre la Virgen es bastante dependiente de su experiencia de vida, bien como rector del Santuario de la Consolata, bien como fundador de dos Institutos misioneros.
Por eso, como rector del Santuario de la Consolata, el P. Allamano madura una espiritualidad mariana relacionada con el ambiente donde vive y trabaja y, por consiguiente, relacionada con el misterio de la “consolación”. Manifiesta un sencillez inigualable, pero muy significativa, cuando señala a María Consolata como “su” Virgen. Confía a sus religiosas: “Hoy no he visto todavía a la Virgen. Cuando esta mañana salí de casa, [la iglesia] estaba cerrada; esta tarde estará también cerrada y yo solamente he visto a la Virgen de la catedral, porque he celebrado allí la misa cantada. He visto la de la catedral, pero... no es la mía...” (Conf. MC, II, 556-557). La expresión, que no deja de ser un poco ingenua, revela su convicción de haber establecido con la Consolata un vínculo que consideraba privilegiado, hasta el punto de cosiderarse “su secretario” y “su tesorero”, con “el derecho de ser oído antes que los demás” (Notiziario delle Suore, “Filo d’oro tra la culla e il campo”, n. 3 [1924], p. 11). En su responsabilidad de rector de un santuario mariano tan célebre, se comprometió todo lo posible para renovar la piedad mariana en la vida de la gente. Estaba seguro de la presencia “consoladora” y continua de la Virgen: Del mismo modo que nuestro Señor murió por cada uno de nosotros, la Virgen se preocupa de cada uno de nosotros, se recuerda de ti..., de mí, como si no existiera ninguno más” (Conf. MC III, 4059. La “consolación” ofrecida por María Consolata era concretamente para el P. Allamano la “salvación” sobrenatural: “La Virgen, en Dios, con Dios, lo puede todo; es la corredentora del género humano porque padeció con su Hijo, porque participó en su pasión” (Conf. MC, II, 598). Además, María es la “consoladora de los afligidos” y por lo tanto la “esperanza” y el “consuelo” de quien sufre o se encuentra necesitado, porque, como dice el oremus de la fiesta litúrgica de la Consolata, ‘Dios decidió concedernos todas las gracias por medio de ella’” (cf. Conf. MC, II, 594). Y María es asimismo “madre” y, como tal, se preocupa de ser “consoladora” de sus hijos. Aunque todos los miesterios de María están presentes en la espiritualidad del P. Allamano, esta dimensión inspirada en el figura de la Consolata ocupa un lugar de privilegio.
En cuanto Fundador, el P. Allamano tiene la conciencia de su relación especial con María en el ámbito de la inspiraciòn y la realización. Concede a la Consolata el título de “Fundadora” y de “Patrona” de sus dos Institutos. Quiere que sus hijos e hijas lleven su título como “nombre y apellido”, que se sientan “hijos predilectos” y que la consideren “madre dulcísima”. Además enseña que para ellos, “cuando se habla de la Virgen, se entiende siempre la Consolata” (Conf. MC, III, 17). Les propone “anunciar su gloria a la gente” para favorecer la divulgación de la Buena Nueva: “[Los africanos] aman tanto a la Virgen, entienden esta devoción, porque aman de la misma manera al padre que a la madre, por lo que consideran natural que Nuestro Señor tenga una madre” (Conf. MC, III, 406).
Especialmente como educador de los misioneros, el P. Allamano señala a María como “modelo” eficaz, después de Jesús, para conseguir el ideal de ser “antes santos y luego misioneros”. Su propuesta pedagógica está siempre relacionada con el Evangelio, y hablando de cualquier virtud, comienza inevitablemente explicando cómo la vivió Jesús. En grado subordinado y análogo, lo mismo puede decirse sobre la Virgen. Le resulta espontáneo y fácil indicar a María como modelo de vida en relación con todas las virtudes, porque está convencido de ello más por experiencia de vida que por estudio.
Podría continuarse con otros ejemplos parecidos y confirmarlos con citas de las conferencias o cartas del P. Allamano. Me limito a esta alusión únicamente para decir que el discurso sobre el rosario debe ser visto en este cuadro más amplio de su pensamiento y espíritu marianos. Así resulta más comprensible y probablemente más aceptable.
El mismo tipo de razonamiento parece desprenderse de la carta apostólica RVM de Juan Pablo II. En el n. 24, después de haber enunciado los cuatro tipos de misterios (de gozo, de luz, de dolor y de gloria), el Papa pone un título significativo: “De los ‘misterios’ al ‘Misterio’: el camino de María”. Aquí observa que la meditación de los diversos misterios introduce el ánimo en el gusto “de un conocimiento de Cristo”, que es la síntesis de todos los misterios evangélicos, el misterio del Verbo hecho carne que supera todo conocimiento (cf. Ef 3,19). La consecuencia lógica de esta premisa es la siguiente: “El rosario promueve este ideal, ofreciendo el ‘secreto’ para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de ecucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une a Cristo con su santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive en Él y por Él”. Como se ve, también para el Papa debe encuadrarse el rosario en un contexto más amplio, que incluye toda la personalidad de la Virgen porque todo misterio enunciado en el rosario la relaciona con la vida entera de Cristo, dada la relación inseparable que tiene ella con “el Misterio” por excelencia, que es fruto de su seno.
2. El P. Allamano “educa” a rezar el rosario
Examinando sus intervenciones formativas, se advierte que el Fundador habló con frecuencia del rosario para proponer a través de los años aproximadamente los mismos conceptos. Esta especie de repetitividad no debe ser consideada como un límite. Tiene, por el contrario, un valor desde el punto de vista tanto de su vida personal como de su capacidad educativa. Es evidente que el P. Allamano tenía convicciones que con el paso del tiempo se mantenían firmes, e incluso se robustecían y desarrollaban. Más que la doctrina, que no deja de haberla en abundancia, es también evidente en él la fe y la piedad. El P. Allamano, más que un teólogo que enseña, es un santo que vive y educa a vivir, lo que también hace mediante el rosario.
Para conocer integralmente su doctrina sobre el rosario basta que examinemos su manuscrito que, aun no siendo el primero en el tiempo, puede considerarse el principal, porque es el más completo y además porque prácticamente fue la base de todas sus intervenciones sucesivas: para los Misioneros, cf. Conf. IMC, II, 370-371; además, III, 164-165; 244; para las Misioneras, Conf MC, II, 147-148 (idéntico al IMC, III, 164-165); 356 (idéntico al IMC, III, 244). Por otra parte, “como el rosario está lleno de avemarías” (Conf. IMC, II, 683), es útil ver la magnífica y amplia explicación que el Fundador hace de esta oración, que “después del padrenuestro es la oraciòn más excelenete” (cf. Conf. IMC, II, 680-687; cf. también Conf. MC, I, 424, donde el Fundador explica tanto el padrenuestro como el avemaría).
3. Sano realismo: riesgo de la repetitividad
En primer lugar, el Fundador demuestra el sano realismo de quien hace una experiencia intensa de educador. Se da cuenta de que el rosario, dada la repetitividad de sus oraciones, puede generar cierto aburrimiento, corriendo así el peligro de que se prescinda de él. Impresiona la insistencia con la que anima a superar esta sensación, más psicológica que espìritual. En su pedagogía se advierte un énfasis especial en la parte afectiva, con un crecendo que quiero poner de relieve aduciendo, sin comentarlas, algunas citas directas. Si parecen muchas o exageradas, téngase en cuenta que el Fundador tocó este aspecto casi todas las veces que habló del rosario. En su mente debía de ser algo pedagógicamente importante.
El riesgo de aburrimiento es real: “En relación con este bendito rosario, yo tengo siempre miedo de que se diga de cualquier manera, sólo por decirlo, como quitándose un peso de encima” (Conf. MC, II, 357); “En relación con el rosario, temo siempre que se considere como una carga pesada, algo que de por sí no sería nada malo, con tal de que sea una carga dulce” (Conf. MC, II, 361); “Coged afecto, estima y afición al santo rosario, no lo consideréis una carga pesada sino dulce” (Conf. MC, II, 185). “Cuando casualmente sintáis algún aburimiento, sacudíoslo, y si resulta pesado servirá como bendición” (Conf. MC, II, 361); “Hacedlo así y de este modo el rosario se dirá bien siempre, a gusto, y no se nos hará largo el tiempo” (Conf. MC, II, 491); “Comportaos de este modo al recitar el rosario y no se os hará larga ni pesada esa devoción, sino corta y grata” (Conf. IMC, II, 371).
No omitáis el rosario con la excusa de que es una oración aburrida: “Que no nos parezca aburrida esta oración, que no la digamos con poca devoción ni la dejemos cuando no podemos decirla en comunidad” (Conf. IMC, I, 107; cf. 109; adviértase que se trata de una de las primeras conferencias en las que el Fundador habla del rosario, con fecha del 7 de octubre de 1906); “(...) ¿O no será más bien que la encontramos, como tantos cristianos, una devoción aburrida, y si podemos la dejamos, por no ser absolutamente obligatoria?” (Conf. IMC, II, 370); “También nos puede suceder que sintamos algo de aburrimiento y que vayamos dejándola poco a poco...” (Conf. IMC, II, 372).
Repetir “Dios te salve, María” es signo de amor: “(...) Que no se nos ocurra pensar que [el rosario] es una repetición aburrida. ¿Es aburrido decir a la Virgen que la queremos mucho?” (Conf. MC, II, 149); “Algunos se aburren... El padre Lacordaire dice: ‘El amor sólo tiene una palabra, y cuanto más se repite, más dulce es y más nueva’” (Conf. MC, I, 183; cf. también II, 360). Aquí el Fundador no teme poner como ejemplo su experiencia personal, que es muy hermosa: “Cuando yo digo que quiero mucho a la Consolata, ¿qué diré?... Diré siempre lo mismo” (ibid.).
Oración del corazón: “En el rosario hay muchas avemarías, siempre igual, una tras otra, ¿por qué no se cambia? Siempre repitiendo lo mismo.... Cuando algunos se expresan así es señal de que no la recitan con el corazón” (Conf. IMC, II, 687); ¡Qué hermosas son las palabras del ángel! Cada palabra del avemaría es de oro. Pues bien, si una cosa es buena y hermosa, se repite siempre. ¡No nos cansamos nunca! Sentir aburrimiento al decir el rosario es señal de almas tibias” (Conf. IMC, III, 468).
La Virgen no se aburre oyendo la repetición del saludo angélico: “¡Oh!... repetir siempre: Dios te salve, María... ¿No sabéis que es la más hermosa oración después de la del padrenuestro? La Virgen escucha muy gustosamente que le repitan esta oración. ¿Acaso ha hecho el Señor un libro de oraciones?” (Conf. MC, III, 356); “Nunca cansarse de repetir: Dios te salve, María... La Virgen no se cansa de oírla” (Conf. MC, III, 406).
Vencer las distracciones: “Para decir bien el rosario y no distraerse fácilmente, se hace como las abejas, se toma una palabra de aquí, un pensamiento de allá...” (Conf. MC., I, 184).
Al final de estas citas nos damos cuenta que se trata de los mismos conceptos que se encuentran sintéticamente expresados en la RVM del Santo Padre: “El rosario propone la meditación de los mismos misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asmilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse hacia la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira” (26).
4. El rosario es una oraciòn “garantizada”
El rosario es una oración garantizada para el P. Allamano. Suele detenerse con satisfacción en ilustrar su valor, que ve sustancialmente en cinco razones: 1. La estima que le tuvieron los santos padres y los papas; 2. El hecho de que todos los institutos religiosos preveann en su horario un tiempo para el rosario; 3. Su composición de oración voval y mental; 4. La celebraciòn de los misterios de la vida de Jesús y de María; 5. Es fuente de gracias extraordinarias para nosotros y para los demás (cf. Conf., III, 164-165; Conf. MC, II, 147-148; 356-359).
El Fundador habla de estas razones en diversas ocasiones, por ejemplo haciendo listas de santos y papas que tuvieron gran estima al rosario y explicando de qué modo se deben pronunciar las palabras cuando se recita en comunidad, qué significado tienen los quince misterios, qué frutos espirituales se consiguen, como las indulgencias y otras gracias, etc.
De manera especial, en relación con los papas que tuvieron en gran estima al rosario, encuentro una relación esparcida en las enseñanzas del Fundador y el contenido de la carta apostólica RVM. El P. Allamano alude muy convencido a los Sumos Pontífices. Citando el libro titulado “Conferencias del clero”, del P. Bruno Giuseppe, hace una larga lista y describe el pensamiento sobre el rosario de cada uno de los papas que cita. Es interesante oírle: “Un papa dijo que el rosario es el árbol de la vida: resucita a los muertos y sostiene a los vivos. Urbano IV dijo: Gracias al rosario todos los días se producen bienes inmensos para el pueblo cristiano. León XIII dijo: Con el rosario se aplaca la ira de Dios y se obtiene la intercesión de María Santísima. Sixto V dijo: El rosario es la salvación del cristiano. Otro pontífice dijo: El rosario es el honor de la Iglesia romana. Adriano IV dijo: El rosario es el azote del demonio. Otro papa dijo: El rosario es la destrucción del pecado y la recuperación de la gracia. Pío V dijo: Con el rosario se vencen las tinieblas de la herejía y se extiende la luz de la fe católica. Pablo V dijo: El rosario es un erario de gracias. Urbano VIII dijo: El rosario es un aumento de cristianos. Todos los pontífices supieron calentarse con el rosario” (Conf. IMC, II, 358-359). Sobre León XIII, para quien el rosario formaba parte de su experiencia personal, escribió: Os recuerdo las encíclicas sobre el santo rosario del papa León XIII, verdadero tratado del rosario” (Conf. IMC, II, 37). Es significativo que nuestro Fundador señale la enseñanza pontificia como fundamento de garantía para la recitación del rosario. Forma parte de su mentalidad. Este recurso a los sumos pontífices tiene un valor de imprtancia no secundaria, ya que tiene que ver con el Magisterio supremo de la Iglesia, aunque se encuentre, evidentemente, en el ámbito de la exortación.
Esa misma alusión a los sumos pontífices la encontranos en el n. 2 de la RVM. Juan Pablo II recuerda a los últimos papas: “A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la encíclica Supremi apostolatus officio, importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promociòn del rosario, deseo recordar al beato Juan XXIII y, sobre todo, a Pablo VI, que en la exhortación apostólica Marialis cultus, en conconancia con la inspiración del concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del rosario y su orientación cristológica”. Juan Pablo II continúa recordando su propia enseñanza y no duda en ponerse a sí mismo como ejemplo, con palabras muy delicadas y paternas.
En cuanto al ejemplo de los santos en favor del rosario, el Fundador es muy explícito. Y esto tiene un significado importante porque de ese modo se sitúa en la línea tradicional de la sana piedad popular y porque acompañó a muchas personas y comunidades cristianas: “Para aficionarnos a esta devoción bastaría con el ejemplo de los santos, pues todos, desde Santo Domingo hasta el Beato Cottolengo, estuvieron enamorados de él. San Carlos Borromeo lo llamaba devoción divinísima. San Felipe decía que si un solo día dejaba de recitar el rosario entero, no consideraba dicho día grato a Dios” (Conf. IMC, III, 164; cf. también II, 370, donde cita a otros santos).
También la RVM valora el ejemplo de los santos para dar vigor a esta expresión de piedad mariana. Vemos de específico, en relación con nuestro Fundador, que también sobre este punto el Papa valora a los santos actuales, los santos cuya doctrina sigue publicándose o que la gente ha conocido en el libro titulado “Sobre las huellas de los testimonios”, afirma el Papa: “Sería imposible citar la multitud innumerable de santos que han encontrado en el rosario un auténtico camino de santificación. Baste recordar a san Luis María Grignion de Monfort [titulada El secreto admirable del santísimo rosario para convertirse y salvarse] y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietralcina, que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como verdadero apóstol del rosario tuvo también el beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: ‘¡Quien propaga el rosario se salva!’” (n. 8).
5. Oración completa: mental y vocal
El valor intrínseco y característico del rosario consiste para nuestro Fundador especialmente en el hecho de que es una oración completa, compuesta de dos partes complementarias y proporcionadas: una mental (meditación, contemplación) y otra vocal (alabanza, acción de gracias, petición, súplica). La misma idea se encuentra en la RVM.
En primer lugar, el rosario es meditación de los misterios de la salvación. Que este aspecto sea el principal para el Fundador, no cabe ninguna duda: “Como mental, es la mejor meditación sobre la vida de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen; meditación que hace amable toda su recitación” (Conf. IMC, II, 371). Esta es la expresión que el Fundador había preparado en sus esquemas. Pero la exposición, como ha sido recuperada estenográficamente por el P. Albertone, es más viva: “¿Y la oración mental? Es la que embellece a la otra; ese pequeñísimo cuarto de hora, si se meditan los misterios, pasa como el humo [...] y así meditamos una vez una cosa y otra vez otra” (Conf. IMC, II, 373; cf. Conf. I, 184). Puede ser útil contar una intervención en la que el Fundador explicó a las Misioneras un método de meditar los misterios mientras se recitan las avemarías. Se articula de tres modos: ¡. “Meditar el sentido de las palabras que se dicen: pensar bien en lo que se dice y no cansarse de repetir” (hace notar aquí el peligro de la repetitividad); 2. Reflexionar sobre el valor de cada uno de los misterios y “pedir a la Virgen una virtud o la enmienda de un defecto”; 3. Imaginar la escena de los misterios: “pensar en un misterio e inmediatamente tenemos su cuadro ante nosotros... Decir la decena entera pensando en él” (cf. Conf. MC, II, 360).
También la carta apostólica del Papa nos hace entender en el n. 2 dónde está realmente el significado meditativo del rosario: “Con el trasfondo de las avemarías. Pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo”. Y que el rosario, “precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa.” (n. 12). La razón profunda de la meditación se explica así: “A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues ‘nadie conoce bien al Hijo sino el Padre’ (Mt 11,27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: ‘No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16,17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para acogerla, es necesario ponerse a la escucha” (n. 18). Más adelante el Papa sugiere un método para meditar los misterios del rosario: “Es conveniente, que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El descubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación” (n. 31).
El rosario es, en segundo lugar, invocación u oración vocal. En este contexto son llamativas las explicaciones del P. Allamano sobre el contenido del padrenuestro y del avemaría, que componen sustancialmente la parte de la oración: “Nuestro Señor Jesucristo podía enseñarnos muchas oraciones, pero a la petición de los Apóstoles; ‘doce nos orare’, sólo respondió con las pocas peticiones del padrenuestro, y los Apóstoles se quedaron satisfechos. En la composición, a su vez, del avemaría intervinieron el Padre Eterno con el arcángel Gabriel, santa Isabel inspirada por Dios y la Iglesia; y es muy corta... (Conf. IMC, II, 370-371). Estas palabras están tal como las había preparado en el esquema de la conferencia. La exposición fue más viva: “No está compuesta [la oración del rosario] de largas oraciones, ni quiere el Señor que se cambie siempre; hoy ésta y mañana la otra; sino que dijo: ‘Sic orabitis’, y fue suficiente, y en modo alguno pidieron otra [...]. Y en el padrenuestro está todo. Y en cuanto al avemaría. fueron tres los que participaron en la elaboración de esta pequeña oración: el Eterno Padre intervino con una pequeña parte; luego santa Isabel, inspirada, puso otra partecita, y finalmente la Iglesia añadió el resto; tres para elaborar esta oración que nosotros decimos como si tal cosa! (Conf. IMC, II, 372; cf. también III, 167-168).
También la RVM se detiene en la explicación del padrenuestro y del avemaría: “Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. [...] Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: ‘¡Abba, Padre!’ (Rom 8,15; gál 4,6) [...] El padrenuestro, puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del avemaría, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial” (n. 32). “Pero precisamente a la luz del avemaría, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del avemaría, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. [...] Repetir en el rosario el avemaría nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento de la profecía de María: ‘Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada’” (n. 33).
También la oración del “gloria al Padre”, que concluye los misterios, es comentada por nuestro Fundador y se encuntra tratada en la RVM. El P. Allamano habla de ella en diversas ocasiones, no especialmente cuando explica el rosario sino especialmente con ocasión de la fiesta de la Santísima Trinidad. Insiste para que se la recite con devoción, reflexionando en las palabras que dan honor a Dios uno y trino. Relaciona también esta oración y la fe en la Santísima Trinidad con la vocación misionera: “Todos deben ser devotos de la Santísima Trinidad, pero especialmente los misioneros. Vosotros tenéis que enseñar a los infieles este misterio, que no se puede comprender ni se debe comprender...; y si de manera especial habéis sido devotos de la Santísima Trinidad, el Señor os ayudará con su gracia e inducirá a aquellos corazones a creer. Es admirable, efectivamente, el modo como aquellos negros aceptan y creen en este misterio de Dios uno y trino...” (Conf. IMC, I, 292).
También la RVM, en el n. 34, explica el significado del “gloria al Padre” en relación con el rosario y afirma que, si recorremos profundamente el camino propuesto por los misterios, “nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer”. Lo que quiere decir que es importante que esta breve oración sea puesta bien de relieve, dado que el el culmen de la contemplación.
6. Oración que influye en la vida
El aspecto más característico de la doctrina del P. Allamano sobre el rosario es probablemente éste: En cada misterio se pueden descubrir virtudes propias de Jesús y María, que nosotros pedimos para obtener y luego nos empeñamos en poner en práctica. El rosario se convierte por tanto en escuela de vida y quien lo recita bien y regularmente progresará indudablemente en la vida espiritual. También sobre este punto deseo dejar que hable el Fundador, remitiendo a la segunda parte del estudio, que sustancialmente describe de qué modo la recitación del rosario influye en la vida.
La misma preocupación se puede encontrar en la carta apostólica de Juan Pablo II, que hace hincapié en la influencia el rosario en la vida individual y especialmente en la social, donde se lee: “Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del rosario todos los hechos que entraaman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad” (n. 2).
Un detalle que no debemos dejar pasar por alto es el valor, siempre actual, del rosario como oración para pedir la paz. Como el Fundador recomendaba la recitación del rosario para obtener la paz durante la Primera Guerra Mundial (cf. IMC, II, 435; III, 165, 167), así también el Papa, teniendo el cuenta el oscuro panorama que caracteriza a este comienzo de milenio, recomienda esta oración por estar “orientada por su propia naturaleza a la paz” (n. 40).
II. EL P. ALLAMANO ENUNCIA LOS MISTERIOS
Se puede recitar el santo rosario enunciando todos los misterios con las palabras del P. Allamano. Si así se desear, podría ser un método que podría practicarse en el Instituto en ocasiones especiales, en las cuales deseamos orar ayudados directamente por nuestro Fundador.
Es necesario, sin embargo, tener presente que él nunca dio una verdadera “clase” para explicar los quince misterios, aunque hablara de ellos en muchas ocasiones. Alguna vez, no obstante, los enunció uno a uno, con un pensamiento particular para cada uno de ellos. La intención del P. Allamano, a decir verdad, era pedagógica. Para ponernos en sintonía con el Fundador sobre este punto, tengamos presente que él sugería a sus religiosos y religiosas qué virtudes podían imitar a partir de la meditación de cada misterio. De este modo que hace muchas enunciaciones, generalmente breves, a veces sin unión entre ellas, referidas a momentos o situaciones especiales, la mayor parte de las veces improvisadas. En ellas se ve cómo Jesús y la Virgen se convierten en maestros de oración y especialmente de vida.
Como base para referir el pensamiento del Fundador sobre cada uno de los misterios del rosario, me sirvo de las dos conferencias del 7 de octubre de 1917, dirigidas respectivamente a los Misioneros y a las Misioneras, y completándolas, donde es posible, con pensamientos tomados de otras conferencias sobre los mismos misterios. Para los misterios luminosos, que obviamente el Fundador no previó, me refiero a las conferencias en las que el P. Allamano habla de ese tema particular. Propongo un simple ensayo, que puede ser enriquecido y mejor ordenado.
Al exponer los misterios sigo el orden usado por el Papa en la RVM: misterios dgozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos, refiriendo las palabras mismas del Fundador y evitando comentarios.
1. Misterios de gozo (cf. RVM, n. 20)
Primer misterio: la Anunciación: “[...] en el primer misterio gozoso se anuncia el misterio de la Encarnación a María Santísima [sic]. Se piensa en las virtudes que ejercitó la Virgen en este misterio: humildad, pureza, espíritu de sacrificio. Pues bien, durante este misterio rezaré a la Virgen para que me obtenga el amor a la hermosa virtud de la pureza. Otra vez pediré la humildad, y que la que se llama sierva me haga humilde. Esto se hace en un momento: Oh María, tú que eres tan humilde, consígueme esta gracia” (Conf. IMC, III, 168; cf. II, 373; MC, I, 184; II, 50-51; 491); “[...] del mismo modo, en otra ocasión consideraré el porte del ángel al presentarse a María Santísima. ¡Imaginad con qué respeto la habló! Y pensaré: ¿Soy yo también tan respetuoso y devoto de María Santísima? (Conf. IMC, II, 179); “Haced un acto de fe en la encarnación del Verbo, luego considerad las virtudes ejercitadas por la Virgen, que son especialmente tres [...]” (Conf. MC, II, 149-150).
Segundo misterio: la visita: “En el segundo misterio, la visita a santa Isabel. Haced así: Imaginaos que estáis con la Virgen que se dirige a visitar a santa Isabel, y mientras se recita este misterio pedid la gracia de hacer siempre las cosas con orden; la Virgen en casa de Isabel no se andaba en comadreos ni estaba callada: hacía lo que tenía que hacer, y lo que vosotros debéis pedir es el modo de vivir en comunidad” (Conf. IMC, II, 168; cf. II, 179; 373-374; 622; MC I, 184; 393-395). “Este misterio es adecuado para las personas de vida activa. La Virgen nos enseña a vivir en el mundo [...]. ¿Me comporto como se comportaba la Virgen?” (Conf. MC, II, 150). (Este misterio es de los más comentados con motivo de la fiesta anual de la Visitación).
Tercer misterio: la Navidad: “En el tercer misterio, el nacimiento de Nuestro Señor. ¿Y quién no piensa aquí en el Niño? Vos que venís de allá arriba, concededme que también yo me eleve sobre esta rierra” (Conf. IMC, II, 169; MC, I, 184); “Dar gracias en este misterio al Señor que nació por mí; pedir inclinaciòn hacia la pobreza” (Conf. MC, II, 150). (Los comentarios al misterio del nacimiento, si lo deseamos, los encontramos con abundancia en las conferencias con ocasión de la fiesta de Navidad).
Cuarto misterio: la Presentación de María Santísima: “En el cuarto misterio, la presentación en el templo. Simeón anuncia que habría de sufrir mucho, y ella lo ofrece todo al Padre Eterno. También yo os quiero ofrecer todo a vos, Dios mío” (Conf. IMC, II, 169; cf. Conf. MC, II, 488-490); “La Virgen padeció su primer dolor. Ella, toda pura, se puso al lado de la gente del mundo... Y luego considerad que el Señor se ofreció ya desde entonces para salvarnos” (Conf. MC, II, 150).
Quinto misterio: la pérdida y el encuentro: “En el quinto misterio, la pédida entre los doctores. Cuando yo quiero salirme con la mía a toda costa, no soy humilde como el Señor. Y cuando Dios nos quiere un poco separados de los familiares... si nos los quitara... deberíamos separarnos a la fuerza” (Conf. IMC, II, 169); “Este misterio nos ayuda a separarnos de los familiares, no sólo materialmente sino de corazón” (Conf. MC, II, 150).
2. Misterios de luz (cf. RVM, n. 21)
Primer misterio: el bautismo de Jesús: “[Jesús] no se puso manos a la obra hasta después de haber sido bautizado por Juan y haber sido enviado púbicamente por el Padre: ‘Hic est...’” (Conf. IMC, I, 27); “Hagámonos ahora una pregunta: ¿He hecho todo y siempre bien? Si no lo he hecho, lo haré [...] Ved qué hermoso elogio tuvo Nuestro Señor al ser confirmado por su Padre Eterno: Este es mi Hijo amado en el que he puesto todas mis complacencias. Imitemos a Nuestro Señor y hagámoslo todo bien” (Conf. MC, I, 418-419; cf. IMC, II, 673).
Segundo misterio: las bodas de Caná: “En las bodas de Caná la Virgen estaba tan segura de obtener el milagro, que no se detuvo a cuestionar nada. ¡Tan grande es el poder de la Virgen sobre su divino Hijo! El Señor lo ha dejado todo en manos de la Virgen..., y si la Virgen tiene tanto interés por las cosas materiales, si pensó en hacer cambiar el agua en vino sin que se lo pidieran, mayor interés tiene en las cosas espirituales [...] Después de aquel milagro de las bodas de Caná, los dicípulos de Jesús creyeron. ¿No creían anteriormente? Lo habían ya dejado todo y habían seguido a Jesús. Sí, creían, pero con una fe débil; apenas vieron el milagro [...], se confirmaron en su fe” (Conf. IMC, II, 223; cf. también IMC III, 197).
Tercer misterio: el anuncio del Reino y la coversión: “Sicut misit me Pater, et ego mitto vos [como el Padre me envió a mí, así yo os envío a vosotros] [...]. El Padre Eterno envió a su Hijo, el Hijo envió a la Iglesia y la Iglesia a través de mí os envía a vosotros [...]. ¿Y qué os envía a hacer? A que prediquéis el Evangelio ‘omni creaturae’. Por eso vuestro celo no debe tener límites, os envá a toda la tierra, a todo lugar. Debéis intentar la conversión del mundo. [...] Nuestro Señor Jesucristo os dice: ‘Con la misma misión que el Padre Eterno me confió a mí os envío yo para la conversión de las gentes’” (Conf. IMC, III, 469).
Cuarto misterio: la transfiguración: “Vosotros experimentáis cuán buerno es el Señor y lo bien que se está con Él: ‘quam bonum est nos hic esse [qué hermoso es estar aquí]” (Conf. IMC, II, 246; MC, I, 118).; “Y vosotros, ¿estimáis como se merece la gracia de habitar en esta casa y procuráis corresponder a la misma [vocación] con todo vuestro empeño? Decid: Bonum est nos hic esse” (Conf. IMC, II, 690); MC I, 427 ; cf. Conf. MC, II, 117, donde el Fundador, citando las obras espirituales de Kempis explica el sentido simbólico de las tres tiendas: la primera, para Jesús, manso y humilde de corazón, representa la humildad; la segunda, para el muy manso Moisés, representa la mansedumbre; la tercera, para Elías, que dormía en una cueva y comía como podía, representa la pobreza).
Quinto misterio: la institución de la Eucaristía: “[El jueves santo] es el día del amor al Santísimo Sacramento [...], durante el cual “debemos ser todos sacramentinos” (Cof. IMC, III, 141; cf. Conf. MC, I, 342). “Sed pues muy devotos de Jesús sacramentado..., pues si tenéis esto lo tendréis todo... Lo veréis luego en Africa... Quiero que sea ésta la devoción del Instituto” (Conf. IMC, I, 248). La Misa es el memorial de la pasión [...] Hay que tener fe viva, caridad ardiente, igual que si se estuviera en el Calvario [...]. Imaginaos que estáis en el Calvario con la Virgen” (Conf. IMC, II, 609).
3. Misterios de dolor (cf. RVM, n. 22)
Primer misterio: la agonía en el Getsemaní: “En el primer misterio Jesús está en el huerto y debe conmovernos: ¿Por quién sufre: por sus dolores? Sí, pero también por mí. Y los apóstoles le abandonan. Imaginadlo allí, diciendo: ‘Quae utilitas in sanguine meo?’ [¿para qué sirve mi sangre?]. Hay muchos en el mundo que no la aprovechan. Pues bien, que esta sangre venga sobre mí” (Conf. IMC, II, 374; III, 169; “Cuando san Carlos estaba en Varallo iba siempre a orar a la capilla que representaba a Jesús en el huerto. ¡Qué hermoso es (con entusiasmo) consolar a Jesús en su agonía!” (Conf. MC, I, 184); “Jesús sufre en Getsemaní, suda sangre. ‘Quae utilitas in sanguine meo?’ Imaginemos que Jesús nos dirige estas palabras a nosotros... Es un reproche que debemos aprovechar para nosotros y nuestras almas” (Conf. MC, II, 150).
Segundo misterio: la flagelación: “En el segundo misterio, la flagelación. Cuando yo tengo alguna espinilla, ¡bueno!, quisiera que todos estuvieran alrededor de mí. No, de ahora en adelante quiero sufrir con valentía” (Conf. IMC, III, 169); “¿Quién os azotó, Jesús?... Mis pecados” (Conf. MC, I, 185); “Decid al Señor en este misterio: Yo también quisiera ser tan generosa como para sufrir algo por vos” (Conf. MC, II, 150).
Tercer misterio: la coronación de espinas: “En el tercer misterio, la coronación de espinas. Yo no soy capaz de sufrir un pequeño dolor de cabeza, y cuando se me ocurren algunas malas ideas pienso que son espinas para Nuestro Señor, así que fuera con ellas...” (Conf IMC, III, 169). “Coronación de espinas: por todas esas ideas que se me ocurren, etc.” (Conf. MC, I, 184); “El Señor, tan sensible, sufrió mucho; y yo no soy capaz de desechar ciertos cuentos... Pedid pensamientos consistentes” (Conf. MC, II, 150).
Cuarto misterio: el camino del Calvario: “En el cuarto misterio, la condena a muerte. Señor, yo soy quien he merecido la muerte, no vos; yo que no soy capaz de soportar una palabra de un compañero” (Conf. IMC, III, 169); “Jesús carga con la cruz, ¿y cómo llevo yo mi curz? ¿O armo alguna por una nadería que tengo que tolerar?” (Conf. MC, II, 150).
Quinto misterio: la muerte: “En el quinto misterio, Jesús en la cruz. La cruz está siempre presente en la Iglesia; pensad que cargáis con ella, que es así como hay que meditar” (Conf. IMC, III, 169); “Muerte de Jesús. Ante la muerte de Jesús podemos pensar en las siete palabras de Jesús en la cruz, y decir: Señor, derramad vuestra sangre sobre mí” (Conf. MC, II, 150).
4. Misterios de gloria (cf. RVM, n. 23)
Primer misterio: la Resurrección: “En el primer misterio, el Señor resucita para no morir jamás. Yo resucito todos los sábados [con la confesión], y ‘non movebor in aeternum’; luego, tras dos horas... de nuevo como antes” (Conf. IMC, III, 169); “La resurrección: haced que resucite de mis oecados” (Conf. MC, I, 185; “Pedid al Señor que os resucite a una nueva vida” (Conf. MC, II, 150).
Segundo miestrio: la Ascensión a los cielos: “En el segundo misterio, la Ascensión. Recordad lo que dijo a los apóstoles: ‘vado parare vobis locum’, y yo quiero un lugar de misionero, no con los niños” (Conf. IMC, III, 169); “Ascensión: que Jesús nos prepare un sitio estupendo en el paraíso” (Conf. MC, I, 185); “Decir al Señor: preparadme un sitio de misionera en el paraíso, y no en medio de la masa” (Conf. MC, II, 150).
Tercer misterio: Pentecostés: “La venida del Espíritu Santo: es como si estuviéramos en el cenáculo el día de Pentecostés. Y orar al Señor que envíe su Espíritu Santo; espíritu de piedad, de temor de Dios, y pedir una gracia inherente a ese misterio” (Conf. IMC, II, 374); “Situémonos al lado de la Virgen y digamos al Espíritu Santo: ¡Ven sobre mí! Debemos desear al Espíritu Santo” (Conf. IMC, III, 169); “Venida del Espíritu Santo: pongámonos al lado de María y de los apóstoles para tener también nosotros una lengua de fuego” (Conf. MC, I, 185); “Colocaos al lado de los apóstoles: ‘Emitte Spiritum tuum et creabuntur [envía tu Espíritu y todo será creado]” (Conf. MC, II, 151).
Cuarto misterio: la Asunción de María: “En el cuarto misterio, la muerte y la asunción de María al cielo. Deseamos que María Santísima venga a asistirnos en el instante de la muerte. Los santos lo deseaban. El venerable Cafasso decía: ‘¡Que la encuentre a mi lado en la hora de la muerte!...’ Y la encontró. Digámosle que nos prepare un sitio en el cielo” (Conf. IMC, III, 169); “La muerte de María, y nosotros decimos: ¡Atráenos...” (Conf. MC, I, 185); “Pedid que podáis morir santamente, la perseverancia final” (Conf. MC, II, 151).
Quinto misterio: la coronación de María Santísima Reina: “En el quinto misterio, la coronación de María Santísima. Debemos decir: Yo quiero estar presente en esta fiesta. Sabéis que se renueva constantemente. Quiero ser una estrella en la corona de la Virgen” (Conf. IMC, III, 169); “Coronación de María. Digamos con san Alfonso: Muero del deseo de veros, Dios mío...” (Conf. MC, I, 185); “Decid en este misterio: Yo también quiero coronar a la Virgen, ser una de las rosas de la Virgen” (Conf. MC, II, 151).
CONCLUSIÓN
Por todo lo dicho es evidente la estima, más aún, el amor profundo de nuestro Fundador al santo rosario. Según él, el rosario es para los sacerdotes “como un apéndice del santo breviario” (Conf. IMC, III, 164); “[...] y los sacerdotes, inmeditamente después del breviario, tenemos el rosario” (Conf. IMC, III, 169). “Todo sacerdote que se precie [y nosotros añadiríamos que todo misionero] no deja nunca de decir el rosario todos los días. Hacedlo así y obtendréis muchas gracias para vosotros, para la Iglesia y para la sociedad. Hacedlo así” (ibid.).
Y esta es la conclusión para todos: “Así pues, hoy [7 de octubre de 1917) deseo que hagáis propósito de decir siempre el rosario en la iglesia con los demás hermanos lo más que se pueda; que nunca se vaya a dormis sin haber recitado el rosario” (Conf. IMC, III, 168). “Decidid hoy [6 de octubre de 1918] no dejar nunca de decir todos los días el rosario, aunque no podáis decirlo en comunidad; decirlo con mucho gusto, y no como una carga o con disgusto...” (Conf. IMC, III, 244 [su esquema]).
“Qué satisfacción sentirá la Virgen al oírnos decir tantas veces: ¡Dios te salve, María! Pero es necesario que las digamos cada vez con mayor fervor. El santo rosario debe ser nuestro pan cotidiano” (Conf. MC, III, 112). “El rosario debe ser también, naturalmente, vuestra oración cotidiana durante toda la vida; no dejarlo nunca” (Conf. MC, III, 461; cf. I, 347); “Hay que conseguir que el santo rosario nos resulte grato toda la vida” (Conf. MC, III, 138).
P. Francesco Pavese
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